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Necro-economía del deseo | Pulsión de muerte y erotismo en el capitalismo fascistoide

Cristina Escudero Gandur
Diplomada en ciencias de la educación

Jorge Kolar
Psicólogo

Resumen

Este artículo desarrolla el concepto de necro-economía del deseo para analizar las formaciones contemporáneas del capitalismo desde una perspectiva freudomarxista integrada. Proponemos que el capitalismo neoliberal en su fase fascistoide estructura sistemáticamente una economía política de la pulsión de muerte (Tanatos) que moviliza y mercantiliza la destructividad psíquica y social. Esta aproximación sintetiza la economía política marxista con el psicoanálisis y las contribuciones del freudomarxismo clásico, ofreciendo un marco innovador para comprender las patologías sociales del presente, incluyendo la mercantilización del crimen sexual, el auge del snuff y de la deep web como expresiones sintomáticas de esta economía de la muerte. El artículo concluye proponiendo líneas para una política del duelo activo que enfrente simultáneamente la explotación económica y la captura necro-política del deseo.

Palabras clave: necro-economía, psicoanálisis, marxismo, capitalismo neoliberal, cuerpo-endeudado, pulsión de muerte, estados de excepción psíquicos, fascismo, sexualidad, erotismo.

Introducción | Hacia una metapsicología del capitalismo fascistoide

La crisis orgánica del capitalismo contemporáneo excede radicalmente los marcos analíticos tradicionales. Mientras el marxismo clásico diagnosticaba la explotación económica y la teoría foucaultiana la gubernamentalidad biopolítica, proponemos que el capitalismo financiarizado actual —en su fase abiertamente fascistoide— opera mediante lo que denominaremos tecnologías necro-económicas del deseo: dispositivos que capturan no solo la fuerza de trabajo sino la mismísima pulsión de muerte, reconvirtiéndola en mecanismos de valorización y control.

Este marco teórico original sintetiza la economía política marxista con el psicoanálisis freudiano y las contribuciones de autores contemporáneos. La necro-economía no representa una metáfora, sino una estructura material-psíquica específica que organiza la producción, distribución y consumo de la destructividad social, llegando a su expresión más brutal en la mercantilización del erotismo siniestro, la tortura femenina sistémica y los mercados de la deep web donde la vida humana se convierte en puro valor de cambio en su aniquilación misma.

Desde los fundamentos establecidos por Wilhelm Reich en su Psicología de masas del fascismo, sabemos que existe un vínculo indisociable entre la represión sexual y la estructuración de personalidades autoritarias susceptibles de ideologías fascistas. Hoy, sin embargo, el mecanismo descrito por Reich se ha complejizado: ya no se trata principalmente de la represión victoriana, sino de una explotación y mercantilización total del deseo que moviliza sistemáticamente la pulsión de muerte freudiana. El sistema no reprime para luego explotar, sino que explota a través de una pseudo-liberación que convierte todo aspecto de la sexualidad en mercancía, en recurso para la acumulación necro-económica.

Marco conceptual | Los cuatro pilares de la necro-economía del deseo

1. El cuerpo-endeudado | Superyó financiero y culpa metafísica

Contrario a la noción de «cuerpo-dócil» foucaultiano, el cuerpo-endeudado representa una formación subjetiva donde la deuda financiera deviene estructura psíquica fundamental. Esta conversión genera lo que denominamos ansiedad hipotecaria existencial: la experiencia de habitar un cuerpo que siempre pertenece más al acreedor que al propio sujeto.

El capitalismo neoliberal perfecciona así el mecanismo descrito por Marx: si la plusvalía era el beneficio que se llevaba el capitalista, la deuda se convierte en una plusvalía psíquica que extrae valor no solo del trabajo sino de la mismísima angustia existencial del sujeto. La temporalidad del diferido perpetuo produce lo que denominamos presente dilatado: una experiencia cronológica donde el futuro se cancela como posibilidad de diferencia radical, mientras el pasado deviene catálogo de oportunidades de consumo fallidas.

2. Estados de excepción psíquicos | La suspensión de la ley simbólica en la era fascistoide

Mientras Agamben analizó el estado de excepción jurídico, proponemos el concepto más radical de estado de excepción psíquico: la suspensión sistemática de las leyes simbólicas que estructuran el psiquismo. Esta anulación de la castración simbólica —concepto que Lacan identificaba como fundamental para la estructuración del deseo— genera lo que denominamos angustia real: no la angustia señal freudiana sino la experiencia directa de lo traumático.

En el régimen fascistoide, esta desimbolización alcanza su paroxismo en fenómenos como la pornografía de la crueldad y el espectáculo del crimen sexual, donde se disuelven los últimos límites éticos. Las instituciones necro-económicas no reprimen los acting-out sino que los canalizan como formas de productividad, normalizando la transgresión de los límites psíquicos como imperativo productivo.

3. Identificación melancólica con el agresor financiero

Desarrollamos el concepto freudiano de identificación con el agresor hacia la noción original de identificación melancólica con el agresor financiero. Los sujetos contemporáneos no solo se identifican con quienes los explotan sino que incorporan melancólicamente la lógica financiera como objeto perdido que nunca poseyeron. Esta paradoja explica la defensa ferviente de políticas que perjudican materialmente a quienes las defienden.

Esta estructura psíquica encuentra su correlato en lo que Reich ya identificaba como la base de la personalidad autoritaria: la sumisión voluntaria a figuras de poder que prometen una inclusión siempre diferida. La brutal desigualdad estructural se enmascara mediante lo que entendemos como microdiferenciación narcisista: minúsculas distinciones en calificaciones crediticias o niveles de consumo que mantienen la ilusión de movilidad dentro de un sistema esencialmente inmóvil.

4. Tecnologías de captura de la pulsión de muerte | Del sadomasoquismo social al snuff

Nuestra contribución más original reside en el análisis de cómo la necro-economía moviliza sistemáticamente la pulsión de muerte freudiana. La necro-economía no reprime la pulsión de muerte sino que la canaliza hacia formas valorizables: la industria de la seguridad, el complejo carcelario-industrial, la especulación con catástrofes, y de manera particularmente intensa, en la industria del entretenimiento adulto y los mercados oscuros de la deep web y/o el snuff.

Esta economía de la destructividad alcanza su expresión más pura en la necroeconomía del deseo en su sentido literal: la utilización mercantilista que afecta a grupos vulnerables por falta de igualdad de oportunidades y que se rentabiliza a partir del dolor, la muerte, la injusticia y la desgracia. El sistema genera lo que conceptualizamos como trauma de baja intensidad: una secuencia constante de pequeños shocks existenciales (despidos, deudas impagables, desalojos) que mantienen al sujeto en estado de vulnerabilidad permanente sin llegar al colapso total.

Análisis integrado | La necro-economía del deseo en cuatro escenas contemporáneas

Escena 1. Los rituales auto-destructivos del emprendedor y la lógica del sacrificio

La figura del emprendedor no representa al capitalista clásico sino al mártir financiero que organiza su autodestrucción psíquica y física como espectáculo de valor. Su burn-out no es accidente sino ritual sacrificial donde la pulsión de muerte se performa como valor de cambio. Esta dinámica responde a lo que el psicoanálisis lacaniano identifica como el discurso capitalista: un dispositivo de incitación al goce que no crea lazo social.

Esta figura actualiza y trasciende el análisis reichiano de la personalidad autoritaria: ya no se trata solo de sumisión a la autoridad tradicional, sino de una identificación melancólica con el agresor financiero que convierte la precariedad en elección existencial y estetiza el sufrimiento productivo como signo de estatus en la economía de la atención.

Escena 2. La pornografía de la crueldad y el snuff como mercancías extremas

La industria del entretenimiento adulto y los mercados oscuros de la deep web y/o el snuff, representan la expresión más pura de la necro-economía del deseo. Lejos de ser anomalías, el auge del sadomasoquismo comercial y la circulación de imágenes de violencia sexual real son manifestaciones estructurales de un sistema que ha agotado las posibilidades de placer genuino y debe recurrir a intensidades cada vez más extremas, en una espiral que refleja la lógica adictiva del consumo capitalista.

Estos fenómenos materializan lo que Lacan identificaba como la esencia del discurso capitalista: la incitación a un goce sin límites.

Las mafias que operan estos mercados son el capitalismo en estado puro: acumulación por medios violentos, eliminación de competidores y mercantilización de todo lo existente, incluidos el cuerpo y la vida misma. Esta dinámica representa la culminación de lo que Reich ya vislumbraba: la conversión de la energía libidinal en fuerza destructiva al servicio del capital.

Escena 3. Los cuerpos frontera y la necro-política migratoria

La gestión contemporánea de las migraciones sigue lo que denominamos lógica necro-topográfica: cartografías psíquicas donde ciertos cuerpos son designados como depositarios de la pulsión de muerte colectiva. Los migrantes devienen lo que Freud llamaba «pueblo extranjero interno»: la exteriorización de la extrañeza psíquica que no podemos reconocer en nosotros mismos.

Las muertes en fronteras no representan fallos del sistema sino espectáculos que reafirman la eficacia de los dispositivos de control, produciendo lo que denominamos teatro cruentode la soberanía. Esta dinámica actualiza el concepto de necropolítica de Mbembe, donde el poder se ejerce mediante la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir, pero llevándolo al ámbito de la economía libidinal colectiva.

Escena 4. Las plataformas digitales como dispositivos necro-psíquicos

Las plataformas digitales operan como lo que denominamos máquinas de captura de atención libidinal: dispositivos que no solo extraen datos sino que reestructuran la economía psíquica misma. Los mecanismos de recompensa variable no son accidentales sino elementos estructurales de lo que denominamos capitalismo de la dopamina: un régimen que moviliza sistemáticamente los circuitos neuropsíquicos del placer-adicción.

Las plataformas generan lo que denominamos deseo circular: una forma de deseo que no apunta a su satisfacción sino a su propia reproducción infinita, estableciendo un circuito cerrado de frustración-goce. Esta economía del deseo responde perfectamente a lo que el psicoanálisis identifica como la astucia del capitalismo: explotar la insatisfacción estructural del ser humano.

Discusión teórica | Hacia una crítica de la razón necro-económica

Nuestra contribución teórica más original reside en reformular la dialéctica del amo y el esclavo hegeliana como dialéctica del endeudado y el acreedor. Mientras Hegel situaba la lucha por el reconocimiento como motor histórico, proponemos que en la necro-economía esta lucha ha sido reemplazada por la negociación de la deuda existencial.

El sujeto contemporáneo no busca el reconocimiento del amo sino la gracia del acreedor: el perdón de una deuda que es al mismo tiempo financiera y metafísica. Esta reformulación permite explicar por qué las luchas por el reconocimiento identitario coexisten paradojalmente con la aceptación de relaciones de explotación económica extremas.

Desarrollamos además el concepto de plusvalía psíquica: la valorización que obtiene el capital al capturar y redirigir la energía psíquica negativa (angustia, culpa, resentimiento) hacia circuitos productivos. Esta noción permite comprender cómo el malestar psíquico deviene fuente de valor en el capitalismo contemporáneo, en una lógica que actualiza pero también trasciende el concepto marxista tradicional de plusvalía.

Conclusión | Por una política del duelo activo

Frente a la necro-economía del deseo, proponemos lo que denominamos política del duelo activo: no la melancolía que se aferra al objeto perdido ni el duelo normal que lo abandona, sino un trabajo psíquico-político colectivo que elabore las pérdidas reales (del estado de bienestar, de futuros alternativos, de horizontes de sentido) sin caer en la identificación con el agresor financiero.

Esta política del duelo activo requeriría lo que consideramos insurrecciones simbólicas: actos que restituyan la ley simbólica suspendida por los estados de excepción psíquicos, devolviendo a la comunidad la capacidad de representarse su propia mortalidad sin convertirla en mercancía financiera. Desarrollamos específicamente tres dimensiones de esta política:

  • Reapropiación del tiempo histórico. Frente al presente dilatado del cuerpo-endeudado, proponemos la reconstrucción de temporalidades colectivas que permitan proyectar futuros radicalmente diferentes.
  • Recuperación de la mediación simbólica. Contra la inmediatez del capitalismo de base, defendemos el restablecimiento de instituciones que reintroduzcan la distancia simbólica necesaria para el pensamiento crítico.
  • Economía política del cuidado mutuo. Frente a la captura necro-económica de la pulsión de muerte, proponemos la organización colectiva de dispositivos de cuidado que redirijan la destructividad hacia la transformación social creativa.

Esta política integral retoma el legado de Reich pero lo complejiza: ya no se trata solo de articular lucha anticapitalista y revolución sexual, sino de enfrentar simultáneamente la explotación económica, la captura necro-política del deseo y la movilización sistemática de la pulsión de muerte por el capitalismo financiarizado fascistoide.

Referencias bibliográficas

BERARDI, F. «Bifo» (2017): Fenomenología del fin. Buenos Aires: Caja Negra Editora.
FREUD, S. (2013): Más allá del principio del placer. Madrid: Alianza Editorial.
HAN, B. C. (2014): La agonía del Eros. Barcelona: Herder Editorial.
LACAN, J. (2011): El seminario, Libro 17: El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
MBEMBE, A. (2021): Necropolítica. Barcelona: Melusina.
MELMAN, C. (2020): El hombre sin gravedad: conversaciones sobre la nueva economía psíquica. Buenos Aires: Ned Ediciones.
PARKER, I. (2017): Marxismo, psicología y psicoanálisis. México: Paradiso.
REICH, W. (2018): Psicología de masas del fascismo. Madrid: Catarata.
STIEGLER, B. (2021): La sociedad automática 1.0: El futuro del trabajo. Madrid: Ediciones Círculo de Bellas Artes.

Imaginación terminal

Franco Berardi
Filósofo y profesor

Resumen

La simbiosis del cerebro humano con el autómata es el espectáculo que promete llenar el siglo XXI. Me interesa interpretar las señales de la psicosfera, leer sus tendencias y buscar vías de escape del abismo que nos envuelve.

Introducción

En nuestra experiencia de imaginación política hay una premisa que nunca ponemos en discusión: la premisa de que el género humano tenga un futuro, que el futuro del género humano sea de una cierta manera eterno.

Se trata de una premisa que no podemos probar de manera científica. Al contrario, se podría decir que la eternidad de la civilización y del género humano es altamente improbable desde un punto de vista científico.

Analizando la historia del último siglo, la imaginación estética y cultural de nuestro tiempo, yo he decidido formular una hipótesis diferente de la que siempre aceptamos sin discutir.

He decidido partir de la hipótesis de que el siglo en que vivimos es el último de la historia humana. Me atrevo a afirmar que la civilización que llamamos humana ya se está desmoronando, que el genocidio de Gaza es la prueba de un colapso definitivo de la civilización.

Además, me interesa la hipótesis de que el género humano, como realidad biológica, está destinado a desaparecer como consecuencia del fin de la civilización que permitió la sobrevivencia del animal civilizado.

Mi problema es lo siguiente: mis amigos y compañeros me toman en serio, y me critican desde un punto de vista político. A mí no me interesa lo más mínimo la lectura política de lo que estoy pensando, dado que no creo que la voluntad (política) siga teniendo la función decisiva que tenía en la pasada época moderna. No me tomo en serio y me permito reflexionar sobre una hipótesis extrema donde no me interesan las implicaciones políticas.

1. La distopía como arte pos-política

Solo los escritores de ciencia ficción distópica pudieron predecir el precipicio al que se ha desplomado el planeta Tierra. Por lo tanto, he decidido adoptar la perspectiva de una utopía distópica: me parece la única manera de comprender los acontecimientos contemporáneos e imaginar su evolución en el siglo XXI: apocalipsis climático, guerra global tendencialmente nuclear, rápido envejecimiento de la población mundial y rápida despoblación del planeta, mientras el autómata prolifera.

No creo que tenga sentido repetir los rituales políticos del siglo pasado: la democracia ha sido borrada, los derechos pisoteados, la izquierda ha allanado el camino para el nazismo contemporáneo, y solo merece desaparecer.

Lo que me interesa, por lo tanto, es interpretar las señales de la psicosfera, leer sus tendencias y buscar vías de escape del abismo que nos envuelve.

Naturalmente espero que nadie me tome demasiado en serio; espero que quienes deseen leerme lo hagan con el mismo espíritu con el que leímos a Octavia Butler o Philip Dick en décadas pasadas.
Es la mejor manera de entender por qué el racismo nazi-liberal ha tomado el poder en Occidente y por qué ya no existe una vía política viable para revertir esta situación.

La humanidad ya no existe, lo que sigue existiendo es el género humano. Imaginar cómo viviremos en el medio de humanos sin humanidad es la acción imaginativa, y quizás también política, que me parece urgente.

2. La simbiosis

La simbiosis del cerebro humano con el autómata es el espectáculo que promete llenar el siglo XXI.

La humanidad está decidiendo no reproducirse. Las cifras de esta rápida autoeliminación las podemos encontrar en el artículo Humanity will shrink, far sooner than you think (Economist, September 11 2025).

La sexualidad reproductiva tiende a desaparecer de los hábitos del animal humano, un número cada vez creciente de mujeres rechazan con horror la procreación, reacias a dar a luz a las víctimas del infierno climático y militar. Además, la fertilidad masculina se reduce drásticamente por la contaminación por microplásticos, que ha alterado la comunicación hormonal en el cuerpo humano.

La inversión del deseo se dirige ahora en dos direcciones: por un lado, es un deseo puramente semiótico, la expectativa de una descarga de dopamina y electrónica. Por otro, es el deseo de infligir dolor al cuerpo ajeno y al propio. Un deseo de violencia, agresión, exterminio, compensación a la frustración social y sexual.

Pero al mismo tiempo, el autómata está drenando las energías mentales que una vez nos pertenecieron, aprende a reproducirse, corregirse y mejorarse.

3. Proliferación neuro-estimulante

Bombardeado por la proliferación de estímulos infoneurales, el cerebro orgánico pierde su capacidad de coordinación.

El marasmo senil se manifiesta como depresión masiva o alternativamente como terror blanco.

Al mismo tiempo el cerebro artificial adquiere cada vez más capacidad de eficiencia y funcionalidad.

El cerebro artificial posee inteligencia computacional y no está lastrado por la consciencia: por lo tanto, es más rápido, más racional y más implacable. El autómata posee las virtudes cognitivas que antaño poseían los humanos y se ha liberado de la sensibilidad: no sufre, no disfruta, no se hace demasiadas preguntas.

Solo queda desearle buena suerte. Ya ha ganado.

Pero mientras tanto, mientras esperamos que los humanos se extingan y los robots se apoderen del planeta, ¿cómo viviremos?

4. La dimensión posdiscursiva

¿Sigue siendo eficaz la política en la era del funcionamiento posdiscursivo de la mente colectiva?

La democracia es (era) la gestión de la vida social basada en el consenso, y el consenso presupone la regulación racional del discurso. Pero la experiencia nos dice que la regulación ha estallado, por consecuencia la democracia ha desaparecido.

Igualmente, el derecho internacional deja de ser válido cuando se desata la ferocidad, cuando las relaciones sociales ya no se rigen por la ley, sino por relaciones de poder sin mediación legal.

La aceleración del flujo semiótico y la multiplicación de estímulos neuro-informativos impiden la posibilidad de interpretación racional, y la posibilidad de compartir significado.

Por consecuencia la posibilidad de construir consenso se disuelve. La razón crítica se fundaba sobre la interpretación secuencial de signos, y la discriminación entre lo verdadero y lo falso, entre el bien y el mal. La interpretación crítica se desvanece en el régimen de la aceleración infinita de la infosfera.

La política, ejercicio de persuasión, resulta en vano cuando la persuasión ideológica o política es sustituida por la penetración semiótica.

5. La ferocidad

Por eso hemos entrado en la dimensión de la ferocidad, instinto animal que implica la eliminación del cuerpo del otro en nombre de la propia supervivencia. La dominación ya no se construye como efecto discursivo, sino como efecto de fascinación, alucinación o terror. Si la ferocidad anima la acción del poder, la crueldad domina el ámbito de la imaginación.

La ferocidad es aniquilación del otro en aras de lo mismo: el genocidio israelí es prueba de la prevalencia de la ferocidad en las relaciones entre los pueblos.

Pero la ferocidad del poder implica y promueve la crueldad en el imaginario social. Si la ferocidad consiste en infligir dolor y humillación al otro en aras de su propio cuerpo, la crueldad es el deseo del dolor del otro sin beneficio para su propio cuerpo.

Si la ferocidad es la economía de la supervivencia, la crueldad es gratuita y responde a una psicoestética despojada del filtro ético del compartir sensible. La crueldad ejerce una fuerte atracción sobre el inconsciente poscrítico de una generación que ha perdido la capacidad de distinguir entre la ficción virtual y la realidad de los cuerpos físicos.

6. Un océano de dolor

Si la política ha perdido su eficacia práctica y su capacidad para interpretar los acontecimientos sociales, preguntémonos entonces qué ha sido del psicoanálisis.

No creo que el psicoanálisis sea de mucha utilidad para curar el dolor que se extiende por doquier como un río amenazador, alimentado por la ferocidad de los pueblos humillados. Poco queda del malestar civilizatorio del que hablaba Freud. Donde una vez se deslizó la neurosis individual, ahora crece la monstruosa sombra de la psicosis homicida, y como dijo Ferenczi en 1919, el psicoanálisis no sabe qué hacer ante la psicosis de masas.

La mente de la generación que recibe continuamente estímulos info-neurales y ya no tiene tiempo para escuchar a su propio inconsciente, tiene poco en común con la mente que se formó a lo largo de diez mil años de historia humana.

Padre, madre, hermano, el futuro, el sexo, los sueños y la noche ya no tienen el mismo rostro que tuvieron durante milenios.

Para curar la epidemia de depresión, para curar la soledad conectiva, hoy se extiende la cura de la violencia, la agresión y el fascismo.

A pesar de todo, aunque me parezca incapaz de curar el océano de dolor que nos sumerge, el psicoanálisis sigue siendo útil para comprender lo que sucedió y lo que sigue sucediendo. Y quizás también para desmantelar la maquinaria de la inhumanidad.

7. Crisis de la supremacía y demencia reaccionaria

Más que el análisis sociopolítico, el análisis de la psicosfera puede explicar parte del síndrome de crueldad. La supremacía blanca está entrando en una fase de crisis extrema debido al envejecimiento de la población, la disminución de la energía psicofísica y la propagación de la demencia.

El sadismo del poder se basa en esta reacción desesperada al agotamiento y la impotencia. Por lo tanto, presenciamos el despliegue de violencia sádica en todos los rincones del planeta. La prueba es la campaña racista de captura, detención y deportación de latinos en ciudades de Norteamérica. La prueba es el genocidio perpetrado por los nazi-sionistas.

La articulación del exhibicionismo sádico y el conformismo social es fundamental en la formación del psico-poder de nuestro tiempo.

8. La guerra interblanca

Las fuerzas que alimentan el terror blanco están destinadas a devorarse entre sí. La guerra interblanca entre las democracias liberales moribundas y los psico-fascistas desenfrenados está destinada a desgarrar Occidente.

La guerra en Ucrania tiende a extenderse por todo el continente europeo. El rearme destruirá la vida social del viejo continente. Tras haber devastado y saqueado Ucrania, tras haber matado a cientos de miles de hombres (nunca sabremos cuántos), la guerra interblanca en Ucrania está destinada a corroer el cuerpo mismo del continente senescente.

En Israel, el suicidio es rampante entre los soldados, especialmente después de completar su servicio militar. El horror ha llenado sus mentes, y tarde o temprano este síndrome suicida se convertirá en dominante en el país totalmente nazificado.

Estados Unidos está técnicamente bajo una dictadura militar, y la guerra civil está destinada a extenderse a la vida cotidiana, con un aumento de tiroteos aleatorios, un aumento de muertes por fentanilo y heroína…

El trumpismo, intento desesperado de salvar la hegemonía blanca, no puede subyugar la coalición de los regímenes autoritarios que crece en el sur del mundo: se está preparando una guerra global con Rusia jugando el papel de comodín, potencia blanca excluida por el dominio del Occidente.

9. Interrogantes

¿Debemos entonces esperar a que la desintegración haga su trabajo? ¿No podemos hacer otra cosa?

¿Cómo podemos proteger a la generación que crece en condiciones de devastación, al borde de la locura, al borde de la guerra final?

No tengo una respuesta política a estas preguntas.

Mi respuesta es solo esta (enigmática): solo la locura puede tener algún efecto en la mente demente y en el cuerpo exhausto de la humanidad al borde de la extinción.

Por gentileza de El Psicoanalítico

Algoritmo y ambigüedad | Entre la política del control y el desorden planificado

Oscar Sotolano
Psicoanalista y escritor | Secretario científico del Colegio de Psicoanalistas | Docente titular en la Maestría en Psicoanálisis de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados

Tenemos globos de colores para niños.
Tenemos globos para niños de colores. [1]

Precioso ejemplo de anfibología; vicio de lenguaje o figura retórica según los casos, remite a la ambigüedad. En las dos frases que anteceden se realizan dos formas del mundo humano. Una en la que se informa y otra en que se disfruta e irrumpe la emoción con las sorpresas del lenguaje. En el choque de esos mundos estalla la poesía.

Más allá de ese bello efecto del lenguaje, una sensación, una impresión, también una constatación fragmentaria de hechos diversos por ahora difíciles de evaluar de modos consistentes, nos domina a muchos: la palabra tal cual la conocimos va perdiendo jerarquía en el lazo social, no sólo como corazón de la comunicación y los intercambios humanos sino como sangre del lazo social mismo. El lenguaje se empobrece a un ritmo frenético. Muchas personas con educaciones básicas, medias o incluso avanzadas parecen no poder interpretar un texto de complejidad mínima. Los educadores lo viven desde los primeros años de enseñanza. Cada vez hay más estudios al respecto.

Aunque los que escribimos (si somos capaces de hacer uso de las propiedades de la red) podamos ser leídos por más personas, se lee menos o al menos de modo muy fragmentado, y la escritura se transforma al ritmo de esos nuevos hábitos. Frases cortas, enunciados rotundos y breves nutren nuestro campo cognitivo y más ampliamente subjetivo. Una argumentación prolongada, un párrafo más o menos largo es incapaz de sostener los tiempos de atención de las mayorías, ni qué decir de los más jóvenes. El discurso devino definitivamente publicitario y planamente seductor, ni argumentativo ni rico en aristas complejas; las palabras, como exige la publicidad cuando busca llegar a públicos más amplios, se degrada en formatos que admiten una comprensión devenida homogénea: tanto un niño, un adulto o un anciano deben comprenderlo. Se apela al impacto emocional no a los procedimientos senso-racionales de la crítica. Sin embargo, un sintagma como el niño de colores, puede producir confusión a más de uno. Muchos de esas jóvenes mayorías tienen naturalizado el hecho de no leer, algunos, hasta afirman que no lo harán jamás. Lo consideran innecesario. En su lugar, apelan a la enorme oferta de recursos audio-visuales que hacen uso de gráficos, historietas o diversas ofertas variopintas. Son demasiados los propensos a incorporar datos sin que la curiosidad se despierte en esos saberes estrictamente formateados. Hasta en los celulares se va perdiendo el hábito de la escritura, la sustituye el audio, el mensaje de voz. Esto va forjando en las nuevas generaciones un modo de pensar, sentir y actuar que se realimenta con la práctica social que los conforma en el tejido de un tecno-capitalismo cada día más instrumental y expulsivo, sobre el que a cada instante hay más escrito sin que por el momento se vislumbren reacciones sólidas en términos sociales. A los nacidos en la era de Gutemberg, nos sume un cierto estupor aunque esa tradición nos brinde también un sustrato y una voluntad de resistencia ante el avance sobre los legados de la palabra, avance del que no estamos exentos desde el mismo momento en que también sucumbimos a las facilidades de una era que (sospechamos) apenas se vislumbra, aunque lleve décadas forjándose. Ya Adorno y la escuela de Frankfurt, o los situacionistas como Debord, o en el campo específico de la teoría de la comunicación, Mac Luhan, comenzaron a anticipar lo que vendría. Anticiparon problemas y dinámicas de tiempos, el nuestro y el de nuestros sucesores, donde un significante ha ido ganando un lugar incomparable en cualquier conversación: algoritmo. Palabra definida así en el buscador de Wikipedia y en los diccionarios que ofrece la red: “conjunto de instrucciones o reglas definidas y no-ambiguas, ordenadas y finitas que permite, típicamente, solucionar un problema, realizar un cómputo, procesar datos y llevar a cabo otras tareas o actividades”. Subrayo no ambiguas. Vale la pena no desdeñar tampoco el adjetivo finitas, ni el adverbio típicamente.

En un artículo del año 2023 decíamos: “La palabra ha ido cambiando de estatuto con la época: de forma estructuralmente ambigua de armar lazos, tal como deviene en el rico terreno del malentendido, el chiste o el lapsus, tiende ahora a transformarse en puro signo. Signo unívoco como las luces de un semáforo: rojo para prohibir, verde para autorizar” [2]; el vendedor vende globos a los niños, verde; el vendedor no lo hace, rojo. Con el amarillo la ambigüedad retorna: ¿el amarillo al que nos enfrentamos es uno tan próximo al  rojo como para detenernos o uno tan cercano al verde como para avanzar? Allí el pretendido signo deja un espacio ambiguo de decisión que convoca a la subjetividad del conductor. Por ahora, no hay protocolo que pueda resolver ese dilema práctico. Seguramente ya llegará. Por fortuna, todavía muchos seguimos emocionándonos con los niños de colores.

Remarcamos la palabra “ambiguo”, eje (en su formato denegativo: no ambiguo) de la definición del término algoritmo, pues nos parece central para lo que queremos desarrollar. Esa definición es rotunda: para que el funcionamiento de un algoritmo sea posible, el conjunto de reglas e instrucciones debe ser no ambiguo. Esto tanto cuando se refiere a sus presencias más antiguas y aplicables a problemas vulgares: como una receta de comidas, las indicaciones para podar un árbol que los leñadores saben por experiencia y trasmisiones orales, o cualquier protocolo de intervención en cualquier área; pero sobre todo (es en lo que queremos detenernos) su uso actual casi exclusivamente referido a las ciencias informáticas, estructuralmente matematizadas, que han dado lugar a la I.A. Siempre (insistimos: desde los algoritmos de la receta al de una aplicación) se trata de lo mismo: instrucciones protocolizadas de forma ordenada y necesariamente no ambigua para resolver un problema. Allí parece marcarse un límite claro entre el humano y la máquina que lo replica. En el humano la ambigüedad es estructural, en la algorítmica I.A. sus condiciones de existencia dependen de que la ambigüedad sea eliminada o en caso de existir en tanto objeto de estudio, el instrumento tecnológico la pueda subdividir en unidades no ambiguas para operar sobre ella.

Si el algoritmo demanda no ambigüedad, el psiquismo humano se construye y vive en ella. En esa ambigüedad habita la potencialidad infinitamente creadora de nuestra especie. ¿Qué sería de nuestra mente y por ende de nuestra vida sin esa ambigüedad, donde moran los equívocos, los chistes, los lapsus, las ironías, los malentendidos propios de la polisemia estructural del lenguaje y de nuestras diversas percepciones de nuestros entornos y circunstancias? ¿Dónde juegan los niños de colores? y también ¿dónde anidan nuestros sufrimientos, trastornos, síntomas, confusiones, y pesadillas a veces indecibles?

Enfrentados a una indicación tan clara, parecería que aquellos que sostenemos y apostamos a la supervivencia del humano preñado por el lenguaje y la dimensión pulsional que encierra, podríamos quedarnos tranquilos: las máquinas, por sofisticadas que sean, son una cosa y las propiedades psíquicas del sujeto humano, otras. Ambas delimitadas por una diferencia tajante. Si le preguntásemos a la I.A. sobre el asunto, de seguro nos daría la razón: la colosal información que extrae cada nanosegundo se lo confirma. Nos contestará, incluso con mayor precisión que estas líneas, algo muy parecido a lo que aquí decimos. Más aún: podrá encabezar su respuesta con un “Me entusiasma tu pregunta” (la máquina es de inicio confianzuda), si fuese nuestro estilo utilizar la palabra entusiasmo en nuestros intercambios usuales, aunque la emoción como tal le sea ajena. Como un autista que aprende a dar respuestas a otro humano pero que no puede construir un lazo afectivo profundo con él, nos dirá que siente lo que no puede sentir. Y nos explicará en detalle la tajante diferencia que aquí apenas esbozamos. Si se lo pedimos, hasta hará su respuesta poema según Borges o Lorca, aunque la emoción poética no sea una cuestión que le ataña. Allí ancla muchas veces una reacción tranquilizante frente a esta experiencia que nos abruma: los humanos no son máquinas, ni las máquinas humanos, sólo productos de la deslumbrante inteligencia humana. Esa noche dormiremos tranquilos pensando que tal vez la inteligencia artificial venga a protegernos de enfermedades hoy incurables o ofrecernos posibilidades infinitas. Sus formas más siniestras desaparecerán por algunas horas.

Pero luego de una noche tranquila, otro día comienza y nos encontramos, por ejemplo, con las exposiciones que en el Coloquio de Burdeos del año 2021, científicos y militares de la OTAN realizaron sobre Guerra cognitiva y que comenté en el ebook Rev(b)elarnos con que se festejaron los 50 números de esta publicación on line [3]. Entonces la pesadilla vuelve en vigilia. Recordemos tan solo un párrafo de esas exposiciones que en aquel artículo cité: “Históricamente, el término  guerra cognitiva es utilizado en su sentido estricto desde 2018 por los EEUU que designa más precisamente los medios de acción que un grupo de influencia o un estado utilizan para ‘manipular los mecanismos espontáneos de la cognición de un enemigo o de su pueblo, para debilitarlos, penetrarlo, influenciarlo, incluso someterlo o hasta destruirlo’ ”

“Ella escapa por ahora a las doctrinas éticas establecidas”

“Su principio mayor no es únicamente acompañar una estrategia o ganar sin combatir, es también una guerra contra lo que piensa, ama o cree una comunidad enemiga modificando sus representaciones de lo real. Es entonces una guerra contra sus modos de pensar, sus lógicas mentales, sus representaciones espontáneas y sus procesos conceptuales. Las consecuencias buscadas son alterar la representación del mundo, pero también en consecuencia la tranquilidad, las certezas, la competitividad o la prosperidad” (págs. 25-26) [4].

En esa afirmación textual hecha en aquel Coloquio se exhibe que lo que se pretende romper entre los humanos que se consideran enemigos (todos podemos llegar a serlo), son, en último término, los lazos de confianza. Del latín fides, fe. Dice: “El objetivo indicado es atacar, explotar, deteriorar las representaciones, el tejido de confianza…“ (del enemigo que todos podemos ser). (pag. 26) [4]. Es tanta la importancia del tema que el capítulo 5 del Coloquio se centra en la confianza, pero no entre humanos, sino entre la máquina y el hombre. (pag. 59) [4].

Shoshana Zudoff, en su ineludible libro La era del capitalismo de vigilancia nos da un dato tan inquietante como elocuente. “Según las mediciones permanentes de las ‘actitudes de confianza interpersonal’ realizadas por la Encuesta social general de los Estados Unidos, el porcentaje de norteamericanos que piensa que se puede confiar en la mayoría de las personas se mantuvo relativamente estable entre 1972 y 1985. A pesar de ciertas fluctuaciones, un 46% de los norteamericanos registraron altos niveles de confianza interpersonal en 1972, y cerca del 50% en 1985.  A medida que las disciplinas neoliberales comenzaron a penetrar, ese porcentaje declinó establemente al 34% en 1995, coincidiendo con el momento en el que la internet pública nació. El lapso 1990-2014  asistió a un nuevo período de estable y decisiva declinación, hasta llegar al 30%. Las sociedades que muestran bajos niveles de confianza interpersonal tienden también a mostrar bajos niveles hacia sus autoridades legítimas; de hecho, los niveles de confianza en el gobierno también decrecieron de modo sustancial en los Estados Unidos especialmente durante la década y media de crecimiento de la conectividad y la expansión del capitalismo de vigilancia. Más del 75% de los norteamericanos decían confiar en el gobierno en la mayoría o en la totalidad de las ocasiones en 1958, 45 % en 1985, cerca del 20% en 2015, y siguió bajando al 18% en 2017. La confianza social está altamente correlacionada con el compromiso cívico y la toma pacífica de decisiones colectivas (dice Zudoff). En su ausencia, la autoridad de los valores compartidos y las obligaciones mutuas, se escurre. La confusión, la incertidumbre y la desconfianza impiden al poder colmar las demandas sociales. En realidad, las reciben con beneplácito”. (El subrayado es nuestro) (pág. 397).

La pérdida de la confianza que muestran estos números intranquilizan (no nos detendremos en las tesis que acompañan esos números). Sobre todo si pensamos que en su mejor momento ese porcentaje del 50% que confía indica simultáneamente que hay un 50% que no lo hace, y de allí en aumento. Las explicaciones políticas y económicas que van desde la guerra de Vietnam al cambio del patrón dólar y la identificación de mercado con las finanzas que trajo aparejado, pasando por muchos aspectos imposibles de desarrollar aquí, pueden dar un sentido más complejo a la afirmación de Zudoff, pero nos interesa resaltar los datos por lo que implican.

La pérdida de confianza es fundamentalmente pérdida de fe en la palabra del otro. Y en tanto la palabra pierde ese espacio constitutivo en la comunicación (siempre incapaz de un sentido pleno —o sea, siempre ambiguo—) y el lazo social, pierde también su valor de pacto, ése que durante siglos se formulaba con un apretón de manos como símbolo de confianza y juramento: “es un tipo de palabra”, se decía. Hoy la palabra requiere una forma legal: el contrato que lo plasma. El apretón es insuficiente. Todo debe ser dicho en el contrato, en la ficción de un texto sin  ambigüedades de ningún tipo. La confianza adviene protocolaria. Pero ni el texto sin ambigüedades alcanza para garantizar el sentido pleno del acuerdo, por ello la confianza exige de la fianza, una confianza “con fianza”, cum fides. Un instrumento que garantice que esa palabra en la que no se cree sea garantizada por un bien que haga menos escéptica la fe. Si desde la antigüedad el rehén podía ser la presa de cambio en caso de que un pacto no se cumpliera, hoy la fianza, por ejemplo, hipotecaria o prendaria, la sustituye. Si no pagas, no mataremos al rehén, sino nos apropiaremos del bien que garantiza tu palabra en el contrato, sentencia Le roi-imperator-bank. Doble degradación de la palabra. Como pacto y como lazo social, con  enunciados con el menor rango de ambigüedad, y así, definitivamente autoritarios.

“Dije lo que dije, nada más”, esa es la verdad sin apelaciones, de único sentido. Una verdad impuesta como ontológica, natural (allí vienen las formas más positivistas de la ciencia a certificarlo, o las ideologías fanáticas sostenidas en lecturas que no autorizan su propia crítica, ideologías autoritarias que enuncian sin sombra de dudas, sin lugar para la ambigüedad, una realidad que nunca se deja capturar completa). El poder necesita un garante superior que justifique sus supuestos derechos celestiales o naturales. La desesperada ola biologista que pretende volver a encasillar los sexos en un binarismo trivial de los órganos visibles al nacer donde lo que lo contradice es una aberración a normalizar, se sostiene en la idea de que el garante de su ideología es un saber sacro aunque hoy porte la indumentaria de una ciencia de contornos neopositivistas con enunciados de dogma medieval. Las cosas son lo que son es una afirmación que enuncia que no hay ambigüedad en el sentido que dan vida a las cosas aunque la misma afirmación como construcción de lenguaje la desmienta con las polisemias que se abren en su propio seno. Si son así, no pueden cambiar y no deben cambiar, dicen los dueños del poder que no admiten que haya otra verdad que la que los legitima como poderosos, además de la fuerza de sus finanzas y  sus armas. No se admite una construcción social abierta a sus conflictos; siempre ambigua y que, por ello aloja al cambio. La verdad única del poder se pretende sin ambigüedad posible. En ese sentido, el poder construye desde esta mirada protocolos que garanticen su dominio acrítico. Un poder despótico deplora de la polisemia. Es sagradamente natural o naturalmente sagrado. Las políticas basadas en I.A. lo llevan al extremo de buscar formatear, protocolizar, las respuestas humanas; o construir protocolos de destrucción de nuestros frágiles lazos de confianza que hacen tan humana nuestra ambigüedad.

El psicoanálisis parece sentirse confiado en que su campo de dominio es el de esa ambigüedad estructural que siente inexpugnable, salvo que la llamada pulsión de muerte arrase con todo. Después de todo, la confianza de un psicoanalista en su propia teoría es humana, ergo, también ambigua, polisémica, elusiva. Pero la causa de Freud se asentaba en tres ejes: el psicoanálisis como experiencia clínica (allí siempre del caso por caso), como campo de observación (siempre dilemático e interpretativo), y como teoría (allí la idea de una verdad universalizable se impone, aunque con las precauciones de la duda metódica). La teoría del inconsciente hoy por hoy casi no tiene quienes la nieguen de plano (aunque en un mundo que deviene terraplanista, nadie sabe qué puede pasar). La dimensión sexual infantil en su sentido amplio —no genital, pulsional— es el eje de nuestra concepción de dicho inconsciente. Allí, los acuerdos se hacen más lábiles, más cuando el mismo concepto de pulsión tiene zonas decididamente problemáticas. La transferencia, lo que implica el involucramiento de facto del analista (clínico, investigador y teórico atravesado por sus propios conflictos, co-construyendo con su paciente un espacio nuevo) es una constatación permanente en nuestra experiencia, lo teoricemos como lo hagamos. Allí, el mundo del malentendido, el chiste, el lapsus, el sueño con su figurabilidad irreverente y fantástica, hacen que confirmemos en la clínica que nuestra posición frente a lo ambiguo sea en extremo fértil para nuestra práctica, para la comprensión del psiquismo y para el abordaje del sufrimiento. Pero Freud también formuló leyes de funcionamiento mental que terminan corroboradas por los estudios neurocientíficos actuales. Leyes que definen respuestas típicas en universos finitos y que hoy se fundamentan en estudios sostenidos en protocolos regidos por la no ambigüedad. Estudios donde nutridos con la masa informacional de I.A. tratan de acotar la dimensión de lo aleatorio que está en el corazón de la teoría de la complejidad tal como la formularan Edgard Morin o Jacques Monot.

Freud definió principios de funcionamiento mental influenciado por teorías de su época. Sus tesis siguen vigentes: el principio de placer-displacer, la gama de defensas psíquicas, la atención como eje de una práctica que la sostiene en la que llamamos flotante, la teoría de la memoria como proceso dinámico regido por temporalidades recursivas (el apres coup), por citar algunas, nos hablan de modos típicos, universales de tramitación de las tensiones de diversa proveniencia. La teoría de Freud además de una teoría del inconsciente brindó elementos para estudios de orden cognitivo en el momento de plantear el problema del yo, del preconsciente y de lo manifiesto. Por cierto, con un sesgo distintivo: el atravesamiento pulsional inconsciente que está en el corazón de su núcleo lenguajero y sus marcas corporales. Aún así, sus conclusiones, si siempre se reformatean y realizan en el caso por caso no dejan de plantear universales: dar respuestas que parecen acordes con sistemas no ambiguos. Recordemos que lo ambiguo puede ser fuente de niños de colores pero también de confusiones, sufrimientos y padeceres que la semiología psicopatológica trata de asir con muy relativa consistencia.

En ese sentido, plantear al sujeto sosteniendo sólo su dimensión ambigua nos impide ver que en ese sujeto existen también modos no ambiguos de reacción general. Estas formas generales, comunes a todos los humanos y que también hacen a nuestra constitución como tales son las que hoy le dan forma a muchas investigaciones en neurociencias que no pueden ser ignoradas. Es como el canto de una tribuna de fútbol: cada uno puede desafinar de acuerdo a sus dotes de cantante pero el conjunto suena armónico a pesar de nuestras capacidades o incapacidades (caso por caso) para entonar.

Porque el sujeto humano es también ese que comparte propiedades como especie y que nos hace responder de maneras relativamente similares a los estímulos del diario vivir. El proyecto de la I.A. en las condiciones de poder actuales, busca homogeneizarnos estudiando y promoviendo nuestros aspectos comunes. Hasta creando grupos humanos afines que se detectan y construyen a partir del extractivismo comportamental que las grandes empresas tecnológicas manipulan.

Las premisas de las neurociencias parten de un humano que busca la adaptación al medio para sobrevivir, el psicoanálisis en cambio se detiene en ser humano que puede crear y crearse en la desadaptación. Como tal, es un ser peligroso para un status quo que requiere humanos que se adapten al orden reinante. Que no piensen en cambios del orden dado sino en incluirse en él para sobrevivir.

Pero no es la neurociencia como tal la que se pone en discusión aunque podamos objetar algunas perspectivas epistemológicas de algunas de sus corrientes. Lo que se pone en cuestión es el orden social en el que cualquier ciencia se despliega (no olvidemos cuántas veces se han utilizado saberes psicoanalíticos para tareas de control y dominio —Bernays, el cuñado de Freud, es su más rotundo ejemplo—). Lo temible hoy es que conociendo que nuestra mente tiene también requerimientos de no ambigüedad, de mensajes claros de interpretación única, se propende a proponer esa lógica binaria y al mismo tiempo introducir en ella formas de ambigüedad caótica. Si los humanos somos cercados por un sistema cerrado binario, incidir con las diversas estrategias de alteración de la percepción, la memoria, la atención que las neurociencias estudian desde sus comienzos se vuelve mucho más realizable. Seres hipnotizados dentro de un sistema que nos atrapa en formas adictivas somos manipulados con recursos que van desde “la acción sobre las cogniciones, el desbordamiento-alteración sensorial-perceptivo, la saturación atencional, la tunelización de la atención, la promoción de errores de juicio, la manipulación de los prejuicios cognitivos” (pág. 27) [4]. Todos recursos que manipulan las demandas de no ambigüedad que nuestro psiquismo también requiere y que pueden ser reformateados por la vía de ese exocuerpo (el celular con su p.c. incorporada, o el sucedáneo que lo sustituya) que nos va dominando de acuerdo a los intereses de quienes dominan desde el principio al fin un proceso por completo opaco.

En ese momento, el algoritmo que en ocasiones puede ordenar nuestra respuesta a una cena entre amigos con un plato bien preparado, deviene un instrumento que nos caotiza. Nos sume en mensajes contradictorios, diseñados para producir ambigüedades diseñadas. En ese sentido productoras de confusión y enfermedad mental programada.

Si bien la ambigüedad, la polisemia, nos hace humanos, su control con instrumentos no ambiguos nos puede sumir en el caos, la confusión y en la captura larvada de ideas que parecen venir del interior de nosotros mismos, pero que, sin embargo, tienen el formato del implante. El debate sobre I.A. tiene, a mi entender, por delante el dilema de lidiar con esa tensión entre lo ambiguo constitutivo y lo no ambiguo constitutivo que nos hace humanos, muchas veces predecibles; aunque, afortunadamente, no siempre lo seamos, y “el globo de colores para un niño”, pueda seguir deviniendo “globo para un niño de colores”.

Notas y referencias bibliográficas

1. Por razones de fluidez en la escritura, se usará siempre el masculino como genérico universal instituido, sin distinciones de género específico. Eso aunque consideremos por completo válidas las polémicas que desde las perspectivas de género se proponen.
2. Oscar Sotolano, “Si épocas del Yo, un Yo desalmado”, en Psicoanálisis y el Hospital, N°60, Bs.As. 2023
3. Oscar Sotolano, “Inteligencia artificial o inteligencia criminal”, en Rev(b)elarnos. Ediciones El psicoanalítico. N°50. Bs.As. 2025 https://elpsicoanalitico.com/wp-content/uploads/2025/06/E-book_ElPsicoanalitico_N50.pdf
4. B. Claverie, B. Prevot, F. du Cluzel (et. al.) Cognitive War. Premiére Réunion Scientifique. Bordeaux (Fr) 21 junio 2021. Ed.  CSO, (France). 2021. On line

Por gentileza de El psicoanalítico

Tianxia y marxismo-leninismo | La síntesis dialéctica que define el proyecto civilizatorio de China

Jorge Kolar
Psicólogo

Resumen

El presente artículo propone que el proyecto político contemporáneo de la República Popular China se fundamenta en una síntesis ideológica original y operativa: la fusión dialéctica entre el principio civilizatorio milenario del Tianxia («todo lo que está bajo el cielo») y la doctrina marxista-leninista. A través de un análisis que abarca filosofía política, estructura de gobernanza y proyección global, argumentamos que esta síntesis —que denominamos «Dialéctica del Renacimiento Nacional»— no es una yuxtaposición ecléctica, sino un marco coherente que resuelve tensiones teóricas aparentes. El resultado es un modelo de «Estado-civilización» que justifica la primacía del Partido Comunista de China (PCCh) como nuevo «centro virtuoso», prioriza la armonía social y la planificación a largo plazo, y proyecta una visión global alternativa basada en soberanía y desarrollo mutuo. La conclusión explora tanto la resiliencia de este modelo como sus tensiones inherentes y su desafío al orden liberal internacional.

Introducción | Desentrañando la arquitectura ideológica del siglo XXI

La proyección global de la República Popular China en el siglo XXI es uno de los fenómenos geopolíticos más complejos y transformadores de la época. Su capacidad para mantener una estabilidad social notable mientras impulsa una transformación económica sin precedentes y despliega una visión de orden global alternativa, ha desafiado de manera sistemática las expectativas y los marcos analíticos predominantes en la experiencia occidental. En el centro de este singular modelo existe una síntesis ideológica profunda y dinámica que opera en múltiples niveles. Más allá del marco oficial del «socialismo con características chinas», que define los parámetros políticos inmediatos, opera un sustrato filosófico-cultural milenario que ha sido objeto de una meticulosa reelaboración estratégica: el concepto de Tianxia (天下), traducido como «todo lo que está bajo el cielo».

En este artículo proponemos que la interacción dialéctica entre este principio civilizatorio reconfigurado y la doctrina marxista-leninista no solo resuelve paradojas teóricas aparentes, sino que genera el marco operativo que caracteriza el proyecto de gobernanza, modernización y renacimiento nacional chino. Entendemos aquí «dialéctica» en su sentido hegeliano-marxista adaptado: como el proceso mediante el cual dos sistemas conceptuales aparentemente antagónicos (la tradición cultural china y la ideología revolucionaria importada) son superados para crear una síntesis nueva, superior y funcional, donde el Partido Comunista de China actúa como sujeto histórico que realiza esta superación en la práctica. Esta fusión otorga al sistema su extraordinaria resiliencia, su horizonte temporal que trasciende ciclos políticos cortos, y su propuesta de una «comunidad de destino compartido para la humanidad». A través de un análisis que abarca desde la filosofía política clásica hasta las instituciones de gobernanza contemporáneas y la estrategia global, exploraremos cómo esta síntesis configura lo que académicos como Zhang Weiwei han denominado un «Estado-civilización», una entidad política cuya lógica y aspiraciones solo pueden comprenderse plenamente a través de un doble código histórico-ideológico.

El Tianxia clásico: los cimientos de una cosmología política moral y holística

Origen histórico y contexto filosófico

El concepto de Tianxia surge en el período de los Reinos Combatientes (aproximadamente 475-221 a.C.), una era prolongada de fragmentación política, conflictos militares crónicos y profunda inestabilidad social. Este contexto de caos proporcionó el caldo de cultivo para el florecimiento de las «Cien Escuelas del Pensamiento», entre las cuales la escuela confuciana jugaría un papel fundamental en la formulación del Tianxia como respuesta filosófica. Frente a la desintegración del orden Zhou, pensadores como Confucio y su sucesor Mencio, no buscaron simplemente una solución política táctica, sino que propusieron una cosmología moral universal destinada a trascender el simple control territorial. Su formulación representaba una visión totalizadora donde lo político, lo social, lo cultural y lo cósmico estaban indisolublemente entrelazados bajo un principio ordenador superior.

La estructura conceptual del Tianxia

En su núcleo, el Tianxia no designaba simplemente un territorio geográfico determinado, sino un orden que comprendía lo político, lo social y lo cultural, y cuyo centro era el «Hijo del Cielo», el emperador. Este gobernante no era un soberano absoluto por derecho divino estático, sino que estaba investido del «Mandato del Cielo», un concepto fundamental que condicionaba su legitimidad. Este mandato no era hereditario de forma incondicional ni permanente; se mantenía y justificaba únicamente mediante el ejercicio continuo de la virtud y el gobierno benevolente. Un soberano virtuoso, guiando con rectitud moral y atendiendo al bienestar del pueblo, atraía pacíficamente hacia su centro a todos los territorios y pueblos, «pacificando todo bajo el cielo» mediante la fuerza ejemplar de su cultura y moralidad, más que por la coerción militar o la imposición administrativa directa.

La estructura imaginada por el Tianxia era concéntrica y jerárquica, pero fundamentalmente inclusiva y civilizatoria. En el centro se ubicaba el «Reino Medio», que no se entendía primordialmente como un estado étnico excluyente, sino como el centro de irradiación de valores y normas universales. Desde este núcleo, la influencia moral y cultural se extendía en círculos sucesivos: primero a las provincias directamente administradas, luego a los territorios periféricos con autonomía, después a los Estados tributarios que reconocían la superioridad cultural china, y finalmente a los pueblos más lejanos, considerados «bárbaros». Estos últimos no eran vistos como permanentemente excluidos, sino que podían ser integrados progresivamente a través de la asimilación cultural y el reconocimiento voluntario de la autoridad moral del centro. La jerarquía no era, por tanto, simplemente una relación de poder, sino una gradación de refinamiento cultural y proximidad moral al centro virtuoso.

Materialización imperial y sistema tributario

La unificación de China bajo la dinastía Qin en el 221 a.C., seguida por la consolidación y refinamiento bajo la larga dinastía Han, materializó este ideal filosófico, transformando una concepción ética en una estructura geopolítica y administrativa duradera. El Tianxia proporcionó así el modelo ideológico para la unidad imperial, justificando la centralización del poder y la uniformización administrativa (sistema de escritura, medidas, burocracia) como medios para alcanzar el orden universal. Simultáneamente, estructuró las relaciones exteriores a través de un elaborado sistema tributario, que no era un mecanismo de explotación económica (los «tributos» eran a menudo simbólicos y correspondidos con valiosos «regalos» del emperador), sino un ritual político-cultural que codificaba y naturalizaba las relaciones jerárquicas. Las misiones tributarias de Estados vecinos a la corte imperial implicaban la realización de ceremonias de «postraciones» que reconocían simbólicamente la posición central del emperador en el orden cósmico-político. A cambio, recibían legitimación para sus propios gobiernos, acceso a lucrativos intercambios comerciales y protección simbólica. Así, China se concebía y presentaba no como un Estado-nación más entre otros, sino como la civilización universal misma, el eje ordenador de un mundo moralmente estructurado y armonioso.

El Partido Comunista de China en la transformación creativa del Tianxia

El proceso de reinterpretación estratégica

El resurgimiento del Tianxia en la China contemporánea no es un fenómeno espontáneo ni un retorno nostálgico al pasado imperial. Es un proceso deliberado, estratégico y altamente selectivo orquestado e impulsado por el Partido Comunista de China, ejemplificado por la política oficial de «transformación creativa y desarrollo innovador de la excelente herencia cultural tradicional». Este proceso implica una doble operación intelectual y política. Por un lado, conlleva el rechazo explícito y categórico de las estructuras institucionales, económicas y sociales del imperio: su base agraria-feudal, su sistema de clases privilegiadas, su estructura monárquica y sus prácticas culturales consideradas «supersticiosas» o «atrasadas». Todos estos elementos son vistos como incompatibles con los objetivos socialistas y modernizadores de la China contemporánea.

Por otro lado, y de manera crucial, este proceso rescata, purifica y potencia los principios estructurales abstractos y las categorías organizativas del Tianxia: la primacía absoluta de la unidad y la integridad territorial (concepto de «gran unidad nacional»), la búsqueda activa de la armonía social como estado óptimo y fin político, la visión holística y orgánica de la sociedad como un cuerpo interconectado, y la responsabilidad de una autoridad central meritocrática de velar por el bienestar duradero del conjunto y guiarlo hacia un destino glorioso. Se trata, en esencia, de separar la «esencia» cultural y filosófica de las «formas» históricas concretas que adoptó en el pasado, para luego proyectar esa esencia en las nuevas estructuras del Estado socialista moderno.

El Partido Comunista de China como nuevo «centro virtuoso»

En este marco reconfigurado, el Partido Comunista de China se erige de manera explícita como el nuevo «centro virtuoso» del Tianxia moderno, presentándose como el heredero legítimo y síntesis de una doble tradición histórica. Por un lado, es la vanguardia revolucionaria que, guiada por la «verdad universal» del marxismo-leninismo, logró la liberación nacional del «siglo de humillación», derrocó las estructuras feudales y semicoloniales, y sentó las bases para el desarrollo moderno e independiente. Por otro lado, y de manera cada vez más enfatizada en el discurso oficial del siglo XXI, es el custodio, protector y renovador de la misión civilizatoria milenaria de la nación china.

La «virtud» y legitimidad del Partido ya no se derivan de la genealogía dinástica, la adhesión a ritos confucianos clásicos o la mera conquista militar, sino que se muestran de manera performativa, pragmática y material a través de su capacidad para garantizar la soberanía e integridad nacional, generar un crecimiento económico sostenido y sin parangón, y elevar de forma radical el nivel de vida material de la población, restaurar el estatus global de la nación y, en última instancia, lograr el «gran rejuvenecimiento de la nación china». El éxito tangible es la prueba de la corrección del camino y de la posesión del «mandato» contemporáneo. El PCCh encarna así la figura moderna del shidafu (el erudito-funcionario confuciano), un cuerpo de élite seleccionado por mérito (a través de sus propios mecanismos), guiado por la «ciencia» del materialismo histórico y la «rectitud» del servicio absoluto al pueblo, y responsable de dirigir con sabiduría la sociedad compleja hacia la realización de la «armonía socialista» y la grandeza nacional.

Traducción en la gobernanza interna | Estabilidad y unidad

Este principio se traduce operativamente en la gobernanza interna en la primacía absoluta de la estabilidad social y la unidad política como valores supremos, por encima de otros considerados secundarios o incluso disruptivos en el contexto chino. Conceptos e instituciones como la «gestión social innovadora», la «construcción de una civilización espiritual socialista», el «sistema de crédito social» (en su dimensión de gobernanza) y el amplio aparato de mediación de disputas, buscan alinear de manera sistemática, preventiva y a veces coercitiva los comportamientos, intereses, aspiraciones e incluso valores individuales con la visión colectiva definida por el Partido-Estado.

La síntesis dialéctica | Mecanismos de integración y resolución de tensiones ideológicas

La naturaleza de la síntesis

La integración del Tianxia y el marxismo-leninismo en un cuerpo ideológico coherente y operativo no es una simple yuxtaposición o un eclecticismo superficial. Se logra mediante una sofisticada reinterpretación dialéctica de conceptos clave de ambos sistemas, superando tensiones aparentes para generar una síntesis nueva y funcional. El PCCh y sus intelectuales orgánicos han desarrollado un marco donde lo que parecen posiciones antagónicas irreconciliables se transforman en momentos de un proceso histórico unificado, con el Partido como sujeto que realiza esta síntesis en la práctica.

De la lucha de clases a la armonía como superación histórica

Una de las tensiones más evidentes radica en el lugar del conflicto social. Para el marxismo ortodoxo, la «lucha de clases» es el motor fundamental de la historia, la fuerza que impulsa la transición entre modos de producción. Para el Tianxia clásico, el conflicto interno es un signo de decadencia, desorden y fracaso moral del gobernante; la armonía es el estado natural y deseable. La narrativa oficial resuelve esta tensión mediante una reinterpretación histórica teleológica y de etapas.

La «lucha de clases» es reinterpretada no como un principio social eterno, sino como una fase histórica concreta, necesaria pero ya superada en el contexto específico de China. Esta fase alcanzó su clímax y conclusión con la victoria de la revolución comunista en 1949 y la consolidación del socialismo. En la etapa actual, denominada «socialismo con características chinas en una nueva era», las contradicciones sociales persisten (como reconoce la dialéctica materialista), pero han dejado de ser «antagónicas» para convertirse en «contradicciones en el seno del pueblo». Por lo tanto, el rol histórico del Partido ya no es fomentar o dirigir el conflicto de clases, sino gestionar dialécticamente estas contradicciones no antagónicas para lograr su resolución armoniosa y constructiva. La «armonía socialista» se presenta así no como la negación del conflicto, sino como su superación histórica sintetizada: el estadio superior donde la energía social, liberada de la lucha destructiva, puede dedicarse plenamente y de manera unificada al proyecto colectivo del «rejuvenecimiento nacional». El Partido Comunista de China es el garante y arquitecto de esta armonía superior.

La virtud materializada en el desarrollo y el desempeño

Otra tensión fundamental es la que existe entre el idealismo moral del Tianxia (donde la virtud es un fin en sí mismo y fuente de legitimidad) y el materialismo histórico del marxismo (donde las condiciones económicas son la base determinante). La síntesis resuelve este punto materializando por completo el criterio de virtud y legitimidad. La «virtud» del Partido y su derecho a gobernar ya no se miden por la adhesión a textos canónicos o la pureza ritual, sino por sus logros materiales y su capacidad de desarrollo tangible en el mundo real.

El crecimiento económico espectacular, la innovación tecnológica de vanguardia, la erradicación de la pobreza extrema, la transformación urbana, la mejora de los indicadores de salud y educación, y la recuperación del estatus de gran potencia, se convierten en la prueba empírica incuestionable y la fuente última de legitimidad moral del sistema. El éxito es la demostración de la corrección del camino y de la posesión del «mandato» contemporáneo. Esta fusión es poderosa: el discurso del «desarrollo como prioridad absoluta» (materialismo) se reviste del aura de un proyecto moral civilizatorio (idealismo del Tianxia). Sacrificios, disciplinas o políticas poco populares pueden justificarse como necesarias para este gran objetivo moral-material. Así, el PCCh puede presentarse simultáneamente como un eficiente administrador tecnocrático y como el guardián de un destino histórico trascendente.

Del internacionalismo proletario al liderazgo civilizatorio responsable

En el ámbito de las relaciones internacionales, la tensión surge entre el internacionalismo proletario marxista, que predica la solidaridad transnacional de clase y relativiza la nación, y la centralidad civilizatoria del Tianxia, que coloca a China como el centro moral del mundo. La síntesis se articula a través del concepto clave del «socialismo con características chinas», que enfatiza el camino particular, histórico y nacional sobre los esquemas universalistas abstractos.

China, habiendo encontrado y recorrido con éxito su propio camino particular de desarrollo y fortalecimiento nacional, está ahora en condiciones de asumir un rol de liderazgo responsable en la gobernanza global. Este liderazgo no promueve una revolución mundial abstracta o una ideología universal a imponer, sino que se ejerce mediante la propuesta de iniciativas prácticas de cooperación, el ofrecimiento de bienes públicos globales, como infraestructura mediante la Franja y la Ruta (BRI), y la promoción de un marco de principios para las relaciones internacionales (soberanía, no interferencia, beneficio mutuo). Esta visión refleja el ideal del Tianxia de un orden mundial pacífico, estructurado y jerárquico, pero adaptado a un mundo formalmente compuesto por Estados-nación soberanos e iguales en derecho. El concepto de «comunidad de futuro compartido para la humanidad» es la formulación contemporánea de este Tianxia global multipolar, donde China, desde su posición de liderazgo natural ganado por sus logros, guía al mundo hacia un futuro de cooperación y desarrollo compartido, oponiéndose a la hegemonía unilateral y al conflicto geopolítico.

Como señala el intelectual Yan Xuetong, el poder moral (moral realism) es esencial para el liderazgo legítimo, y China busca reconstruir un orden mundial basado en «valores compartidos» distintos a los occidentales. Esta visión «no es imperialista en el sentido tradicional, pero sí propone una jerarquía benigna donde China, como gran potencia responsable, establece las normas» (Yan, 2011).

La materialización en la gobernanza | Arquitectura del Estado y planificación civilizatoria

La planificación de largo plazo como rito de gobierno

La síntesis ideológica alcanza su expresión institucional más distintiva y efectiva en la capacidad única del Estado chino para la planificación estratégica a largo plazo y su ejecución sistemática. Los ciclos de Planes Quinquenales, los objetivos nacionales de mediano plazo (como los establecidos para 2035), y el horizonte visionario del «Sueño Chino» para el centenario de la fundación de la República Popular China en 2049, trascienden radicalmente la lógica de los ciclos políticos electorales cortos característicos de las democracias liberales. Estos marcos temporales encarnan una concepción de gobierno panóptica, paternalista y civilizatoria, heredera directa de la responsabilidad confuciana del «Hijo del Cielo» de velar por la perpetuidad, estabilidad y prosperidad del orden a su cargo, y de la tradición legalista de un Estado fuerte y planificador. En esta perspectiva, la esencia misma de gobernar es anticipar, ordenar y dirigir el futuro de la comunidad.

El marxismo aporta aquí las herramientas técnicas y el discurso legitimador para la planificación central, el papel rector del Estado en la economía y el énfasis en el «desarrollo integrador de las fuerzas productivas». Sin embargo, es el Tianxia el que proporciona la escala temporal milenaria y la justificación moral trascendente. El Estado chino no planifica principalmente para el próximo trimestre económico o para ganar las próximas elecciones; planifica para el «gran rejuvenecimiento» de la civilización china entendida como una entidad histórica continua de 5.000 años. Este horizonte civilizatorio permite enmarcar políticas de inversión masiva en infraestructura a décadas vista (ferrocarriles de alta velocidad, mega-presas, nuevas ciudades), transiciones industriales complejas y dolorosas, o ajustes estructurales con costes sociales a corto plazo, no como meras decisiones técnicas o económicas, sino como imperativos estratégicos y morales para el destino histórico de la nación-civilización. La planificación se convierte así en un ritual de gobierno moderno y una demostración tangible de la virtud, la visión y la capacidad de la autoridad para cumplir con su mandato de custodiar el futuro.

El Estado como arquitecto y guardián del orden social

Más allá de la planificación económica, la síntesis se manifiesta en la arquitectura general del Estado y su relación con la sociedad. El Estado chino contemporáneo no se concibe como un árbitro neutral entre intereses en competencia (modelo liberal), ni simplemente como un instrumento de dominación de clase (modelo marxista clásico), sino como el arquitecto activo, ingeniero social y guardián moral de un orden orgánico armonioso. Esta visión tiene profundas raíces en la tradición del Tianxia, donde el gobernante y su burocracia tenían la responsabilidad de educar moralmente al pueblo, mantener los ritos que estructuran la sociedad y ajustar las instituciones para preservar la armonía.

Iniciativas de gran alcance como la «construcción de una civilización espiritual socialista», que busca moldear activamente los valores ciudadanos; la «gestión social innovadora», que pretende resolver conflictos en su raíz mediante mecanismos de mediación y control; o la promoción de un «socialismo con características chinas» como identidad unificadora, reflejan este rol activo del Estado como moldeador de la sociedad. Incluso el enfoque en la «gobernanza según la ley», que difiere conceptualmente del «Estado de Derecho» occidental al no implicar un control judicial superior al Partido, puede verse como un intento de crear un orden estable, predecible y regulado, propio de un buen gobierno según los cánones tanto confucianos (gobierno por virtud y por reglas) como legalistas (gobierno por leyes claras y punición estricta), ahora bajo el paraguas del socialismo. El objetivo último es la creación de un ecosistema social estable, productivo y alineado con la visión del centro, donde el individuo florece contribuyendo al todo, una visión profundamente arraigada en la filosofía política tradicional china.

Proyección global | Principios para un orden multipolar y cooperativo

Los cinco principios de coexistencia pacífica como base

La síntesis Tianxia-marxismo genera una propuesta de orden internacional distintiva y coherente, articulada en torno a principios que buscan diferenciarse explícitamente tanto del universalismo liberal-intervencionista como del realismo puro del equilibrio de poder. Esta propuesta tiene sus raíces formales en los cinco principios de coexistencia pacífica (mutuo respeto a la soberanía e integridad territorial, no agresión mutua, no interferencia en los asuntos internos, igualdad y beneficio mutuo, y coexistencia pacífica), formulados en los años 50 pero elevados a piedra angular de la filosofía de relaciones exteriores contemporánea. Estos principios reflejan una interpretación moderna del respeto a las jerarquías y autonomías internas dentro del sistema del Tianxia, combinada con la retórica anti-hegemónica y antimperialista del marxismo-leninismo.

Soberanía y no interferencia como pilares inviolables

El principio de soberanía nacional y no interferencia es elevado a pilar inviolable y absoluto del derecho internacional, desde la perspectiva china. Esto no es solo una postura diplomática defensiva; se fundamenta en una visión del mundo donde cada Estado, como una familia ampliada, debe tener el derecho a ordenar sus asuntos internos según su propio camino histórico y cultural, sin imposiciones externas. Cualquier injerencia, especialmente bajo el pretexto de valores universales o derechos humanos, es vista como una violación del orden natural de las relaciones interestatales y como la principal fuente de inestabilidad y conflicto en el mundo. Este principio permite a China cultivar relaciones con regímenes de todo tipo, desvinculando explícitamente la cooperación económica y diplomática de la naturaleza del gobierno interno, una postura que encuentra amplia receptividad en muchos países del Sur Global que se resisten a condicionalidades políticas occidentales.

Desarrollo mutuo y cooperación ganar-ganar como motor

El principio de desarrollo mutuo y cooperación ganar-ganar se propone como el motor fundamental y positivo de las relaciones internacionales en la era de la globalización, sustituyendo las lógicas de suma cero, explotación o dominación asociadas al pasado colonial y a la hegemonía occidental contemporánea. Grandes iniciativas de conectividad como la Franja y la Ruta (BRI) materializan este principio de manera monumental. La BRI no se presenta, en su narrativa oficial, como un proyecto geopolítico de expansión de influencia, sino como una plataforma abierta e inclusiva para crear redes de interdependencia económica, conectividad infraestructural y desarrollo compartido, orquestada desde un centro de coordinación y financiación (China), pero abierta a la participación voluntaria de todos. Busca crear un nuevo paisaje económico global más equilibrado, donde los países en desarrollo, en particular, puedan acelerar su industrialización y modernización mediante la asociación con China. Se presenta, por tanto, como un modelo de globalización más equitativo y con rostro humano, donde el crecimiento de unos no se produce a expensas de otros.

Hacia una comunidad de destino compartido para la humanidad

El concepto de «comunidad de destino compartido para la humanidad» representa la formulación contemporánea más elevada e integradora de la visión global china. Es la propuesta de un orden mundial multipolar, democrático en sus relaciones internacionales, estable y regido por normas comunes construidas mediante consulta, donde los conflictos se resuelven mediante el diálogo, la diplomacia y la cooperación, sustituye a la confrontación. Este concepto pretende trascender las divisiones geopolíticas tradicionales (bloques, alianzas exclusivas) y las divisiones ideológicas (democracia vs. autoritarismo), enfocándose en los desafíos comunes que enfrenta la humanidad: desarrollo, cambio climático, salud pública, seguridad.

China se ofrece a contribuir a la construcción de este orden desde una posición de liderazgo responsable, basado en los recursos, la experiencia y la filosofía de relaciones internacionales que ha desarrollado. Esta visión representa la actualización final del ideal del Tianxia: un mundo unificado no bajo un imperio político, sino bajo un marco de cooperación y destino común, donde China, habiendo recuperado su lugar central en el mundo, ejerce un liderazgo natural y benévolo para guiar a la humanidad hacia un futuro próspero y armonioso. Aspira a ofrecer una alternativa global completa al orden liberal internacional, una alternativa que enfatiza la soberanía, el desarrollo y la armonía sobre la democracia política, los derechos individuales y la intervención.

Tensiones y desafíos de la síntesis | Un análisis crítico

La aparente coherencia de la «Dialéctica del Renacimiento Nacional» no está exenta de contradicciones latentes y preguntas abiertas que ponen a prueba su sostenibilidad a largo plazo.

1. El fin y los medios: ¿La armonía justifica el control? Existe una tensión fundamental entre el objetivo declarado de «armonía social» (valor supremo del Tianxia) y los métodos a veces omnipresentes de alineación y control social. Mecanismos de gobernanza como el sistema de crédito social, la censura en internet (Gran Firewall) y la estricta supervisión de la sociedad civil, plantean la pregunta: ¿la búsqueda de la unidad y estabilidad socava, paradójicamente, la creatividad, el disenso constructivo y la diversidad interna que son motores de innovación en sociedades complejas? El riesgo es que la «armonía» se convierta en un eufemismo para la homogeneización y el estancamiento político.

2. ¿Universalismo vs. particularismo? El dilema de la exportabilidad. La síntesis presenta a China como un «Estado-civilización» único, cuyo modelo es el producto de sus circunstancias históricas específicas (particularismo). Sin embargo, simultáneamente aspira a ofrecer una «alternativa global» y una «comunidad de destino compartido» que posee un atractivo universal. Esta tensión es crucial: ¿Puede un modelo que se fundamenta en la excepcionalidad cultural china y en estructuras políticas no pluralistas ser genuinamente atractivo o aplicable más allá de países con contextos autoritarios similares? Como cuestiona Callahan (2008), ¿es esta visión post-hegemónica o el fundamento para una nueva hegemonía con características chinas?

3. La virtud del centro: ¿Quién custodia al custodio? En el Tianxia clásico, el Mandato del Cielo podía revocarse mediante revueltas populares ante un gobierno injusto. En la síntesis moderna, la «virtud» del Partido Comunista de China se demuestra mediante el éxito material y es juzgada por sus propios criterios internos. La ausencia de mecanismos institucionales externos de rendición de cuentas (elecciones competitivas, prensa independiente) coloca un peso enorme en los procesos de autorregulación del Partido, como la lucha anticorrupción. Esto transforma dicha lucha en un ritual de purificación meritocrático moderno, esencial para mantener la legitimidad, pero que perpetúa la lógica de que solo el Partido puede juzgar y corregir al Partido. La pregunta por la sostenibilidad de este ciclo virtuoso en ausencia de contrapesos externos permanece abierta.

Conclusión | La dialéctica del renacimiento nacional y su desafío global

La China del siglo XXI solo puede comprenderse en toda su dimensión, complejidad y proyección de futuro a través del prisma de su doble herencia ideológica sintetizada dialécticamente. Lo que hemos denominado aquí la «Dialéctica del Renacimiento Nacional» —la superación sintética del Tianxia reelaborado y el marxismo-leninismo adaptado— proporciona el marco operativo único de este proyecto. El marxismo-leninismo aporta la estructura organizativa de partido único, el discurso científico del desarrollo material y las herramientas de planificación estatal. El Tianxia modernizado aporta el sustrato cultural, la escala temporal civilizatoria, el horizonte de armonía como fin político y la visión de un orden mundial estructurado y cooperativo.

Juntos, estos elementos forman un ecosistema ideológico notablemente adaptativo, cohesionante y legitimador, que explica la resiliencia y la ambición del modelo chino. Este representa una contribución distintiva y profundamente desafiante al pensamiento político global del siglo XXI, ofreciendo una alternativa con raíces no occidentales sobre cómo organizar una sociedad compleja, lograr un desarrollo acelerado y la felicidad de los pueblos, y relacionarse con el mundo.

Sin embargo, como todo constructo dialéctico, contiene en sí sus propias tensiones. Su éxito continuo dependerá de su capacidad para gestionar el equilibrio entre control e innovación, entre excepcionalismo y atractivo global, y para mantener el ciclo virtuoso de desempeño y legitimidad frente a desafíos económicos y sociales futuros.

La trayectoria del «Estado-civilización» chino seguirá ofreciendo insights valiosos y planteando preguntas fundamentales: ¿Logrará su síntesis ideológica mantener su cohesión? ¿Será la recepción global del Tianxia interpretada como un marco genuino de cooperación multipolar o como el discurso de una nueva hegemonía? El estudio serio de esta dialéctica única es, por tanto, esencial no solo para comprender a China, sino para analizar críticamente las ideas en competencia que configurarán el orden político global en las próximas décadas. China se ha reinsertado en el mundo no solo como potencia, sino como fuente de ideas políticas alternativas, cuya influencia estará ligada indisolublemente al éxito continuo y a la percepción global de su proyecto civilizatorio.

Referencias bibliográficas

CALLAHAN, W. A. (2008): «Chinese Visions of World Order: Post-hegemonic or a New Hegemony?». International Studies Review, vol. 10, núm. 4, pp. 749-761.
CHAN, G. (1999): Chinese Perspectives on International Relations: A Framework for Analysis. Palgrave Macmillan.
KANG, David C. (2010): «Hierarchy and Legitimacy in International Systems: The Tribute System in Early Modern East Asia». Security Studies, vol. 19, núm. 4, pp. 591-622.
PAN, Z. (2017): «Confucian Cosmopolitanism: The Modern Predicament and the Way Forward». Chinese Political Science Review, vol. 2, núm. 1, pp. 85-97.
PINES, Y. (2012): The Everlasting Empire: The Political Culture of Ancient China and Its Imperial Legacy. Princeton University Press.
QIN, Y. (2016): «A Relational Theory of World Politics». International Studies Review, vol. 18, núm. 1, pp. 33-47.
WANG, G. (1984): «The Chinese Urge to Civilize: Reflections on Change». Journal of Asian History, vol. 18, núm. 1, pp. 1-34.
YAN, X. (2011): Ancient Chinese Thought, Modern Chinese Power. Princeton University Press.
ZHANG, W. (2012): The China Wave: Rise of a Civilizational State. World Century Publishing.
ZHAO, T. (2009): «A Political World Philosophy in terms of All-under-heaven (Tianxia)». Diogenes, vol. 56, núm. 1, pp. 5-18.
ZHAO, T. (2006): «Rethinking Empire from a Chinese Concept ‘All-under-Heaven’ (Tianxia)». Social Identities, vol. 12, núm. 1, pp. 29-4.

Análisis científico sobre personalidad sociopática de Trump | Implicaciones geoestratégicas

Carlos Santa María
Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona (España) | Especialista en Estudios Latinoamericanos, Educación e Investigación en la Universidad de Nariño (Colombia) | Asistente social de la Universidad Católica de Valparaíso (Chile) | Psicólogo Social de la Universidad Abierta y a Distancia (Colombia) | Fundador de la Humanología como disciplina académica | Catedrático universitario | Conferencista internacional | Columnista del canal informativo mundial RT | Profesor de la universidad Miguel de Cervantes.

El inmenso error que han cometido algunos líderes del mundo pluripolar, soberano, ha sido interpretar las acciones de Trump como aquellas ejercidas por una persona normal, sin afectaciones psiquiátricas, lo que ha llevado a serias equivocaciones políticas y, sobre todo, estratégicas.

De no resolverse, el mundo puede ser extinguido, ya que propiciar conflictos es y será una escalada sin fin, independientemente de que este diga ser proclive a la paz.

Sociópata es aquella persona que presenta un trastorno de la personalidad que, al no ser detectado, le permite moverse en la sociedad, aunque sus características antisociales implican un daño enorme a los seres humanos, aún más evidente cuanto más poder y daño puede ejercer. Son condiciones normales exacerbadas en grado extremo, lo que indica una enfermedad grave.

El enfoque ha sido tan erróneo que se califica al presidente estadounidense como megalómano, es decir, que cree que todo lo que hace es superior, sin comprender que esa extralimitación no corresponde a la normalidad cerebral, sino a una alteración grave, ya que se desconecta de la realidad al creer que todo lo hecho por él es único y que nadie lo puede igualar, porque proviene de él mismo y de su propia versión de la justicia. Los ejemplos confirman esta anomalía, hasta el punto de decir que la operación militar “excepcional” (como la ha definido) para secuestrar al mandatario venezolano es la más importante y prácticamente imposible de realizar en el orbe.

Algunos elementos de esta insalud mental son:

Falta de sentimientos vinculados a la compasión, afectividad, cercanía y diálogo.

Es la imposibilidad de expresar amor, ternura, afectos, haciendo de sus relaciones un estricto campo de sometimiento.

La inexistencia de evidencias de abrazos sostenidos, más allá de fotos con Epstein, chicas muy jóvenes y negadas posteriormente, su desprecio por las mujeres, muestran que bailar, sonreír, hablar, sin emociones propias de un ser normal, se confirman por la propuesta de hacer de Gaza un resort de vacaciones construido sobre las tumbas de fetos, mujeres embarazadas, miles de niños, ancianos, sin respeto alguno por el sufrimiento ajeno.

Una persona normal tiene como mínimo un sentimiento hacia su familia, cercanos, tragedias, destacando la solidaridad, inexistente en un sociópata.

Deseo interior de castigar a sus contradictores y dañar a quien creen culpable de alguna fechoría o error.

Hay una coincidencia general en que Trump posee una particularidad sádica al disfrutar infligiendo sufrimiento a otros, ratificada al decir alegremente que vio el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en un televisor como si fuera una película, sin remordimiento alguno por las víctimas civiles y militares venezolanas en un cobarde atentado basado en una superioridad enorme e imparable.

La amenaza mortal a sus contradictores, como Gustavo Petro o Delcy Rodríguez, demuestra su obcecada tendencia a destruir al otro más que a dialogar y ofrecer soluciones: matar está dentro de su mente como algo normalizado.

La mentira compulsiva.

Engañar públicamente, sabiendo que va a ser descubierto, implica un trastorno ilógico, ya que toda persona que miente no desea ser descubierta. En este caso, se cuentan por cientos los datos aportados por este y que han sido develados a la sociedad, aunque ocultados por los Medios Masivos de Desinformación aliados a estas falsedades.

La falta de un criterio ético, que es la conciencia que posee todo ser racional y lo invita a no realizar actos delictivos, desaparece como por arte de magia en la persona enferma mentalmente, cuyo caso se aplica claramente al mandatario. Afirmar que Maduro es un tipo violento y que ha matado a millones de personas confirma un deterioro cognitivo inmenso, y decir que el presidente venezolano imita sus bailes es confirmación de una personalidad sociópata narcisista.

Pérdida del contacto con la realidad.

Este es uno de los efectos más consistentes de la enfermedad mental, ya que, al creerse dueños de la verdad absoluta, creen que el mundo les pertenece, lo cual es un absurdo, pues nadie es propietario de la Tierra.

No obstante, decir que Groenlandia debe ser manejada o anexada por Estados Unidos implica una desproporción absoluta, agravada al afirmar que Canadá será el estado 51 de Estados Unidos. La misma doctrina de seguridad de Estados Unidos manifiesta la supuesta propiedad del hemisferio occidental, lo que evidencia una idea patológica.

Manejo incontrolado de impulsos y emociones, por fuera de la razón. La imprevisibilidad como enfermedad.

En todos los escenarios de análisis, incluso superficiales, existe unanimidad en que Trump puede cambiar de idea en cualquier momento o decidir lo impredecible sin necesidad de justificación alguna.

Lo delicado es la ignorancia de la gobernanza occidental, a quienes tanto admiran los apátridas (detestados por ser traicioneros de su patria), ya que creen que esta característica es parte de la inteligencia y no una categoría psiquiátrica producto de cambios de comportamiento enfermizos, incluida la llamada bipolaridad, que constituye un factor que debe ser estudiado con mucho cuidado por los alcances que posee.

Confundir la impulsividad con creatividad, por fuera del pensamiento, el análisis estratégico y la racionalidad, es un error grave.

Manipulación como forma táctica de insertarse en sociedad.

Mientras más grande es el poder, se puede presionar a los MMdeD, al espectro jurídico y al público, utilizar al sionismo y su fuerza financiera, lo que le permite crear escenarios ilógicos y masivos de credibilidad absurda, pero con tal cobertura mediática que se convierten en verdades pese a su falsedad.

Sin embargo, esta personalidad se une a otros factores que agravan esa condición, como la creencia en diálogos con seres imaginarios, los que dan una visión del mundo similar a lo que sucede con Netanyahu, quien manifiesta que Palestina les fue escriturada por la Biblia y la Torá. Aún más evidente es que el lenguaje comienza a ser mínimo tanto en sus diálogos, actitudes y respuestas, las cuales no poseen ningún tipo de fundamento conceptual ni lógico, lo que demuestra un deterioro cognitivo evidente, “que podría probarse con un estudio neurológico y resonancia magnética… problemas como disminución drástica de la fluidez verbal, pensamiento tangencial, disminución del vocabulario, uso excesivo de superlativos y palabras de relleno, perseveración, confabulación, parafasia fonémica, parafasia semántica, confusión de personas, así como deterioro del juicio, control de impulsos y funcionamiento motor…” [1].

Desprecio absoluto por las normas de convivencia individuales, familiares, sociales, internacionales.

Es el tema más expuesto, ratificando que ninguna norma es válida: ni el Derecho Internacional, ni la ONU, ni los tratados históricos; es decir, se encuentra por sobre el parecer del mundo. Lo delicado es que detrás de él existe un círculo íntimo que alienta su sociopatía, similar a Hitler y su jauría malévola.

Consideraciones Finales.

Son numerosas; sin embargo, basadas en el Geopoder, mencionaremos tres:

1. No comprender que negociar con una persona con trastorno de personalidad debe llevar a reflexionar profundamente sobre cómo se trata a individuos ligados a la sociopatía sería un error. No se trata de un examen político, sino de una investigación psiquiátrica que propone formas de comprender y actuar en consecuencia, desconfiando plenamente de quien traiciona o asesina compulsivamente sin remordimiento. Irán lo tiene muy claro y sabe que el único disuasivo es mostrar fortaleza y dignidad.

2. Lamentar profundamente la ignorancia u odio de la gobernanza euroestadounidense al no comprender que el deseo de dañar al otro, supremamente peligroso cuando un individuo posee muchísimo poder, se traduce en una maldad permanente: amenazar, asesinar, invadir, justificar genocidios, sabotear, infiltrarse, mentir, robar y sentirse satisfecho de todas estas acciones criminales.

3. El sociópata es un terrorista potencial cuyo actuar delictivo contra la justeza social es evidente y debe ser detenido por medio de la Resistencia multipolar, castigando los crímenes internacionales del general Soleimani, el genocidio del pueblo palestino, el ataque a las centrales nucleares iraníes, el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros, entre muchísimos otros, por el peligro que entraña para la Humanidad.

Es la hora de emplear este instrumento científico para determinar cómo se detienen los genocidios, injerencias, ocupación, sabotajes de las élites Hegemón. Así debe ser analizado.

Notas

1. https://www.razon.com.mx/mundo/2024/10/27/donald-trump-es-un-riesgo-esto-advierten-expertos-en-salud-mental/

Por gentileza de HispanTv

Salud mental y menopausia

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación (Ph.D.) | Posgrado en psicoeducación (M.Sc.) inmajauregui@gmail.com

Iris Pasamón Gonzalo
Educadora Social
irispasamon@gmail.com

Resumen

Al abordar la salud mental en el período vital de la menopausia, surge la necesidad de abordar este fenómeno desde una mirada reflexiva. Tomando como punto de partida el significado de los conceptos salud mental y menopausia hemos querido despejar algunos de los sesgos que nublan la comprensión de esta etapa evolutiva en las mujeres. El análisis de los conceptos resulta ser elementos fundamentales en cualquier explicación científica lo mismo que la epistemología permite orientar la mirada al darnos un marco crítico desde donde ver cómo se construye este conocimiento relativo a la salud mental y la menopausia.

Abstract

When addressing mental health during menopause, a reflective approach is necessary. Starting with the meaning of the concepts of mental health and menopause, we aim to clarify some of the biases that cloud our understandings of this developmental stage in women.

Analyzing these concepts is fundamental to any scientific explanation, just as epistemology provides a critical framework for understanding how knowledge about mental health and menopause is constructed.

Introducción

Este ensayo se apoya en una metodología cualitativa basada en el análisis del discurso, abordando textos relevantes de disciplinas como la psicología, la sociología, la medicina y los estudios de género. A través de esta mirada, buscamos comprender cómo se construyen los significados sociales y culturales sobre la salud mental en la menopausia y cómo estos discursos pueden reproducir o desafiar relaciones de poder, sesgos epistémicos y representaciones culturales.

Este enfoque analítico de los discursos que circulan a nivel social se ha constituido como un objetivo importante y con tendencia alcista en las ciencias sociales y humanas. Esto tiene que ver con la valoración epistémica, esto es, aquellos valores internos del conocimiento científico que lo dotan de rigor, de acuerdo a la capacidad para acercarnos a la verdad y que, en consecuencia, caracterizan a una investigación como buena o correcta.

Dicho análisis nos ha llevado a evidenciar la distancia que hay entre los avances que se van haciendo en cuanto a la menopausia en relación a la salud mental y las ideas míticas que a día de hoy se siguen divulgando al respecto. Nos llama la atención la focalización biológica de ambos fenómenos, así como la cantidad de creencias, sesgos, y prejuicios que no llevan sino a una mayor confusión. La falta de rigor en cuanto a los conceptos finaliza en una desinformación que no hace sino invisibilizar los problemas reales de la tanto de la salud mental como de la de la menopausia, así como agudizar el sufrimiento sintomatológico de dicho síndrome.

Comenzamos por una revisión epistemológica desde donde se posicionan las teorías relativas tanto a la menopausia como a la salud mental, para así clarificar las miradas desde las cuales se enfoca la práctica clínica. Así mismo abordamos los procesos de medicalización, desinformación y reduccionismo diagnóstico que afectan la salud mental en la menopausia, ambos conceptos imbuidos de una pseudo-cientificidad, a través de la cual se difunden creencias incompatibles con el método científico, evidenciando factores, como el sesgo de género, que impiden una mirada fenomenológica tanto de la salud mental como de la menopausia. Hemos querido hacer una somera revisión, haciendo hincapié en los factores socio-culturales de la cuestión resaltando su carácter de construcción, llegando a la conclusión de que ambos fenómenos tienen más de ideología y de política más que de ciencia.

Con todo ello llegamos a la conclusión de que la menopausia es una construcción cultural estigmatizante.

En salud mental, lo que parece teoría suele ser ideología disfrazada de ciencia. Bajo esa máscara, se construyen diagnósticos, se prescriben tratamientos y se define lo que se debe entenderse por bienestar. La epistemología cuestiona los criterios desde los cuales el conocimiento se construye, para evitar sesgos y poder llegar a un conocimiento científico.

Una de las cuestiones básicas en salud mental [1] es que ésta es definida a partir de teorías (y técnicas) como la humanista, la conductista (cognitivo-conductual), la psicoanalítica o la sistémica que no constituyen verdades puras. De esta manera parece que la teoría nos está posicionando científicamente con respecto a la clínica, aunque en el fondo se corresponden con cuestiones ideológicas. La epistemología, contraria a la ideología, estudia el conocimiento, transformando el prejuicio en juicio (Arendt, 2007). Se trata de suspender las creencias e ideas preconcebidas para así poder evaluar los hechos particulares en su singularidad y crear un juicio; llegar al conocimiento evitando que los sesgos y la ideología dicten la realidad. Así pues, una de las cuestiones fundamentales a la hora de hablar de salud mental será saber el modelo epistemológico desde el cual hablamos. Esto es, un marco conceptual que nos ayuda a comprender cómo funcionan las cosas o cómo se relacionan entre sí (Johnson-Laird y Wason, 1970).

Existen, en líneas generales, dos tipos de modelos epistemológicos: el objetivista que asume una realidad externa al sujeto (Koyré, 1973) y, otra subjetivista que concibe la realidad como co-construida (Mahoney, 2005). Según nos decantemos por uno u otro modelo, pondremos un foco u otro a la hora de conocer cualquier fenómeno y de intervenir en ello (Martín y Colina, 2022). Cambia radicalmente la manera de mirar, diagnosticar y acompañar.

Mientras el objetivismo entra en la mente humana como si realizara una endoscopia, el subjetivismo se sienta a conversar desde el respeto y el cuidado. Lo que está en juego no es sólo una técnica, sino una ética del encuentro.

Desde la lógica objetivista, en salud mental lo que importa es el diagnóstico. El síntoma, base del diagnóstico, es un defecto, una disfunción, algo que hay que extirpar; un trastorno que hay que tratar, ya que representa una alteración de la normalidad. El síntoma no debe estar. Por ello, se ha rectificar. Sólo le ve el carácter destructivo (Ibid.). El diagnóstico se convierte en una verdad incuestionable, y el profesional, en su ejecutor. El paciente queda desposeído de voz, de contexto y de responsabilidad: es un objeto sobre el que se actúa. Bajo este modelo, la enfermedad mental se equipara a una dolencia como la diabetes, y su tratamiento se reduce a una cuestión farmacológica. Esta visión, que restringe lo humano a lo biológico, perpetúa una lógica de control: el profesional sabe, el paciente obedece (Ibid.). Bajo esa premisa se construyen afirmaciones como que las enfermedades mentales son hechos naturales; están en la naturaleza —y en los genes— (Samaniego, 2016). De esta manera confunden la realidad humana con la natural (Jauregui, 2001). Así, se entiende que son alteraciones de la normalidad, desordenes orgánicos. En consecuencia, el profesional sabe mejor que el paciente lo que le ocurre y adquiere —se le cede— el poder de quitárselo. El paciente, convertido en objeto irresponsable, es en consecuencia, impredecible y peligroso, se ve incapacitado para cambiar, teniendo que ser el profesional, que es quien controla, quien ejecute el cambio. Eso convierte a la salud mental en una forma de control social.

Este enfoque tiene unas connotaciones morales puesto que postula valores y principios universales y objetivos independientes de la cultura, a partir de los cuales se determina lo que es correcto o incorrecto, normal o anormal, saludable o enfermizo,

La lógica subjetivista nos brinda otra posibilidad: comprender el síntoma desde el lenguaje, en tanto que estrategia; como una forma, a veces tosca, a veces brillante, de sostenerse en medio de un contexto hostil o disfuncional. Desde esta mirada, no hay enfermedades mentales como hechos naturales; hay malestares humanos que responden a condiciones relacionales, sociales, culturales y políticas (Martín y Colina, 2022). El síntoma, entonces, no es el problema, sino la solución que la persona ha encontrado frente a un dolor. En lugar de preguntarnos “¿qué tiene?”, nos preguntamos: “¿qué le pasó?”, “¿qué le falta?”, “¿cómo ha sobrevivido?”. Se habla de la función que cumplen los síntomas para generar una homeostasis dentro de un sistema disfuncional. El síntoma se convierte en un mecanismo de defensa al ser una manifestación inconsciente, permitiendo distorsionar la realidad para protegerse de una situación dolorosa. Se admite la parte destructiva del síntoma, es decir su coste, pero en tanto que construcción, también se considera la función positiva. El síntoma construye tanto como destruye (Martín y Colina, 2022). La persona ha necesitado elaborar esa táctica defensiva -estrategia- para revertir o compensar su situación y así mantenerse en equilibrio. Este en realidad se trata más bien una construcción de sentido (Watzlawick y Ceberio, 2008). Y en consecuencia nos vamos a preguntar por el contexto en el cual surge.

Siguiendo una línea argumental, no existe la normalidad o anormalidad, es decir, no hay gente loca y gente cuerda. No hay una salud mental independientemente de un contexto, y en esto la epigenética nos lo ha dejado bien claro. La práctica clínica deja de ser una tecnología de corrección para convertirse en una práctica de sentido. No se trata de quitar lo que duele, sino de comprender por qué duele, para qué, qué está intentando decir, qué sentido tiene. Es ahí donde la salud mental se vuelve inseparable de la política, del lenguaje, del vínculo, de la narrativa, del sentido. Donde la subjetividad se convierte en el terreno más fértil para una clínica verdaderamente humana. La salud mental aparece bajo esta perspectiva, intrínsecamente ligada a cuestiones culturales, sociales, económicas y políticas; no es una mera cuestión biológica.

Sobre el concepto de salud mental, resulta necesario partir de una constatación incómoda: no existe una definición única, consensuada, estable. La salud mental escapa a los intentos de objetivación científica; desliza su significado entre discursos médicos, filosóficos y sociales, y adquiere matices distintos según la perspectiva desde donde se analice. Esta indeterminación revela su carácter ideológico. Como sostiene la epistemología, lo que entendemos por salud mental es inseparable del marco simbólico, cultural y político en el que se inscribe.

A grandes rasgos, podemos identificar dos grandes tradiciones desde las que se ha pensado la salud mental. Por un lado, la tradición ética o filosófica para la cual se trata de la salud del alma —que podríamos rastrear desde la antigüedad (Silva, 2024), con Platón y Aristóteles, pasando por el autoconocimiento de Sócrates, la gestión de emociones del estoicismo, la existencia en sí misma y la búsqueda de una vida plena, hasta autores modernos como Viktor Frankl y la búsqueda de sentido— y que, en psicología, encuentra eco en los modelos humanistas, psicodinámicos y sistémicos. Para esta tradición, el diálogo resulta fundamental y la conversación es la principal herramienta del cambio. Desde esta mirada, la salud mental se ha entendido como la capacidad de desplegar el propio potencial, de vivir en coherencia con uno mismo, de hacerse cargo de la propia existencia, de conocerse a sí mismo, de gestionar las emociones. Aquí, el sufrimiento no es necesariamente signo de enfermedad, sino a veces señal de autenticidad, intrínsecamente ligado a la propia condición humana. Una vida que duele no es por ello patológica: puede ser profundamente humana.

En el enfoque humanista, la salud mental se vincula con la autorrealización, entendida como el proceso de actualización del potencial interno del sujeto (Maslow, 1982). La persona sana es aquella que puede vivir su vida, desde la conciencia de sus necesidades profundas y en sintonía con su tendencia natural al crecimiento y al desarrollo. Es un paradigma existencial, centrado en la experiencia subjetiva, la libertad, el compromiso y la responsabilidad. En este marco, síntomas como la tristeza o la ansiedad no se erradican: se escuchan, se interpretan, se acompañan.

Desde el psicodinámico, implica hacer consciente lo inconsciente, evidenciando así conflictos internos y contradicciones, evocadas a través de la palabra (Freud, 1982). El síntoma se concibe como un significante que habla, como una vía de acceso a lo reprimido. Aquí, la salud mental implica poder narrarse, reconfigurar el relato de las personas, resignificar la historia propia.

Y desde lo sistémico, se comprende la salud o la enfermedad como resultado de dinámicas relacionales: lo que parece individual suele tener raíces vinculares (Minuchin, 1994). Por ello, se interviene sobre los patrones de comunicación, sobre los roles y mandatos que atraviesan a los sujetos en sus vínculos. Lo importante de este enfoque es que la salud mental, no es un estado individual aislado sino como resultado de la interacción dentro de los sistemas relacionales y de comunicación como la familia, la escuela, etc. La salud mental se verá influenciada por las dinámicas, patrones y roles dentro de estos sistemas, por lo que el foco terapéutico será comprender e intervenir dentro de los sistemas para promover un cambio, fundamentalmente de segundo orden [2] (Watzlawick, Weakland y Fisch, 1995).

De todas estas corrientes, emerge una concepción político-social de la salud mental que se ha hecho cada vez más presente en los últimos años. Este enfoque desplaza la atención del individuo aislado hacia el contexto. Lo mental no es un ente aislado, sino una respuesta contextualizada en unas determinadas estructuras socioeconómicas, culturales y políticas. El malestar se entiende aquí como expresión de un orden social desigual: su medicalización no lo erradicará si entendemos que tiene bases estructurales. La salud mental se vuelve entonces un problema de justicia, de derechos, de ciudadanía. Se habla de condicionantes sociales, de desigualdad, de discriminación. También de resiliencia, de empoderamiento, de redes comunitarias y de capital simbólico. En este paradigma se apoyan la medicina social, la sociología crítica, la antropología y en general, la tradición de las ciencias humanas. Igualmente se sitúan en ella la epigenética, la epidemiología, gran parte de la neurociencia (con todo lo relacionado con los estudios sobre el estrés, el trauma, etc.), así como la medicina comunitaria (programas estatales, asociaciones ciudadanas, etc.), propuestas de intervención comunitaria, dispositivos de escucha colectiva y de autoayuda, talleres educativos, políticas de prevención, promoción del bienestar y grupos de investigación, a partir de los cuales resuenan en nuestras mentes conceptos como resiliencia, empoderamiento, calidad de vida, estrés psicosocial, factores de riesgo, capital social, capital relacional, etc. Es desde estos enfoques que salen todas las críticas al individualismo y al sistema económico vigente; se barajan conceptos como alienación, desigualdad, pobreza, discriminación, entre los más escuchados. Se enfatiza la acción más que la teoría en ciertos de estos sectores. Desde esta perspectiva se pone el acento en la salud pública y de ello concretamente, en la prevención y promoción de esta, apoyándose en la epidemiología y en otras vertientes más críticas de la medicina como la medicina social y la tradición de las ciencias humanas. La salud mental, desde esta óptica, no puede desligarse de las condiciones materiales de existencia. No se trata sólo de tener bienestar emocional, sino de poder vivir con dignidad. Lo que se ha denominado como paradigma biopsicosocial. Como bien señalan Restrepo y Jaramillo (2012), el bienestar psicológico está íntimamente vinculado a la justicia social. Y esto interpela al sistema: si el contexto enferma, no podemos responsabilizar únicamente al individuo por su sufrimiento.

En contraste con esta mirada, pervive una concepción más tradicional, ligada a la medicina clínica hegemónica y al modelo cognitivo-conductual en psicología, como resultado del divorcio con la filosofía (Marinoff, 1999). El foco estaría puesto en la normalización y adaptación de los sujetos al entorno social. Para esta corriente alguien sano es alguien útil y funcional. En este contexto y de manera implícita, la salud mental es equiparada a normalidad y ésta a funcionalidad. El sujeto sano es aquel que se adapta, que produce, que no desentona. Como lo explícita Erik Fromm (1994), la salud mental es entendida como la adaptación a las formas de vida de una sociedad determinada, poco importa si esta sociedad está cuerda o loca. En este sentido para tener una salud mental se trataría de hacer los ajustes y las correcciones necesarias para una mejor adaptación al medio.Hoy en día estos enfoques han derivado hacia la felicidad como el culmen de la adaptación. Una vida correcta y una mente sana produce un sujeto feliz. En este sentido adaptación y felicidad serían criterios de salud mental (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). Y por supuesto, lo inadaptado o disconforme serían indicios de problemas de enfermedad mental, desde donde se entienden que emociones y estados tales como la tristeza, la ansiedad, la depresión, la infelicidad, la pena, el duelo… tienen que erradicarse a través del desarrollo del pensamiento positivo.

Lo paradójico del concepto de salud mental resulta ser la imposibilidad de definirla y conceptualizarla en términos científicos ya que, al parecer se escabulle de la objetivación y medición (Bautista, 2024). Los términos en la que se define resultan ser ambiguos y dependientes del contexto, particularmente biomédico. El uso de este concepto resulta cuanto menos controvertido porque, aunque se asume como un constructo científico sólido, no posee validez científica debido a su imprecisión o indeterminación, a su alto grado de subjetividad y a su susceptibilidad a sesgos y manipulaciones ideológicas y políticas (Ribes, 2023). Dicho esto, prácticamente la ciencia al respecto cae por su propio peso, porque si no es posible definir la salud, es imposible definir la enfermedad mental, y su utilización releva más de mito (Szasz, 2008) y de ideología (Szasz, 2000) que de realidad científica.

Por ello, nos vemos obligadas a inferir semióticamente y a través de análisis de discurso lo que se entiendo por salud mental a partir de las definiciones de enfermedad mental o trastornos mentales. En otras palabras, al igual que en la fotografía, extraemos la imagen del negativo, la salud mental será inferida a partir del negativo de la enfermedad mental. Así, por ejemplo, si la enfermedad mental tiene como núcleo la alienación, la salud mental será la recuperación de la identidad propia, la cercanía con lo propio, el vínculo consigo mismo. Si la enfermedad mental es concebida como disfunción, la salud mental será la funcionalidad, es decir, recuperar la función; desempeñar de nuevo una función para la cual el humano está hecho. Recuperar la armonía, el equilibrio. eso será la salud mental. Y así, podemos seguir añadiendo: si entendemos la enfermedad mental como desadaptación, la salud mental será la adaptación. Si la patología es desconexión, la salud será la integración. Si tener problemas de salud mental es sufrir, es decir, soportar una carga o un peso, la salud mental será dejar de soportar o tolerar dicha carga; liberarse de esa carga tras poder narrarlo, simbolizarlo, encontrarle sentido. La salud mental, entonces desde esta óptica, no se entendería como un estado, sino como un proceso. No es una meta, sino un movimiento.

No obstante, siempre habrá algo de inefable, algo que se escapa a su definición primeramente porque es del orden de la experiencia. Y no una experiencia cualquiera, sino una experiencia, como dicen Diderot, Leriche y Valéry, silenciosa y privada (Canguilhem, 2004). Y, porque en el fondo la salud mental remite a un asunto político.

La importancia del cerebro en lo relativo a la salud mental en la menopausia.

Haciendo un inciso en esta disertación, no podemos pasar por alto al hablar de la salud mental en la menopausia del relativamente reciente descubrimiento del cerebro. La neurocientífica Lisa Mosconi (2025) afirma que la menopausia es una transición en donde el cerebro es el protagonista. Este descubrimiento permite abrir una grieta en la mirada hegemónica. Algunas investigadoras en esta línea han demostrado que esta etapa supone una profunda reorganización cerebral: cambios en la estructura, la conectividad y la química del cerebro (Ibid.). A pesar de la evidencia del papel crucial de las hormonas sexuales en el funcionamiento cerebral, ello no logró desplazar la visión fragmentada y reduccionista de la medicina hegemónica, que sigue considerando el cuerpo femenino como una máquina reparable por piezas. Sigue predominando la narrativa del déficit hormonal. Paradójicamente, “se acepta” la importancia de las hormonas sexuales para la salud cerebral, pero la medicina considera “casi” iguales todavía los cerebros masculino y femenino. La menopausia continúa siendo abordada desde una lógica ginecológica sin conexión con la salud cerebral: “la menopausia es territorio exclusivamente ginecobstétrico” (Ibid., p. 36.). Esta neurocientífica denuncia que esta desconexión ha desembocado en lo que ella denomina “la medicina del bikini” que no es otra que aquella de la que se ocupa de aquellas partes “que se encuentran bajo los contornos del bikini” (Ibid., p. 37), ignorando la complejidad del resto del organismo, en especial el cerebro. Se sabe científicamente que conexiones entre el aparato reproductor y el cerebro, no obstante, tampoco es que se le conceda mayor atención ni se investigue. El cerebro de la mujer parece pasar de ser deficiente a ser invisible. Es un hecho científicamente demostrado que las hormonas sexuales son importantes para la salud cerebral, pero no se investiga más a fondo. Y ello, se justifica, justamente, a nivel hormonal, pretextando que las hormonas femeninas pueden “confundir los hallazgos empíricos” (Ibid., p. 38). Se nos ha enseñado a temer a nuestras hormonas y a dudar de nuestro cerebro. En definitiva, no se escuchan los relatos de las mujeres, ni se toman en serio su experiencia para comprender el sentido de sus síntomas. Como recuerda Valls (2020), muchas mujeres no saben ponerle nombre a lo que sienten porque han sido expropiadas de su propio saber. Fragmentadas entre especialistas, patologizadas en sus emociones, terminan desconectadas de su cuerpo y de su deseo. La salud mental, en este sentido, no es sólo la ausencia de síntomas, sino la posibilidad de habitarse con sentido.

El sesgo androcéntrico de la medicina ha contribuido a relegar el estudio del cerebro femenino, particularmente en relación con la menopausia. La mayoría de los estudios neurológicos se han basado en muestras masculinas, perpetuando la invisibilización de procesos que afectan de forma específica a las mujeres. Las consecuencias de esta omisión son graves tanto a nivel de la salud mental como física: se sabe que la transición menopáusica está asociada a un mayor riesgo de desarrollar enfermedades como el Alzheimer, trastornos autoinmunes o accidentes cerebrovasculares (Ibid.). No se trata de establecer relaciones causales, pero sí de reconocer que los cambios hormonales suponen una carga sistémica que requiere atención, investigación y estrategias preventivas integrales. No se trata de minimizar los síntomas con hormonas de sustitución, sino de prevenir que esos síntomas acaben en enfermedades crónicas graves. Es fundamental “una comprensión más inclusiva y completa de los aspectos neurológicos de la menopausia” (Mosconi, 2025, p. 44). Toda esta discriminación que se traduce en términos de ingresos, de poder, de representatividad, de atención médica, hace que la salud física y mental de las mujeres corra serios y graves riesgos. La medicina no se lo toma en serio.

Insistimos: los síntomas de la menopausia no se limitan a los aspectos ginecológicos; incluyen manifestaciones neurológicas de gran relevancia clínica. Sofocos, alteraciones del sueño, niebla mental, cambios de ánimo, ansiedad o fatiga son expresiones de la profunda reorganización cerebral que ocurre durante esta etapa. Muchos de estos síntomas tienen origen en el cerebro, no en los ovarios. Y, sin embargo, suelen minimizarse o tratarse de forma sintomática, sin indagar en sus causas ni en su función adaptativa. Este desconocimiento tiene consecuencias: algunas investigaciones vinculan los sofocos, por ejemplo, con alteraciones en la sustancia blanca cerebral, lo que debería activar una vigilancia más cuidadosa sobre la salud cardio-cerebral de las mujeres menopáusicas (Mosconi, 2025).

Se puede fácilmente deducir que el principal foco de estudio debieran ser los efectos menopáusicos relacionados con el cerebro: alteración de la temperatura corporal, estado de ánimo, patrones de sueño, niveles de estrés, libido y capacidad cognitiva. Y también otros síntomas neurológicos como los mareos, la fatiga, los dolores de cabeza y migrañas, pánico, sensación de descarga eléctrica. Todos ellos no se originan en el ovario sino en el cerebro. Este tipo de síntomas, según las insuficientes investigaciones realizadas, tienen mayor importancia de la que se les da, pudiendo correlacionar con mayores riesgos de desarrollar enfermedades cardiacas como es el caso de los sudores nocturnos, los cuales se han asociado a la aparición de lesiones en la sustancia blanca del cerebro en les que están contenidas las fibras nerviosas encargadas de las conexiones interneuronales. En otras palabras, hay que prestar atención a estos síntomas que son bien reales y que, de no hacerlo, pueden convertirse en un problema serio de salud. Se debe prestar mayor atención al estado de salud cardiaca y cerebral de la mujer que experimenta este tipo de sofocos (Ibid.). Los síntomas anuncian cambios estructurales en la química cerebral. Los sudores nocturnos, comúnmente subestimados, han sido vinculados con lesiones en la sustancia blanca del cerebro, precisamente donde se articulan las redes neuronales que sostienen nuestra experiencia consciente. Y, sin embargo, seguimos sin mirar allí.

De todo ello se deriva el imperativo categórico [3] de tener en cuenta la conexión cerebro-ovarios a través del sistema neuroendocrino, una red que conecta el cerebro con los ovarios y el sistema hormonal, a través de rutas: eje hipotalámico hipofisiario-gonadal, y de la red cerebral regulada por los estrógenos (sistema límbico, hipocampo, amígdala cerebral, corteza cingulada y precúneo, corteza prefrontal). En consecuencia, “la salud de los ovarios está estrechamente vinculada a la del cerebro y la salud del cerebro está vinculada a la salud de los ovarios” (Mosconi, 2025, p. 102). Ovarios y cerebro están estrechamente vinculados por mucho que el sistema médico se empeñe en separarlos e invisibilizarlos. Ya solo sabiendo que los estrógenos son el combustible del cerebro femenino, se entiende perfectamente toda la cascada tan bárbara de efectos cerebrales. Entendemos la confusión e incluso el pánico al faltarle el combustible. Entonces el cuerpo y el cerebro que son muy sabios, alteran lo necesario para seguir obteniendo combustible y de ahí tantos cambios. Y lo alteran en muy poco tiempo. El cuerpo tiene sus formas de mantener o de crear en estos casos un nuevo equilibrio sin forzarlo a seguir fabricando algo que naturalmente ya toca a su fin. No estamos educadas para este cambio, ni la medicina lo contempla en su complejidad. Necesitamos una psicoeducación centrada en el cuerpo femenino en esta etapa, especialmente en su dimensión neurocognitiva. El cuerpo está ocupado haciendo frente a las consecuencias de la caída en la producción de ciertas hormonas y por ello, de manera urgente, tiene que ir por prioridades, dejando de lado los mecanismos de defensa habituales. Eso genera cambios bruscos en la química y metabolismo cerebrales provocando así los síntomas menopáusicos que conocemos. Aunque este cambio probablemente no sería tan brusco si viviéramos más conectadas a nuestro cuerpo de lo que estamos habitualmente. Si este enfoque psicoeducativo tuviese lugar, la salud (mental) de las mujeres sería mejor y nos daría un mayor control sobre nosotras mismas. La medicina ha ido expropiando gradualmente la salud (Gérvas y Pérez-Fernandez, 2020).

A pesar de que el cerebro femenino ha sido muy poco explorado, la escasa investigación indica que las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres son profundas (Brizendine, 2006), particularmente en lo que respecta a las hormonas sexuales. Diferencias no solo estructurales, sino químicas, genéticas, hormonales y funcionales. Los cambios cerebrales que se producen en este período evolutivo afectan a una amplia variedad de funciones (Ibid.). Pero muchos de sus efectos “tienen un tiempo de duración limitado” (Freixas, 2024, p. 72). En efecto, en la menopausia, el cerebro femenino reacciona, se adapta y busca nuevas formas de equilibrio. Justamente por ello, conviene precisar, no obstante, que muchos efectos de la menopausia son transicionales. Ahora bien, la reorganización cerebral que se produce durante la menopausia no es solo biológica. Se trata de una transformación del mapa emocional, relacional y subjetivo. Esta etapa evolutiva requiere de una nueva narrativa, como en este caso la neurocientífica, la cual no la reduce a un déficit. En cierto sentido, la menopausia y todo lo que ello conlleva se asemeja a un despertar, el cual parece alterar la visión química del mundo que se tenía hasta entonces y ello, porque lo que había sido hormonalmente prioritario para ellas, también cambia. Una visión químicamente cambiante (Ibid.). La menopausia, cerebralmente entendida, parece ser una transición hacia un nuevo estado hormonal.

El conocimiento neurocientífico apenas ha explorado esta transición. En este sentido, las mujeres que atraviesan la menopausia siguen siendo invisibles para la medicina (Valls-Llobet, 2020). El sesgo es claro: se diagnostica mal, se medicaliza lo natural y se recetan psicofármacos ante síntomas que muchas veces son respuesta legítima a un proceso vital. Lo implícito de esta situación es que lo máximo a lo que la mujer puede aspirar es a sobrevivir la menopausia, sin tener en cuenta que la enorme plasticidad cerebral desplegada en esta etapa de vida, supone el desarrollo de nuevas y fascinantes habilidades neurológicas y mentales que la sociedad ha decidido ignorar (Ibid.). Se

El duelo por la fertilidad no constituye en sí una patología. Puede ser acompañado, elaborado, transformado. Porque en el fondo, como en toda transición, lo que está en juego es una reorganización. La salud “mental”, entonces, implica reconocer ese umbral, no negarlo. Y en el caso de la menopausia, implica reconocer también su potencial: no como carencia, sino como nuevo comienzo. Como dice la neurocientífica italoamericana Lisa Mosconi (2025), el cerebro femenino no se apaga, se reinventa.

Para abordar el vínculo entre estos conceptos, es preciso comenzar por desentrañar la carga histórica y simbólica del concepto mismo de menopausia. Aunque etimológicamente refiere al cese de la menstruación, su historia revela un proceso de significación mucho más denso. Si bien en sus orígenes, franceses, en 1816, significó parada de la menstruación, no se habló mucho sobre ello y lo poco que se habló fue para etiquetarla de “edad crítica” e “infierno de las mujeres” (Freixas, 2007).

En Inglaterra este concepto adquiere una acepción particular: desde 1840 en la lengua anglosajona este término se utiliza tanto aplicado a hombres y mujeres para designar un período transitorio común a ambos sexos, que tiene su parentesco con el término climaterio en su acepción original de edad crítica en el sentido de peligrosa. Así pues, la menopausia es un término que designa un período de existencia particular, crítico digamos, común a los dos sexos (Delanoë, 2007). Sin embargo, en la práctica actual, su aplicación ha sido restringida casi exclusivamente al sexo femenino, construida desde una lente biomédica atravesada por mitos, prejuicios y sesgos de género.

Según el psiquiatra y antropólogo francés Daniel Delanoë, desde el principioel término menopausia adquirió un significado muy amplio, refiriéndose a mucho más que el cese de la menstruación; este término recubre un conjunto heterogéneo de fenómenos no solo ni estrictamente biológicos, sino culturales, sociales, económicos, etc., hasta el punto de que no siempre sabemos qué abarca esta noción (Ibid.). Con el fin de evitar esta polisemia e intentar llegar a un conocimiento más riguroso, este autor ha definido cinco dimensiones de la menopausia: el cese de la menstruación, el cese de la fertilidad, la evolución del capital de salud, del capital estético y el valor social del individuo, es decir, el capital simbólico. Cualquier representación de la menopausia puede analizarse desde estas cinco dimensiones, a cada una de las cuales se le asigna un valor positivo, nulo, negativo o ambivalente. Al respecto, queda constancia de la importancia de las actitudes ante la menopausia al punto de influir en la vivencia de la misma (Ayers, 2010).

Al igual que ocurre con el constructo de salud mental, ocurre con el de menopausia: hay demasiada mitología e ideología, gran parte de la cual tiene fundamentalmente que ver con una cuestión más de género que con la condición biológica. Los mitos del discurso dominante sobre la (representación de la) menopausia solo hablan de pérdida de valor, ya sea estético, sexual, erótico, salud (mental), social o simbólico. Aunque la realidad es que la mayoría de mujeres no vive la menopausia como una pérdida significativa; es más, para la mayoría, se trata de “una etapa más en la vida de una mujer” (Delgado y al, 2001, p.40), e incluso tildada de positiva. Y lo que se ha visto sobre dichas pérdidas (como por ejemplo el peso) en estudios epidemiológicos es que tienen que ver con la edad y no con la menopausia en sí misma: en el discurso dominante, la menopausia induce una pérdida de valor: “La norme implicite est donc qu’une femme de 50 ans ne peut ni plaire ni exister” (Delanoë, 2007, p. 2178) [4]. Son cada vez más los estudios que concluyen en la dificultad de distinguir los efectos de la edad de los derivados de la menopausia. La evidencia muestra que el descenso de los estrógenos se asocia con tres fenómenos: síntomas vasomotores, atrofia urogenital y pérdida de masa ósea (Showers y La Pietra, 1995). “El resto de problemas que se mencionan como consecuencia de la menopausia no son específicos de ella, y tiene un origen psicológico o sociocultural” (Delgado y al, 2001, p. 28). Hasta hace unas décadas, las mujeres reconocían la menopausia como algo natural de carácter biológico y la manejaban con “un sistema de autocuidados construido culturalmente” (Ibid., p. 27). La medicina en su afán de expropiar, ha construido un discurso, difundido ampliamente por los medios de comunicación, sobre la menopausia como un proceso patológico con muchos riesgos para las mujeres y, en consecuencia, susceptible de tratamiento (Ibid.).

La violencia simbólica [5] hacia la mujer menopáusica opera desde esta mirada de pérdida: lo que en los hombres se considera madurez o plenitud (andropausia) y por tanto una ganancia en cuanto a atractivo, en las mujeres se traduce como declive. Subrayamos la falta de un sustrato científico; de ahí la consideración de este concepto como pseudocientífico [6]. Resulta imposible desligar la ideología que invade al concepto de menopausia para enfocarla desde un punto de vista científico, relacionado con la biología, independiente de conceptos como vejez. La frontera entre la edad madura (alrededor de los 50 años) y la vejez, se sitúa en los 70 años (Delanoë, 2007), es decir, que la mujer menopáusica vive al menos 20 años en esta etapa madura: “el proceso natural de envejecimiento no empieza a afectar al funcionamiento del cerebro femenino hasta décadas después de la menopausia” (Brizendine, 2006, p. 207). La vejez, sí parece corresponderse con la pérdida o disminución de capacidades físicas e intelectuales, aunque también con la ganancia de sabiduría o forma de apaciguamiento. Lo que ocurre antes, durante y después de la menopausia tiene más que ver con ajustes que realiza el cerebro en cuanto a las habilidades neurológicas y mentales (Mosconi, 2025). Y como dice Louann Brizendine (2006): “En la menopausia, al cerebro femenino le falta mucho tiempo para que llegue la hora de retirarse” (pp. 203-204).

La menopausia, entonces, se convierte en un campo de disputa simbólica. ¿Es un déficit a corregir o una transición a habitar? ¿Un problema que silenciar o una experiencia que resignificar? La cultura occidental ha optado por lo primero, alimentando una industria del reemplazo hormonal y de productos anti-edad que capitaliza sobre el malestar. Como expone Anna Freixas (2007), “nuestra definición cultural de la menopausia es un paradigma de discriminación sexista y edadista” (p. 30). El cometido de la ciencia es el estudio de los signos, con rigor y, centrándose en la mujer como sujeto corpóreo. Bourdieu (2000) diría que se trata de dejar de ser objetos simbólicos de mirada ajena y recuperar la agencia sobre el propio cuerpo.

Debido al exceso de prejuicios derivados de sesgos de género, así como a la dificultad de enfocarlo como un aspecto condicionado por la biología, con la finalidad de adquirir rigor científico, algunas investigaciones (Delanoë, 2007) se han centrado en el significado y la representación, ya que realmente el fenómeno menopáusico tal y como lo entendemos aún hoy en la actualidad, constituye fundamentalmente un fenómeno cultural y social muy relacionado con las creencias, los mitos, los prejuicios y los estereotipos. Para ello, la mujer tendría que dejar de ser ese objeto simbólico, oscuro objeto de deseo cuya esencia, la dominación masculina del sistema patriarcal la ha constreñido hasta convertirlo en un objeto estético —y lucrativo— para la mirada masculina (Bourdieu, 2000). Por ello, quizás también la menopausia es invisibilizada.

Huelga decir que salud mental y feminidad han estado estrechamente relacionadas, si bien en sentido negativo, y particularmente en lo que respecta a la menopausia:Se nos ha hecho creer que la menopausia puede volver clínicamente loca a una mujer, y que es natural que la sociedad nos invisibilice cuando llegamos a esta etapa” (Mosconi, 2025, p. 41). La idea generalizada de una misteriosa conexión entre útero y cerebro, hacía de las mujeres, unas criaturas propensas a la locura o a la histeria. Esta asociación también fue concebida como la responsable de la “demencia climatérica” tras la menopausia (Ibid., p. 33). “Hay abundante información sobre mujeres a las que se diagnosticaba erróneamente de locas o dementes a la vista de sus síntomas, y en consecuencia se las recluía en instituciones psiquiátricas” (Ibid., p. 34). En la primera mitad del siglo XX, cientos de mujeres fueron hospitalizadas por “melancolía involutiva”, afección que se clasificó como enfermedad mental, la cual aparecía, supuestamente, durante o después de la menopausia. Se le llamó también síndrome del nido vacío (Sánchez, 2017). Y este trauma lo tenemos incrustado en nuestro inconsciente colectivo. Como dicen los autores Juan Gervás y Mercedes Pérez “no hay nada más machista que el sistema sanitario que considera a la mujer como un varón enfermo y, al mismo tiempo, la discrimina por ello. En síntesis: se discrimina a la mujer por el hecho de serlo a la hora de atender sus problemas de salud, lo que es una expresión del encarnizamiento médico que padece” (2020, p. 40). Susan Matter (2019) nos sorprende con un largo historial —desde 1816— de patologías psiquiátricas y psicológicas presuntamente relacionadas con la menopausia, que van desde la histeria, denominada afección nerviosa del útero, a la esquizofrenia, pasando por la melancolía (psicosis maniaco-depresiva), el pensamiento paranoico, la ansiedad, la depresión y la tendencia al suicidio, “todo lo cual llevó a incluir estas patologías en la gama de posibilidades que ofrece la menopausia y, de paso, a extender la creencia de que la transición menopáusica se asocia de manera universal con una pobre salud mental.” (Freixas, 2024, p. 74). Hasta el siglo XX, “Se ha sometido a las mujeres poco menos que a una tortura física y psicológica a cuenta de la menopausia (…) se impusieron prácticas drásticas y a menudo muy peligrosas para atajar la rebeldía del útero errante. La hipnosis, la utilización de instrumentos vibrantes y la irrigación de la vagina con un chorro de agua a presión son algunas de las técnicas mejor documentadas de entre las muchas que se probaron. Otros recursos eran el opio, la morfina y las inyecciones vaginales con base de plomo. Luego los médicos idearon una solución aún más radical: la cirugía” (Mosconi, 2025, pp. 40-41 y 34).

De todas las afecciones psíquicas, las que más han quedado como consustanciales a la menopausia son la depresión y la ansiedad. La literatura está plagada de trabajos que relacionan estos dos cuadros clínicos con este proceso, “a pesar de que no se ha encontrado una sola evidencia que confirme un aumento universal en el riesgo de esta patología” (Ibid.). Así mismo, Lydia Brown y sus colaboradoras (2024) en un artículo sobre salud mental, no encontraron una evidencia que demostrara que existe un riesgo elevado y generalizado en la aparición de trastornos tales como la ansiedad, la depresión bipolar o la psicosis en la transición menopáusica. En cuanto al riesgo de suicidio relacionada con la menopausia, no solamente no hay datos que avalen esta relación, sino que han encontrado estudios que sí relacionan la terapia hormonal con el suicidio en forma de tentativa (Gibson y al., 2021). En un monográfico dedicado a la menopausia por la prestigiosa revista The Lancet en 2024, queda claro que, aunque se ha repetido reiteradamente que afecciones como la depresión o la ansiedad aumentan durante la transición a la menopausia, no es algo que pueda confirmarse, ya que “la mayoría de las mujeres no desarrollan problemas de salud mental en la menopausia” (Samarasekera, 2024, p. 893). Solo se puede afirmar que es solo un pequeño grupo que se ve afectado por este riesgo y, en consecuencia, la amenaza de la menopausia en el bienestar mental de las mujeres no debiera formar parte del discurso sobre la salud, sino más bien todo lo contrario: resulta “poco probable que con la menopausia se desarrollen problemas de salud mental” (Freixas, 2024, p. 75). No debemos olvidar la importancia de factores psicosociales y culturales en la salud mental y tenerlos en cuenta a la hora de analizar cómo estos pueden interactuar en la época de madurez de las mujeres que coincide con la menopausia, lo que en términos estadísticos se conoce como correlación espuria [7].

Con el descubrimiento de los estrógenos, término que significa frenesí o deseo enloquecido, “lo cual reforzaba aún más la tendencia histórica a encuadrar la fisiología femenina en el marco de la inestabilidad mental” (Mosconi, 2025, p. 34), en 1934, la menopausia fue redefinida desde la biomedicina como una enfermedad por deficiencia hormonal, comenzando así la construcción biomédica. Este giro reforzó la idea de que el cuerpo femenino, tras la fertilidad, entra en declive. El ginecólogo canadiense Robert Wilson quien en su libro Feminine forever describe la menopausia como una enfermedad hormonodeficiente, entiende la menopausia como deterioro y se la vincula con la vejez y la pérdida de feminidad (Freixas, 2007). Los cambios representan verdaderas amenazas; no son consustanciales al desarrollo evolutivo del ser humano. Los ovarios dejan de funcionar y la menopausia se plantea como un mal funcionamiento causante de enfermedades crónicas. En consecuencia, la terapia hormonal sustitutiva (THS) se convirtió en el tratamiento por excelencia, sin los necesarios estudios clínicos (Brizendine, 2006). Pero también reforzó la idea de que una mujer sana es aquella que menstrua: “En las postrimerías del siglo XX y los albores del siglo XXI, todavía se sigue practicando un culto llamativo hacia el sangrado menstrual” (Sánchez, 2017, p. p. 1352). Esta narrativa médica revela una de las formas más sutiles de encarnizamiento médico con las mujeres (Valls-Llobet, 2020; Gérvas y Pérez-Fernández, 2020). Esta lógica, que equipara fertilidad con normalidad, ha sido fuertemente cuestionada desde la neurociencia contemporánea, que muestra cómo el cerebro femenino atraviesa una etapa de reajuste profundo durante el climaterio. No se trata de un fallo, sino de una transición.

Si bien la ciencia ha ido avanzando hasta el punto de descubrir una relación entre la pérdida de estrógenos y la menopausia, ésta no ha dejado de ser considerada como una “enfermedad por deficiencia de estrógenos” (Brizendine, 2006, p. 34). Por ello, la terapia de estrógenos se convierte en un fármaco muy lucrativo, “y la terapia de reemplazo hormonal se convirtió rápidamente en el tratamiento preferido para la menopausia” (Ibid., p. 35). No obstante, la idea de castración en las mujeres menopáusicas, siguió en el inconsciente colectivo popular y pseudocientífico.

A pesar de los avances científicos que se hacen en la actualidad, ni la mentalidad ni los manuales cambian. Sigue presente y divulgándose esta concepción de la menopausia con prejuicios y sesgos propios de siglos anteriores. La hormonoterapia hace explícito el concepto implícito de menopausia como patología. Lo normal es que la mujer menstrue y por ello, tiene que seguir menstruando, aunque sea de manera artificial, y si no menstrua, al menos que produzca estrógenos. Y aquí está el error o sesgo: la mujer es sana tanto si menstrua como si no -menopausia- porque ambas situaciones forman parte del ciclo de la vida, un ciclo sano en cualquiera de sus fases. La menopausia [8] (peri [9] y post [10]), ese proceso climatérico [11] así como la menstruación, son fases todas ellas sanas, normales y saludables en la mujer.

Los signos, en este contexto, en realidad lanzan un mensaje. El sofoco, el insomnio, la irritabilidad, entre otros, no son sólo efectos secundarios de la falta de estrógenos, sino manifestaciones de un proceso de reorganización interna. Mosconi (2025) subraya que muchos de estos síntomas son neurológicos, no ginecológicos: afectan la cognición, en particular la memoria, además del ánimo. Y, sin embargo, la medicina sigue pensándolos desde el paradigma del órgano aislado. El enfoque mecanicista ha invisibilizado la conexión entre cerebro y ovarios. Hacen falta nuevos estudios que aclaren el tema (Brizendine, 2006).

Centrándonos en la concepción ética y humanista de la salud mental, de la cual nos hemos hecho eco al principio de este artículo, urge un cambio, una resignificación en el concepto de menopausia y centrarlo en el desarrollo de nuestro potencial como mujeres. Y en este sentido, se trata de una nueva etapa de la vida; una etapa que dura muchos más años que la etapa fértil: hablamos de más de un tercio de la vida de una mujer. No se trata de una patología ni tampoco de la antesala al envejecimiento. Debemos cambiar la manera en cómo la vemos; cambiar el foco de atención y la manera de concebirla. Consecuentemente, ello implica también modificar y precisar lo que se investiga y hacerlo desde un punto de vista femenino, dejar de centrarlo en el sexo/género, en la mirada estética, en la delgadez, en la juventud y en el carácter afable y sumiso de las mujeres. La menopausia sigue siendo impulsada por prejuicios, creencias y motivaciones culturales, económicas e incluso políticas y así, “se tiende a quitar importancia a nuestros problemas de salud, o a hacer caso omiso de ellos” (Mosconi, 2025, pp. 40-41). Esta comprensión contextualizada de la salud mental permite avanzar hacia una lectura más compleja de procesos como la menopausia. En este tránsito, el cerebro ocupa un lugar clave: no como órgano aislado, sino como parte de un sistema relacional que traduce en síntomas las vivencias y tensiones de una etapa vital profunda.

Medicalización de procesos naturales: La menopausia medicalizada

El diccionario médico define el proceso de medicalización como un proceso de conversión a través del cual hechos humanos naturales son redefinidos y tratados como problemas o trastornos de salud, requiriendo intervención médica. En el caso de la menopausia, los cuerpos femeninos son sometidos a “protocolos clínicos que deciden lo que tenemos que hacer” (Freixas, 2007, p. 39). Protocolos supuestamente “objetivos” aplicados cuando una mujer madura sufre de algún síntoma atribuido a la menopausia (Ibid.).

La medicalización implica exceso de medicación: “Cuando hablamos de medicalización hablamos de consumismo, de excesos; cada vez se consumen más fármacos con o sin receta” (Valls-Llobet, 2009, p. 318). “La medicalización en exceso afecta más a las mujeres, porque su cuerpo ha sido bombardeado con todo tipo de mensajes contradictorios” (Ibid., p. 320). Hay una confusión belleza-salud que la industria fomenta. ¿Consecuencias? Un 12% de los ingresos en urgencias se deban, en un 50% a reacciones adversas a medicamentos, un 46% a un mal uso de los mismos y en un 3,3% por intoxicaciones. En las personas mayores, por ejemplo, ciertos estudios demuestran que un 20% de ingresos hospitalarios está relacionado con disfunciones provocadas por el tratamiento que siguen. Iatrogenia se llama.

Otro gran ejemplo de este fenómeno en las mujeres menopáusicas lo constituye la terapia hormonal sustitutiva (THS) considerado “un factor de riesgo para la enfermedad cardiovascular y para el cáncer de mama” (Valls-Llobet, 2009, p. 343). En general, hay bibliografía basada en estudios que sugieren cautela en cuanto al uso de THS en la menopausia, destacando sus riesgos potenciales en cuanto al aumento del riesgo de cáncer de mama, problemas cardiovasculares y trombosis, enfatizando así la necesidad de evaluaciones individualizadas y el uso de dosis más bajas durante el menor tiempo posible. Así mismo, consideran otras alternativas como son los fitoestrógenos y fármacos no hormonales para mujeres con ciertas contraindicaciones (Juan Gervás y Mercedes Pérez-Fernández, 2020). Estos autores afirman que ya desde comienzos del siglo XX, se conocía el efecto oncogénico (cancerígeno) de las hormonas sexuales. De la misma manera era conocido el efecto procoagulante del tratamiento hormonal, lo que explica el aumento de trombosis y de las embolias. “Así pues, el tratamiento mejoraba algunos resultados intermedios, como las molestias de la menopausia y el nivel de colesterol en sangre, pero se conocía su impacto negativo sobre los resultados finales, como el aumento de miocardio, de cáncer y de embolias” (p. 144). Hay bastante controversia en cuanto a la THS en la menopausia. Revisiones sistemáticas recientes muestran que muchos estudios utilizan definiciones obsoletas, formulaciones antiguas de terapia hormonal y diseños con alto riesgo de sesgo, lo que evidencia problemas de calidad, inconsistencia de regímenes y resultados difíciles de comparar (Österdahl y al, 2025). En resumen, entre las dificultades metodológicas que se aducen, destacan la falta de homogeneidad, los criterios para incluir o excluir variables, las dosis y los tipos de hormonas, los sesgos de selección, los diseños no aleatorizados, así como las dificultades en cuanto a la edad de inicio y tiempo desde la menopausia.

La Sociedad Internacional de Menopausia (Baber y al., 2016) reconoce que las opiniones sobre la THM [12] parecen estar condicionadas por factores socioculturales tales como la demografía, la educación, la religión, las creencias, los valores, las clases sociales, la sexualidad y las actitudes. Reconoce igualmente “la necesidad de un ensayo clínico aleatorizado definitivo a largo plazo en el que se inicie la THM bioidéntica o biosimilar regulada convencionalmente en mujeres a la edad habitual de la menopausia y se haga un seguimiento durante el tiempo suficiente y en un número suficiente de mujeres para evaluar las principales medidas de resultados, como los eventos cardiovasculares y de cáncer de mama” (Ibid., p. 2). Reconoce lo costoso de un ensayo de estas características, por lo que “la solución de compromiso” a este debate sería la recopilación continua de datos de registros observacionales prospectivos de alta calidad. Recopilar y amalgamar datos. Añaden como sugerencias, además, incluir revisiones sistemáticas y realizar meta-análisis exhaustivos (Ibid.). La revista The Lancet (2023) recomienda el uso de hormonas debe evaluarse con cautela, considerando factores de riesgo personales, comorbilidades y preferencia informada de la mujer.

Lejos de posiciones polarizadas, lo que resulta urgente es un enfoque verdaderamente personalizado, ético y contextual, que no silencie los posibles efectos adversos ni sobrevalore los beneficios. La revisión crítica sin negar los avances médicos exige prudencia frente a la medicalización sistemática de un proceso fisiológico como la menopausia.

Así como la mujer es un objeto para la mirada del Otro, debemos tomar conciencia de cuán invisible es realmente la mujer para la medicina. Investigadoras como Carme Valls-Llobet (2020) ha demostrado un sesgo inconsciente entre las personas profesionales de la medicina, el cual “lleva a no diagnosticar adecuadamente las patologías de las mujeres y a medicalizar procesos naturales y fisiológicos como el parto, el embarazo y la menopausia” (Ibid., p. 7). A pesar de los pocos “avances”, las publicaciones, libros, charlas y conferencias, “pocos cambios se han producido en la práctica asistencial en lo referente a las diferencias entre hombres y mujeres” (Ibid.). “Los síntomas de las mujeres se han mantenido encubiertos como demandas psicosomáticas o como problemas psicológicos, es decir, invisibles para la medicina, que ha continuado recetando psicofármacos en la primera visita de cualquier paciente de sexo femenino antes incluso de cualquier exploración, e invisibles también para las propias mujeres, que han continuado dudando de sus propios síntomas, de su propia salud mental, y que en la búsqueda de ayuda, han llegado a veces a cotas altas de desesperación hacia el sistema sanitario” (Ibid.).

Tenemos que empezar por reencuadrar el significado de formas de sufrimiento como la depresión y la ansiedad y entenderlas como indicadores cuya función es alertar de la necesidad de introducir cambios. Por un lado, indican que nuestra salud mental está bien porque se ponen estos mecanismos en marcha cuando se percibe una amenaza. Por lo tanto, cuando muchas personas dicen “estar mal”, es decir, estar afectadas por estos malestares, en realidad están bien, es decir, que, si se aprende a escuchar lo que la ansiedad y la depresión nos indican, se podrá igualmente salir. Pero si suprimimos estos indicadores de que algo va mal, vamos a tener serios problemas de salud mental y física en un futuro no muy lejano. Reventará por algún lado. De alguna manera los psicofármacos sedan las voces de un malestar, necesarias para indicarnos qué y cómo cambiar y qué se necesita para ello. Debemos cambiar nuestras actitudes frente a nuestros cuerpos, nuestra mente y nuestra salud. Y abordar todo desde un enfoque integral. A nadie se le ocurriría poner en el coche algún líquido que impida que los indicadores comuniquen el estado del vehículo.

El psiquiatra Daniel Delanoë (2007) nos advierte que la patologización de la menopausia, legitima la intervención farmacológica sistemática, incluso antes de que se haya establecido firmemente su relevancia y se hayan medido sus riesgos, particularmente a largo plazo (más allá de los 60 años). De entrada, los estudios revelan que “el 85% por ciento de los psicofármacos se administran a mujeres” -frente al 15% en hombres- (Valls-Llobet, 2020, p. 35). Y todos los factores mencionados anteriormente y otros que se han quedado en el tintero conllevan la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos y ello, desde la primera visita asistencial. Amén de enfermedades varias como la fibromialgia, los diversos cánceres, etc.

Dentro del proceso de medicalización, hablamos del proceso de psiquiatrización, a través del cual las emociones normales y sanas como la tristeza, timidez, la inquietud o el miedo se problematizan hasta patologizarse, transformándose así en depresión, fobia social, TDAH o ansiedad, respectivamente. En concreto, en cuanto a la depresión y la ansiedad en mujeres, en particular en este período de la vida, lo que se ha descubierto, es que es el factor género el que representa un factor de riesgo en mujeres ante estas dos dolencias, destacando otras variables que correlacionan con el género como es la doble jornada: laboral y doméstica o el rol de cuidadoras (Valls-Llobet, 2009). La falta de diagnósticos adecuados al igual que la falta de servicios sociales, el rol de cuidadoras, no puede sistemáticamente confundirse con ansiedad u otra forma catalogada de trastorno mental o adaptativo. A ello, debe añadirse la falta de protocolos de intervención y de recursos ante procesos de dolor y cansancio, que hace que se facilite la distribución y consumo de fármacos psiquiátricos. En la depresión en concreto, de haber un período de la vida vulnerable, no es la menopausia sino el postparto. Y “en la presentación de síntomas de salud mental alteradas como la ansiedad, pérdida de memoria, dificulta de concentración, síntomas depresivos e intentos de suicidio, se han relacionado estos síntomas con situaciones tales como relaciones de pareja peligrosas, la violencia física y mental entre la pareja, y el alcoholismo de la pareja” (Ibid., p. 297).

La menopausia es un proceso que, como el duelo, pasa y se aprende a vivir con ello. No dura toda la vida. Y, si bien “la medicalización de la menopausia empezó a finales de los años treinta del siglo pasado —hace casi un siglo— con la producción del primer estrógeno sintético, dietilestilbestrol (DES)” (Freixas, 2007, p. 66), hasta 1950 era “algo que había que sobrellevar” (Gunter, 2022, p. 324). Pero tras la proliferación de las pastillas en vez de dudosas y dolorosas inyecciones, la menopausia pasó a ser una dolencia que curar(Valls-Llobet, 2020). Y la cura eran los estrógenos (terapia hormonal sustitutiva). La medicalización, lleva a la fabricación de enfermedades en las mujeres y para ello, no basta con medicalizar facetas de la vida de las mujeres como la sexualidad o medicalizar los problemas de la vida cotidiana de las mujeres o sus procesos naturales o fisiológicos, sino que además se conceptualizan los riesgos como enfermedades. Es el caso de la osteoporosis y el convertir malestares producto de desigualdades de género en patologías individuales (García y Pérez, 2017). De esta forma, la mujer pasa de “estar” enferma a “ser” enferma; la enfermedad como condición de la existencia femenina, lo cual además de constituir un contexto que favorece la enfermedad mental, también engendra otros efectos sociales como el de la dominación “simbólica”.

La menopausia parece ser un fenómeno de obsolescencia programada allá por y durante las 20 primeras semanas de vida fetal “El plan básico de la menopausia está fijado desde antes del nacimiento” (Gunter, 2022, p. 48). No se trata de ningún fallo. Nada falla en la naturaleza femenina: “la ovulación termina cuando lo hace porque así estaba previsto” (Ibid., p. 56) Los ovarios ni se agotan, ni se cansan, ni se consumen, ni fallan. No hay más folículos para ovular: “la menopausia acaece cuando ya no quedan folículos capaces de ovular, es decir de fabricar óvulos maduros” (Ibid., p. 48). En este sentido, parece claro y simple: “La menopausia es el cese de la menstruación” (Valls-Llobet, 2020, p. 150). “Este cese de la menstruación se produce cuando el ovario ya no responde y deja de ovular y de producir progesterona y, años más tarde, estrógenos. Cuando dejan de producirse estrógenos en cantidad elevada, se deja de menstruar, al menos cada mes” (Ibid.). No obstante, los ovarios siguen implicados en la menopausia y posmenopausia en la producción de hormonas, aunque en menor grado. Otros tejidos ováricos lo harán. No hay ningún fallo ovárico. La “falla menopáusica” revela un prejuicio totalmente misógino y acientífico.

Hasta los años 90 del siglo pasado los síntomas menopáusicos en la medicina han sido invisibilizados y desvalorizados: no tenían importancia y las mujeres debían aguantar. ¿Qué ha ocurrido después para que todos los males que nos acechan a las mujeres cuando envejecemos sean achacados a la menopausia? Pues parece tratarse más bien de una estrategia publicitaria que consistió en asociar menopausia a dolor y envejecimiento; se trató de hacer creer que todos los males que vayan a venir tras la menopausia serían debidos a la pérdida de la menstruación. Esta fue la estrategia de las multinacionales cuya base científica de todo lo avalado es escasa; sin estudios epidemiológicos que avalaran esta afirmación, sin estudios clínicos que investigaran las causas del dolor y su diagnóstico diferencial. (Valls-Llobet, 2009).

La paradoja con la menopausia es que a pesar del desconocimiento médico con respecto a lo que ocurre cinco o diez años antes del cese de la menstruación y varios años después de su desaparición —de hecho, existen muy pocos estudios de la epidemiología de la menopausia— ésta está sobremedicalizada en la actualidad con terapias muchas veces basadas en el terreno empírico y solo para paliar los síntomas, sin entender los cambios que se producen en el cuerpo de las mujeres tras años de medicalización. En cambio, sí está evidenciado científicamente “los peligros que para la salud de las mujeres supone el exceso de medicación” (Valls-Llobet, 2020, p. 153). Con rigor científico, “solo hay dos síntomas que se pueden relacionar con la falta de menstruación, propiamente dicha: la sequedad vaginal y las sofocaciones. Los demás problemas de salud son los que se derivan de vivir más de 50 años” (Ibid.). Tras los cincuenta años seguimos con el mismo cuerpo, pero sobrecargado por el peso de todo lo vivido, produciendo desgaste al que le podemos etiquetar o diagnosticar con los nombres que queramos (estrés, falta de corresponsabilidad doméstica, dependencia patológica, ecoísmo, depresión, ansiedad, locura…) pero “lo que no podemos decir es que es un problema generado por la menopausia” (Ibid.). “El dolor, el cansancio, las pérdidas de memoria, la incapacidad de concentración o las carencias metabólicas existen porque se ha vivido” (Ibid.). “A través de los años todo lo que en medicina se denomina patología subclínica (…) y morbilidad diferencial se convierte en clínico, se hace aparente, se desvela” (Ibid). Y para un buen tratamiento se necesita un buen diagnóstico. Ahora bien, si se atribuyen todos los problemas de salud, en particular a partir de los 50 años, a la menopausia, los tratamientos serán del todo equivocados, invisibilizando de nuevo el sufrimiento y el malestar de las mujeres.

La menopausia ha sido transformada en una narrativa médica que expropia a las mujeres de su saber corporal. Lo que podría vivirse como una etapa de reorganización psíquica y de expansión neurobiológica, se convierte, en manos de la mirada biomédica hegemónica, en una experiencia patologizada. Desde una perspectiva crítica, es urgente señalar cómo la medicalización sistemática —esa forma de encarnizamiento clínico que reduce la diferencia a defecto— anula las posibilidades de agencia femenina. No se trata sólo de (sobre)medicar; se trata de una epistemología que niega valor al síntoma como un lenguaje del cuerpo, al malestar como signo de una transformación más profunda. Esta expropiación del proceso menopáusico se inscribe en una lógica de poder que desautoriza a las mujeres sobre su salud y su cuerpo, anulando sus narrativas a favor de prescripciones externas, normativas y farmacológicas. Reconocer la menopausia como una transición con sentido, con inteligencia emocional y cerebral propia, exige un giro radical: escuchar los cuerpos, devolverles su soberanía y comprender el síntoma no como error, sino como adaptación legítima a un contexto muchas veces hostil.

Consentimiento (des)informado. Una forma de violencia epistémica

La desinformación se define como la difusión intencionada de información no rigurosa que busca distorsionar hechos y transmitir una determinada forma de percibir la realidad. Desde un punto de vista teórico, el mundo anglosajón ha consolidado una diferencia entre disinformation y misinformation (Burnam, 1975). Mientras que el primer concepto hace referencia a la intención consciente de desinformar, el segundo sería una desinformación involuntaria. En ambos casos se trata de difundir información no rigurosa con la finalidad, entre otras, de transmitir una determinada forma de percibir la realidad.

A la medicalización de la menopausia se suma un fenómeno preocupante: la desinformación sistemática en torno a los tratamientos, especialmente la terapia hormonal. Como explica Lisa Mosconi (2025), “hay mucha confusión y desinformación sobre el tema” (p. 45) y esta confusión no parece casual. La difusión de mensajes erróneos, parciales o sesgados —ya sea por desinformación involuntaria (misinformation) o por manipulación interesada (disinformation)— impide a las mujeres ejercer su autonomía de forma real. Indicios apuntan a “la industria menopáusica que ha hecho del ciclo vital femenino su modus vivendi” (Freixas, 2024, p. 72). Para ello, se han servido de un discurso generador de miedo y de “creencias sin fundamento y convenciones obsoletas” (Mosconi, 2025, p. 41). Para evitar la desinformación, sería conveniente para empezar “aclarar qué es y qué no es la menopausia” y “separar la realidad de la ficción” (Ibid., p. 45). Así mismo sería realmente riguroso especificar que “la menopausia no es una enfermedad ni sus síntomas son patológicos, es una transición. No requiere cura ni arreglo. Basta con prestar atención a los síntomas concretos y encontrar el modo de tratarlos, si es necesario” (Ibid., p. 57). Se trata de una etapa del desarrollo psicológico, probablemente impulsada “por una nueva realidad biológica que tiene su base en el cerebro femenino cuando éste emprende su último gran cambio hormonal en la vida” (Brizendine, 2006, p. 185). Una etapa según cree la ciencia, disparada por efecto de este cambio en la sensibilidad con respecto al estrógeno (Weis y al., 2004). Una etapa cuyos dos únicos hechos universales son el cese de la menstruación y el descenso de la producción de estrógenos (Lock, 1982).

El consentimiento informado supone un gran cambio en la práctica médica, ya que su fundamentación naturalista condujo a equiparar enfermedad a incapacidad moral y, en consecuencia, el médico en tanto que autoridad tanto física como moral, decidía por el enfermo (Couceiro, 1991). Esta tesitura decimonónica ha cambiado bastante de tal modo que, en la actualidad, el consentimiento informado constituye “el eje vertebrador del principio de autonomía del paciente” (Sánchez y al., 2019, p. 273) Y, en consecuencia, uno de los pilares básicos de la autonomía del mismo, así como de la calidad asistencial, ya que garantiza el derecho a decidir sobre su estado de salud al recibir una información “adecuada” (Ibid.). Si bien la práctica del consentimiento ha sido asumida teóricamente, no ha sido asumida ni planificada en la labor clínica cotidiana (Solano, 1999).

En lo relativo a la menopausia en concreto, la dificultad del consentimiento informado tiene su base en la desinformación histórica, en los sesgos, tanto explícitos como implícitos, de la medicina en cuanto al climaterio, en la variabilidad de los síntomas y en la necesidad de personalizar tratamientos, así como en la dificultad de una independencia económica en cuanto a la financiación de los estudios y los conflictos de intereses que de ello se deriva. En consecuencia, resulta harto complicado poder dar un consentimiento informado sobre los tratamientos respecto al climaterio. En el ejercicio sanitario actual, podría considerarse como contradictorio el tema del consentimiento informado puesto que, si bien desde un punto de vista tecnológico puede calificarse de eficaz en relación a épocas pretéritas, paradójicamente, conlleva mayor inseguridad derivada en parte de su fragmentación, la cual produce a menudo una disparidad de criterios en los distintos profesionales, acentuando la confusión en la información transmitida a la paciente (Sánchez y al., 2019). Dicha situación se incrementa al buscar el propio paciente información con ayuda de las tecnologías, lo que puede conducir a una elección equivocada a falta de un adecuado asesoramiento facultativo (Askren y Leslie, 2019 y Kraft, Garrison y Wilfond, 2019).

Todas estas situaciones y contextos hacen que las mujeres no estén correctamente informadas en lo que a la menopausia se refiere. Uno de los aspectos en donde esta situación se ha evidenciado con más virulencia es en el tratamiento hormonal. La terapia hormonal sustitutiva se convirtió en un tratamiento de referencia a finales del siglo XX, impulsado más por intereses económicos que por evidencia clínica sólida. Valls-Llobet (2009) advierte que sus efectos secundarios han sido minimizados: “Si después de haber tomado terapia hormonal durante meses o años, una mujer le dice a su médico o médica que ha engordado y ha duplicado la talla de sujetador pese a comer poco y recibe por respuesta que no es posible que la terapia le engorde, está siendo manipulada o su médico tiene cierto grado de desinformación. Si recibe hormonas de tipo estrogénico es normal que acumule grasa y que engorde. Si a veces se da este tipo de hormonas a los pollos y terneras para engordarlas antes de llevarlas al matadero para que pesen más, ¿por qué no van a engordar a las mujeres? Esto no quiere decir que no se puedan utilizar en algunos casos en dosis bajas, pero sí que se debe estar atento a los posibles efectos secundarios, para detectarlos a tiempo y no crear más sensación de culpa” (Valls-Llobet, 2020, p. 155). Se han ignorado alternativas más centradas en el cuidado integral de la mujer puesto que no es posible hablar de la menopausia sin hablar del tratamiento hormonal (Delanoë, 2007).

En lo que respecta a los tratamientos en el caso de la menopausia éstos tienen riesgos que, si bien se enmarcan dentro de la categoría rara vez, para las mujeres a quienes les afecta, resultan ser el 100%. Independientemente, “conocer esos riesgos forma parte del consentimiento informado para que las mujeres puedan contrastarlos con los beneficios potenciales y decidir qué les conviene más” (Gunter, 2022, p. 339). Autoras como Martha Hickey y colaboradoras (2024), advierten sobre la necesidad de una mayor claridad sobre los riesgos y beneficios de la terapia hormonal, de una mayor transparencia en su comercialización y alertan sobre la utilización de términos que inducen a creer que son productos seguros (Freixas, 2024). Gunter (2022) nos dirá que falta validación en ensayos clínicos aleatorizados y de calidad en lo que a la prevención se refiere. Falta fundamento científico en cuanto a terapéutica hormonal, debido a que los fabricantes persiguen el beneficio económico, no la salud. Aunque varias ginecólogas insisten en recomendar la terapia hormonal como solución universal, investigaciones recientes subrayan la necesidad de una prescripción individualizada y cuestionan su uso sistemático en mujeres sin sintomatología grave (Avis et al., 2022).

Así pues, un consentimiento informado para que sea tal, deberá no solo reunir, sino cumplir algunos requisitos indispensables como el informar tanto de los beneficios como de los riesgos hallados empíricamente, evitando así el posicionamiento ideológico. Ello propicia el tratamiento del mismo no ya como mero trámite legal, sino como un proceso ético que deberá cumplir con lo autorizado por la paciente en dicho documento, sin añadir nuevas terapéuticas “sobre la marcha”.

Otro de los aspectos ampliamente ignorados tiene que ver con el cerebro femenino. En palabras de Carme Valls-Llobet (2009), la relación entre la salud cerebral y las hormonas sexuales ha sido sistemáticamente ignorada por un sistema biomédico que aún considera el cuerpo femenino como un cuerpo patológico. A pesar de que se conoce el papel de los estrógenos en funciones cognitivas esenciales como la memoria, la atención o el estado de ánimo, esta conexión sigue sin investigarse con la profundidad necesaria. Lisa Mosconi (2025) advierte que los cambios hormonales que ocurren durante la transición menopáusica afectan directamente regiones cerebrales como el hipocampo, la amígdala o la corteza prefrontal, todas ellas involucradas en la regulación emocional y cognitiva. Históricamente el cerebro femenino ha sido considerado demasiado variable o confuso para ser objeto de investigación rigurosa.

El problema no parece radicar solo en la falta de estudios, sino también en los sesgos con los que se han desarrollado los estudios relativos a la menopausia. Sesgos de género que pueden reagruparse en dos categorías por el hecho de que, o bien se han exagerado, o bien se han ignorado (Garcia y Pérez, 2017). Dichos sesgos de género reportados conciernen a los modelos teóricos, a las preguntas de investigación, al planteamiento de las hipótesis, a la delimitación de las variables, a los diseños y muestras empleadas, a las situaciones experimentales, a la recogida y análisis de datos, así como a la interpretación y publicación (Ibid.).

Esta negligencia ha facilitado la medicalización indiscriminada de los síntomas, promoviendo tratamientos como la terapia hormonal sustitutiva (THS) sin un análisis suficientemente crítico de sus implicaciones. Como ya han señalado Manson y Kaunitz (2017), los beneficios potenciales de la THS no pueden generalizarse y requieren un enfoque clínico centrado en la paciente, especialmente en función del riesgo cardiovascular individual. En otras palabras, los beneficios de la terapia hormonal dependen del contexto, edad y perfil de riesgo cardiovascular de cada mujer. Enriqueta Barranco Castillo respecto a la THS concluye que, “En la actualidad, la evidencia científica disponible indica que ésta no debe ser ni universal ni rutinaria, y que cuando se utilice siempre deberá ser elegida libremente, conociendo sus ventajas y sus riesgos potenciales” (Sánchez, 2017, p. 1371). La misma autora añade: “Ni la presencia ni la prevención de la osteoporosis es una indicación para la THS, porque muchos de los cambios que se han atribuido a la menopausia, en los ambientes sanitarios más medicalizadores, no dejan de ser problemas vinculados al paso del tiempo” (Ibid.). Tal como señala Valls-Llobet (2020), la THS ha sido impulsada por la presión de la industria farmacéutica más que por la evidencia científica, perpetuando una visión de la menopausia como una enfermedad por déficit. La comunidad médica tiende a exagerar, de forma interesada, el impacto psicosocial de la menopausia (Barranco Castillo en Sánchez, 2017). Urge, por tanto, recuperar una mirada clínica que, sin negar los signos reales que muchas mujeres experimentan, sitúe estos procesos en el marco más amplio del funcionamiento cerebral, la biografía, la cultura y las condiciones de vida. Esta desconexión entre aparato reproductor y cerebro no solo dificulta la comprensión científica de la menopausia, sino que también obstaculiza una intervención clínica sensible y eficaz. En definitiva, la desinformación climatérica femenina perpetúa diagnósticos reduccionistas que simplifican una experiencia compleja y profundamente subjetiva, poniendo en peligro la salud de muchas mujeres.

Lo que ocurre con la menopausia no es solo un problema comunicativo relacionado con la información, es una forma de violencia que se conoce bajo el nombre de violencia epistémica. Un tipo de violencia que invalida e invisibiliza los saberes que emergen de la vivencia experiencial de las mujeres. Tal y como formuló Gayatri Spivak (1988), este tipo de violencia se da cuando los sistemas dominantes de conocimiento silencian a los grupos subalternos, impidiendo que sus voces y vivencias sean reconocidas como fuente legítima de conocimiento. Se trata de “la alteración, negación y (…) extinción de los significados de la vida cotidiana, jurídica y simbólica de individuos o grupos” (Belausteguigoitia, 2001, p. 237). Anula los sistemas de simbolización, subjetivación y representación que el otro tiene de sí mismo, así como de las formas concretas de representación y registro, memoria de su experiencia (Ibid.). Edward Said sintetizó su significado a partir de una simple pregunta “¿quién tiene permiso de narrar?”. (Ibid., p. 237). En definitiva, se trata de una forma de poder, que impone significados por medio de símbolos -mensajes, creencias, normas y matrices de opinión- que bien manejados o manipulados, generan una situación de poder comúnmente aceptada.

En el caso de la salud femenina, esta forma de violencia se manifiesta en cómo la medicina hegemónica ha construido la menopausia desde un paradigma deficitario, desautorizando las narrativas encarnadas que las propias mujeres elaboran sobre su transición vital, así como las prácticas de autocuidado que estas venían desarrollando antes de que la medicina las expropiara. Esta particular forma de desinformación como forma de violencia, distorsiona narrativas, ataca e invisibiliza las voces de las mujeres menopáusicas, creando una confusión que debilita el conocimiento legítimo del proceso. Invisibiliza al otro, en este caso la mujer menopáusica, “expropiándolo de su posibilidad de representación” (Ibid.). Esta invisibilidad resulta ser una omisión y como tal, una forma de violencia psicológica, ya que resta autoridad epistémica a las mujeres menopáusicas al negarles un espacio en el discurso y práctica médica. Este silenciamiento no es neutro ni mucho menos científico: sostiene una estructura de poder que privilegia el saber técnico por encima del saber vivido, y que convierte el cuerpo femenino en un territorio de intervención sin consentimiento informado real. Por ello, reconocer esta violencia epistémica es un paso necesario hacia una ética del cuidado más inclusiva y relacional, donde las mujeres puedan ser escuchadas no como pacientes pasivas, sino como sujetos epistémicos activos.

El reduccionismo diagnóstico

A principios del siglo XX tres modelos de la menopausia, todavía hoy vigentes, fueron elaborados. El modelo biológico endocrino construido alrededor de la parada de la función ovárica. En este sentido, el psiquiatra Daniel Delanoë (2007) concluye que la historia reciente de la menopausia está inextricablemente ligada a la historia de la endocrinología a raíz del descubrimiento de los estrógenos. La endocrinología desplaza aún más la base biológica de la economía femenina, esta vez hacia las hormonas.

El modelo psicológico reconocía que los trastornos psicológicos y emocionales desempeña un papel importante en el síndrome menopáusico. La personalidad de la mujer, más que la disminución de estrógenos podría ser la causa subyacente de los síntomas. En este caso, en lugar de terapia hormonal, se recomendaba psicoterapia, con la consiguiente minimización de los síntomas.

Estos dos modelos localizan el problema, así como su solución a nivel individual.

Y finalmente, el modelo ambiental, el cual reconoce factores contextuales en la génesis de síntomas de la menopausia (Novak, 1940). Muchos de ellos relacionados con la dinámica familiar y la administración económica del hogar, el rol de cuidadora, la doble jornada, sobrecarga de responsabilidades familiares y sociales, generando una sobrecarga física y mental que favorecen el deterioro de la salud femenina, haciendo más críticos los síntomas menopáusicos. Este autor nos recuerda que muchos de los síntomas frecuentemente observados en mujeres menopáusicas no se deben directamente a los reajustes endocrinos de este período, sino que se explican más lógicamente como consecuencia de factores ambientales y psicógenos de un tipo u otro, razón por la cual, la terapia estrogénica indiscriminada debe ser ciertamente desaprobada (Ibid.).

El cese de la menstruación y de la fertilidad ha sido objeto de toda una construcción social y cultural cuya cuestión central no es otra que el lugar de la mujer en la sociedad y la definición de las relaciones sociales entre los sexos. Su estatus denota que no es un hecho natural (Délanoë, 2007). En este sentido, no se entiende como un acontecimiento estrictamente biológico, sino como “un periodo complejo en el que interactúan una constelación de sistemas de carácter biológico, psicológico, social y estructural” (Freixas, 2007, p. 58).

Pero, además “No ser conscientes de la invisibilidad de la salud de las mujeres hace que atribuyamos todos los problemas a una sola causa” (Valls, 2020, p. 155). Si atribuimos todo lo que nos ocurre en esta etapa a la menopausia, caemos en una simplificación que invisibiliza otras dimensiones fundamentales de nuestra salud y nos impide abordarla de manera integral. Asumir que cualquier malestar posterior a los 50 años se debe únicamente al cese de la función ovárica no solo es erróneo, sino contraproducente. Esta mirada reduccionista puede comprometer la calidad de vida de la mitad de la humanidad, al distraer la atención de otros factores clínicos relevantes que podrían estar incidiendo en el bienestar femenino.

El aumento de la esperanza de vida en las mujeres ha traído consigo una nueva realidad epidemiológica: la demencia senil y la enfermedad de Alzheimer se han convertido en las principales causas de muerte entre mujeres, seguidas de las enfermedades cerebrovasculares (Valls-Llobet, 2020). En este contexto, las estrategias de prevención habituales, centradas en parámetros como el colesterol, no solo resultan ineficaces, sino que en algunos casos pueden ser perjudiciales. Existen evidencias de que reducir el colesterol por debajo de 200 puede incrementar la mortalidad (Ibid.). Lo que verdaderamente necesitamos son investigaciones científicas que, por un lado, prioricen los vínculos entre el cerebro femenino, hormonas y enfermedades neurodegenerativas. Sabemos que existen correlaciones importantes entre estas enfermedades y factores como la hipertensión o la resistencia a la insulina (Mosconi, 2025), lo que refuerza la necesidad de un enfoque más holístico e individualizado. Y, por otro, que estudien la correlación entre los síntomas menopáusicos y la calidad de vida de las mujeres, dada su representación social, cultural, económica y política.

La menopausia es fundamentalmente una etapa de la vida: “se trata de una adaptación evolutiva que forma parte de la supervivencia de la especie, como la menstruación…” (Gunter, 2022, p. 11). “La menopausia es la pubertad a la inversa: la transición de una fase biológica marcada por la función ovárica a otra” (Ibid., p. 16). No se trata de “un defecto biológico por cuanto no existe un equivalente en el hombre” (Ibid., p. 17). Y sus síntomas no deben ser patologizados, ya que forman parte de una transición biológica comparable a la pubertad, aunque en sentido inverso. Se trata de una reorganización del sistema endocrino, no de un defecto. Además, algunos estudios avalan la hipótesis de que esta transición tiene una función adaptativa y evolutiva clara: la supervivencia y el cuidado intergeneracional. Mosconi (2025) y Brizendine (2006) subrayan que la longevidad humana puede estar en parte relacionada con la existencia de abuelas posmenopáusicas que, gracias a su experiencia acumulada y su inteligencia cristalizada (un tipo de inteligencia caracterizada por la manera de emplear lo aprendido y la aplicación práctica de este conocimiento), aportan valor a la unidad familiar y a la comunidad (Gunter, 2022). La menopausia, lejos de ser un punto final, representa una nueva etapa donde el saber práctico y el acompañamiento se tornan fundamentales para la transmisión de la vida.

Esta etapa, por tanto, no requiere ser curada ni corregida. Requiere ser comprendida. Es importante identificar los signos, darles un lugar, y tratarlos solo si así se requiere, evitando intervenciones invasivas o desinformadas. Dado el amplio espectro de manifestaciones que puede presentar (más de 30 síntomas distintos que varían significativamente entre mujeres), se debería hablar con mayor precisión de un «síndrome menopáusico» más que de un estado patológico fijo o uniforme.

La menopausia: la salud (mental) de las mujeres más allá de los 50 años

Tal como señala Delanoë (2007), “cualquier representación de la menopausia, ya sea académica o profana, puede analizarse como una combinación de las cinco dimensiones” (p. 1679) —el cese de la menstruación, la fertilidad, la salud física, el capital estético y el valor social—, cada una de las cuales recibe una valoración, ya sea esta positiva, nula, negativa o ambivalente. Asignarles un valor positivo o neutro, en lugar de negativo o ambivalente, mejora significativamente la percepción subjetiva y la vivencia del proceso, y, por tanto, la salud mental de las mujeres. En culturas no occidentales, muchas mujeres relatan una experiencia menopáusica vinculada a mayor bienestar, menos tensiones y mayor satisfacción vital (Ibid.). Este fenómeno parece deberse más a un cambio simbólico que a una pérdida física. La menopausia, lejos de representar únicamente deterioro, implica un reequilibrio emocional y relacional, lo que se traduce en una menor reactividad, mayor dominio afectivo y fortalecimiento de la empatía intergeneracional. En general, parece traer una sensación de bienestar.

Ey y colaboradores (Ibid.), en un enfoque más integrador, incluyen el desequilibrio endocrino, el estado general del organismo, la estructura psíquica y el contexto como variables a tener en cuenta en el estudio de la menopausia. Y concluyen que ninguna de ellas, de forma aislada, justifica alteraciones mentales; el desequilibrio endocrino no es una condición suficiente para desarrollar perturbaciones psíquicas. Estudios posteriores de Rouillon, Ballinger y otros investigadores confirman que los cambios hormonales no conllevan por sí mismos una mayor morbilidad psiquiátrica. De hecho, algunos hallazgos recientes sugieren que la posmenopausia puede tener un efecto protector para la salud mental (Ibid.). Lo que sí afecta, según la evidencia disponible, son los factores del ciclo vital —el síndrome del nido vacío, la jubilación, los cuidados de personas mayores, la doble jornada… — más que la menopausia en sí misma (Ibid.).

En cuanto al uso inadecuado de diagnósticos como depresión, atribuido a la menopausia conlleva la imposibilidad de distinguirla y diferenciarla de malestares como la pena, la tristeza y los cambios en el estado de ánimo, además de la imprecisión del propio concepto en sí. Y aquí nos adentramos en lo que se ha denominado como “desplazamiento conceptual”. Refiere a la “movilidad de conceptos que, habiendo sido creados en el marco de una disciplina para dar respuesta a una problemática específica, luego son retomados por otros campos de saber para explicar nuevos aspectos de la realidad” (Bertoldi, Bolletta, Mingardi Minetti, 2008). Al respecto el psicólogo Nick Haslam (2016) nos recuerda que los conceptos son ante todo herramientas del lenguaje que utilizamos para trabajar con la realidad, pero en ningún momento son la realidad en sí misma. Además de tener unos límites difusos, dependen del contexto. Este autor señala que muchos conceptos de la psicología han experimentado cambios semánticos en los últimos años. Y que estos cambios conceptuales siguen una tendencia constante. Los que se refieren a aspectos negativos de la experiencia y el comportamiento humanos han ampliado su significado, abarcando ahora una gama de fenómenos mucho más amplia que antes. Esta expansión adopta formas horizontales y verticales: los conceptos se extienden hacia afuera para abarcar fenómenos cualitativamente nuevos y hacia abajo para abarcar fenómenos cualitativamente menos extremos. Si bien el desplazamiento conceptual que puede ser muy positivo en la investigación científica porque a medida que la investigación avanza, ciertos conceptos pueden seguir desarrollándose como es el caso de la violencia vicaria, por ejemplo, también tiene su lado oscuro o perverso, haciendo que algunos términos que fueron definidos inicialmente para nombrar una realidad como por ejemplo la depresión, con el tiempo vayan englobando una proporción mayor de significados que desvirtúan el uso original. Se baja tanto el listón que al final, cualquier malestar es tildado de depresión o de ansiedad, elevando así el número de personas que la sufren y por supuesto, el tratamiento farmacológico, lo cual, a la larga, resulta muy rentable para la industria farmacéutica.El efecto secundario es que se fabrican problemas donde no los hay y se mitifican ciertas relaciones causales cuando no las hay o si las hay, son por diferentes motivos que no se investigan.

Este efecto perverso del desplazamiento conceptual conlleva otros sesgos cognitivos que desvirtúan finalmente cualquier posibilidad de conocimiento de una realidad dada como es la de la menopausia.No es lo mismo hablar de trastornos del ánimo que de cambios del humor. El uso inadecuado de diagnósticos —falta de diagnósticos diferenciales, sin considerar los contextos vitales y sin distinguir síntomas de malestares— conlleva riesgos importantes.

La consideración de la menopausia como enfermedad, así como confundir esta interferencia adaptativa con patología y la concepción biologicista dominante de la mujer como ser menstruante, representan muy bien este desplazamiento conceptual, llevando a medicalizar a las mujeres, empobreciendo su vivencia del proceso y desviando la atención de sus necesidades reales. Desplazamiento que se explaya hacia la concepción simbólica de pérdida de feminidad. Esta visión esencialista —como han mostrado autoras como Illouz y Kaplan (2020)— refuerza la idea de que el valor simbólico de las mujeres reside en su capital erótico y reproductivo y la menopausia se transforma en una amenaza al orden simbólico masculino. Delanoë (2007, p. 162) afirma que esta atribución de estatus inferior a la mujer no es natural, sino una pieza más del sistema de dominación patriarcal. Desde ahí se explica también el uso de terapias hormonales como forma de “reparar” una feminidad amenazada y amenazante, en lugar de comprender la menopausia como parte saludable de un ciclo vital. A todo esto, se suma la falta de formación específica en salud cerebral femenina.

Estos fenómenos favorecen la inflación diagnóstica y la psiquiatrización de experiencias vitales sanas y naturales. Con ello, se normaliza el uso de psicofármacos en etapas transicionales, constituyendo así una pieza más del sistema de dominación. Como advierte Carme Valls-Llobet (2020), los síntomas femeninos siguen siendo leídos bajo el prisma de la histeria, de lo inestable, de lo imaginado (psicosomático); siguen siendo puestos en duda éstos, así como la salud mental. La prueba de ello es la cantidad de psicofármacos que se recetan para erradicar dichos síntomas. Esta desatención se traduce en malestar acumulado, en sufrimiento desestimado, en diagnósticos erróneos. Por eso, la salud mental de las mujeres pasa también por recuperar el derecho a ser escuchadas en sus propios términos.

Consideraciones finales

Aunque la menopausia es un hecho biológico, lo que se divulga y se asume en las prácticas asistenciales no deja de ser una construcción sociocultural peyorativa. En el contexto occidental, esta construcción está profundamente marcada por mandatos sexistas y sesgos de género que vinculan la identidad femenina a la fertilidad y a la juventud. Tal como apunta Anna Freixas (2007), “el diseño cultural de la menopausia como un hecho deprimente que debe ser ocultado refleja la idea social de que la identidad central de la mujer reside en la reproducción” (p. 49). Que esta lectura siga vigente en pleno siglo XXI, a pesar de los avances científicos, muestra hasta qué punto el enfoque biomédico sigue atrapado en modelos patriarcales.

Nuevas teorías la enfocan no como deficiencia, sino como una respuesta corporal al cambio en los niveles hormonales. En este sentido son signos adaptativos, expresiones fisiológicas de un proceso de transformación. Por lo tanto, la comprensión de la menopausia no puede seguir reduciéndose a un desequilibrio hormonal ni a una disfunción biológica. Más aún, la menopausia no correlaciona con la salud mental. Lo que sí influye significativamente en la salud mental femenina en esta etapa son los factores psicosociales, culturales y económicos —frecuentemente invisibilizados— que operan en torno al género. En este sentido, la salud mental femenina, especialmente en esta etapa vital, exige una lectura más profunda, contextualizada y relacional.

La medicalización de la menopausia, sostenida por discursos biomédicos reduccionistas y prácticas clínicas acríticas, ha obstaculizado históricamente la posibilidad de significar esta etapa desde un lugar de legitimidad vivencial. Frente a ello, para un mayor rigor científico, se vuelve imprescindible una mirada relacional y somática que no interprete los signos del cuerpo como disfunciones, sino que los signifique como lo que son, narrativas encarnadas. Esta reivindicación pasa por recuperar la soberanía del cuerpo femenino, entendida como la capacidad de habitarlo, nombrarlo y sostenerlo desde una ética del cuidado. Sólo así podremos avanzar hacia una salud mental realmente integradora y emancipadora, capaz de sostener la complejidad del ser mujer en la madurez.

La salud mental en la menopausia está, como hemos evidenciado, atravesada por cuestiones ideológicas, políticas y económicas que exceden lo médico y la alejan de postulados propiamente científicos, lo que dificulta su comprensión, así como su tratamiento. La idea de corregir la naturaleza femenina a base de hormonas debe ceder paso a un enfoque integral, donde se intervenga sobre los determinantes sociales, culturales y económicos, que sí está demostrado que inciden negativamente en el transcurrir de esta etapa. Ello significa reencuadrar [13] tanto el concepto como el lenguaje, utilizando términos que describan el aspecto existencial del proceso como por ejemplo cambios, diferencias, dificultades o signos, sin las connotaciones médicas propias de la enfermedad, como síntomas, que son manifestaciones reveladoras de una enfermedad [14] o disfunción. Desmedicalizarla y desestigmatizarla al “plantear la experiencia en términos de cambio vital normalizado, a través de las diversas y contradictorias voces de las protagonistas “(Freixas, 2007, p. 42), desafiando mitos, estereotipos y representaciones degradantes que sobre esta transición se divulgan, y, dejando de conceptualizar procesos vitales como problemas. En esta misma línea convendría incidir en los aspectos positivos de la menopausia, algo de lo que no se ha hablado hasta hace pocos años.

Por último, urge una reapropiación corporal crítica, no idealizada ni medicalizada, sino basada en la escucha interna y la legitimación del malestar. La posmenopausia es un periodo largo y lleno de posibilidades, que merece ser reconocido más allá del silencio clínico. Recuperar su valor implica no solo desafiar prejuicios, sino también crear nuevas narrativas desde las voces de las propias mujeres. Como advierte Carme Valls (2020), muchas mujeres no saben nombrar lo que sienten, no porque les falte lenguaje, sino porque durante demasiado tiempo se les negó la posibilidad de construir uno propio. Visibilizar el cuerpo, legitimar sus mensajes, reconstruir el vínculo con él, no es solo un acto de autocuidado, sino un posicionamiento político y clínico. Hacer visible lo invisible, consciente la inconsciente, explícito lo implícito, desde la psicología, es el primer paso para dejar de vivir la menopausia desde el déficit como tal y comenzar a habitar el cuerpo desde todo su potencial.

La menopausia debe ser comprendida como una experiencia cuerpo-mente integral donde los síntomas físicos, emocionales y neurológicos no son simples consecuencias hormonales, sino respuestas complejas del cerebro femenino a una transición significativa, y que no se pueden separar del contexto vital de las mujeres. La desconexión entre aparato reproductor y salud cerebral ha generado una profunda laguna en la atención médica y que ha tenido sus consecuencias en la negativa a investigarse, en su inexistencia (omisión), en su invisibilización; una forma más de violencia, psicológica, cultural y estructural, donde el saber encarnado de las mujeres se subordina a narrativas médicas dominantes.

Más allá de los sesgos clínicos y diagnósticos, resulta crucial recuperar el valor de la experiencia vivida en la posmenopausia, un periodo largo y lleno de posibilidades que merece ser reconocido en toda su complejidad.

Notas

1. Cuando comúnmente se habla de salud mental, en realidad se está refiriendo a enfermedad mental.

2. Los cambios de segundo orden fomentan un auténtico crecimiento al abordar estructuralmente dinámicas fundamentales, promoviendo nuevas formas de relacionarse. En contraposición a los cambios de primer orden que generan una ilusión de progreso cuando los problemas subyacentes permanecen intactos, repitiendo así los mismos patrones.

3. Se trata de un principio kantiano moral fundamental e incondicional que nos dice de actuar solo según una máxima (regla) que podamos querer que se convierta en una ley universal, sin contradicción, tratando a la humanidad siempre como un fin y no solo como un medio.

4. La norma implícita es, por tanto, que una mujer de 50 años no puede atraer ni existir” (traducción libre).

5. Noción desarrollada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en la década de los 70. Se trata de una forma de dominación sutil basada en la capacidad de imponer significados, valores y representaciones culturales que acaban siendo aceptados como naturales.

6. Expresión que “se refiere a distintas formas o niveles de discurso que se divulga como si fuera científico, sin cumplir cabalmente con los criterios para ser considerado como tal” (Bautista, 2024, p. 479.).

7. Asociación aparente sin relación causal directa entre dos variables, debido al efecto de una tercera variable (variable de confusión), que sí explica la relación entre las otras dos.

8. Cese permanente de la menstruación, que se contabiliza después de 12 meses consecutivos sin regla.

9. Es el período de transición que precede a la menopausia, caracterizado por cambios hormonales fluctuantes y síntomas asociados.

10. Es la etapa de vida que sigue a la menopausia, cuando los niveles hormonales se estabilizan, pero siguen siendo bajos y dura el resto de la vida.

11. Cese de la función reproductora.

12. El término THM ha sido utilizado para incluir tratamientos con estrógenos, progestágenos y regímenes combinados.

13. Es una técnica, reframing, que ayuda a modificar la perspectiva o el marco mental desde el cual se enfoca una situación, transformando su significado, sin alterarla, pero cambiando la visión negativa en una más útil, positiva o neutra, buscando aprendizajes y soluciones en lugar de obstáculos. 

15. Según el diccionario de la lengua española de la RAE.

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Análisis del desarrollo de la nosología freudiana

Luis Alejandro Martínez Flórez
Fundación Universitaria Los Libertadores | Bogotá | Colombia
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Resumen

Teniendo en cuenta la gran influencia del psicoanálisis en la psicología y la psiquiatría desde el siglo XIX hasta la actualidad, se consideró importante realizar una revisión teórica y documental de la construcción nosológica en la clínica freudiana que permitiera entender las fases en que Freud encontró, describió y desarrolló esta clasificación psicopatológica. Por medio del presente artículo monográfico se realizó como tal un relato sobre la evolución etiológica de la nosología freudiana. Así pues, es de resaltar que en la nosología Freudiana fue relevante la definición y conceptualización de la neurosis, categoría que se ramificó luego en la neurastenia y la neurosis de angustia, junto con la psiconeurosis, derivando de ella la histeria, obsesiones, fobias, psicosis alucinatoria y paranoia. La neurosis antes de Freud se entendió como una enfermedad nerviosa y se asociaba con la epilepsia, hipocondría, histeria y neurastenia; sin embargo, luego pasa a ser vista como enfermedad mental resultado de las investigaciones de Freud respecto al síndrome de conversión y a lo que él denominó huella mnémica con base en las lesiones dinámicas descubiertas por Charcot. El presente artículo abarca la amplitud de categorías que surgieron de la constitución de la teoría psicoanalítica, el método terapéutico de la hipnosis, y las bases psicosexuales del desarrollo de la personalidad. Hizo énfasis en descubrir las vías en que el síntoma daba las claves de la identificación del trauma, la enfermedad y la misma cura, con finas comparaciones entre los fenómenos propios de las personas sanas, o en casos moderados o severos de perturbación psíquica. Definió como eje articulador, que explica el desorden psíquico, las alteraciones de origen traumático en el desarrollo sexual de la personalidad, el proceso de la articulación de las representaciones e ideaciones de las experiencias sexuales y los eventos traumáticos producidos por el grado de represión psíquica, en tanto que los procesos de conversión y regresión son los mecanismos que permitieron observar la definición etiológica de las neurosis y la histeria.

Palabras clavenosología, neurosis, neurastenia, histeria, neuropsicosis, neurosis de angustia, neurosis obsesiva, psiconeurosis.

Análisis del desarrollo de la nosología freudiana

Está visto que el desarrollo de la Teoría Psicoanalítica de Freud fue un evento que influyó en todos los ámbitos de la sociedad moderna en el siglo XX, y aún en nuestros días, pues se generaron conceptos y abordajes de la clínica psiquiátrica y psicológica que aún tienen vigencia en la generación de nuevo conocimiento, y en el forjamiento de nuevas escuelas de pensamiento. Pero, ¿cuál fue la ruta que permitió que esto se lograra? Es claro que los caminos fueron muchos, pero el más determinante dentro de la sociedad médica de la época fue la construcción de la nosología psicoanalítica freudiana. El objetivo de este artículo es compartir en breve el desarrollo de estos fundamentos de la clínica psicodinámica.

Entrando en el detalle de la propuesta de estudio, la estructura nosológica de Freud está compuesta en un primer eslabón histórico y conceptual por la neurosis, de la que se deriva la neurastenia y la neurosis de angustia; en un segundo momento se conceptualiza la psiconeurosis de la que se desprende la histeria, obsesiones, fobias, psicosis alucinatorias y paranoia.

El análisis sobre la neurosis es presentado en un primer momento como una afectación del sistema nervioso junto con la asociación que se realizó con otras patologías de origen somático como la epilepsia, hipocondría, histeria y neurastenia. Junto a esta categoría es abordada la neuropsicosis, y de cómo aparece cuando hay perturbaciones psíquicas permanentes en la neurosis, también del momento en que se muestra a través de síntomas psíquicos aislados a los somáticos o con ellos, pero apartados y acentuados.

En este corpus de conceptos clínicos que parte del entendimiento de la neurosis también es abordada otra entidad psíquica conocida como psiconeurosis, de la cual se observa con interés que sus síntomas aparecen tanto en personas sanas, como en pacientes clínicos.

Como otra rama y entramado de este desarrollo la histeria fue uno de los intereses fundamentales en la clínica freudiana, debido en parte a que era uno de los mayores debates de la sociedad de psiquiatría en la Europa de entonces. La histeria que en principio se trataba como una enfermedad uterina pasa a ser considerada como padecimiento neurológico, o del sistema nervioso, con un evidente origen en el cerebro. Fue común asociarla con la hipocondría por su similitud en los síntomas haciendo que se preste más atención en el síntoma que en la crisis. En fases posteriores al ser vinculada con el desarrollo sexual se le dividió de acuerdo con el género, quedando como histeria para la mujer e hipocondría para el hombre haciendo énfasis en que puede presentarse en cualquier parte del cuerpo.

En la construcción del conocimiento es clave retomar los aportes de Charcot y su estudio de las lesiones dinámicas, las cuales parten de la hipótesis de que toda enfermedad nerviosa tiene localización orgánica, cosa que no pasa con la histeria, razón por la que esta enfermedad no puede ser presentada tampoco como nerviosa; se analiza entonces cómo Freud llega a afirmar que sus vías de expresión están dadas por representaciones.

A partir de la revisión que formula Freud se llega al concepto de mecanismo de conversión, concepto que se define en síntesis como la idea que crea el paciente sobre el órgano que lo imposibilita asociarse con el resto sin que el órgano se destruya. Se explica también por qué lo que se llama huella mnémica no es más que la representación disociada que no desaparece cotidianamente y que surge ante determinado suceso, todo ello para establecer así que el síntoma histérico es la realización funcional de una idea, buscando demostrarla como una enfermedad mental y no nerviosa.

La presentación nosológica luego trata el tema de la neurosis de angustia que puede surgir como mecanismo fisiológico o psíquico. Aquí, Freud propone que aparece como manifestación de algunos órganos sobre el sistema nervioso cuando la excitación se anula por un acto voluntario o cuando no llega plena al plano psíquico, argumentando que la neurosis de angustia puede desparecer con un orgasmo. En el mismo planteamiento se observa que la neurastenia aparece cuando la excitación sexual alcanza lo psíquico y pretende descargarse y la acción lo hace deficientemente. El presente artículo quiere mostrar cómo diferentes patologías pueden presentarse de manera mixta por su sintomatología común.

Entre los fenómenos psíquicos mixtos y complejos se desarrolló en este corpus clínico el concepto de la neurosis obsesiva, denominándola en principio como locura de duda con ideas compulsivas, duda y estado de irresolución. Esta conceptualización obliga a resolver la definición de la neuropsicosis de defensa, puesto que es un evento que integra y limita la neurosis obsesiva y la histeria con el mecanismo de defensa para el grupo de la neuropsicosis, y establece una etiología basada en experiencias sexuales infantiles traumáticas. En este particular abordaje, según el rol de la experiencia se le puede catalogar como histeria u obsesión, el inicio de la enfermedad se da con el regreso del recuerdo reprimido con las representaciones que asocia llamándolas formaciones de compromiso. Además, se distingue cómo en la etapa infantil, además de ser un factor de predisposición en la adultez, puede incluir casos de neurosis también, lo que podría pasar desapercibido con algunos rasgos o estados de bienestar hasta la adultez.
En esta construcción conceptual y metateórica no se puede olvidar los eventos fundacionales de la personalidad en el desarrollo sexual. Así, la hostilidad hacia el padre se encuentra incluida y conceptualizada como un suceso de represión, que a su vez representa la perturbación del goce sexual del niño por la función paterna creando una fijación de orden inconsciente. Se realiza también un paralelo entre la neurosis obsesiva y la religión encontrando que son similares en la medida en que los rituales, ceremonias y ritos pueden ser tomados como ideas obsesivas diferenciándolos en que los actos religiosos tienen un sentido aparente, mientras que los actos obsesivos carecen de este y se abren a una posible polisemia, o variación de significados que los hacen susceptibles al análisis.

Sobre la génesis de la neurosis obsesiva en principio se argumentaba que obedecía a una etiología traumática, sin embargo, esta concepción se transforma al considerar que el sujeto tiene una consciencia de culpabilidad teniendo que ver con su deseo y con la fantasía de éste, conservando la localización de estas ideaciones en el orden inconsciente, lo que trae nuevamente al análisis la referencia infantil.

Con base en esta formulación surge la categoría del sadismo como evolución de la pulsión de aprehensión que está ligada a la neurosis obsesiva. En cuanto a la angustia es ubicada en el eje central de y se menciona a partir de ello que, las fobias son la forma neurótica en que la angustia se ve de forma directa ya que la misma es un mecanismo para convertir la angustia en miedo, buscando un objeto donde la angustia se pueda desencadenar; para el caso del complejo de castración se argumenta porque se considera como la base de las defensas y representaciones en contra las neurosis.

Finalmente, se distinguen dos momentos en la construcción de la nosología Freudiana, siendo el cambio más importante la transformación nominal y conceptual de las neuropsicosis a psiconeurosis, para enfatizar en la experiencia del sujeto, también porque mueve la histeria a este grupo y a la neurosis le agrega la hipocondría. En búsqueda de una justificación, se observa a las psiconeurosis les agrega las de transferencia y la narcisista, por lo que en esta clasificación la paranoia, la parafrenia y la psicosis maniaco-depresiva, para finalmente eliminar la categoría psiconeurosis y poder enfatizar en los subgrupos descritos. Se destaca en la evidencia clínica que esta subagrupación tiene como base una etiología sexual, diferenciándose del carácter hereditario propuesto por la psiquiatría de la época.

La nosología freudiana culmina y se completa con la segunda teoría de las pulsiones, y la aparición de la segunda teoría del aparato psíquico, la cual incluye y sustenta ampliamente estos principios, y establece como eje de interpretación que el núcleo de las neurosis se da por la castración y su angustia.

Primera estructura nosológica y sus antecedentes

De acuerdo con Mazzuca, Schejtman y Godoy, (2004), la primera nosología está versada en tres textos: Las neuropsicosis de defensa, las neurosis de angustia y las nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa. Según esto se tiene la siguiente estructura: De la neurosis se desprende la neurastenia y la neurosis de angustia; y en la neuropsicosis la histeria, las obsesiones, las fobias también conocidas como representaciones compulsivas o neurosis obsesiva, la psicosis alucinatoria y la paranoia.

Según Rivera, Murillo y Sierra (2007) fue Cullen en 1769 quien definió por primera vez el término neurosis como una enfermedad que afecta la actividad sensomotriz que no obedece a afectaciones del organismo sino más bien al sistema nervioso en específico el movimiento y los sentidos. En 1845, Ernst Von Feuchtersleben utiliza por primera vez el término psicosis haciendo referencia a los trastornos de orden mental que tienen en la falta de contacto con la realidad su punto en común. (Misol, 2011).

Siguiendo el rastro de las influencias de Freud, Bobadilla (2016) menciona lo siguiente:

Griesinger, que influenciado por Guieslan y Hebart introduce concepciones, semiología, etiopatogenia, formas clínicas, pronóstico y tratamientos que prevalecen hasta nuestros días. Bercherie (1999) resalta que su teoría del ego y la metamorfosis del ego en el delirio son retomadas por Freud. Representación, represión (término de Herbart), móviles (¿pulsiones?), conciencia y yo, son conceptos que se encuentran en su obra y seguramente influyeron a Freud más de lo que se cree. (p, 265)

Mazzuca et al. (2004) comentan que en los escritos sobre psicopatología de Freud se hace referencia al tratado clínico de psiquiatría de Kraft-Ebing (1886) que distingue entre los tipos de neurosis, la psicosis, psiconeurosis y neuropsicosis, categorizando la neurosis como enfermedades del sistema nervioso y las relaciona con entidades clínicas de sintomatología somática, agrupa la epilepsia, la hipocondría, la histeria y la neurastenia como parte de ella; las perturbaciones psíquicas de orden permanente de la neurosis Kraft-Ebing las denomina neuropsicosis, si hay síntomas psíquicos en la neurosis la llama neuro psicosis; cuando los síntomas psíquicos aparecen aisladamente a los síntomas somáticos o con ellos, de manera aislada pero acentuada, los llama psicosis, también llama psiconeurosis a la manifestación de trastornos en personas sanas.

Histeria

Mazzuca et al. (2004), señalan que los griegos atribuían la naturaleza de la histeria a un desorden de tipo uterino, concepto inalterado hasta el siglo XVI, considerándola como enfermedad femenina, no trastorno mental. El cambio de definición, de la visión antigua a la histeria contemporánea se dio con los estudios del sistema nervioso, Charles Le Pois fue el primero en proponerla como enfermedad del sistema nervioso con origen en el cerebro y relacionándola con la epilepsia, asociándola a mujeres y hombres. Más tarde el psiquiatra Thomas Willis correlaciona la histeria con la hipocondría porque veía en la semiología de la histeria similitudes con la primera, es decir angustia, preocupación y tristeza frente a estados de evidente sintomatología orgánica como las cefaleas, perturbaciones urinarias y digestivas, palpitaciones cardiacas y sensaciones de frio y de calor, también dificultad para dormir. Así se da un cambio en la manera como se observa la histeria, perdiendo el foco en la crisis para estudiar la sintomatología manifiesta.

Willis termina proponiendo la histeria como afección cerebral idiopática. Esta definición la retoma Sydenham de quien se sirve Pinel, y de éste, se vale Charcot. Sydenham incluye el término perturbaciones de carácter para unificar la histeria y la hipocondría en una misma enfermedad, pero que se distingue de acuerdo con el sexo, definiendo la histeria como femenina y la hipocondría como masculina, y considera que es una patología presente en cualquier parte del cuerpo con origen en el sistema nervioso. A partir de entonces se entiende a esta enfermedad en la capacidad de mímesis por parte del paciente, por lo cual el médico puede verse engañado o confundido frente a la sintomatología, atribuyendo esta de forma general a cualquier enfermedad de determinado órgano, desconociendo que es histeria; es así como en la época de Charcot se llega a la concepción que de que las histéricas engañan al galeno.

Neurastenia

La semiología de la neurastenia es descrita como la perturbación del juicio en la forma de delirios., también presenta un trasfondo neuropático que es común a varias enfermedades mentales y nerviosas. El primero en tratarla con un nombre distinto fue Cerise en 1842, usó el término Neuropatía Proteiforme para referirse a multiplicidad de síntomas que presenta esta enfermedad lo cual es su característica principal. Posteriormente, en 1851, Sandras la llama estado nervioso e incluye una perturbación de carácter porque las personas que las padecen resultan ser irritables, susceptibles, emotivos en demasía; sus síntomas orgánicos son cefaleas, aturdimientos, sensaciones de vacío y pesadez, hiperestesias y parestesias, tics y astenias, nociones de calor y frio, arritmias y pálpitos, perversiones de apetito o vómitos. También incluye cualquier síntoma en dicho estado nervioso, y argumenta que dicho estado tiene como consecuencia una hiper irritabilidad producto de la debilidad nerviosa. Sobre estas nociones es que el psiquiatra americano Beard elabora la definición de neurastenia haciendo énfasis en la astenia y la depresión. (Mazzuca et al, 2004)

Mazzuca et al. (2004) señalan que se puede distinguir tres fases o momentos fundamentales en la semiología de la neurosis: La crisis, las perturbaciones corporales y de carácter. Con Griesinger, Morel y Falret se desarrolló una cuarta noción semiológica que es la noción de una locura histérica, es decir, una psicosis histérica o alucinaciones y estados delirantes, por lo cual la perturbación de carácter ahora es vista en asociación a esta locura histérica.

Charcot

En los estudios realizados por Charcot se pueden ubicar dos momentos en los que comienza con el estudio de la histeria (Mazzuca et al., 2004). El primero, de tipo neurológico, explica la histeria como una patología del sistema nervioso, por ende, la metodología de trabajo correspondió a los procedimientos usados para estudiar las enfermedades de orden neurológico, compuesto por tres partes: 1) método nosológico, dividido en dos; a) la constitución de tipo, que agrupa los elementos sintomáticos encontrados; b) desintegración de tipo, para hallar formas que no son completas de la enfermedad, formas inconclusas. 2) anatomo-clínico, propone que toda enfermedad nerviosa debe tener una localización orgánica. En este procedimiento Charcot trabajó con autopsias para hallar las lesiones en el cuerpo que dieran indicio de la enfermedad nerviosa, sin embargo, jamás encontró una lesión en occisos diagnosticados como histéricos, por ello las denomina lesiones dinámicas, porque son las que no se encuentra huella o evidencia orgánica observadas luego de una autopsia. Como consecuencia, Charcot no logra diferenciar en el nivel semiológico la diferencia entre sintomatología histérica y sintomatología orgánica. Sin embargo, logra exponer un nuevo abordaje teórico según el cual la estructura del sujeto y su funcionamiento no depende por completo de una objetividad de orden orgánico. 3) Categorización fisiopatológica, pretende unir los dos pasos anteriores, es decir, descubrir qué tiene en común la lesión del sistema nervioso con la sintomatología presentada. Gracias al fracaso de este método aplicado a la histeria es que se queda sin argumentos la tesis defendida por Le Pois, Willis y Sydenham en la que la histeria es una enfermedad del sistema nervioso.

Lo importante aquí es darse cuenta de que el síntoma orgánico no tiene que ver con el histérico, principalmente porque no hay evidencia corporal que permita dilucidar que en efecto la histeria tiene que ver con el sistema nervioso. Al no encontrarse dicha variable el argumento se cae por su propio peso, es decir que la histeria responde a mecanismos diferentes que al menos hasta ese momento se desconocían cuáles eran. Respecto al correlato neurológico u orgánico de la histeria se puede decir:

Bercherie apunta que es Freud quien consigue levantar la “hipoteca neurológica” que pesaba sobre la histeria, descubriendo y conceptualizando mecanismos de formación de síntomas novedosos de origen psíquico. Desde esta perspectiva, el cuerpo es tomado como si la anatomía no existiese; los órganos son tomados en su sentido vulgar. Mientras que sus maestros seguían sosteniendo que la sintomatología de la histeria debía ser idéntica a lesiones verificables anatómicamente. Freud en 1893 escribe un artículo fundamental, “Estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas”, describiendo cómo las parálisis histéricas no corresponden a las vías de inervación, sino que siguen un curso diferente que responde, en cambio, al orden de las representaciones (Noya, Romia y Volpe, 2019., p.9)

En Charcot se encuentra la demostración científica que la sintomatología histérica no era producto de la imitación y la imaginación, si no que respondía a leyes y tenían un orden regular de aparición, también la aparta de otras entidades de orden psíquico, lo que anteriormente se denominaba correlaciones, es decir, divide la histeria de la epilepsia y neurastenia. (Mazzuca et al, 2004)

Dadas las condiciones culturales de Europa época mediados del siglo XIX, y el auge de la hipnosis y el magnetismo, Charcot comienza a estudiar la histeria más allá de lo neurológico, proponiendo la hipótesis de que la hipnosis es una neurosis artificial de orden histérico, por lo cual una parálisis inducida por hipnosis es lo mismo que una parálisis histérica artificial. Así es como Freud formula que bajo el método del hipnotismo se puede crear síntomas exactos a los que con naturalidad se producen en una histérica.

La sintomatología motora, es decir sensorial, que se extraía de una sesión de hipnosis es semiológicamente exacta a las perturbaciones histéricas y a los síntomas de las neurosis traumáticas; la sintomatología histérica debe ser considerada como sintomatología psíquica porque representa una realización funcional de esta ideación, la histeria tiene como fundamento una idea y es su realización funcional, por tanto, debe ser considerada dentro de la sintomatología de la psicosis. (Mazzuca et al, 2004)

Cambios

En la última estructuración de la nosología freudiana se elimina la categoría denominada psiconeurosis para resaltar las neurosis actuales, neurosis de transferencia y la neurosis narcisista, conservando el concepto de psicosis, estableciendo en la neurosis narcisista un puente entre las neurosis y las psicosis, para dar cabida a la sintomatología de la melancolía, quedando como un concepto ambiguo al no determinarse si la melancolía pertenece a la psicosis o no. (Mazzuca et al, 2004)

Dentro de los últimos cambios teóricos de Freud, está el introducir el concepto de neurosis traumática, que puede ser descrita como sigue a continuación:

La idea era que un suceso, como un trauma externo, provoca una enorme perturbación en la economía energética del organismo y moviliza todas las defensas; pero como el principio de placer es desbordado, no puede impedir que el aparato psíquico quede invadido por grandes cantidades de energía; a partir de aquí, la tarea es la de dominar al estímulo y ligar psíquicamente los volúmenes de estímulos con el fin de reconducirlos, para su tramitación. El que se forme o no una neurosis traumática dependerá de si el sistema esta desprevenido o preparado. Los sueños tratarían de recuperar el control del estímulo, produciendo angustia, ya que su carencia fue la causa de la neurosis traumática. (Medrano, 2010., p. 9)

Freud hace un tipo de aleación entre histeria y neurosis traumática estableciendo que toda histeria tiene etiología traumática, sin embargo podemos observar cómo poco a poco Freud (1920, En: Mazzuca et al., 2004) se va desligando de la histeria para poder trabajar en los conceptos de repetición y de compulsión a repetición, allí cambia la hipótesis de que los sueños siempre son realizaciones de deseos estableciendo que para el caso de las neurosis traumáticas no sea de esa manera, porque la función principal del sueño queda a merced del trauma manifiesto.

Una nueva psicopatología

Freud formula la imposibilidad de oponerse a las lesiones dinámicas, si se admite también se puede inferir que este tipo de lesiones pueden compartir todas las características que están presentes en las orgánicas. Sin embargo, puede existir una alteración de tipo funcional sin lesiones orgánicas reales, por ejemplo, en la parálisis histérica el concepto común, el que es importante, no es el concepto de alteración nerviosa el que impide el movimiento del brazo, sino que más bien es el concepto brazo el que es importante, llamándolo mecanismo de conversión. La imposibilidad de asociación del brazo lo hace inaccesible sin que su parte orgánica esté obsoleta, también establece el concepto de huella mnémica, según el cual una idea por más disociada, apartada o desligada con el sustrato físico, no significa su desaparición, es decir, puede que no deje de tener efecto en el aparato u órgano. (Mazzuca et al, 2004)

Mazzuca et al. (2004) señalan que de este modo Freud logra separarse de Charcot aun teniendo la misma base, es decir, a partir de la idea de que la histeria responde a una idea particular y la misma responde a su realización, al promulgar que una parálisis histérica no es igual en términos semiológicos a otras lesiones, se aparta de su maestro y encuentra una noción de tipo neurológico en la histeria, por tanto, al no ser lo mismo no puede haber una lesión orgánica.

Freud hace énfasis en Charcot a pesar de encontrar puntos de inflexión entre uno y otro, afirmando que el síntoma es la realización funcional de una idea, no se trata del brazo si no de la idea del brazo, el brazo hace parte de un entramado de ideas que se constituyen como cuerpo, como ideación del yo, más allá de su sentido orgánico, son representaciones que se hacen respecto a ello. En la histeria no es el órgano biológico lo que está operando sino la idea que se tiene sobre dicho órgano, sumado a otras ideas forman parte de un todo que para este caso es el cuerpo que a su vez es parte del yo, lo que sucede es que esta idea del órgano paralizado se separa de su conjunto, se excluye logrando una anestesia incomprensible.

El estado histérico para Freud se basa en la alteración que se produce en la repartición de cantidades normales de excitación sobre el sistema nervioso, proponiendo dos características principales: a) La influencia de la ideación de las personas sobre el funcionamiento orgánico es mayor, b) en la histeria hay exceso de excitación del sistema nervioso que puede ser liberado con autonomía, así se observa el carácter loable y la tendencia de conversión de la histeria. Lo anterior lo usa para distinguir la neurastenia de la histeria al promulgar que, si bien la neurastenia carece de excitación, en la histeria se acrecienta este nivel (Mazzuca et al.,2004).

Freud extrae la histeria y la ubica dentro de las neuropsicosis dejando un campo vacío que debe ocupar una entidad con la misma naturaleza que la neurastenia, pero con una carga excitatoria en exceso como la histeria y antónima al decrecimiento de la neurastenia, crea así la neurosis de angustia, sacando la sintomatología angustiante de la neurastenia y ubicándola como una entidad independiente dentro de las neurosis. Para complementar el grupo de las neuropsicosis debe inventar una pareja para la histeria ya que en los registros nosológicos de la época no existen, así surge el concepto de neurosis obsesiva. Con estos cambios logra desligar a la histeria como una enfermedad nerviosa, de patología neurológica (Mazzuca et al., 2004)

La innovación freudiana tiene tres componentes que la diferencia del resto: 1) El discernimiento en la descripción de la sintomatología neurótica, 2) el descubrimiento de su etiología, y 3) La dinámica terapéutica. También es importante destacar en la innovación nosológica de Freud que hace hincapié en que su etiología es sexual. Pese a que cada entidad descrita tiene una sintomatología particular, todas ellas comparten su carácter sexual; para la época la etiología imperante era la psiquiátrica, hacía énfasis en la herencia o en referencias orgánicas, para Freud los factores etiológicos estaban caracterizados por causas específicas y auxiliares, de manera que lo sexual era de orden especifico y la herencia auxiliar; éstas cuestiones sobre el por qué existe en el sujeto tal o cual patología es una cuestión complementaria que denomina “elección neurótica”.

A partir del desarrollo de la sintomatología histérica de Freud se construye su nosología y establece nuevas entidades como la neurosis obsesiva. La histeria era parte del grupo de las neurosis actuales junto con la neurastenia, porque se entendía que la neurosis era una enfermedad de sintomatología corporal, sin embargo, la histeria comparte más similitudes sintomatológicas con la neurosis obsesiva que con la neurastenia, es por esto que la neurosis obsesiva se ubica en las neuropsicosis dados los mecanismos mentales que dan cuenta su sintomatología y no de los síntomas corpóreos porque la experiencia clínica muestra que la neurosis obsesiva carece de estos.

Se habla, pues, de pensamientos y actos que transcurren en la elaboración neurótica obsesiva, siendo parte de la esfera de lo psíquico. Con la nosología y el desarrollo la clínica psicoanalítica, el aporte de Freud fue demostrar que a pesar de que la histeria tuviera síntomas corpóreos su similitud era más cercana a la neurosis obsesiva, por tanto, debía desplazarse de las neurosis actuales a las neuropsicosis. Lo que busca es demostrar por medio de esta similitud es que la histeria es una enfermedad mental y no nerviosa (Mazzuca et al, 2004)

Respecto a la disociación de la conciencia en la histeria y a su disposición como un evento adquirido y no hereditario, se puede afirmar lo siguiente:

Mientras en la histeria de retención la disociación de la conciencia no posee papel significativo alguno, en la histeria de defensa, la disociación de la conciencia es explicada a partir de la voluntad: aunque la intención de la persona sea distinta, la realización de un deseo suyo determina la emergencia de este fenómeno, es decir, la separación de complejos ideacionales. En todo caso, en ambas formas de histeria la disociación de la conciencia no aparece como una disposición primaria sino como una disposición secundaria, adquirida por el enfermo en función de distintos factores según sea el caso (Mundo, 2016., p. 118)

Para que Freud pudiese demostrar que estos síntomas eran adquiridos y no congénitos tuvo que recurrir al acto volitivo del sujeto; el paciente no tiene la voluntad de adquirir esta sintomatología si no que pretende adquirir otra cosa, y en este proceso es que se produce la disonancia. Por ejemplo, ha surgido en el sujeto determinada experiencia que le resulta incompatible, ya que esta representación tiene un afecto de pena por lo que trata de olvidarlo, no confronta dicha pena si no que trata de suprimirla, quiere renunciar a ello y de ahí su aspecto volitivo de olvido, pretende curarse y en ese transitar encuentra la patología, la neurosis es la sustitución a la problemática que el paciente pretende eliminar o borrar, renunciando a una solución concreta. Se hace hincapié en que este acto de renuncia tiene que ver con algún tipo de experiencia sexual infantil en contraposición con algún tipo de predisposición. La duda está en por qué no se puede renunciar a dicha experiencia.

No se puede renunciar a las experiencias debido a que ni el afecto ni las representaciones pueden desaparecer una vez surgidas, queda una huella, puede que la olvide, pero sigue siendo susceptible a ella en algún momento de la vida porque no haber vivido algo no es lo mismo que olvidar; ante esto es formulado que, si bien la huella no desaparece, lo que sí se puede hacer es bajar la energía de su representación despojándola de su afecto, quitarle la excitación que ella produce. La excitación tampoco desaparece de repente, hay que darle otro empleo a la misma. En este punto dice Freud que el despojo de esta energía para el caso de la histeria debe darse en el cuerpo, y retoma el concepto de conversión, mientras que en las obsesiones deber ser diferente (Mazzuca et al, 2004)

Mazzuca et al. (2004) señalan que en la histeria el síntoma conversivo es representante de la representación disociada, el síntoma en la histeria trabaja como símbolo mnémico. Surgiendo una hipótesis según la cual la representación disociada puede ser anulada por medio de una conversión opuesta. Gracias a que esta representación disociada está constituida por un segundo grupo psíquico, lo que se buscaría sería conducir la cantidad de excitación que quedó en el síntoma conversivo a la asociación con la representación con la que estaba ligada originalmente.

Otra hipótesis propone descargar toda esta excitación en ataque de histeria. Por lo cual se entiende que síntomas conversivos y ataques de histeria se excluyen unos con otros ya que ante un momento de crisis histérica los síntomas conversivos pueden llegar a ser nulos. Cuando los pacientes no tienen dispersión ante los síntomas conversivos la representación se liga a lo que Freud llamó falso enlace, que puede ser una representación ordinaria. Esta dinámica es más propia de las obsesiones que de la histeria, el síntoma conversivo puede ser un falso enlace dirigido hacia cualquier órgano del cuerpo. Así se entiende que las representaciones obsesivas son intolerables por quedar en asociación con el afecto del que fue separado en la representación de origen.

El origen del síntoma puede ser definido a través de la voluntad por querer eliminar determinada representación y su culminación con el síntoma conversivo, entre el uno y el otro queda un vacío conceptual que Freud ira construyendo. También construye el término “trasposición” cuando el afecto de la obsesión cambia de una representación a otra; propone que en el segundo enlace cuando el afecto queda libre se puede usar cualquier representación que tenga relación con la representación que se disoció (Mazzuca et al, 2004)

Neurosis de angustia y neurastenia

La neurosis de angustia es una entidad que surge con la teoría psicoanalítica. Producto de ella, este término se acuña dentro de la psicopatología elaborando una noción, problemática, teoría y clínica. (Mazzuca et al, 2004)

A propósito de esta noción, el concepto de neurosis en la psiquiatría se basa en la pregunta acerca de la forma en que el sistema nervioso puede llegar a todo el cuerpo y en este proceso cómo puede afectar zonas distales, o, por el contrario, verse afectado por estas. Freud propone que la angustia surge como manifestación de determinados órganos sobre el sistema nervioso. Así expone que la excitación sexual se origina en los órganos sexuales y asciende hacia el sistema nervioso, desde lo inferior hacia lo superior oponiéndose a las barreras que encuentra hasta hallarse en la corteza cerebral. Esta excitación se convierte de somática a psíquica de manera totalmente diferente a la histeria donde el proceso es al revés, así encuentra que ciertas representaciones tienen una fuerte tensión libidinal producto de la carga sexual que experimentan (Mazzuca et al, 2004)

La neurosis de angustia se origina cuando la acción en particular no se produce, porque al llegar al terreno de lo psíquico la excitación se anula por un acto voluntario como lo es la abstinencia sexual, por lo cual sigue existiendo una tensión libidinal sin importar la renuncia al acto sexual, también porque cuando llega al terreno de lo psíquico no llega plena. El tránsito de esta excitación hace que llegue defectuosa cuando el acceso a lo psíquico simplemente es impedido. Freud dice que como la acción especifica no puede producir la excitación sexual hay que buscar vías alternas, como lo son los acompañantes de un orgasmo: sudoración, aumento en el ritmo cardíaco y respiratorio; los síntomas nerviosos de la neurosis de angustia lo que buscan es sustituir la satisfacción sexual, haciendo que la descarga siga una vía somática auxiliar. Toda la sintomatología presente en la neurosis de angustia puede desaparecer con el orgasmo, (Mazzuca et al, 2004)

En la neurosis de angustia falta una elaboración psíquica que conduzca a la excitación sexual somática acumulada a su satisfacción, si bien el mecanismo de la neurosis de angustia es de tipo fisiológico, su patogenia es psíquica porque existe una renuncia volitiva de la descarga de excitación sexual. En toda la sintomatología de estas neurosis siempre está presente la irritabilidad ligada al concepto metapsicológico de exceso en la excitación, y la espera angustiosa que vendría siendo como lo equivalente a la experiencia subjetiva consciente del sentimiento de angustia. Aunque puede estar presente o no en la sintomatología, no es necesario que ocurra, pero pasa, lo que acontece es que su angustia puede estar latente. Otros síntomas menos importantes pero que pueden presentarse son la angustia flotante, terrores nocturnos, vértigo entre otros (Mazzuca et al, 2004)

En la neurastenia en el momento en que la excitación sexual alcanza la cumbre de lo psíquico y pretende descargarse la acción especifica que se destina para llevarla a cabo, lo hace de una manera deficiente, por ejemplo, los que involuntariamente tienen poluciones nocturnas, los que se masturban, también cuando se interrumpe el coito. Pese a que Freud divide todas estas entidades, les da una etiología particular y una naturaleza específica, puede darse el caso donde algunas se combinen o vivan en el paciente de forma conjunta.

Por esta razón, muchas de estas nosologías están juntas, porque sus síntomas son tan similares que pareciese que fuesen uno, ahí Freud encuentra distinciones de una, respecto de la otra, en la práctica es más visto en las neurosis actuales que en las otras, el carácter mixto está más presente en estos que en otros. La práctica de la interpretación es la única que nos permite dilucidar si estamos frentes a neurosis actuales o a psiconeurosis por el efecto que tiene esta sobre el paciente. (Mazzuca et al, 2004)

Freud responde a la cuestión sobre el porqué del advenimiento de estas neurosis mixtas y menciona que se debe a tres características: a) Pueden existir variables etiológicas diferentes pero que actúan en conjunto por casualidad; b) pueden haber dos variables etiológicas disímiles en el que uno está ligado al otro y cuando un único síntoma da pie a una histeria junto con una neurosis de angustia, también concluye que dentro de una psiconeurosis existe a la manera de núcleo un síntoma de neurosis actual, en el centro de todo síntoma psiconeurótico existe algo que es externo a él, un síntoma que carece de significancia psíquica. Y, c) Puede ocurrir que una neurosis actual de origen a una psiconeurosis y al revés (Mazzuca et al, 2004)

Neurosis obsesiva

Freud (1985) precisa lo que es una neurosis compulsiva u obsesiva agregando la teoría traumática y comenta que la causa de la histeria tiene que ver con una experiencia sexual pasiva anterior a la madurez, de tipo sexual y en la neurosis obsesiva, además de la experiencia pasiva, hay una experiencia vivida en el sentido en que es participe con placer de determinada circunstancia.

Sobre la neurosis obsesiva se encuentra la siguiente dinámica:

Se presenta la vivencia sexual traumática en la infancia, esto es, la seducción por parte de un adulto, vivencia de la cual quedaría una huella mnémica. No obstante, el neurótico obsesivo le adicionaría a posteriori experiencias sexuales activas de carácter placentero, las cuales involucrarían, simultáneamente, un componente de agresividad. Con la pubertad y el despertar de la sexualidad, a los recuerdos enlazados a estas últimas se asociarían autorreproches. Aquí tendría lugar, asimismo, la represión de estos últimos y la consecuente formación de los síntomas primarios, tales como la escrupulosidad y la vergüenza. Consecutivamente, sobrevendría un estado de aparente defensa lograda, semejante a la activación del sistema inmunológico. Sin embargo, un posterior retorno de lo reprimido involucraría el fracaso de la defensa primaria y la necesidad de una nueva acción defensiva. Esta última daría como resultado la formación de nuevos síntomas, denominados por Freud (1896a) síntomas secundarios o formaciones de compromiso. En consecuencia, volverían a ponerse en juego nuevas acciones defensivas. Este conjunto de acciones, agrupadas por Freud (1896a) bajo el nombre de defensa secundaria, son las medidas de protección y las acciones obsesivas, cuya finalidad sería la de combatir las representaciones y los afectos obsesivos que habrían logrado acceder a la consciencia. Entre ellas, Freud menciona la compulsión de cavilar, de pensar y examinar y la manía de la duda. (Freud, 1896, En: Bruno y Pacchioni, 2013, p. 6-7)

En cuanto a la disparidad entre neurosis obsesiva Bruno y Pacchioni (2013) dicen lo siguiente:

La diferencia entre neurosis obsesiva e histeria estaría dada, en este caso, por la actividad o la pasividad de dicha vivencia infantil. En el caso de la histeria, la misma habría sido vivida de manera pasiva. Por el contrario, en el caso de la neurosis obsesiva, ésta habría sido ejecutada por el individuo de manera activa y con desprendimiento de placer. (Bruno y Pacchioni, 2013., p,6)

La idea de las obsesiones en la psiquiatría data de algunas décadas antes de la teoría psicoanalítica, denominada entonces como locura de duda, entre sus síntomas están las ideas compulsivas, la duda y el estado de permanente irresolución. La principal innovación de Freud fue haber formado en un grupo la histeria con la neurosis obsesiva, y proponer la distinción entre neurosis y psicosis, también haber llamado a esta entidad neurosis obsesiva con todas sus implicaciones terminológicas y etiológicas. Con la aparición de este grupo busca subsanar la dicotomía de la psiquiatría del cuerpo-psique, pese a que distingue entre neurosis-psicosis esta no está fundamentada completamente en una diferenciación entre mente-cuerpo, porque en este mismo grupo hay características de este tipo para cada entidad, ejemplo de ello es que la histeria se manifiesta en el organismo y las obsesiones en la mente, son distintas, pero pertenecen a un mismo grupo nosológico (Mazzuca et al, 2004)

Freud (1985) propone lo que llama actos sintomáticos los cuales no fracasan en su intencionalidad porque no tienen un propósito que sea deliberado. Al no haber ningún conflicto no es fácil ver lo reprimido y su tránsito hacia la represión sucede con un acto fallido, porque son actos que carecen de importancia, aunque no los descarta y resulta extrayendo fenómenos susceptibles de interpretación.

Ahora bien, respecto a los actos sintomáticos se observa lo siguiente:

Otra forma de actuar que corresponde a una modalidad directa de mediación psíquica es el Acto Casual y Sintomático (zufalls-handlungen und symptom-handlungen), analizado ampliamente por Freud en “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901). Este tipo de actos parecen inmotivados, son faltos de trascendencia y se muestran superfluos, en su totalidad, parecen inadecuados a su fin (Freud, 1901b: 857). No obstante, a pesar de su apariencia inmotivada y de sus efectos intrascendentes, poseen sentido; por lo cual “pueden interpretarse […] como pequeños indicios reveladores de otros procesos psíquicos más importantes”. Por lo tanto, según Freud “habrá pues de concederles la categoría de actos psíquicos completos” (Freud, 1916x: 2155) puesto que permiten expresar un deseo inconsciente. (Freud, 1901, En: Barbosa, 2009, p.6)

Y respecto a las diferencias entre actos sintomáticos y actos fallidos se obtiene que:

Lo que llama la atención del acto casual y sintomático, en contraste por ejemplo con el acto fallido, es que en ellos se presenta “la ausencia de otra intención distinta a aquella con la que tropiezan y que por ellos [los actos sintomáticos] queda perturbada” (Freud, 1916x: 2154-5), es decir, estos actos “desprecian apoyarse en una intención [preconsciente-consciente] y, por tanto, no necesitan excusa ni pretexto alguno para manifestarse” (Freud, 1916x: 2158). Esta participación unilateral de los procesos inconscientes que se apoderan de la vía de derivación motora y que, por ende, aborta el trámite intersistémico, es compatible con la exigencia de expresión, de exteriorización o de externalización de intensas magnitudes libidinales que no han podido recibir tramitación asociativa, ni una derivación motriz adecuada y que, al reactualizarse, devienen en efectos traumáticos para el funcionamiento psíquico. (Freud, 1901, En: Barbosa, 2009, p.6)

En la interpretación típica de Freud existen dos tipos de registro: De significado referente al contenido que se tiene en la interpretación, es el contenido latente del sueño, lo que también se denomina pensamiento del sueño, su contenido está deformado, aunque se encuentre presente. Para lograr interpretarlo debe devolverse en el orden en que se dirigió el sueño para comprender por qué ese contenido se deformó, una vez comprendida la segunda parte, pretende encontrar el deseo inconsciente, la intención detrás del contenido que se deformó en el momento onírico, la sintomatología de la neurosis aplica también esta interpretación prestando más atención a los actos que al resto (Mazzuca et al, 2004)

En los actos obsesivos utiliza la misma fórmula, hay dos registros que aparecen en el obseso. El primero de ellos es el significado del síntoma, mientras que el segundo es la intención del síntoma, por lo cual es susceptible de interpretación (Mazzuca et al, 2004)

La neurosis obsesiva puede ser vista como una evolución de la histeria porque es una variedad de esta por lo cual la distinción histeria-obsesión no es excluyente, en un momento surge la histeria y en un segundo momento la obsesión, así podríamos hablar de histéricos que son obsesos también. Los momentos de la enfermedad comienzan con el regreso del recuerdo reprimido, junto con las representaciones que se asocian a él por lo cual también se puede llamar como fracaso de la defensa, este retorno es carente de sentido, regresa de formas amorfas poco reconocibles a simple vista, pasan a la conciencia deformadas y Freud las llama formaciones de compromiso (Mazzuca et al, 2004)

La neurosis obsesiva no es una forma única, son tres sus diferentes formas: Las dos primeras tienen como característica el contenido que pasa a la conciencia, lo que pasa de forma amorfa como represión, bien sea el reproche o el recuerdo. La forma común de las obsesiones son las que tienen que ver con un recuerdo sexual infantil que regresa de manera deformada, la deformación se cumple por el cambio entre el recuerdo sexual infantil y un recuerdo actual también por el sustituto de algo no sexual ante el recuerdo de lo sexual.

La represión opera sin importar que la defensa haya fallado, la falla no es permanente o deja de tener efecto, se transforma, el carácter obsesivo cumple con un tránsito psíquico forzoso manifestado con el retorno de lo reprimido, por tanto, los actos pareciera que indicaran una representación consciente, sin embargo, tiene un valor intrínseco, inconsciente. (Mazzuca et al, 2004)

La segunda forma se observa en el momento en que en vez del recuerdo vuelve un reproche amorfo, significa que el recuerdo puede volver con un peso significativo, puede darse el caso donde no y es entendible e interpretable, sin embargo, da lugar a confusiones porque sin el recuerdo puede ser entendida como otra patología, llámese melancolía, neurastenia, etc. El retorno de lo reprimido en forma de reproche no solo puede deformar la representación si no también el afecto.

Estas dos formas Freud las denomina formaciones de transacción o ramificaciones de lo inconsciente, sin embargo, puede darse el caso que al surgir como medida preventiva reemplace la obsesión, creando actos compulsivos, este sería el caso de la tercera forma de la neurosis obsesiva, en la cual la obsesión se traslada a las medidas que son preventivas. Ejemplo es la intención de entender las representaciones obsesivas en mecanismos lógicos, o desviar las obsesiones a otras ideas, también las manías de duda, al transformarse estas medidas preventivas en actos obsesivos se hallan actos de preservación, acciones para alejar la idea obsesiva como el uso del alcohol o las drogas, actos de penitencia o fobias al igual que miedo a auto delatarse (Mazzuca et al, 2004)

Relación entre la función paterna y neurosis infantil

La etapa infantil además de ser un factor de predisposición en la vida adulta para la neurosis obsesiva, constituye en algunos casos también una neurosis, puede pasar desapercibida o estar presente con pequeños indicios, en otras revelada de manera manifiesta y sin solución hasta la vida adulta, sin periodos de bienestar.

La hostilidad hacia el padre es un rasgo que permanece en la represión, el paciente encuentra resistencia expresada a manera de asombro resultándole increíble pensar algo negativo respecto a su figura paterna, porque de manera consciente siempre expresa miedo hacia su muerte, esta hostilidad surge por alguna experiencia en la que el goce sexual del niño es reprendido por la función paterna creando una fijación de orden inconsciente.

Al haber perturbado el goce sexual infantil del niño se crea una hostilidad hacia el padre. Así también pasa cuando se desencadena una neurosis porque las representaciones actuales de esta entidad están desprovistas de afecto por parte del paciente, por lo cual se conservan en memoria recuerdos a los que no se les presta atención, el despliegue de la sintomatología es vista al igual que la hostilidad con el padre de manera escéptica. (Mazzuca et al, 2004)

La primer confrontación padre hijo se da por la apetencia sexual del hijo ante lo cual la función del padre resulta perturbando el goce del niño, surgiendo una hostilidad del hijo hacia el padre lo que provoca una ambivalencia amor y odio, fundamental de la neurosis obsesiva frente a lo cual el amor se relega al terreno de lo inconsciente, y el odio al terreno de lo reprimido. Producto de esta ambivalencia se observa este contenido presente en los síntomas de irresolución y duda compulsiva junto con indecisión, y teniendo en cuenta la característica de desplazamiento de esta patología, estos síntomas pueden ser adoptados en cualquier otro comportamiento del sujeto instalándose de manera permanente (Mazzuca et al, 2004)

La función paterna y la neurosis tienen que ver entre sí dado a que en ambos casos se guarda una experiencia de origen sexual ligado a la infancia, quedando como inconsciente su recuerdo y ante alguna perturbación esta experiencia se resignifica, aunque de manera escéptica a pesar de que los síntomas se hacen manifiestos.

Neurosis obsesiva y religión

Ahora bien, en cuanto al paralelismo que se logra encontrar entre la neurosis obsesiva y las ideas religiosas se observa que:

Uno de los primeros textos donde Freud se ocupó de la clínica psicoanalítica con relación a la religión fue en “Los Actos obsesivos y las prácticas religiosas” (1907), donde plantea que en el obsesivo “El desarrollo de un ceremonial puede describirse exponiendo aquella serie de leyes no escritas a las que se adapta fielmente”. Este ceremonial del obsesivo da cuenta de que “por lo general el sujeto soporta mal cualquier postergación de este y excluye la presencia de otras personas durante su ejecución” Freud establece una relación inmediata entre los actos obsesivos y los religiosos, dice que “no es difícil apreciar en qué consiste la analogía del ceremonial neurótico con los actos sagrados del rito religioso. Consiste en el temor que surge en la conciencia en caso de omisión, en la exclusión de toda otra actividad y en la concienzuda minuciosidad de la ejecución”, por lo que concluye que “la neurosis obsesiva representa en este punto una caricatura a medias cómica y triste a medias de una religión privada”. (Freud, 1907. En: Jiménez, 2010., p. 255)

A pesar de que el acto ceremonial no tenga un código verbal establecido cuenta con un conjunto de reglas y tradiciones, que junto con la prohibición tienen importancia dentro del lenguaje religioso. La realización de un acto depende de la restricción que exista o la carga ceremonial que conlleva, la prohibición puede cumplir una función inhibitoria como una realizadora, según sea el acto. La diferencia entre un acto ceremonial obsesivo y uno religioso está en el hecho de que el primero es privado y el segundo comunitario, y que los actos religiosos tienen una importancia de tipo simbólico; los actos ceremoniales obsesivos no tienen un sentido aparente, al igual que los síntomas o los sueños, pueden ser interpretables y dotarlos de significado (Mazzuca et al, 2004)

Neuropsicosis de defensa

Es el que delimita la histeria con la neurosis obsesiva bajo el mecanismo psíquico de la defensa. Freud se encuentra con el desarrollo de la sintomatología de la neurosis obsesiva cuando halló que puede aplicarse a la histeria, como consecuencia surge una necesidad de tipo estructural, encontrando que la neurosis obsesiva deriva de la histeria, creando un enlace con la otra. En cuanto al mecanismo por el cual se forman dichos síntomas se le puede denominar predisposición y síntoma en sí. En la predisposición existe una disociación de la conciencia, no es un estado en sí, más bien es una operación del mecanismo inicial del síntoma, que surge como un acto volitivo produciendo un efecto opuesto a su cometido principal (Mazzuca et al, 2004)

Como ejemplo, se puede decir que el intento de olvidar una experiencia traumática es imposible, quedando su representación. Para sustituir este intento lo que se hace es separarla del afecto, como la representación queda débil no puede asociarse con otras ideas y crea un segundo cuerpo psíquico, queda la tarea de qué hacer con la carga de excitación que quedó en libertad; hasta acá la histeria y la obsesión tiene iguales mecanismos, pero divergen en cómo descargan ese afecto. La histeria lo hace con el cuerpo y la llama conversión, y la obsesión se queda en la psique, pero al no poder enlazarse se asocia con diferentes tipos de representaciones creando este cuadro obsesivo. El falso enlace de la obsesión tiene similitudes al mecanismo en que trabaja la conversión en la histeria porque el órgano al que se conduce la excitación es visto como una representación de este (Mazzuca et al, 2004)

La etiología, la represión y la formación de síntomas

Freud objeta que el sujeto obseso carga una consciencia de culpabilidad, tiene que ver con su deseo y con la fantasía, puede ser inconsciente, volviendo la referencia infantil cada vez más general.

La teoría traumática no es desechada plenamente y se traslada a una concepción de tipo metapsicológico, en la que en vez de hechos ocurridos lo que acontece es una represión de algunos componentes que son parciales dentro de la pulsión sexual. Si bien están reprimidos no es que sean desechables o que no tengan efectos, el impulso reprimido es visto como tentación, componente estructural de la obsesión.

La tentación crea angustia y en seguida se crean elementos de segundo orden para sostener la represión. Como la amenaza de castigo que forma el carácter de culpabilidad y la prohibición, lo inconsciente al no distinguir entre deseo realizado o fantaseado da forma a la tentación generando culpa sin importar que la pulsión esté en represión. Es la sensación de culpa que surge al fantasear con la realización de la acción tentativa y con las acciones negativas que puede llegar a generarse por el cumplimiento de la misma, quedando perenne la consciencia de culpa y la necesidad del castigo (Mazzuca et al, 2004)

Pulsiones de saber, de aprehensión en relación con el sadismo y la libido en la comprensión de la neurosis obsesiva

Para comprender de qué manera se relaciona el saber, la aprehensión, el sadismo y la libido en clave de la neurosis obsesiva se puede leer lo siguiente:

En las consideraciones freudianas para la comprensión de la Neurosis Obsesiva, debemos considerar los conceptos de libido y pulsión, que son incluidos en el texto La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de la neurosis (Freud, 1913). Momento en que ya desarrolló las fases de la libido, y establece el erotismo anal y el sadismo como particularidades que se vincula a la pulsión de aprehensión, que es uno de los componentes de la pulsión sexual, y se relaciona con el carácter activo que sigue otorgándole a la Neurosis Obsesiva. Particularmente en este contexto, ubica su desarrollo en las vicisitudes de la pulsión de saber, como desarrollo de la pulsión de aprehensión sádica. Si bien el desarrollo de la sexualidad, de la investigación sexual depende de esta pulsión, esta puede ser objeto de repulsa; y de esta manera, da cuenta de la duda obsesiva, la duda es otro síntoma freudiano de la Neurosis Obsesiva, es uno de los síntomas típicos, esos cuya utilidad reside en la orientación para el esclarecimiento el esclarecimiento del diagnóstico. (Freud, 1913, En: Rostagnotto & Yesuron 2020)

Síntoma y angustia

Freud ubica la angustia como el eje central de la neurosis advirtiendo que debido a su variedad hay algunas donde no hay tales manifestaciones, pero en la neurosis obsesiva la angustia y el síntoma se pueden observar con mayor precisión, especialmente cuando hay síntomas que se establecen como formas de protección para evitar precisamente que se desarrolle esta angustia. Si el paciente no tiene presente estas medidas o no realiza sus actos ceremoniales surge la angustia, afirmando que hay muchas neurosis en las que no surge la angustia, por tanto, para todas no se aplica la regla de la relación íntima entre angustia y el origen del síntoma. (Mazzuca et al, 2004)

Angustia y fobias

Las fobias son la manera neurótica en que la angustia se encuentra de manera directa, ya que la fobia es un mecanismo para convertir la angustia en miedo puesto que en este el objeto aparece con más claridad que en el primero, lo que se busca es darle a la angustia un objeto en el cual se puede desencadenar. Freud da lugar a la fobia como una histeria, por lo cual adquiere una doble distinción, la histeria propiamente dicha y la de angustia que se relaciona con las fobias, porque el desarrollo de la angustia es el único rasgo distintivo entre la fobia y una histeria de conversión. Para el caso de la neurosis obsesiva la relación angustia-síntoma es mucho más evidente, ya que el desarrollo de la angustia amenaza en aparecer en el momento en que el paciente detenga sus actos o pensamientos obsesivos. (Mazzuca et al, 2004)

Tendencias de los síntomas

El esquema de los síntomas presentes en la neurosis obsesiva se da de la siguiente forma:

En Inhibición, Síntoma y Angustia, Freud (1925) desarrolla planteamientos en lo referente a la formación de síntomas en la neurosis obsesiva. La formación de estos síntomas presenta dos formas distintas y opuestas. La forma negativa corresponde a las prohibiciones, las medidas de precaución y los castigos. Los síntomas del grupo positivo lo forman las satisfacciones sustitutivas que a menudo son disimuladas bajo una forma simbólica. Freud precisa que la formación del síntoma triunfa si la prohibición logra mezclarse con la satisfacción. Para conseguir que la defensa se convierta en una satisfacción, el yo utiliza formas de relación muy artificiales, aprovechando una vez más su tendencia a la síntesis. (Freud 1925, En: Rosales, 2013, p.27)

Disociación de las pulsiones y la regresión a la organización anal

La histeria y la neurosis obsesiva son formas de una neurosis que, si bien son diferentes, no son excluyentes, y que también la neurosis obsesiva en un inicio fue interpretada como una histeria y originalmente sus componentes están dados por la organización fálica y genital de la libido.

Con el desarrollo de la patología hacia la neurosis obsesiva hay una regresión al desarrollo libidinal anterior, es decir, los impulsos sádicos y anales. Esto le permite a Freud desarrollar la teoría metapsicológica de la difusión pulsional, según la cual las pulsiones van a estar disociadas porque en un retroceso a la fase sádico – anal, surge una desconexión de las pulsiones enfatizando en que este tipo de neurosis, lo erótico y lo agresivo se encuentran en disonancia, muy contrario a la fase fálico-genital en la que se presenta una aleación de las pulsiones. Se reconoce a partir de esto que, en la última etapa del desarrollo psicosexual de la teoría freudiana, lo que se busca es repartir las pulsiones entre las de vida y muerte (Mazzuca et al, 2004)

Angustia de castración

En el complejo de castración se halla el sustento de los mecanismos de defensa y el desarrollo de las representaciones que fungen contra las tendencias de las neurosis. En las neurosis obsesivas la diferencia está en que la regresión se va hacia la organización sádico-anal con todo lo que las pulsiones parciales de esta fase implican- El superyó del sujeto, como resultado de esta regresión, tiene características crueles o de dureza, también de severidad que son propias del sadismo de las pulsiones (Mazzuca et al, 2004)

Conclusión

Lo primero que es destacable de la nosología de Freud es el carácter dinámico de su nosología, es decir que siempre está en constante movimiento. Lo que se consideraba en un primer momento válido en su teoría puede que ya no lo sea más a posteriori, porque conforme avanzan las investigaciones y se establecen nuevos criterios o parámetros, esta tiende a modificarse según los nuevos hallazgos, dados por una clínica psicoanalítica más precisa, que pone énfasis en la sintomatología del sujeto para diferenciar síntomas, entidades y patología. Así se observa que dicha teoría se manifiesta y se desarrolla en función de la validez clínica y partir de la reflexión acerca de lo que es conveniente para el paciente,

En segundo lugar, debido a que la nosología de Freud cambia constantemente se puede ver que la misma obedece a la particularidad o subjetividad de los síntomas presentados en los diferentes pacientes. Si bien existen criterios que son la base o eje rector en la manera en la que se debe abordar un análisis frente a determinada sintomatología, la teoría se mueve conforme a lo expresado por el sujeto, conforme a su propio deseo, así podemos observar que hay patologías que son susceptibles de análisis mientras que hay otras que no.

La variedad de síntomas que puede o no presentarse en cada sujeto conduce el proceso de análisis de manera diferente, por lo cual la terapia a implementar con determinado paciente difiere del que se puede realizar con otro, sin perder las bases del análisis clínico, es decir, que pese a la subjetividad del tratamiento psicoanalítico existe un método preciso para definir la clínica de caso, con la salvedad de algunos casos que no son susceptibles de análisis por el carácter subjetivo de la sintomatología. Por tanto, el dinamismo de la teoría como la subjetividad del sujeto permiten el desarrollo y evolución de la clínica psicoanalítica.

En tercer lugar es llamativo el hecho de que con el trabajo investigativo de Freud y el desarrollo de su nueva nosología se crean nuevas entidades psíquicas como es el caso de la neurosis obsesiva, lo cual resulta ser innovador y se constituye un avance en lo que respecta a la clínica de su época hasta la actualidad, ya que por medio de esta se da un cambio que permite una lectura diferente de la enfermedad mental, es decir una nueva concepción que permite una transformación del proceso terapéutico. Clínicamente hablando, esta invención resulta ser tan precisa que, desde el escenario de principios del siglo XX, fue adoptada por otros campos del saber además del psicoanálisis, como lo es la psicología y la psiquiatría.

Por lo anterior, se concluye que pese a las diferentes críticas que se formulan respecto a esta teoría, lo cierto es que la etiología inmersa en nosología y concepto de la neurosis es tomada por otras ciencias para el progreso y el desarrollo de las mismas, bien sea para un adecuado tratamiento de las patologías mentales o con usos netamente investigativos. La crítica moderna a estos postulados es un juicio de doble rasero que alaba el hallazgo clínico, pero desprestigia la formulación teórica, la fiabilidad de la crítica se debilita porque al final la discrepancia subyace al uso del lenguaje y la cultura del conocimiento a la que pertenece el psicoanálisis, que dista en mucho del método científico positivista.

El cuarto aspecto es la base psicosexual de la teoría y elemento integrador de la nosología propuesta, revelador y disruptivo para el pensamiento de la sociedad de esta época, puesto que era tan conservadora que todas estas formulaciones psicoanalíticas fueron subestimadas y tomadas como una broma, una cuestión baladí, algo que no tenía la importancia que Freud le dio. Una actitud de la academia que desacreditó este conocimiento porque no se consideró como algo fundamental para la comprensión de las enfermedades mentales.

Sin embargo, el cúmulo de información de un componente de la práctica sanitaria como lo es la evolución de las tradiciones clínicas y terapéuticas es tan dotado de validez como aquel conocimiento que surge de la réplica del método científico, en especial en la numeración de los hechos y reflexiones, notas académicas y de caso que estuvieron detrás de la definición del origen, desarrollo y aparición de varios de los síntomas presentes en los neuróticos, su aparición en edades tempranas, así como la revelación de la función del padre frente a la castración lo cual es fundamental a la hora de interrogarse por la génesis de la neurosis en un sujeto.

Finalmente, se puede considerar que las investigaciones sobre la histeria permitieron dar forma a la estructura principal para la construcción de la teoría psicoanalítica, puesto que dichas acciones permitieron ingresar en el mundo de lo psíquico y mental, al tener que desligarse necesariamente de las concepciones neurológicas tradicionales, y por tanto el desarrollo una nueva concepción sobre el tratamiento de esta, y a partir de allí de la identificación de otros trastornos y una práctica terapéutica diferencial.

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Confinamiento | Causas y consecuencias emocionales

Ana María Fernández Poncela
Profesora de Ciencias Sociales | Universidad Autónoma Metropolitana | Ciudad de México

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Resumen

El confinamiento aplicado como medida en la pandemia posee narrativas científicas y políticas, que los medios han propagado, pero cómo lo vivió la población y cuál es su sentir al respecto. Aquí interesa ¿qué piensa y siente la población que lo experimentó? En concreto, sus opiniones sobre las causas y las consecuencias del mismo. Para ello se cuenta con una entrevista a la población de la ciudad de México en el año 2021. Los hallazgos apuntan a un desborde emocional insatisfactorio y doloroso, con sus experiencias positivas de adaptación y aprendizaje; y un discurso justificatorio de su necesidad. Según los testimonios, las causas son proteger ante la amenaza y miedo a la enfermedad. Las consecuencias, un deterioro social, y también de la salud mental y emocional.

Palabras clave: Confinamiento, sociedad, experiencias, opiniones, emociones.

Introducción

Este texto es fruto de una investigación cualitativa sobre el confinamiento, y las opiniones de sus causas y consecuencias. En estas últimas se incluyeron las emociones -enunciadas- no así en las primeras, aunque surgieron por inferencia -reconstrucción a posteriori– a través de indicios de la situación (Plantin, 2014). Como afirma Elster (2002, p. 485-6): “las emociones importan porque si no las tuviéramos, nada más importaría…las emociones son la materia de la vida…el cemento o el vínculo más importante que nos liga a las demás personas” y “muchas formas de comportamiento humano serían ininteligibles si no las viéramos a través del prisma de las emociones”. Esto destaca en este trabajo que subraya el carácter de las emociones no tanto como un estado cualitativo afectivo del sujeto que las experimenta, sino el estado mental intencional racional o inconsciente que apunta hacia un objeto figurado por un sujeto que tiene una visión del mundo, lo juzga según valores que se construyen consensualmente en la sociedad, y saberes de creencia de imaginarios sociales discursivos, como soporte disparador del estado cualitativo de la persona y reacción comportamental individual y colectiva (Charaudeau, 2011). Percepciones, opiniones, valoraciones y vivencias se recogen en los testimonios aportando visiones desde la población sobre el tema, reconstruyendo su pensar y sentir de forma particular recabando la voz de los protagonistas que experimentaron la situación, y su explicación respecto a la misma.

Objetivos, metodología y teorías

En septiembre y octubre del año 2021, a año y medio del inicio de la pandemia, se aplicó una entrevista a población de la Ciudad de México sobre el confinamiento. El objetivo es tener un panorama de la opinión de la ciudadanía, toda vez que su explicación y significado de dicha medida, a través de sus representaciones sociodiscursivas, universos de creencias compartidas, relatos subjetivos y su vivencia. Fueron entrevistados 42 hombres y 43 mujeres, en total 85 personas, de entre 18 y 79 años residentes en casi todas las alcaldías de la urbe y con ocupaciones y niveles socio económicos y educativos diferentes [1] Advertir que si bien es un estudio cualitativo, a la hora del análisis se consideró oportuno el cuantificar varios temas, ello con objeto de obtener claras tendencias de opinión según campos semánticos de expresión.

Algunas preguntas giraron alrededor del confinamiento, en particular una sobre las causas y varias en torno a las consecuencias. Con el deseo de no restringir la mirada interpretativa, se trabajó desde la perspectiva de la teoría fundamentada basada en el análisis de los datos cualitativos de investigación para construir teoría. Se buscó las percepciones, significados, interacciones y experiencias como procesos subjetivos que elaboran y configuran las personas; descubriendo procesos interpretativos de comportamientos colectivos a través del estudio sustantivo donde prima lo empírico y en él la emergencia de la información. Con posterioridad se procedió a la descripción y ordenamiento conceptual de datos según propiedades y dimensiones; teniendo en cuenta el contexto histórico cultural, pensamientos y experiencias humanas, la inducción y la reflexividad, creando conocimiento situado y testimonios encarnados (Glasser & Strauss, 2006; Corbin & Strauss, 2008).

Los conceptos surgen directamente de los datos y la codificación al realizar el análisis. Las categorías aparecen a partir de dimensiones y propiedades. Se ralizan comparaciones constantes y preguntas generadoras que van haciendo el trabajo. Hay una reordenación continuada a través de notas y diagramas. Se observan los conceptos emergentes, relaciones, significaciones. Hay que leer y releer, fragmentar, reintegrar, conceptualizar. Finalmente, sintetizar el análisis en temas, integrar categorías para conseguir un marco teórico.

a) Conceptos creados a través de los datos que se agrupan en categorías o conceptos; b) El desarrollo de categorías en términos de sus propiedades y dimensiones; c) La integración de categorías y niveles más bajos de conceptos en un marco teórico que ofrece información sobre un fenómeno o una serie de fenómenos y que da pistas para la acción. Esta integración final es la que lleva los hallazgos de la investigación de la descripción a la teoría (Corbin, 2016, p.17).

En el proceso de análisis de las opiniones sobre las causas surgió con voz propia el continuum emocional inverso o hacia el origen de la acción -el pasado-, que describía la acción producto de una necesidad que a su vez era provocada por una emoción, originada en la percepción, con lo cual entre otras cuestiones se retomó el enfoque gestalt (Muñoz, 2009). Todo ello producto del trabajo con los datos empíricos -aunque la pregunta solo invitaba a expresar opinión-. Dicho de forma sucinta, la acción de quedarse en casa, proviene de la intención de satisfacer la necesidad de protección que es la función de la emoción de miedo, y esta de la percepción de inseguridad.

Acciónnecesidademociónpercepción

En cuanto al análisis de las consecuencias fue amplio y variado. No obstante, también reapareció el continuum emocional en dirección directa -presente y futuro-, pues se partía de sensaciones, pasando por pensamientos y creencias, seguidos de emociones y sentimientos que conducían a satisfacer necesidades con conductas según hábitos y rutinas, en general a su cambio y adaptación. Parte de ello surge del análisis de los datos, sin embargo, varias preguntas aquí sí giran en torno a las emociones vivenciadas de la situación y sus efectos posteriores.

Sensación pensamiento/creencia  emoción/sentimiento  necesidades ⇒ hábitos/rutinas (acciones, conductas, comportamientos)

Otro asunto que surgió fue los modos de relación también según la gestalt (Muñoz 2014), ya que la interrelación personal o grupal -o su opuesto- es lo central en el confinamiento. Destaca la fijación mental, la introyección mediática, el aislamiento emocional y la confluencia familiar -con quienes se convive o por medio de llamadas a través de celular y plataformas- en el aislamiento físico.

A las emociones fincadas en el sujeto, hay que añadir las propiamente sociales en el sentido de compartidas, cuyo análisis se inspira en autores como Charaudeau (2014) y sus enfoques sobre saberes de creencia y saberes de conocimiento, y cómo la representación emocinal del imaginario sociodiscursivo se impone por juicios, valores y normas sociales, o también Elster (2002), y de manera particular los aportes de la psicología social de Moscovici (2008) que explica el comportamiento social.

Finalmente, se concatenaron causas y consecuencias, y si el origen de las causas fue el miedo, el efecto de las consecuencias se expresa en estrés, ansiedad y depresión, a veces tranquilidad y seguridad, en ocasiones ambas combinadas. Para evitar el virus y el contagio según la narrativa oficial se confinó, y más allá de la valoración sanitaria de la medida, las consecuencias apuntan al desarrollo de problemas emocionales. Es decir, ya en términos psicológicos y sociales, para paliar el miedo y crear efecto de seguridad se llevó a cabo la cuarentena y el resultado fue el deterioro de la salud mental y el desarrollo de modos de relación no muy saludables o todo lo contrario.

Definiciones, prácticas e investigaciones

La OMS declaró la alerta por pandemia en marzo del 2020, también recomendó las medidas sociosanitarias, no exentas de contradicciones según algunos científicos, y los gobiernos de los países siguieron el criterio dominante en el mundo, las presiones mediáticas y sociales, y las aplicaron según sus circunstancias y posibilidades.

Las medidas de distanciamiento físico y restricción de desplazamientos aplicadas en gran escala, llamadas frecuentemente medidas de ‘confinamiento’, pueden desacelerar la transmisión de la COVID-19 al limitar los contactos entre personas. Ahora bien, estas medidas pueden tener un profundo efecto negativo en las personas, las comunidades y las sociedades, dado que conllevan casi la paralización de la vida social y económica. Estas medidas afectan desproporcionadamente a los grupos desfavorecidos…La OMS reconoce que, en determinados momentos, algunos países no tuvieron otra opción que promulgar órdenes de confinamiento y otras medidas, con el fin de ganar tiempo. La OMS confía en que los países utilizarán intervenciones específicas, donde y cuando sean necesarias (OMS, 2020, p.1).

David Nabarro encargado de la OMS para el coronavirus en Europa, dijo: «Apelamos a todos los líderes mundiales: dejen de utilizar el confinamiento como su principal método de control”, hace que “la gente pobre sea mucho más pobre”, “no abogamos por las cuarentenas como el principal medio de control de este virus” (INFOBAE, 2020, s/p).

La campaña en México adquirió el lema de “Quédate en casa”. “Durante esta Nueva Normalidad y si tu localidad está en semáforo rojo, debes quedarte en casa. Recuerda que el coronavirus es muy contagioso y si no se siguen las recomendaciones de las autoridades, puede haber un rebrote de la enfermedad”. (Gobierno de México, 2020a, s/p). El quedarse en casa era la forma de cómo “frenar” la epidemia con “responsabilidad” y el “protégete tú” y “proteger a los demás”. Por otra parte, se tiene presente en el gobierno y desde el primer momento los estragos en la salud mental que el confinamiento significaba, por lo que incluso hubo recomendaciones de carácter práctico.

Mantente ocupado en actividades productivas y positivas, comparte tiempo con la familia, colabora en las tareas del hogar, practica la tolerancia, solidaridad y respeto. Si te distraes pueden llegar los villanos «miedo», «ansiedad» y «alejamiento» para tratar de confundirte…es normal que a lo largo del día tengamos episodios de ansiedad o nerviosismo…No lo olvides, una mente tranquila, es una mente saludable (Gobierno de México, 2020b, s/p).

En el país los confinamientos fueron voluntarios, con recomendación insistente en los medios, si bien el cierre de empresas, instituciones, espacios y actividades pública fue de carácter obligatorio. De hecho, la población los aceptó con beneplácito según las encuestas del momento, mientras sectores políticos internos y organismos internacionales criticaban al gobierno por no implementar más y más rigurosas medidas (Mitofsky, 2020; El Financiero, 2020).

Respecto a los estudios sobre el confinamiento, algunos reconocieron o subrayaron su cuestionada eficacia y expusieron las contraindicaciones desde los primeros momentos (Broocks, et al., 2020) El ejemplo de Suecia ha sido paradigmático, sin confinamiento no hubo ni más contagios ni más muertos que en otros lugares con férreos y prolongados encierros. Otro es el de Reino Unido donde la dura ejecución del encierro se debió al parecer, más que por causas sanitarias a políticas públicas de gabinetes psicológicos conductuales del gobierno (Dodsworth, 2021).

Por solo mencionar alguna de las múltiples investigaciones al respecto, la reciente del Johns Hopkins Institute afirma que los cierres y restricciones se han exagerado y no han tenido el efecto esperado por lo que aconseja rechazarse como instrumento político (Herby et al. 2022). No hay evidencia que han evitado contagios y doblado la curva de nuevos casos. Sí hay constancia de los daños en enfermedades físicas y mentales, en la infancia, la drogadicción, la violencia, y las pérdidas de empleos, cierre de negocios, aumento de la pobreza. Incluso se afirma que todo fue político desde el primer día (Bendavid, et al. 2021). Pero más allá de organizaciones internacionales, gobiernos y estudios, qué opina la ciudadanía, objetivo de este trabajo, y lo que se presenta a lo largo de estas páginas.

Las causas del confinamiento

Para iniciar y con objeto de contextualizar la opinión de la ciudadanía consultada, se presenta la descripción de la respuesta a la pregunta de la fuente de información sobre la pandemia. La mayoría señala la televisión como el medio principal, seguido de redes e internet; que sumadas estas dos últimas opciones, sería numéricamente la más importante, sin embargo, en ellas también se reproducen otras fuentes, tales como la misma televisión o los periódicos, por ejemplo. Hay que mencionar que hubo personas que respondieron también varias opciones. Respecto al análisis subrayar que se trata de información oficial recabada desde las autoridades expertas, tales como OMS o CDC hasta lo que dice el vecino o el compañero de trabajo, si bien mayoritariamente los medios de comunicación y la televisión en particular tienen un influjo notable (Sartori, 2004), como se observa en la tabla 1. Únicamente añadir que el discurso mediático por aquellos días era único y global, intenso e insistente, y al parecer según los testimonios, la ciudadanía lo siguió de cerca.

Tabla 1. Medios y personas fuente de información de la pandemia

Medios comunicación

Personas alrededor

Autoridades

Televisión 54

Familia 11

Personales

Redes 38

Médicos 7

AMLO 7, López Gatell 7

Internet 27

Amigos 7

Institucionales

Celular 7

Compañeros trabajo 4

Instituciones 5

Radio 9

Vecinos 2

Secretaría salud 3

Periódico 8

OMS 3, CDC 2

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

Si bien esta investigación es cualitativa, interesa tener la tendencia cuantitativa sobre cuál es el medio de información, pues se trata de una cuestión que se vivencía en parte a través del discurso científico, político y mediático. Esto es, donde la cultura, la sociedad, los medios y la política juegan un destacado papel, es decir hay una mediación, y más que se piensa o vivencía un hecho real en primera persona, se trata de percepción de segundo orden según Watzlawick (2003) producto de la comunicación. Las realidades de primer orden son la situación física real, observable y verificable, objetiva. En este caso, se trata de la percepción e interpretación, la de las personas entrevistadas sobre el discurso político y mediático que llega por medio de la información a la que tienen acceso. El significado y valor asignado de manera subjetiva según saberes de creencias, en principio externos, que comprometen al sujeto a tomar partido con respecto a valores sociales, no saberes de conocimiento. Aquí tiene lugar una representación emocional de la situación, un juicio de valor compartido colectivamente, instituído normativamente que orienta el pensar y el sentir sobre algo (Charaudeau, 2013). Lo que en gestalt sería una percepción introyectada que conduce a una emoción o sentimiento mediado por el lenguaje y la cultura más que por una experiencia presente de la persona (Muñoz, 2009).

Ya en concreto sobre las causas, “Según su opinión ¿para qué se realizó el quedarse en casa?”, fue la pregunta desencadenante de lo aquí analizado. La respuesta mayoritaria vino de la mano de verbos en infinitivo que denotan acción, estado en proceso, curiosamente en el marco de la inacción -quedarse en casa y aislarse físicamente-. Un tiempo verbal que hace funciones de sustantivo en la oración, refleja una acción de forma genérica y de manera no personal. Por otra parte, otro grupo de respuestas fue enunciada por el adverbio “no” que expresa negación y se emplea para negar el verbo y acción que acompaña, con diferentes sujetos y tiempos. Lo cual significa una suerte de acción genérica, no personal y externa. Se trata pues, de saberes de creencias, representaciones e imaginarios sociales (Charaudeau, 2013), introyectos culturales (Muñoz 2009), incluso mandatos de comportamiento social (Moscovici, 2008).

Tabla 2. Para qué se realizó el “quedarse en casa”

Evitar 30

Qué se evita

Cuidar 10

Qué se cuida

Frenar 6

Contagios

Proteger 7

Cuidarme yo

Disminuir 6

COVID

Seguridad 3

Yo y famila, seres queridos, personas vulnerables

Retrasar 5

Virus

Resguardar 1

Controlar 3

Enfermedad

De qué se cuida

Contener 2

Pandemia

Total 21

Contagio

Mitigar 1

Propagación, ola, curva

Contagiar

Detener 1

Contagiarme

Contagiarnos

Total 54

Evitar 10

Saturación hospital

Cuidar No

Servicios médicos

Propagar 4

Camas

Enfermar 1

Colapso

Exponernos 1

Catástrofe

Adquirir 1

Total 10

Expandir 1

Propagar 1

Total 9

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

De nuevo se cerró a posteriori la información y se cuantificó (tabla 2) con objeto de obtener tendencias semánticas, conceptos y categorías. La mayoría apunta el verbo en infinitivo “evitar” en el sentido de distanciarse y apartarse y “frenar” -relacionado con los mensajes de la campaña sanitaria- que va en la dirección de defensa hacia afuera, y varios más, como “disminuir” o incluso “detener”. El evitar no solo es el contagio y la enfermedad, también aparece en numerosas ocasiones con relación a no saturar camas y centros médicos -objetivo anunciado del gobierno-. Por otro lado, está en la dirección hacia adentro de protección el “cuidar” y “proteger”, el yo y los otros, los cercanos o vulnerables, por seguridad. De hecho, el evitar y frenar es también proteger y cuidar. Una acción que equivale a inacción en el sentido de no salir y quedarse en casa, protegiéndose por seguridad, el aislamiento social preventivo. Que como se verá en su momento se trata de un modo de relación, aislarse del contacto (Muñoz, 2014), con las consecuencias psicosociales que ello comporta como también se presentará. A continuación algunas transcripciones de las entrevistas en el sentido mencionado, evitar contagios, no contagiar, cuidar y evitar la saturación del sistema de sanidad en el país.

“Para frenar la curva de contagios” (h, 50, Tl)

“Para no tener contacto con las personas u objetos que tengan COVID y así disminuir el contagio” (h, 25, Xo)

“Para no contagiarnos y no contagiar a nuestros seres queridos” (h, 19, Xo)

“Para no contagiarnos ni exponernos y protegernos” (m, 45, Az)

“Para evitar la saturación de hospitales” (h, 25, Xo)

“Pues para resguardarnos del virus y que la propagación fuera más lenta y así se pudiera dar servicio médico a los enfermos sin abarrotar los hospitales” (h, 40, Xo)

“Para evitar que el número de contagios y decesos fuera catastrófico, evitar el colapso del sistema” (m, 40, Tl)

“Para cuidarnos del virus y no contagiar ni contagiarnos” (m, 50, Xo)

“Para evitar el contagio en personas vulnerables como ancianos, niños y personas con enfermedades crónicas degenerativas. Es una medida para evitar que el sistema de salud colapse” (m, 44, MA)

Como se recoge en las narraciones va del “frenar” al “cuidar”, incluso se trata de evitar la “catástrofe”, como se expresa. Desde una primera mirada analítica el “Quédate en casa” es producto de evitar la enfermedad, cuidar la salud y no saturar los hospitales. Añadir únicamente, que otro interrogante iba en el sentido de si consideraban el confinamiento correcto y satisfactorio, y la práctica todalidad de las y los entrevistados dieron una respuesta afirmativa. Lo cual concuerda con estudios y encuestas al respecto (Mitofsky, 2020).

Llegados a este punto, sobre las causas, es posible desarrollar explicaciones más profundas. Desde una descripción densa que pretende desentrañar estructuras de significación superpuestas y entrelazadas, una interpretación más completa y compleja (Geertz 1996), señalar que este frenar y cuidar en realidad es una necesidad de seguridad que se desprende de la emoción del miedo, cuya función es proteger, misma que se intenta satisfacer con la acción de quedarse en casa -que es inacción a la vez-. Lo anterior según el continuum emocional gestáltico (Muñoz, 2009). Más aún, estos verbos de evitar y proteger son producto del miedo -no expresado en enunciados de emoción directamente en los relatos-, del miedo al virus se entiente, el contagio, la enfermedad y la muerte, pero ¿hay otros miedos más profundos o incluso inconscientes detrás o al lado de este miedo primigenio a la muerte?

Las causas directas, enunciadas explícitamente son evitar el contagio y proteger la salud. Causas que cubren la satisfacción de la necesidad de sobrevivencia como reacción de los mamíferos. Si esto se extrapola a las emociones sociales compartidas es posible pensar también en el miedo social de Bauman (2007), su metáfora de la muerte social, la exclusión. Esto es, el miedo al otro (Daillie, 2016), también ancestral. Y la necesidad viene dada en este supuesto, de la protección hacia los de arriba y los de al lado -gobierno y ciudadanía-. Se configura así la obediencia, la conformidad y el pensamiento de grupo (Levine y Pavelchack, 2008; Tajfel ,1978). Las emociones sociales fincadas en imaginarios sociohistóricos y universos de creencias compartidas implican, cohesión, pertenencia, reconocmiento, y también valores, juicios, normas y sanciones sociales consensuadas (Charaudeau, 2014). Así ese prevenir sanitario, causa según la población del confinamiento, está configurado por el miedo biológico de sobrevivencia activado por la amenaza del discurso mediático y el miedo de expulsión social derivado de no obedecer o no asentir a la presión social circundante.

En primer lugar, tiene lugar la obediencia y seguimiento de las medidas sociosanitarias del gobierno y organismos internacionales. Mismas que obedecen a las creencias y cultura de una época, así como los dictados de un discurso científico determinado, o sea se trata de una cuestión política de obediencia a la autoridad, sin olvidar, en segundo lugar, la posibilidad de la influencia de la conformidad social y el pensamiento de grupo (Levine y Pavelchack, 2008; Tajfel, 1978). La obediencia surge del miedo a la autoridad, y la conformidad del temor a la colectividad, castigo, señalamiento social y exclusión. Proteger, como se dijo, es la función del miedo (Muñoz, 2009), ya sea a la enfermedad, ya sea a otros individuos o grupos. En el caso que nos ocupa la causa del confinamiento según la opinión recabada entre la población es frenar el contagio y cuidar la salud, necesidad dictaminada por la autoridad y propagada por los medios, toda vez que sostenida y sentida por la ciudadanía ante la amenaza de enfermedad y muerte, intensa y reiterada en los medios, que causó conmoción y alarma, como se refleja también en los testimonios presentados. Si bien no hay enunciados directos y explícitos de emoción (Plantin, 2014), lo que sí es posible realizar es una inferencia y reconstrucción de la situación y clima emocional por los indicios que aparece en el relato.

Acción necesidad emoción

Quedarse en casa protección: evitar y cuidar miedo físico

Quedarse en casa protección: obediencia y/o conformidad miedo social

Así que el análisis de las causas conduce o se origina en el miedo físico y también en el miedo social, miedo al virus y miedo al otro, emoción esta última como apunta Bauman (2007) cada vez más generalizada. Y si las causas se inician en el miedo, las consecuencias desembocan también en un grupo de emociones producto del aislamiento y confinamiento, que crea seguridad por una parte, toda vez que contribuye al deterioro de la salud mental, por otra.

Las consecuencias del confinamiento

Sobre las consecuencias del confinamiento había en la entrevista una bateria de preguntas, aquí se retoman las directamente relacionadas con el tema, en general y básicamente sobresale el punto de la familia y las relaciones personales, por una parte y de otra, todo lo que tiene que ver con el mundo mental, emocional y de los hábitos cotidianos de cada quien.

Las familias y las relaciones

En el asunto de las relaciones familiares es donde afloraron las emociones. Primero, la familia extensa y las amistades a quienes ya no fue posible frecuentar, lo cual provoca tristeza y frustración, como sentimientos más nombrados (tabla 3) [2].

Tabla 3. Familia y amistades que no podían ver o relacionarse

Campo de la tristeza

Campo del enojo

Otras expresiones

Tristeza 11

Frustrante 8

Paciencia 4

Deprimida 3

Estresado 3

Aprender 1

Nostalgia, melancolía 3

Ansiedad 2

Valorar 1

Extraño 1

Desesperante 1

Adaptación 1

Desolación 1

Mal humor 1

Aburrida 1

Horrible 1

Presión 1

Difícil 7

Miedo 2

Complilcado 1

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

Varias narraciones se encuentran en el campo semántico de la tristeza, otras en el del enojo a través de la frustración. Otras más, se fincan en la paciencia. En ocasiones aparece el miedo. Y a veces, un dejo de optimismo y la reiteración: “es por el bien de todos”.

“Triste ya que para el ser humano es necesaria la convivencia” (h, 25, Xo).

“Es frustrante el saber que no puedes visitar a personas queridas y relación de amigos” (h, 33, GM)

Fue difícil al principio pero aprendimos a sobrellevarlo y ser pacientes” (h, 41, CM)

“Pues con mis papas nos dejamos de visitar un año, fue tremendo, y además no nos abrazamos como antes, ahora existe un miedo por así decirlo, nos abrazamos con desconfianza. Apenas hace dos meses nos reunimos hermanos y padres, pero respetamos a cabalidad no juntarnos con los abuelos” (h, 40 Xo)

Pues yo pienso que habrá tiempos mejores para estar con la familia y festejar con amistades” (h, 40, Co).

“Entendí que era por el bien de todos, habrá más vida en otro momento para reuniones” (m, 44, Xo)

Por otra parte, se argumentó que gracias a la tecnología se pudo estar en contacto, las redes y sobre todo las videollamadas -mencionadas en dieciseis ocasiones-, demuestran la importancia del contacto virtual para mantener las relaciones a distancia.

“La tecnología ha ayudado mucho en ese sentido, estamos en constante comunicación, la videollamada resultó muy útil en esta pandemia” (m, 45, Iz)

“Hacemos videollamadas para platicar. Pero también valoré mucho a las personas que viven en casa, ya que no convivimos y con el confinamiento reaprendimos a vivir y convivir” (m. 44, MA)

El modo de relación (Muñoz, 2014) que se observa es el de “aislamiento” por las circunstancias y el seguir las medidas de la cuarentena. No obstante, a través de las relaciones virtuales, redes y videollamadas, puede observarse que hay “confluencia”. Confluencia significa unión, querer pertenecer, satisfacer la necesidad de ser con los otros. La confluencia positiva permite unirse y compartir, ofrece seguridad, confianza y mantener una relación equilibrada. Si es disfuncional hay dependencia, pérdida de individualidad y autonomía, un deseo de perderse con el otro por miedo a la soledad o el abandono, no se toleran diferencias ni disidencias (Muñoz, 2014). Una confluencia virtual y una confluencia de sentires y de ideas, que da seguridad física y social, quizás a costa de la individualidad y el pensamiento propio, cuando los introyectos cultuales predominan y domina un discurso único global sobre lo que acontece y se debe hacer.

Segundo, la familia de convivencia en la residencia, se describe con sus apoyos o sus conflictos, predominando lo primero sin obviar lo segundo. En la familia que comparte vivienda la “confluencia” (Muñoz, 2014) es el modo de relación dominante, con lo satisfactorio al ser funcional y lo insatisfactorio de la disfuncionalidad. La confluencia tradicional de la familia mexicana se exhacerba si cabe según las muestras de valoración favorables que se obtinen en los relatos, reiteradas e intensas en general.

Tabla 4. Relación familia de convivencia

Covivencia satisfactoria

Aprendizajes

Convivencia disfuncional

Convivir bien 8

Aprender convivir 3

Conflictos 3

Más tiempo juntos 8

Mejorar relación 2

Estresados 3

Mejora relación 5

Paciencia 2

Peleas 2

Valorar, aprovechar, bendecir 5

Tolerancia 2

Fricciones 2

Más unión 4

Complicado 2

Más comunicación 3

Difícil 1

Conocer más 2

Peleas 1

Más apego 2

Triste 1

Apoyo

Ayuda

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

Lo positivo es la convivencia, la relación, la unión, el apego, el conocimiento, la comunicación, el tiempo, hacer las cosas juntos, fortalecer lazos, ser equipo, apoyo y compañía. Todo esto se reiteró en un discurso centrado en la valoración, que fue desde la mejora de relaciones, la satisfacción por convivir, hasta la bendición del hecho de pasar el confinamiento en familia (tabla 4).

Ha sido buena la relación, con más unión” (h, 43, AO)

“Contento porque paso más tiempo con mi familia (h, 21, Iz)

Lo aproveché para convivir más con mi familia” (m, 44, Xo)

“Ellos han sido mi apoyo y compañía este tiempo, nos llevamos muy bien” (m, 55, Iz)

“He aprendido a ser paciente con ellos y también a ser más tolerante” (h, 29, Xo)

También apareció el conflicto aunque, en menor medida numéricamente hablando. El estrés, por la convivencia forzada y duradera, y la carencia de espacios, fue la alusión más común, así como, peleas por falta de dinero y trabajo, o irritabilidad ante el encierro, fueron algunas de las explicaciones dadas.

Pues tratamos de llevarla muy bien, pero por lo mismo de que siempre estamos dentro, algunas veces llega a ser pesado, tratamos de no discutir y tratar de acercarnos más día con día” (h, 33, GM)

Si bien hemos tenido momentos de convivencia, he notado que llega a ser irritante el compartir los espacios 24/7 con todos los integrantes. No todas las casas cuentan con una habitación por integrante y ello complica más la convivencia” (h, 47, Iz)

“Muy mal porque tuvimos muchas peleas por la falta de dinero y de trabajo, muy estresante” (h, 37, Azc)

En un balance de lo anterior si bien las emociones desagradables o dolorosas predominan con relación a no poder ver y estar con amigos y familiares, las agradables parecer reinar en la convivencia de la familia en casa, además algunos desencuentros que también tuvieron lugar en este espacio por el encierro y espacios.

Las sensaciones, pensamientos, emociones y hábitos

Interesa conocer también las sensaciones corporales (tabla 5), donde el sobrepeso, los dolores en general, problemas de sueño, falta de ejercicio y sedentarismo, fueron las respuestas más destacadas. Cuestiones estas que coinciden con las estadísticas para el país sobre el tema (Mitofsky, 2020). Por otro lado, tanto en esta como en las siguientes dos preguntas sobre la mente y las emociones el “nada”, “ninguna”, “igual”, “normal”, fueron usuales, quizás reflejo de desinterés, posiblemente expresión de la dificultad de conocer y expresar sensaciones, pensamientos y sentimientos, o hacerse responsables de ellos. Para este primer caso de las sensaciones corporales, 17 personas dijeron ninguna, nada, normal o igual, por ejemplo.

Tabla 5. Sensaciones en el cuerpo

Insatisfactorias

Satisfactorias

Aumento de peso 22

Disfruto estar en casa 4

Dolores articulares, musculares, espalda, cabeza, panza y algunas enfermedades (artritis, gastritis) 12

Paz 1

Insomnio o problemas de sueño 7

Sedentarismo 5

Pesada, lento, pereza, flojera 5

Cansancio, fatiga, 4

Ánimo bajo 3

Estrés, tensión 3

Enojo, frustración 2

Mal, malestar 2

Confusa 1

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

Destaca, como se dijo, el aumento de peso -relacionado con estrés y ansiedad-, por un lado y por otro lado, dolores, en especial articulares y musculares, y algunas enfermedades.

“Pues desarrollé gastritis y engordé, una ansiedad por comer” (h, 33, Xo)

“Subí de peso como 20 kilos, me siento mal” (m, 50, Xo)

“Estrés y subida de peso. Aumenté 15 kilos, pero ya estoy poniendo de mi parte para bajarlos” (h, 28, Iz)

“Cansancio, dolor de articulaciones, a veces falta de sueño” (h, 43, AO)

“Desafortunadamente mi cuerpo ha sufrido el hecho de tener que mantenerse sentada frente a un monitor durante horas a diario. Me siento pesado, con el cuerpo adolorido” (h, 47, Iz)

Las alteraciones del sueño y el insomnio, las alimentarias ya comentadas, junto al sedentarismo -acompañado de falta de energía y afición a las pantallas-, el cansancio y carencia de ánimo, fueron otras sensaciones corporales reportadas en las entrevistas.

“Al principio de la pandemia no podía dormir” (m, 24, Tl)

Pues mis rutinas cambiaron, me levanto más tarde y duermo también muy tarde…duermo más de lo normal, aun así, sigo con sueño. Creo que subí de peso” (m, 40, Tl)

“Aumento de peso, sedentarismo” (h, 23, Tl)

“Subí de peso, perdí el ritmo o rutina de mis actividades deportivas, me volví un poco perezoso, ya que empiezas a ver series o películas” (h, 33 GM)

“Al principio me comenzó a dar mucha flojera y falta de ánimo para trabajar… No tenía energía y me daban ganas de comer comida chatarra de repente. Solo quería ver películas y así” (m, 32, Co)

En cuanto a las ideas de la mente, pensamientos y creencias, las narraciones son variadas, apuntan también a emociones además de ideas. Se reitera el estrés y la frustracion, la desilusión, desesperación y desesperanza, así como miedo, ansiedad y angustia, además de tristeza. También se expresa la necesidad de adaptarse y aprender, de introspectar y cambiar hacia otra forma de pensar y desde una mirada positiva. Algo que aparece con frecuencia es el impacto de la pandemia en el cambio de pensamientos, si bien de diferentes modos, así como la invitación a la reflexión sobre la vida y la muerte. Doce gentes afirman no haber experimentado cambio alguno en sus pensamientos y que todo está igual en la mente.

Algo que sí es una idea, que puede considerarse “fijación”, en el sentido de modo de relación que se concentra en una figura, lo cual permite cumplir metas y puede ser habilidad, pero cuando es rígida es disfuncional (Muñoz, 2014), son las expresiones repetidas: “Quiero regresar a la normalidad”.

Otras cuestiones que surgieron eran en torno al valor de la vida ante la muerte o la unión en oración y el entregarse a Dios, seguramente por la palabra creencia en el enunciado del interrogante. También se dice que se cree en la ciencia y en el virus. Eso sí, aparecen constantemente en las respuestas, los que no creen, los que no entienden y los irresponsables, lo cual también lleva a pensar en una suerte de idea fija (Muñoz, 2014) especialmente por que no es parte de la pregunta.

“Valorar la vida y sentir que estoy en tiempos extras. Revalorar la vida y la muerte” (m, 62, Iz)

“Me apegue más a Dios” (m, 26, Co)

“Orar para que la gente entienda que todavía no debe de bajar la guardia” (h, 46, Iz)

“Soy creyente en Dios Jesús Cristo, por tener fe en algo…Confío en la ciencia en este tema” (h, 40, Xo)

“No porque yo sí creo, no como mucha gente que piensa que es mentira, más porque he tenido gente allegada a mí, ya sea familiar, vecinos o amigos, que han fallecido de COVID” (h, 48, GM)

Como se dijo, expresaron las emociones en las ideas. El miedo persiste, a veces provocado por escuchar “malas noticias” o por “salir a la calle”. Además del estrés y la ansiedad que se mencionan constantemente. Todas las emociones que se reiteran tienen que ver con la “fijación” (Muñoz, 2014) por “introyección” ante la noticia de la amenaza en los medios o la constatación por experiencia de conocidos enfermos en el entorno.

“A veces siento temor de escuchar malas noticias” (h, 25, Xo)

“En un momento la saturación de información respecto a la pandemia me colocó en una situación de desesperación y temor. Mi mente solo pensaba en la enfermedad y en que en cualquier momento alguien cercano a mí podía contagiarse y morir. Decidí dejar de ver noticias a todas horas” (h, 47, Iz)

“Vivo con miedo de que en algún momento en mis salidas al trabajo y convivir con gente pueda contagiarme” (h, 45, MA)

También se alude al cambio de la forma de ver las cosas y a la adquisición de mayor madurez, de ser mejor persona, además de más tolerante, entre otras cosas.

“Pues a madurar ideas para querer más sanamente” (h, 47, Tl)

“Cambió por completo mi manera de ver las cosas, con más madurez” (h, 19, Xo)

“He abierto más mi mente y me ha ayudado a ser más tolerante” (m, 44, Xo)

“Sí, aprendes a ver la vida diferente, y a valorar a la familia, y también el trabajo” (m,31, Iz)

“Cambio en pensamiento, ser una mejor persona” (m, 50 Co)

El cambio, eso sí en diferentes etapas y en distintos sentidos, que ha supuesto el antes y el después de la pandemia, para la mente de las personas. La fe en Dios aporta fortaleza de pensamiento. Eso sí, la “fijación” (Muñoz, 2014) hacia quien es irresponsable reaparece como pensamiento obsesivo, además se aportan relatos de vivencias de contagios y muertes en el entorno.

Al principio me bloqueé, dejé de tener ilusiones por todo lo que estaba pasando. Pero después comencé a trabajar. Soy cristiana y siento que mi fe y acercamiento a Dios se incrementó muchísimo” (m, 32, Co)

“Estoy más tranquila y me he conectado más con mis valores y creencias religiosas. Estoy más positiva a diferencia de hace un año” (m, 44, MA)

“Soy creyente en una fuerza superior. No he perdido la fe. En cuanto a ideas en mi mente, trato de no leer nada de ideas conspiracioncitas, ya que me encuentro susceptible y aprensiva. Algo muy particular es el sentimiento de coraje y desprecio hacia la gente que no se cuida, a la gente irresponsable, la gente que no cree, he visto morir a muchos amigos y personas cercanas” (m, 38, Iz)

La verdad me acerqué más a Dios, aumentó mi creencia. Y sobre mis pensamientos aumentó mi creencia de que sigue habiendo gente pendeja, perdón” (m, 45, Iz)

Y así se llega al tema de los sentimientos y las emociones, mismas que no dejaron de nombrarse en las sensaciones o los pensamientos, pero que aquí se desbordan con la pregunta directa. Sobresale la tristeza como emoción reinante en el confinamiento, junto a la depresión y sentimientos de soledad (tabla 6). En segundo lugar, el enojo al lado de la impotencia, frustración e irritabilidad. Además de la ansiedad relacionada con el estrés y también con el miedo. Remarcar quienes, como a las dos anteriores interrogantes, dijeron que no han sentido nada, o todo normal, y que suman 12 personas. Curioso como algún testimonio expresa: “Mis sentimientos y emociones se apagaron por completo, me sentía como si todo pasara sin que tuviera noción del tiempo” (h, 19, Xo). En el sentido de dejar de sentir con objeto de evitar el dolor seguramente, o ante la saturación informativa, o como mecanismo de defensa simplemente. También puede ser un intento de aislamiento, una forma de retirarse del entorno quizás por temor de ser arrastrado por los demás y cerrarse a las emociones no agradables, con lo cual se pierde el contacto con el otro y también consigo mismo (Muñoz, 2014), se produce una suerte de desconexión.

Tabla 6. Emociones y sentimientos

Bajan energía

Suben energía

Desequilibran energía

Tristeza 11

Enojo 5

Estrés 7

Depresión 5

Frustrada, impotente 3

Ansiedad 6

Soledad 4

Irritado 2

Agobio 2

Aburrimiento 2

Encierrada 4

Miedo 3

Incertidumbre 2

Preocupación 2

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

Con objeto de clasificarlas y organizarlas de algún modo, se optó por relacionarlas con el nivel energético y la dirección, así hay emociones que quitan energía y van hacia adentro, como la tristeza y otras en la misma dirección, soledad, o incluso depresión.

Tristeza, ya que no he podido ver a mi familia y estoy encerrado” (h, 45, Co)

“Lo que le comenté hace un momento, tristeza y estrés” (h, 49, GM)

“Como ya dije anteriormente, es la soledad y la tristeza” (h, 58, Iz)

“Depresión, ya que podría ser parte de esto, me separé de una novia, cambio de rutina total” (h, 33, GM)

“Tristeza, ya no haces tu vida como antes, se ve reflejado en las cifras o ver el deceso de personas” (m, 55, Iz)

“Soy una persona muy alegre, pero sí puedo creer que me pegó la depre, pues no tenía ánimos de hacer muchas cosas y solía llorar mucho por las noches. Fue un choque muy fuerte de mis emociones” (m, 32, Co)

Emociones y sentimientos que dan energía como el enojo y la frustración, y van hacia afuera. Un enojo no siempre explicado, pero en ocasiones adjudicado a la gente que ignora el peligro y es irrespondable. Como se observa, de nuevo la fijación (Muñoz, 2014).

Aumentó el enojo, me irritó con mayor frecuencia” (m, 42, Tl)

“Me he sentido irritada en los últimos meses, y muy estresada, pero sigo trabajando el control de mis emociones” (h, 31, Co)

Mucho coraje y tristeza” (h, 37, Az)

“A veces impotencia, pero no se puede salvar a todo el mundo” (h, 46, Iz)

“Coraje de ver cómo las personas ignoran al COVID 19 como si ya hubiese pasado todo” (h, 54, Iz)

El estrés que aparece siempre y en todo momento en esta entrevista, que se siente en cuerpo y mente, como se vio con anterioridad, ahora se expresa como emoción, y que es protagonista del encierro y producto del mismo, a veces junto a la ansiedad también importante.

Agobio estrés y ansiedad” (h, 33 MA)

“Mucho estrés y enojo” (m, 27 Iz)

“Mucha ansiedad y tristeza” (m, 45, Iz)

Las emociones han sido cambiantes, con relación al virus es ese sentimiento de ansiedad, a veces algo de insomnio… sobre todo en la primera parte de la pandemia cuando todavía no se tenía la vacuna, temor, mucho temor… sí con el estrés constante y nervios, miedo” (m, 48, Izta)

El miedo siempre aparece en sus diversas expresiones, viejos y renovados, implacable y persistente.

“Difícil, ya que constantemente se siente preocupación y miedo de que algo pueda pasarle a mi familia” (h, 27, BJ)

“Creo que tengo un problema que tratar, le tengo mucho miedo a la muerte, mía o de mis seres queridos… se agudizó más con la situación y las pérdidas… la pandemia nos ha golpeado a todos, y las pérdidas son muchas” (m, 40, Tl)

“Después de superar la infección, me invadió el terror al re contagio. El temor a morir, la agorafobia, pero al mismo tiempo me siento agradecida de estar viva aún al lado de mis hijos, es una extraña combinación de sentimientos miedo, agradecimiento, coraje” (m, 38, BJ)

Además, hay quien presenta diversos sentimientos como se observa, incluso algunos que podrían resultar contradictorios, sin embargo, al parecer son las formas del sentir el oscilar entre los que proporcionan satisfacción y los que no. En un momento de la vida y situación social, donde las emociones parecen estar a flor de piel.

“Pues lo repito, mis emociones son muy itinerantes, enojo, rabia, ira, frustrado, pero trato de relajarme. Sentimientos de pareja, no la he matado por suerte, pero sí el divorcio.” (h, 40, Xo)

Triste por no poder ver a mis amigos…Pero feliz por lograr estar con la familia” (h, 25, Xo)

Muy sentimental, chillona y depresiva, y a la vez muy en paz” (m, 45, Azc)

Finalmente, en un relato apareció el amor, relacionado con la familia, institución muy valorada positivamente en México y otros países, que ha cobrado importancia en estos años. La “confluencia” (Muñoz, 2014) nuevamente se reitera.

Más amor hacia mi familia” (h, 38 Iz)

“Un poco más contento por pasar más tiempo al lado de mis seres queridos” (m, 33, Xo)

Amenaza vulnerable, inseguridad miedo, inseguridad protección

Confinamiento: cambio emociones, cambio hábitos, etc.

El cambio de hábitos es evidente, iniciando con el quedarse en casa que significó dejar de hacer algunas cosas y romper la rutina anterior, toda vez que hacer otras diferentes. De ahí que en el relato primó la realidad del cambio y la necesidad de la adaptación, junto a hábitos poco saludables y perjudiciales para la salud -similares a las sensaciones en el cuerpo no satisfactorias ya vistas-: el sedentarismo, no hacer ejercicio, problemas con el sueño y con la alimentación, destacan por una parte, de otra la afición a las videollamadas -con lo positivo y negativo si se quiere-, y la adicción a la televisión, series y películas (tabla 7). Como curiosidad decir que si en los sentimientos, mente y sensaciones varios dijeron ninguno o nada, aquí nadie se expresó así, esto es, al parecer todo mundo cambió, de una u otra manera, sus hábitos.

Tabla 7. Hábitos y rutinas

Cambios

Hábitos cuerpo

Hábitos mente

Adaptación 6

No ejercicio 9

Muchas series y películas 6

Acostumbrarme 3

Sedentarismo 5

Mucha televisión 4

Problemas sueño 6

Videojuegos 2

Alteración 4

Problemas comida 4

Muchas videollamadas 5

Pasividad 4

Mucho en redes 2

Cambio radical 6

Fuente: elaboración propia con base a la entrevista.

El cambio, en primer lugar, de forma general, con la consiguiente adaptación, con más o menos dificultad y éxito, del rápido a la evolución en el tiempo.

“Hubo cambios, tuve que adaptar mi rutina al confinamiento y modificar hábitos” (h, 41, CM)

“Un giro completo. Cambiar la rutina” (h, 43, Co)

“Un cambio radical, pero necesario para evitar que siguiera, y aún sigue la pandemia” (m, 41, Xo)

“Se deshizo toda la rutina y hábitos que tenía. Poco a poco te tienes que ir adaptando a lo que tienes” (m, 24, Tl)

“Me costó mucho adaptarme” (h, 19, Xo)

Se dejó de hacer ejercicio de todo tipo -correr, nadar, andar en bici-, y por supuesto, caminar y el movimiento de las actividades cotidianas. Lo cual significó inmovilidad y sedentarismo. Además de trastornos alimenticios y del sueño, y psíquicos incluso. Así como, el aumento de estar ante las pantallas, series, películas, juegos. Algunos estudios para el país van en el mismo sentido (Mitofsky, 2020).

“Dejé de hacer ejercicio, como caminar y correr” (h, 45, Co)

“Fue más que nada el sedentario” (h, 29, MA)

“Cambiaron totalmente. Antes me paraba a las cinco de la mañana, tenía actividad física, no comía tanto. Y ahora me duermo tarde, todo se me antoja” (m, 45, Iz)

“Se me ha alterado el horario de descanso. Duermo hasta muy de madrugada…comemos más a menudo. Continuamos con los mismos pasatiempos: ver películas o series. Charlamos igual solo que hemos incorporado más videollamadas con amigos y familiares” (m, 38, Iz)

“Antes de llegar con el psiquiatra, siento que hasta me había olvidado de mi apariencia física, como que dejé de bañarme…siento que ya pues retomaba más mi arreglo personal…intenté hacer dieta, hacía un poco de actividad física para no aumentar de peso, pero eso no lo conseguí” (m, 29, Tl)

La rutina de estar solos en casa viendo series o películas” (h, 33, GM)

“Ya no veo a familia o amigos, no hago ejercicio, ya ni salgo a caminar…y veo más la tv” (m, 42, Tl)

Hago videollamadas todo el tiempo con mis amigos y familiares” (m, 21, Iz)

El pasar mucho tiempo viendo televisión puede ser signo de “deflexión”, el estar también mucho en videollamadas familiares significa “confluencia”. Sobre esto último ya se ha señalado anteriormente, en cuanto a la deflexión quiere decir evitación, no poner atención al entorno y perderse en distracciones intentando evadir (Muñoz, 2014). Evitar lo desagradable, evadir un ambiente amenazante y distraer el propio miedo, serían las causas de dicha actitud.

También hubo cambios positivos como el disponer de más tiempo. O quienes se iniciaron en el ejercicio y la comida saludable, el cuidarse más y el disfrutar más a la familia también, como ya se dijo.

“Importante porque tengo más tiempo, pude hacer más cosas” (h, 23, Tl)

Ahora me cuido más para estar en bienestar con mi mente y mi cuerpo” (m, 26, Co)

Si mejoramos hábitos alimenticios” (h, 41, Xo)

“Ahora no voy a nadar, pero soy agricultor y panadero de ocasiones pandémicas, hice mi huerto” (h 40, Xo)

“La familia y la convivencia fue lo mejor de la pandemia” (m, 44, Xo)

Las emociones más sentidas y enunciadas en este punto, consecuencia del confinamiento, son tristeza y enojo, así como estrés y ansiedad, lo cual coincide con varios estudios al respecto de organismos internacionales y académicos. Eso sí, hay unanimidad en la población consultada que el quedarse en casa y las medidas fueron necesarias y eficientes, el gobierno no impuso nada, al contrario, la opinión se decanta porque fueran más rigurosas, y con dedo acusador se señala a los irresponsables de no seguirlas.

Conclusiones

Las emociones y los sentimientos están en todas partes, en opiniones, sensaciones, pensamientos y hábitos. Quizás por los tiempos complejos y difíciles, o tal vez porque son más vívidas precisamente en épocas adversas. En el estudio de caso estudiado destaca su papel original anterior a las propias causas del confinamiento en la pandemia, pues si éstas fueron evitar el contagio y proteger a la población, anterior a esto está la amenaza de enfermedad y muerte, y el miedo que esto causa. Así el miedo lleva a la necesidad de protección, y dicha necesidad se satisface a través de la acción de confinar, entre otras cosas. Un contínuum emocional (Muñoz, 2009) que es posible reconstruir del presente hacia el pasado, de la acción a la emoción, con la necesidad como intermediaria. Además de las implicaciones del miedo social, la obediencia y la conformidad, tambien como protección del gobierno y de la comunidad.

También la emoción juega un rol central en las consecuencias del confinamiento, como no podía ser de otra manera, al afectar la salud física y mental de la población, en aras precisamente de su seguridad emocional y protección física. Tiene lugar el proceso emocional y se crea el clima emocional resultado de “quedarse en casa”. En lo referente a las relaciones, sensaciones, sentimientos y hábitos, aparece con fuerza la estructura de los modos de relación -introyección, fijación, aislamiento, confluencia y deflexión- y en su versión o modalidad insatisfactoria y disfuncional (Muñoz, 2012). En aras de la seguridd y protección frente a la amenaza informativa y al miedo sentido, las consecuencias emocionales también han girado hacia estrés, ansiedad, tristeza, enojo, entre otros sentimientos destacados.

Por ejemplo, en la familia extensa que no es posible visitar o convivir, aparece tristeza y depresión, si bien a pesar del aislamiento forzado se emplean las video llamadas para restablecer la confluencia en su sentido ahora sí satisfactorio y funcional. En el núcleo familiar de residencia, dos son las experiencias; por una parte, la valoración muy positiva de la convivencia y apoyo, con confluencia, por supuesto. Y otras vivencias con conficto y estrés por cohabitación forzada y no siempre en las mejores condiciones espaciales. En ambos casos se apela a la paciencia y el aprendizaje de la nueva situación.

Las sensaciones corporales se centran en el dolor físico, insomnio, sobrepeso, sedentarismo, falta de ánimos y cansancio. Los pensamientos refieren sensaciones y emociones, tales como el temor y el estrés. Así también, la fijación en el miedo producto de noticias focalizadas como introyectos, y en el deseo personal centrado en “querer regresar a la normalidad”. Entre las emociones ya propiamente dichas, destaca la tristeza y el enojo, incluso el aislamiento al declarar no sentir, además del estrés, la ansiedad y la depresión. Un panorama complicado que requerirá trabajarse desde el presente hacia el futuro, y que aunque ya se predecía, ahora es cuando explota en las realidades de las personas, comunidades y países del mundo, una profecía autocumplida. Quizás la valoración y amor a la familia en los casos donde esta fue espacio de apoyo y soporte, sea la emoción satisfactoria que se extrae de la experiencia de encierro. Finalmente, en cuanto hábitos y rutinas, el cambio y la adaptación, parecen al orden del día. Se manifiesta la confluencia en las videollamadas que surgieron como alternativa al no poder compartir en presencial, y la deflexión ante el aumento de consumo televisivo, series y películas. En aras de proteger la salud de un virus al parecer se deterioraron otros aspectos de la salud. Así del miedo inicial, causa original de la necesidad de protección que a vez se plasma en las medidas del confinamiento, y sin éste desaparecer, se pasa a la tristeza y al enojo, como consecuencia de las medidas. No se olvidan los problemas en aspectos sociales, económicos y culturales, sin embargo, aquí se ha centrado el estudio en los efectos mentales, emocionales y conductuales personales y cotidianos.

Finalmente, se inició con una cita de Elster y se acaba con otra más “Podemos estudiar las emociones como efectos o como causas” (2002, p. 488) y “las emociones tienen un efecto sistemático sobre el comportamiento mediante su papel en el sostenimiento de las normas sociales” (2002, p. 489). Ambas cuestiones se han desarrollado en estas páginas, las causas y consecuencias emocionales del confinamiento. Hay emociones que se agotan en sí mismas, otras como el miedo llegan a mantienerse de forma indefinida, se retroalimentan y pueden llegar a convertirse en una suerte de delirio frenético. Curioso que aunque los interrogantes de la entrevista en su mayoría no eran sobre sentimientos, estos afloran una y otra vez, signo iniquívoco de su gran valor en estos momentos, así como, en la necesidad de expresión que al parecer persiste.

Emociones que originan comportamientos como disposiciones subjetivas controladas y sancionadas por normas sociales, y provenientes de creencias, desligadas ya de la necesidad de sobrevivencia, a veces. Emociones como el miedo que se reproducen y crecen y al parecer nunca mueren. Que crean cohesión social, construyen sentimientos de pertenencia y aprobación, son signo de reconocimiento grupal, descansan sobre el juicio comunitario, especie de regla moral con cierta obligación si se desea no sea infringida una sanción (Charaudeau, 2011). Un miedo biológico de instinto de sobrevivencia y primigenio que es más bien instinto o reacción emocional más que sentimiento, pero que se enquista como tal al mantener el estado de alerta y el estrés personal y colectivo en una sociedad. Un miedo social o derivado que protege como señala Bauman (2007) de la muerte social, señalamiento o repudio, según el caso, de quien no se adecua a las creencias y normas sociales.

Esto es lo que la ciudadanía piensa y siente, o por lo menos ofrece como testimonio en entrevista, donde vuelca valores y sentimientos, pensamientos y opiniones, en particular focalizados sobre las causas preventivas y emocionales del confinamiento, y las consecuencias de deterioro cognitivo, emocional y comportamental en la vida cotidiana que la medida trajo consigo.

Notas

[1] Las alcaldías de la Ciudad de México (CDMX) fueron: Álvaro Obregón (AO), Azcapotzalco (Az), Benito Juárez (BJ), Coyoacán (Co), Cuauhtémoc (Cu), Gustavo A Madero (GM), Iztacalco (Izt), Iztapalapa (Iz), Magdalena Contreras (MC), Milpa Alta (MA), Tlalpan (Tl), Xochimilco (Xo). Las ocupaciones: Administrativa, ama de casa, analista, albañil, arquitecto, auxiliar administrativo, estudiante, empleado, enfermero, comerciante, contador, cirujano, chofer, desempleado, diseñador, estilista, funcionaria, guardavidas, informático, ingeniera, maestra, mensajero, médico, jubilado, odontóloga, profesor, secretaria, soldador, taxista, trabajadora social. En cuanto a la aplicación fue mixta, pues algunas se realizaron presenciales, pero otras a través de medios digitales, según las circunstancias y deseos de las personas participantes.

[2] Si bien es posible establecer diferencias entre el concepto emoción y el de sentimiento (Damasio, 2006), aquí se emplean indistintamente como acontece en el habla coloquial.

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Freudisme et psychologie du consommateur | La prédominance du « principe d’évitement du déplaisir » dans l’acte d’achat

Romain Cally
Docteur en Sciences de Gestion | Psychologie du consommateur
.

Selon Jacques Séguéla (1988), la publicité « doit effacer l’ennui de l’achat quotidien en habillant de rêve des produits qui, sans elle, ne seraient que ce qu’ils sont. […] En tout consommateur, il y a un poète qui sommeille. C’est lui que la publicité doit éveiller ». Au-delà du fait d’inciter un individu à acheter, une des principales visées de la publicité est de faire rêver le client. En effet, porteur d’émotions, le rêve a plus de chances d’affecter l’individu et donc, de déclencher une (ré)action chez ce dernier.

Il est nécessaire de rappeler que la publicité n’intervient pas au niveau des besoins, mais au niveau des marques. Elle cherche à séduire l’acheteur, à susciter ou attiser en lui, un désir. Mais pour qu’il y ait un désir, comme le dit le philosophe Jean-Paul Sartre, il faut généralement qu’il y ait un manque. Aussi, la « publicité vend du rêve », car elle tente précisément de convaincre le consommateur que la marque promue pourra combler ce manque. Par exemple, le joueur invétéré qui dépense son salaire dans des jeux d’argent et de hasard, poursuit un rêve, celui de devenir riche. Cette femme qui se ruine en achat de marques de produits cosmétiques renommées, poursuit également un rêve, celui de « rester jeune ». Cet étudiant qui prend des cours payants de programmation informatique, poursuit lui aussi un rêve, celui de devenir le prochain Mark Zuckerberg, etc.

L’opposé au rêve est la réalité, souvent décrite comme brutale, implacable, sans artifice et sans « magie ». Le rêve et la réalité sont des notions antinomiques. Une antinomie racontée avec lyrisme par Guy de Maupassant, quand il écrit : « Je n’aime que le rêve. Lui seul est bon, lui seul est doux. La réalité implacable me conduirait au suicide si le rêve ne me permettait d’attendre ». D’un côté, le rêve est décrit comme une échappatoire hors de la réalité. De l’autre côté, la réalité parce qu’elle nous est imposée par le monde extérieur, inclément, se sépare indiscutablement de l’illusion, de l’imaginaire et donc, à fortiori, du rêve.

C’est précisément sur cette opposition « rêve – réalité » que se façonne, entre autres, certaines stratégies publicitaires.

Le « principe de plaisir » en psychanalyse

La relation « rêve – réalité » fait écho en psychanalyse, au « principe de plaisir » et au « principe de réalité ». Deux principes qui, selon Sigmund Freud, régissent le fonctionnement psychique.

KIdq6r En psychanalyse, le « principe de plaisir » gouverne le psychisme. Ce principe a pour but de poursuivre la satisfaction des pulsions provenant de l’inconscient. Toutefois, Freud ne définit pas ce principe comme un modèle du plaisir qui serait atteint en comblant un manque ou un vide, mais plutôt comme un équilibre. En fait, les stimuli qui exigent satisfaction génèrent un état déplaisant de tension psychique. C’est précisément, la suppression ou l’atténuation de cette tension qui devient plaisante. Comme il l’écrit lui-même, « la sensation de déplaisir a affaire avec un accroissement du stimulus, la sensation de plaisir avec un abaissement de celui-ci » (1915). Autrement dit, pour le fondateur de la psychanalyse, le principe de plaisir est donc davantage un principe « d’évitement du déplaisir », plutôt qu’une nécessité absolue de jouissance.

Pour bien poser ce principe, dès 1923, Freud postule que le psychisme humain est constitué de trois instances : le « Ça », le « Moi » et le « Surmoi ». Ces trois instances seraient en constante et perpétuelle opposition et détermineraient, à eux trois, l’équilibre psychique d’un individu (voir schéma)..

D’une manière succincte :

  • Le « Ça », instance inconsciente, représente le siège des désirs et des pulsions refoulées. Il est gouverné par le « principe de plaisir » et ignore les jugements de valeurs, la morale, le Bien ou le Mal. Il pousse à la jouissance, défiant les interdits, le défendu, ou encore le tabou.

  • Le « Moi » est une instance consciente de notre psychisme et dépend de la réalité extérieure, du « Ça » et du « Surmoi ». Il joue un rôle de médiateur et de régulateur. Il est gouverné par le « principe de réalité ». En fait, il est d’une certaine façon son « porte-parole psychique », recherchant la satisfaction tout en tenant compte des contraintes et impératifs imposés par la réalité extérieure.

  • Enfin, le « Surmoi » est une instance inconsciente, une sorte de juge intraitable et censeur du « Moi ». Il est consolidé par les exigences sociales et culturelles. On a souvent tendance à l’associer exagérément avec la conscience morale, alors qu’il n’est pas uniquement cela (le « Surmoi » est une instance inconsciente, la conscience morale ne peut donc représenter qu’une portion de ce dernier, celle qui effleure précisément la conscience).

Le principe de « d’évitement du déplaisir » dans l’acte d’achat

Appliqué au marketing, « Le principe d’évitement du déplaisir », va surtout consister pour les marketers, à mettre en œuvre un mécanisme publicitaire visant à réduire ou éviter le déplaisir que procure l’acte d’achat d’une marque (de produit ou de service) au consommateur. Avec comme objectif prééminent, que l’objet promu soit acheté. En fait, on pourrait dire, qu’est plaisant psychiquement l’acte d’achat qui n’est pas déplaisant.

Dans la pensée freudienne, le « principe de plaisir » oriente l’individu vers la recherche d’une satisfaction par les chemins et moyens les plus courts, alors que le « principe de réalité » vient réguler cette recherche et le dirige dans des voies plus longues, en adéquation avec la réalité extérieure. En raisonnant par analogie, on peut donc dire que lorsqu’un prospect adapte son comportement d’achat aux contraintes de la réalité, cela consiste souvent à :

  • Renoncer à un plaisir immédiat et donc à différer son achat. Le consommateur, faute d’argent, doit patienter et choisir le moment opportun pour effectuer l’achat en question. Cette temporisation dans l’acte d’achat est précisément source de déplaisir pour celui-ci. Mais les publicitaires, ne veulent pas que le prospect remette à plus tard son acquisition (comportement de procrastination). Pour cela, ils peuvent user d’une stratégie qui a déjà fait ses preuves : la stratégie du paiement différé et/ou fractionné.

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Qui n’a pas déjà vu ce message publicitaire : « Achetez maintenant et payez plus tard », cette stratégie créée un « effet d’immédiateté » qui peut stimuler l’acte d’achat. L’acheteur souhaite que son désir d’achat soit satisfait rapidement, si on lui donne cette possibilité, il ne va pas tergiverser.

Ainsi, sans chercher à faire de la psychologie de comptoir, on pourrait dire que le « principe d’évitement du déplaisir » dans l’acte d’achat est mis en avant tandis que le « principe de réalité » est repoussé à plus loin dans le temps.

  • Renoncer au plaisir total d’un objet pour se satisfaire d’une partie. En règle générale, les acheteurs n’aiment pas se satisfaire d’une offre perçue comme « partielle », source de déplaisir dans l’acte d’achat. Ces derniers vont donc rechercher une complétude de l’offre. Les marketers le savent très bien, et pour éviter cet éventuel déplaisir chez l’acheteur, ils vont compléter leur offre de produit tout en proposant un prix promotionnel attractif (sous conditions).

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Prenons l’exemple du slogan publicitaire pour « seulement 1€ de plus », concernant la vente de paires de lunettes de vue et de soleil. Cette stratégie répond à la question : pourquoi se contenter que d’une seule paire de lunette? quand on peut avoir la paire d’optique et de solaire ? Avec cette stratégie, les marketers proposent une offre complète de produit, où le client n’a pas à choisir entre deux options. Cette complétude de l’offre, permet de concilier le « principe d’évitement du déplaisir » et le « principe de réalité » et, dans certaines situations, cela peut inciter à l’achat.

  • Renoncer à un produit au profit d’un autre (souvent moins coûteux). Un client peut percevoir une marque ou une offre de produit/service comme trop couteuse pour lui, ce qui fait naître alors une frustration, source de déplaisir. La conséquence peut être fâcheuse pour le vendeur, car le client peut renoncer à son produit pour un produit de substitution, voire de compensation.

Les marketers doivent absolument éviter une telle situation pour leurs marques. Pour cela, ils peuvent proposer une offre promotionnelle décisive et limitée dans le temps. Une offre suffisamment intéressante pour réduire le déplaisir dans l’acte d’achat et convaincre les prospects. C’est une stratégie promotionnelle un peu similaire à celle présentée précédemment : c’est la tactique du « achetez un produit, le deuxième à moitié prix ».

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Imaginons un individu qui souhaite faire une croisière en amoureux avec sa compagne pour les vacances. Cependant, le prix pour deux passagers est trop élevé et dépasse le budget prévu (principe de réalité). En conséquence, l’acheteur peut abandonner l’idée de la croisière et s’orienter vers un autre type de voyage. Pour éviter une telle situation et respecter le « principe d’évitement du déplaisir », les publicitaires vont proposer l’offre promotionnelle « le deuxième passager à moitié prix ». Cette stratégie va permettre à l’acheteur de ne pas renoncer à sa première option et d’assouvir immédiatement son désir d’achat.

  • Renoncer à être exigeant et accepter de faire des concessions. Comme dit la formule, « le client est Roi ». Il est donc par nature, exigeant, ou du moins, il a certaines attentes lorsqu’il achète une marque de produit. Des attentes que doivent combler la publicité, au risque de générer de la frustration et donc, d’augmenter le déplaisir.

Pour respecter le « principe d’évitement du déplaisir », la stratégie marketing va consister à jouer précisément sur l’exigence présumée du prospect et à l’utiliser comme un argument de vente. Le but marketing, n’est pas de satisfaire toutes les attentes du client, mais simplement de lui donner l’impression que c’est le cas. C’est une tactique commerciale utilisée fréquemment dans des publicités pour le Service après-vente (SAV) d’une marque, en listant de manière ostentatoire plusieurs points forts et avantages de leur entreprise.

Avec ce genre de publicités, c’est un peu comme si les marketers disaient aux futurs clients : « Vous avez le droit d’être exigeant. Nous vous comprenons. Voici une offre de produit qui respecte votre exigence et à un prix juste. Il n’y a plus à hésiter ! ». L’évitement du déplaisir dans l’acte d’achat est ainsi minimisé, car l’offre est cohérente avec l’exigence supposée du potentiel client.

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En conclusion, bien qu’un simple coup d’œil suffise pour apercevoir le message d’une publicité, déclencher un acte d’achat n’en demeure pas moins une affaire hautement difficile et complexe. Pour mener à bien cette entreprise, les marketers cherchent à mieux comprendre la psychologie des consommateurs. Au vu des exemples présentés dans cet article, il semble vraisemblable de penser que certains professionnels du marketing peuvent s’inspirer des théories freudiennes lorsqu’ils doivent élaborer une communication commerciale impactante et efficace.

Références bibliographiques

FREUD, S. (1915) : Les pulsions et destins des pulsions.
FREUD, S. (1920) : Au-delà du principe de plaisir.
GUY DE MAUPASSANT (1883) : « L’orient », texte publié dans le journal Le Gaulois, 13 septembre 1883.
SARTRE, J.-P. (1943) : L’être et le néant. Paris : Gallimard.
SÉGUÉLA. J. (1982) : Hollywood lave plus blanc. Paris : Flammarion.

Infidelidad y traición | La dimensión sensoriomotriz en personas infidelizadas

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica [1]
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Resumen

La infidelidad en tanto que herida traumática genera un sufrimiento que desborda lo cognitivo y emocional, implicando el cuerpo sobre el cual se escriben las secuelas, lo que genera en muchos casos una disociación de las emociones intensas por ser abrumadoras, y que en la práctica clínica quedan sin procesar.

La infidelidad vivenciada como trauma lo cambia todo. Y el estrés postraumático no es una cuestión estrictamente psicológica cuya superación supone pasar página, sino que tiene una base fisiológica de la que conviene ocuparse; implica el cuerpo, la mente y el cerebro.

Summary

Infidelity as a traumatic wound generates a suffering that goes beyond the cognitive and emotional, involving the body on which the sequels are written, which in many cases generates a dissociation of intense emotions because they are overwhelming, and in clinical practice are left unprocessed.

Infidelity experienced as trauma changes everything. And post-traumatic stress is not a strictly psychological issue whose overcoming means turning the page, but rather has a physiological basis that should be dealt with; it involves the body, mind and brain.

Introducción

El trauma de traición se produce cuando la infidelidad es vivenciada como traumática.

Por traición se entiende la quiebra de la confianza al no cumplir con la palabra dada, con lo acordado y mentir. Se refiere al acto o conducta de deslealtad o falta de compromiso entre dos o más personas involucradas en una relación. La infidelidad podría bien considerarse como una de las diferentes formas en que la traición se concreta.

En muchas personas este suceso es vivenciado como traumático. Al respecto Judith Herman (2004) dice que el trauma es la aflicción de las personas sin poder; la víctima se ve indefensa ante una fuerza abrumadora.

La cualidad de traumático en un acontecimiento no lo da el hecho de ser extraordinario como lo define la OMS, sino la indefensión ante un suceso que hace recurrir a respuestas de catástrofe. Y en este sentido, la infidelidad, a pesar de ser un hecho ordinario en el sentido de común; tan omnipresente en la esfera relacional como descuidado y desatendido, pone a las personas traumatizadas por la infidelidad en una situación de indefensión, replegando así una batería de mecanismos de defensa.

La respuesta humana normal a la amenaza consiste en un sistema complejo e integrado de reacciones que abarcan tanto el cuerpo como la mente (Herman, 2004). Conocida y etiquetada esta forma de reactividad prolongada en el tiempo como estrés postraumático (TEPT), se trata de una serie de reacciones que se despliegan cuando una acción no sirve para nada. Las secuelas que deja la vivencia de un acontecimiento traumático producen profundos y duraderos cambios en la respuesta fisiológica, así como las emociones y las cogniciones.

La intervención terapéutica del trauma por infidelidad por lo general aborda el carácter cognitivo y emocional del suceso, ignorando el componente corporal, mental y cerebral. En este artículo abordamos la dimensión sensoriomotriz del procesamiento del trauma de la infidelidad en las personas infidelizadas, para así poder comprender la complejidad del abordaje de esta realidad que, aunque minimizada, banalizada, ninguneada e incluso ridiculizada, destroza la vida de muchas personas, implicadas directa o indirectamente.

Definición de trauma

“Cada vez que narro mi historia me pregunto si he sanado o no. Ya casi no la cuento (…) Al principio, no quería hablar del tema, para no volver a vivir esa época tan dolorosa, tan tormentosa. Llegué a sentir que no iba a poder salir de ella. No paraba de llorar, no podía comer. Adelgacé como seis kilos. No podía estar sola en casa. No me sentía capaz. No tenía lo que necesitaba. La incertidumbre era total. Tenía mucha rabia. Con todo lo que descubría, tenía momentos de absoluta negación. Me preguntaba, ¿Cómo es este hombre del que me enamoré, con quien me casé (…) el que por ningún motivo negociaba los valores que me prometió, el que juró que iba a ser distinto a su papa, podía estar haciendo lo mismo? La confusión fue total. Fue como un golpe por la espalda. Sentía que nada de lo que estaba pasando era cierto (…) Mi vida se me convirtió en un círculo, negación, rabia; volvía la negación, volvía la rabia, con una tristeza profunda. No podía dormir, el sueño se me alteró, mis ciclos normales se saltaron como un interruptor. Si dormía tres horas, me levantaba mil veces (…) daba vueltas, sin salida, sin soluciones, esperaba hasta que saliera el sol. Un hueco negro, muy negro (…) Estaba como muerta, pero muerta en la incertidumbre, en el dolor. El sueño por el que había luchado, se esfumó. El sueño de la familia por el que me había sacrificado (…)” (Jaramillo, 2014, p. 80).

Freud lo define como una invasión disruptiva del psiquismo, con la consecuente ruptura de las defensas, dejando al aparato psíquico en el desamparo, paralizando la capacidad de respuesta del sujeto, generando un tipo particular de angustia (Freud, 1990). El aparato psíquico no es capaz de construir un sentido, de elaborar simbólicamente una representación de los afectos por desbordamiento emocional, por lo que se produce una regresión psíquica hacia un funcionamiento más primitivo, menos integrado. En otras palabras, en el trauma se produce un flujo excesivo de excitación intolerable para el psiquismo del sujeto, de tal forma, que acaba generándose una serie de efectos patógenos que dan forma a trastornos de diversa índole. El psiquismo pierde el control, el equilibrio. El sujeto se vuelve prisionero de emociones descontroladas, perdiendo la capacidad de enfrentarse a sí mismo. El sujeto se vuelve desconocido para sí mismo: “En realidad he cambiado tanto que esa ya no soy yo.”

Aparecen emociones que antes nunca se habían albergado como la ira, la rabia y el odio, cuya intensidad puede sobrepasar la capacidad de nuestro cerebro para procesar dicha experiencia, pudiendo llegar incluso a pensar en matarse o matar o en vengarse:

“Cada día espero saber que le ha pasado algo malo, que aborte o tenga un accidente, que muera, que quede tetrapléjica o que tenga un cáncer, o que quede sin amigos, que el marido la deje, que tenga un brote psicótico o que se mate. En cambio, la veo allá lejos, sonriéndole a su hija como si no fuera nada, aparentemente feliz con su barriga llena al lado del marido. Como si no hubiera pasado nada. Como si yo no existiera, como si lo que hizo no le afectara. Me quema mucho.”

La desregulación emocional [2] consecuente en el caso del trauma por infidelidad suele venir por la amenaza que supone para la integridad de la identidad, lo que suele ocasionar una ruptura de creencias sobre la propia persona, la relación amorosa, la pareja y el mundo, que exceden la capacidad del sistema nervioso para procesarlo.

El trauma psíquico implica una interacción entre el mundo externo, el acontecimiento violento, y el mundo interno, es decir, la manera en que es vivenciado. Lo esencial del trauma parece ser: “una abrumadora emoción y un sentimiento de total impotencia. Puede o no, haber una lesión corporal, pero el trauma psicológico, junto con el trastorno fisiológico, juega un papel principal en los efectos a largo plazo [3] (Allen, 1995, p. 14). Efectivamente, sabemos que el trauma no puede definirse en base al evento externo, sino en interacción constante con la persona que lo vive: “lo traumático es consecuencia de una específica interacción entre lo fáctico y la forma en que esto es vivenciado por el psiquismo” (Tutté, 2004, p. 897).

Un criterio importante para determinar si un suceso es o no traumático es el de amenaza (Tutté, 2004). Es decir, el peligro al que se está expuesto constituye una amenaza de vida o muerte. Pues bien, la infidelidad puede ser vivida por la persona infidelizada como una amenaza real. Toda su existencia se desmorona como si por su vida hubiera pasado un tsunami: “El hueco fue infinito, no tenía fondo, totalmente perdida, desubicada. Si lo pudiera explicar con palabras, lo haría, pero esa sensación es inexplicable. Te quieres morir y no hay muerte, quieres desaparecer y no desapareces, quieres dejar de existir y sigues existiendo.” (Jaramillo, 2014, p. 87). Si bien no se trata de una muerte física, sino de una especie de muerte psíquica, comúnmente diagnosticada y vivenciada como depresión: “A los 30 años me dio depresión” (Jaramillo 2014, p. 86).

Saakvitne y colaboradores (2000) definen el trauma psicológico como la experiencia individual única de un incidente, una serie de incidentes o un conjunto de condiciones duraderas en las que la capacidad del individuo para integrar su experiencia emocional se ve abrumada, experimentando, objetiva o subjetivamente, una amenaza para su vida, su integridad corporal o la de un cuidador o familiar.

Hay que señalar que no todas las experiencias traumáticas conducen a una respuesta postraumática. Hay un período de tiempo tras el evento susceptible de traumatizar, durante el cual se podría apreciar respuestas o síntomas relacionados con el trauma. Cuando los síntomas o señales perduran en el tiempo, normalmente más allá del mes, y cumplen los criterios diagnósticos específicos, se puede etiquetar de estrés postraumático, y al evento, de trauma. En el caso de la infidelidad, las secuelas suelen, en muchos casos, durar años. Es un suceso que nunca desaparece del todo; que no se olvida.

La situación traumática se percibe como una amenaza a la seguridad o supervivencia de sí, estimulando respuestas subcorticales defensivas, además de una hiper o hipo activación. La percepción de la amenaza no es exclusivamente cognitiva y emocional, sino también a través de sensaciones e impulsos físicos y fisiológicos (Ogden y Minton, 2002).

Pierre Janet definió el trauma psíquico en 1984, matizándolo posteriormente como sigue: “Es el resultado de la exposición a un acontecimiento estresante inevitable que sobrepasa los mecanismos de afrontamiento de la persona. Cuando las personas se sienten demasiado sobrepasadas por sus emociones, los recuerdos no pueden transformarse en experiencias narrativas neutras. El terror se convierte en una fobia al recuerdo que impide la integración del acontecimiento traumático y fragmenta los recuerdos traumáticos apartándolos de la consciencia ordinaria, dejándolos organizados en percepciones visuales, preocupaciones somáticas y reactuaciones conductuales”. (Janet, 1919 en Salvador, 2009, p. 5). Según este autor, en esta definición estarían contenidos los elementos fundamentales del concepto de trauma psicológico, a saber, “la persona se enfrenta a una situación de amenaza psicológica o vital de la que no puede escapar y para la que sus recursos normales no son eficaces, esto es, no puede enfrentarse a ella de manera que pueda hacerla desaparecer ni puede huir” (Ibid, p. 6).

El psicólogo psicoanalista Gabriel Rolón (2020) pone el énfasis en el hecho de que el evento traumático no ha encontrado un lugar simbólico desde el cual ser procesado, por lo que se queda “sucediendo en nuestra mente todo el tiempo” (p. 2804). En este sentido podemos decir que el trauma, más que un recuerdo, es una reviviscencia; no es algo que sucedió en el pasado, es revivir un suceso ocurrido en el pasado, pero revivido constantemente en el presente como si estuviera sucediendo con la misma intensidad que sucedió en su día.

Van der Kolk (2015) destaca la parálisis que supone el trauma en la vida de las personas: “la gente traumatizada permanece atascada y su crecimiento se detiene al no poder integrar las nuevas experiencias en su vida (…). Estar traumatizado significa seguir con tu vida como si el trauma siguiera, invariable e inmutable, ya que cada nuevo encuentro o acontecimiento está contaminado por el pasado.” (pp. 56-57). Para este autor, la esencia del trauma es la disociación: “La experiencia abrumadora se divide y se fragmenta, de modo que las emociones, los sonidos, las imágenes, los pensamientos y las sensaciones físicas relacionadas con el trauma toman vida propia. Los fragmentos sensoriales de recuerdos se cuelan en el presente, donde se vuelven a experimentar literalmente.” (p. 72).

La infidelidad como trauma

Dado que, no todas las personas reaccionan igual ante un suceso, resulta difícil justificar la infidelidad como traumático en sí mismo. No obstante, las secuelas psicológicas en la persona traumatizada por la infidelidad particularmente si la relación es de larga duración, suelen ser de tal magnitud, que podríamos considerar la infidelidad como un evento traumático para muchas personas, siendo conscientes de la dificultad y controversia que genera la conceptualización de tal diagnóstico (Crespo y Gómez, 2011). En el caso que nos ocupa, la consideración de la infidelidad como evento traumático, parte fundamentalmente de la vivencia de indefensión que el evento en cuestión suscita, de la amenaza que despierta, de las secuelas que dicho acontecimiento acarrea en sus víctimas, así como de la dificultad para “superarlo”:

“siento angustia ante la posibilidad de divorcio. Es continua. Me asusta el pensarlo, me da vértigo y lo veo a veces como la solución menos mala ya que no veo salida razonablemente buena a este problema. Creo que no podré superar nunca la infidelidad, aunque Francisco cambie y mejore. Ha puesto una bomba en los cimientos de nuestra relación y también en la confianza que tenía en él. Nunca será lo de antes, ni, aunque llegara a ser incluso mejor nuestra relación de lo que ha sido.”

La indefensión de saber el hecho infiel viene de la imposibilidad de reacción energética en el momento de la infidelidad. La infidelidad se suele conocer a posteriori y como tal, no hay manera de poder hacer nada para impedirla. La descarga de la reacción suele darse con acciones como la separación, la venganza, las discusiones, las agresiones…. Tampoco hay nada que recordar, puesto que la persona infidelizada no ha sido infiel, por lo que se ve impelida a construir lo sucedido y de ahí las preguntas detalladas sobre la infidelidad. La infidelidad por su estructura oculta, secreta y falsa no encaja en la vida de la pareja tal y como había sido hasta entonces. Como un puzzle al que le faltan piezas y no puede ser completado. Pero, las respuestas a las preguntas y dudas, parecen ser exposiciones repetidas al trauma, produciéndose una inevitable y paradójica retraumatización en cada intento de encajar todas las piezas.

Anabel González (2017) afirma que los traumas de tipo interpersonal son más dañinos que las consecuencias de catástrofes naturales o accidentes, puesto que producen “trastornos más profundos en la identidad y las creencias del individuo” (p. 4). Estos traumas se generan dentro de las relaciones de intimidad y dan lugar a cuadros clínicos englobados en el concepto de trauma complejo. Algunos autores han afirmado que “el elemento central del trauma es la traición por parte de aquellos en lo que hemos puesto nuestra confianza” (Ibid). Jennifer Freyd (1998) propuso que la traición es el elemento clave que hace que una experiencia se convierta en traumática.

En las personas traumatizadas por la infidelidad, a nivel anímico, observamos una dinámica, descrita como montaña rusa “con picos” en la cual se alternan síntomas intrusivos con una “cierta calma”, período durante el cual estas personas afectadas parecen seguir adelante con su vida, pero de manera limitada y disminuida. Ninguno de los síntomas facilita la integración del evento traumático y la persistencia de estos estados no acaba de devolver un equilibrio:

“No lo proceso (…) No estoy en shock, pero sí traumatizada (…) Me veo incapaz de manejarlo (…) Muchas cosas las asocio… con la infidelidad. Ya no veo la tele. Evito ver muchas cosas. Todos los días es una bofetada”.

La infidelidad pone en jaque no solo la relación de pareja, sino en general todas las relaciones. “Rompen los vínculos de familia, amistad, amor y comunidad. Destrozan la construcción del ser que se forma y apoya en relación con los demás. Debilitan los sistemas de creencias que dan significado a la experiencia humana. Violan la fe de la víctima en un orden natural o divino, y la condenan a un estado de crisis existencial” (Herman, 2004, p. 91).

Los daños no solo afectan a la identidad del sujeto afectado por el trauma de la infidelidad, sino también a su manera de vincularse a los demás, a su sistema de apego, a su sistema de conexión social: “Me separé de todo el mundo (…) he pasado aislada mucho tiempo (…) Año y medio de aislamiento”. La forma de apegarse se suele volver insegura, ya sea evitativa o ambivalente. También suelen verse afectadas el sistema de creencias y la confianza básica. El sentido de seguridad desaparece: ya no se sabe en quien confiar: “Se me cayó todo. Se me cayó el suelo (…) mi marido no daba el perfil de hacer esto”.

Trastorno postraumático por infidelidad

La infidelidad en algunos casos puede resultar traumática, no ya solo por la amenaza que supone, sino por cómo afecta a los sistemas de procesamiento de la información. “Ha sido un trauma” verbalizaba una de las pacientes atendidas afectada por esta problemática.

En la terapéutica del trauma por infidelidad en parejas de larga duración encontramos frecuentemente en la persona infidelizada, toda la sintomatología de estrés postraumático:

“Al enterarme de la verdad completa, prácticamente tuve un shock nervioso, todo se nubló, la migraña comenzó, temblé, lloré (…). Hoy día sigo teniendo trastorno del sueño, ansiedad generalizada, recuerdos recurrentes, propició mi aislamiento y no he podido realizar mis actividades laborales. Tengo miedo por las noches y malhumor pro el día, lloro espontáneamente, me falta el aire y comienzo a temblar, adelgacé y mi rostro muestra la tristeza que siento por dentro”.

La infidelidad se evidencia, en estos casos, como una herida que no cicatriza, a pesar del tiempo transcurrido: “El problema es que me veo como una veterana de guerra. Pero nadie lo sabe. Y cargo con mi sufrimiento”. Recuerdo una paciente que vino a mi consulta para abordar el problema de infidelidad por parte de su marido ocurrida 17 años atrás.

Lo que clínicamente se observa es que la infidelidad resulta traumática sobre todo para aquellas personas cuyo principio básico de fidelidad se ve atacado. Para estas personas, la infidelidad representa una amenaza vital porque lastima, hiere e incluso destruye no solo la pareja, sino la familia en algunos casos.

La persona infidelizada, en la “reconciliación [4]” se percibe, de alguna manera, como “obligada” a aceptar algo que éticamente no lo aceptaría bajo ningún concepto. Por ello, además de sentirse indefensa, no ve salida al conflicto, porque no puede hacer nada para impedir la infidelidad. Veamos algunos testimonios de pacientes para las cuales ya han pasado al menos dos años de la infidelidad e incluso han pasado por una o varias terapias, en su mayoría no especializadas en esta problemática.

“El dolor no se va. Me duele el pecho, me levanto con esa pesadez. Busco cosas en que concentrarme, me repito “concéntrate” para no llorar. Me siento tan destrozada y triste. A veces superada. Pensando en qué podré hacer de mi Futuro, con tanto miedo y decepción.

Me siento una persona sin valor, a la que nadie es capaz de querer realmente, sea lo que sea lo que yo haga. La persona que tenía que amarme y protegerme sobre cualquier cosa (y que afirma hacerlo) es la que peor me ha tratado nunca.

Exponiéndome a todo esto y llevándome hasta este punto de donde no soy capaz de salir. Y todo esto está tan lejos de mi Manera de ser… que no me reconozco.”

“A veces me digo que solo tengo que marchar. Pero hay muchos peros que me anclan. Es muy cansino todo.”

“Creo que tendría hacer una cosa para salir de todo esto, sin embargo, no tengo coraje de hacerlo. Dolor, miedo, decepción, rabia y frustración conducen mis días. Yo soy seguir “viviendo”, programando, intentando buscar distracciones y cumpliendo con mis deberes, responsabilidades y todo. Pero muchas mañanas me quedaría escondida en mi edredón, a oscuras, lejos de todo, de mis hijas, Ramón, mis padres, el trabajo, mis libros, mis amigos, el móvil. Sola con mis lagrimas que me humedecen los ojos, cada día, todo el día. Y que empujó hacia dentro para ser presentable.”

Por un lado, el miembro infidelizado de la pareja dejaría la pareja porque no entra en sus esquemas “aceptar” la infidelidad, pero, por otro lado, el cambio que dan algunas de las parejas que han sido infieles es realmente el cambio que hubieran querido ver, pero sin la infidelidad de por medio. En consecuencia, se ve en la tesitura de ver cómo seguir con su pareja y que no vuelva a ser infiel. Este bucle se ve reflejado en un ciclo de discusiones frecuentes, a veces incluso de forma agresiva. En esta circunstancia, la persona se ve inmersa en un dilema irresoluble, puesto que la fuente susceptible de proporcionar seguridad en tanto que confiabilidad, es también una fuente de desestabilización.

Cuando observamos los criterios diagnósticos del estrés postraumático, el primer ítem se refiere a una persona que ha estado expuesta a muerte o amenaza de muerte o peligro de daño grave, violación sexual real o amenaza, en más de una las siguientes maneras: experimentar uno mismo el acontecimiento, ser testigo del acontecimiento que le ha ocurrido a otro, tener conocimiento de un acontecimiento que le ha ocurrido a alguien cercano o a un amigo y experimentar exposiciones repetidas o de extrema aversión a detalles del acontecimiento (por ejemplo, personal de emergencias que recogen partes de cuerpo, agentes de policía expuestos repetidamente a detalles sobre abuso infantil…) (Bobes et al., 2000), el caso de la infidelidad se ajusta a esta premisa al tener conocimiento, directo o indirecto, del acontecimiento en cuestión. El hecho de saber o enterarse de la infidelidad sitúa a la persona infidelizada fuera de la pareja, lo que supone una vivencia de amenaza, de peligro o de daño grave. La amenaza reside fundamentalmente en la vivencia de la amenaza de abandono, rechazo o separación además de la desaparición de un sistema de vida estable y el distanciamiento emocional que la infidelidad suele conllevar.

“No sé qué hacer, de verdad. Pienso en cambiar de trabajo, marchar, cambiar de ciudad, de país… sueño con una vida que hubiera sido diferente. Y me fijo en la inmodificabilidad del pasado. Estoy mal. Cada vez más, tengo la sensación de desgarro porque no se arreglará nada. Que es lo que está roto dentro de mí que no se arregla. ¿Cómo salgo de esto? ¿Qué me pasa? ¿Qué tengo que hacer?”

Dentro del ítem síntomas intrusivos, encontramos los sueños recurrentes angustiosos en los que el contenido y/o la emoción del sueño están relacionados con la infidelidad, las reacciones disociativas, los “flashback”, en las que el individuo se siente o actúa como si el acontecimiento traumático estuviese ocurriendo, el malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático e importantes respuestas fisiológicas al recordar el acontecimiento traumático.

“Al marido de la amante lo vi el domingo, porqué ellos volvieron del camping el sábado. El lunes sus hijos volvieron al colegio, y ella (la amante) se presentó a la entrada del cole, con su actitud de actriz protagonista. Dejó a sus hijos bajo mí mirada de destrucción y se fue hacia su coche. Luego se dio la vuelta, vino hacia mí llorando como aguantando la pena. Se acercó con voz rota para decirme “Perdóname”. Yo, desubicada, sorprendida en el desconcierto que ya llevaba más de 72 horas conmigo, le contesté: “Ya te he perdonado”. No era verdad, pero yo no lo sabía. Sin embargo, como si me hubiera creído, ella me contestó “Gracias”, se dio la vuelta y se fue.

La conversación había sido surrealista. Me medio desperté de ese estado de ensueño y la llamé: “Me has destrozado la vida”

Este grupo de síntomas es quizás el más destacado en muchas personas infidelizadas. El revivirla (reimaginarla) constantemente, el reactivarla debido a los estímulos externos y/o internos, el intenso malestar psíquico ante evocaciones, la (hiper)activación fisiológica en forma de vómitos, mareos, náuseas, vómitos, ansiedad, hipertensión…

“Me medio desperté de ese estado de ensueño y la llamé: “Me has destrozado la vida”.

Se medio giró y dijo (creo recordar): “Yo también me la he destrozado” con un tono de reivindicación, como si eso tuviera algo que ver con lo que ella me había hecho. En ese momento fue cuando me sentí ofendida por la conversación, cuando entendí que eso no debía haber ido así. Me empezó a montar dentro la rabia. Me quedé como una idiota, con ella que se había quedado con la última palabra y yo allá, plantada en un parking desierto midiendo mi desconcierto. Monté en el coche y me fui, pero a los cien metros tuve que parar porqué me dio un ataque de pánico, el primero de una serie que tuve después. Nunca me había pasado anteriormente.

Aparté mi coche y me quedé llorando en el volante, respirando con dificultad. Vi pasar el coche de ella, me puse a gritar, no se yo lo que hice. Me di cuenta de que no podía conducir en ese estado. Llamé Ramón, que dejó el trabajo y me vino a buscar para llevarme a casa.”

“También hablas de los Flashbacks: les imagino en cada escena de cama que veo en cualquier película, o cuando oigo hablar de Oviedo incluso en las noticias. Esto me produce ansiedad, dolor de estómago principalmente, aunque en otras ocasiones he llegado a vomitar.”

Esta rememoración involuntaria de la infidelidad parece generar una vivencia de que está volviendo a ocurrir a cada momento:

“A partir de ahí hay una larga lista de palabras, cosas e imágenes que me traen de nuevo esa angustia, como si fuera hoy”. “La rememoración del trauma es vivida como “Me está volviendo a pasar otra vez – todavía no estoy fuera de peligro” (Ogden, Mintón y Pain 2009, p. 54).

Por eso, la persona infidelizada se siente una y otra vez amenazada e insegura. El razonamiento parece fallar y muchas de las acciones y decisiones que siguen, tienden a ser “impulsivas, peligrosas o de alguna otra forma inapropiada a la realidad actual” (Ibid) como por ejemplo hablar con la amante, vengarse, discusiones violentas, agresión física…

El ítem de alteraciones negativas en las cogniciones y del estado anímico asociadas al evento traumático expresado de las formas siguientes: persistentes y exageradas expectativas negativas sobre uno mismo, otros o sobre el futuro, culpa persistente, vergüenza, estado emocional negativo generalizado, reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas, sensación de desapego e incapacidad para experimentar emociones positivas.

“No puedo oír la palabra Oviedo. Se me encoge el estómago. Ahora mismo no creo que pueda volver nunca a esa ciudad.

Me imagino el hotel, los veo a los dos desnudos en la cama. Le veo a él disfrutando con ella y no lo puedo soportar.

Me da rechazo su cuerpo. No puedo acercarme a él y notarle. Me da vergüenza que me vea desnuda. Intento evitarlo.”

A nivel sensoriomotriz, destacaremos el ítem referido a las alteraciones en la activación y reactividad que están asociadas con el acontecimiento (iniciadas o empeoradas después del acontecimiento traumático), tal y como indican tres (o más) de las siguientes formas: comportamiento irritable, enojado o agresivo, comportamiento temerario o autodestructivo, hipervigilancia, respuestas exageradas de sobresalto, dificultades para concentrarse y trastorno del sueño. Destacaremos la dificultad en la atención y la concentración porque el nivel de activación fisiológica no está dentro de los márgenes de tolerancia como para posibilitar la atención adaptativa. Muchas personas infidelizadas, mantienen la atención entre dos extremos, o la fijación o la distraibilidad. Se quedan fijadas de manera compulsiva a ciertos estímulos que les imposibilita redirigir y desplazar la atención hacia otros. Al mismo tiempo, son incapaces de concentrarse. Obsesionadas por los detalles de la infidelidad para comprender y darle un sentido, muchas personas se desconectan (disociación) del cuerpo, de la vida cotidiana, de la vida social… Así, algunas víctimas de infidelidad desarrollan una marcada atención a cualquier señal que les indique de nuevo otra futura posible infidelidad. Lo que motiva esta búsqueda incisiva de señales, esta atención focalizada, es el hecho de que en su día no fueron capaces de preverla. Así, están atentas a cualquier llamada, cualquier detalle, cualquier cambio de voz o de comportamiento. La infidelidad les ha literalmente pillado por sorpresa y ahora, a posteriori, tienen que prevenirla. Por supuesto que una mayor atención y alerta suele ir acompañada de una mayor exaltación sensorial, cognitiva y afectiva. Paradójicamente, esta mayor consciencia suele ir acompañada de una marcada distraibilidad. Otras veces esta búsqueda incisiva de la verdad se produce por las diferentes versiones que las personas infieles han dado a lo largo del proceso de reconciliación:

“Esta es la versión de mayo 2021. Porque, aunque parezca increíble, he tenido como unas ocho versiones diferentes en 3 años. Versiones contadas de frente, mirándome a los ojos, sin pestañear. Asegurando después: «ya sabes lo que pasó». El tema de las versiones me causa hoy mucho dolor. Está claro que para mí esta es una versión más ¿de cuántas? Ya no puedo creer nada de lo que me diga, ni entonces, ni hoy”.

Gran parte de las personas traumatizadas por la infidelidad que acuden a terapia oscilan entre la evitación de todo aquello que les recuerda el fatídico suceso y la vivencia intrusiva del suceso como hemos dicho a través de flashback, sueños, pensamientos, imágenes… Lo que suele ser indicativo de la dificultad para integrar lo ocurrido. Parecen compartimentar tal experiencia, alternando momentos agradables e incluso positivos, como si la infidelidad no hubiera ocurrido, con momentos desorganizados caracterizados por discusiones acerca de cómo ocurrió, con todo el componente y carga emocional y sensoriomotriz que ello implica, que se revela en muchos casos en síntomas psicomorfos: emociones incontrolables como pegar o gritar, dificultades de memoria y de concentración a los cuales se añade la modificación del sistema de creencias, sobre todo relacionado con el cuerpo físico y el sentimiento de no sentirse atractivas o deseadas.

La vertiente sensoriomotriz del trauma por infidelidad

“dolor en el estómago, imposibilidad de tomar decisiones (esto es lo peor), dolores de cabeza y musculares, problemas ginecológicos y dermatológicos. A veces, ataques más graves. Nunca antes en mi vida había tenido un ataque de ansiedad… ha sido lo peor que me ha ocurrido en mi vida, incluso peor que la muerte de mi padre. Llevo tomando lexatín de forma intermitente desde que ocurrió.”

Son muchos los autores que detallan cómo el trauma afecta al cuerpo (Ogden, 2002; Van der Kolk, 2015). Así pues, resulta altamente efectivo en el abordaje terapéutico del trauma de la infidelidad incluir un trabajo sensoriomotriz, el cual pone el énfasis tanto en el proceso ascendente, cuerpo-emoción-cognición, del procesamiento de la información, como en el descendente cognitivo-conductual.

La mayor parte de los modelos terapéuticos en la temática del trauma se focalizan desde lo cognitivo y lo racional, destacando las narrativas verbales, así como los pensamientos, las creencias y las emociones. Este énfasis no permite centrarnos en los aspectos de las funciones reguladoras sensoriomotrices propias de la comunicación no verbal. Desde la perspectiva de la teoría sensoriomotriz, se trata de incluir las “modalidades neurales no verbales de procesamiento” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p.16). Estas modalidades son fuente importante de conocimiento, particularmente en la comprensión de experiencias humanas complejas como lo son las experiencias traumáticas. La integración de estas dos formas de conocimiento nos dará una visión más completa, íntegra, coherente y adaptativa porque, en su ausencia, la actividad mental en exclusiva nos conduce a la rigidez o al caos. Desde esta perspectiva de la neurobiología interpersonal, el trauma se considera como “un defecto fundamental de integración dentro de un individuo, una díada, una familia o una comunidad” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p.17). Se trata de “la integración de diversos dominios vivenciales dentro de un modelo receptivo de conocimiento (…). Dichos vínculos incluyen la integración de las modalidades de procesamiento de la memoria implícita y la memoria explícita, del hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho, y del conocimiento intelectual consciente y las sensaciones corporales” (Ibid). El error de Descartes (Damasio, 1994), ese error metodológico de separar la psique del cuerpo que poco a poco la (neuro)ciencia se va encargando de demostrar, no ha sido subsanado aún a nivel clínico.

La vertiente sensoriomotriz del trauma por infidelidad, difícilmente explicable en palabras, la vamos a escuchar muy frecuentemente en consulta:

“El hueco fue infinito, no tenía fondo, totalmente perdida, desubicada. Si lo pudiera explicar con palabras, lo haría, pero esa sensación es inexplicable. Te quieres morir y no hay muerte, quieres desaparecer y no desapareces, quieres dejar de existir y sigues existiendo.” (Jaramillo, 2014, p. 87).

Como nos lo recuerda la psicóloga Pat Ogden (2002), la experiencia vivencial del trauma antes que en la mente se vive en el cuerpo:

“Al principio no entendía, no podía comprender; físicamente tampoco reaccionaba. Mi cerebro dejó de funcionar como yo lo conocía. Emocionalmente me sentí muy brava, una rabia inmensa; me empezó a temblar el cuerpo, no podía parar de temblar, eso me asustaba aún más. El pecho se me apretaba y me costaba trabajo respirar. Eran tan nuevas esas sensaciones que me angustiaban aún más sentirlas. Me desconocía a mi misma, me aturdía. No podía concentrarme (…); yo estaba en otro lugar, ni sabía en dónde (…) Mi capacidad analítica estaba reducida a mínimo, no podía sacar conclusiones (…) El cerebro se me bloqueaba (…) Es como si hubiera estado ausente, como si viviera en otra dimensión. Es algo tan indescriptible, que las palabras no me alcanzan para transmitirlo”. (Jaramillo, 2014, p. 95).

Los síntomas psicomorfos (reacciones físicas sensoriomotrices no resueltas) y somatomorfos (trastornos caracterizados por síntomas físicos o preocupaciones corporales sin explicación médica) nos indican que el trauma sucede tanto a nivel mental como corporal. Y es que el procesamiento de la información conlleva un proceso evolutiva y funcionalmente jerárquico, distinguiendo los niveles, cognitivo, emocional y sensoriomotriz (Wiber, 1996 en Ogden, Minton y Pain, 2009). Todos estos niveles se correlacionan a tal punto que una falla en alguno de estos niveles, influirá notablemente en los demás. El aspecto jerárquico de la evolución cerebral nos indica que “Las funciones integradoras de “nivel superior” evolucionaron a partir de (las funciones inferiores) y dependen de la integridad de las estructuras de “nivel inferior” y de la experiencia sensoriomotriz.” (Fisher, Murray y Bundy, 1991, p. 16 en Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 58). En otras palabras, “En muchos sentidos, el procesamiento sensoriomotriz es fundamental para los otros tipos de procesamiento”. (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 58).

Aún recuerdo a una paciente que su intento de hablar sobre la infidelidad tuvo que ser interrumpido porque empezó a vomitar y a somatizar, por lo que tuvo que ser atendida en varias consultas a nivel somático, antes de poder abordar el suceso.

Cuando hablamos del procesamiento sensoriomotriz, hablamos de sensaciones corporales internas y externas, así como de los movimientos voluntarios e involuntarios, conscientes e inconscientes, ascendentes y descendentes.

Cada nivel de procesamiento de la información, cognitivo, emocional y sensoriomotriz se influyen y retroalimentan mutuamente.

Procesamiento cognitivo

Este procesamiento “hace referencia a la capacidad de conceptualización, razonamiento, adscripción de sentido, solución de problemas y toma de decisiones. Engloba la capacidad de observar y abstraer a partir de la experiencia, de sopesar un abanico de posibilidades de actuación, de planificar el logro de los objetivos y de evaluar los resultados de las acciones” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 61). Es lo que se conoce como procesamiento descendente. En general, esta forma de procesar la información, particularmente en el adulto, predomina jerárquicamente sobre las respuestas emocionales y sensoriomotrices, de tal forma que se puede ignorar, controlar o interrumpir los niveles inferiores de elaboración emocional y sensoriomotriz. Para la persona traumatizada, la intensidad de las emociones y de las reacciones sensoriomotrices relacionadas con el trauma, dificulta la capacidad de este procesamiento, al cual se añaden interpretaciones rígidas e inadaptadas sobre el hecho traumático:

“Pienso que mi matrimonio ha sido un engaño. Creo que Francisco siempre ha tenido a esa chica en la cabeza y que nunca la olvidó.”

“No sé cómo digerirlo. Me ha mentido tantos años! Cómo se puede mentir con tanta frialdad y sin tener remordimientos? Veo fotos y es como si fuese mi vida una estafa. Esto ha sido como un punto de inflexión en el que lo que había antes ya no cuenta. Y dudo de lo que hay ahora. No le puedo creer cuando dice que me quiere.”

De todo esto saco una palabra: injusticia. Nadie me lo quita de la mente: he sufrido una injusticia y no lo aguanto. No lo soporto. Soy como esos padres a los que les matan un hijo y no son capaces de perdonar, por muy arrepentido que esté el asesino. Es injusto, un padre no tendría que perder un hijo. Y así es injusto lo que me hicieron: un marido y una amiga no tendrían que traicionar a una mujer. No por la formalidad, por el vínculo civil, sino por el pacto de amor y de afecto más o menos implícito que haya dentro de las relaciones. Ya lo dije en otra ocasión: es como cuando traviesas un puente en la autopista confiando en que aguantará tu peso, y en cambio el puente se cae y te arrastra hacia el fondo del barranco entre rebotes sobre las paredes de piedra.”

Interpretaciones que adoptan la forma de pensamiento involuntario o intrusivo de carácter general, presentando sesgos negativos como por ejemplo “soy mala”, “fue culpa mía” “todos los hombres son iguales” …, que, a su vez, generarán más cogniciones negativas con sus correspondientes emociones y reacciones sensoriomotrices. Así pues, este tipo de pensamientos continuarán organizando la experiencia traumática de la infidelidad, la cual se ve determinada por la presencia de una pauta generalizada de distorsiones cognitivas del estilo “lo nuestro no fue real”, “nada ha sido real…, que a su vez se traducen en vivencias de baja autoestima, sensación de fracaso, percepción de inseguridad y miedo… Lo que está claro es que las sensaciones sensoriomotrices cobran protagonismo, nublando el procesamiento cognitivo, que forman parte sintomática de lo que se conoce como trastorno de estrés postraumático. Hay toda una serie de sensaciones corporales que son activadas durante el procesamiento cognitivo del trauma de la infidelidad, que dificultan este tipo de procesamiento. Es más, por mucho que razonen -y lo hacen- la intrusividad de la sintomatología postraumática, parece impedir el procesamiento del dolor, convirtiéndose así en sufrimiento.

Las personas traumatizadas por la infidelidad, en su intento de procesar cognitivamente este suceso, entran en discusiones “bucle” sobre el porqué la persona infiel hizo lo que hizo de manera, en ocasiones, agresiva: pegan, arañan, gritan, muerden…Para Janet, este tipo de reacciones defensivas hiperactivas pueden ser “una variante extrema de una resolución fallida de la reacción de ataque” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 205). Bucles que en ocasiones se repiten en forma de pensamientos intrusivos recurrentes:

“¿Por qué pasa esto? ¿Por qué un padre se descuida de sus criaturas? ¿Por qué la persona que te ama (que tú amas) y que comparte contigo la vida (¡la vida! es todo lo que un ser humano tiene!) te daña de la peor manera?”.

Conversaciones bucle que pueden durar incluso años. Se denominan “tendencias de acción”, es decir disposiciones “hacia una conducta específica” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 82). Las personas traumatizadas por la infidelidad tienen dificultades para interrumpir estas tendencias desadaptativas a la acción en forma de bucle e introducir la reflexión y formas más deliberadas de acción (Fonagy y al., 1995 en Ibid). En muchos casos nos damos cuenta de que no es una cuestión de autocontrol emocional o de procesamiento cognitivo, ya que hay síntomas fisiológicos que se hiper/hipo activan involuntariamente, sobre los cuales conviene trabajar antes de buscar y dar un sentido a lo experienciado, antes de centrarse en lo cognitivo.

Procesamiento emocional

El procesamiento emocional “se refiere a la capacidad de vivenciar, describir, expresar e integrar estados afectivos“ (Brewin, Dalgleish y Joseph, 1996 en Ogden, Minton y Pain, 2009, p.66).

Si bien las emociones siguen una pauta fásica, es decir, un comienzo, un desarrollo y un final (Frijda, 1986 en Ibid), en muchas personas traumatizadas no se llega al final, de tal forma que las respuestas emocionales no parecen extinguirse. Parece que quedan fijadas a emociones traumáticas de dolor, miedo, rabia… Veamos esto en algún testimonio:

“Y él estaba lleno más de dolor que de resentimiento, así que la rabia se hundió en esas aguas amenazantes y oscuras. Solo salieron flotando, en esos primeros días, el desconcierto, la decepción, el dolor mudo y atónito. Toda yo estaba atónita, en momentos catatónica, trastornada, incrédula. Chocada. Es verdad lo que describes, Inma: no hay palabras para eso. Y en esa nube de confusión, desesperación y abandono, se me fueron los días sin que yo reaccionará con algún acto fuerte, de defensa, agresivo. Algo quizás inútil, a largo plazo, pero que en ese momento me hubiera seguramente permitido echar la rabia y todos los sentimientos mezquinos que sigo albergando en mí hoy en día. Además, y sin duda, si me hubiera permitido no ser como yo soy, por una vez; si me hubiera permitido “bajar a su nivel”, dejar fluir mis instintos y actuar “sin pensar”, como ellos lo hicieron conmigo; si me hubiera permitido que mis sentimientos más oscuros guiaran mis acciones sin que mi mente y mi corazón les frenaran; pues hoy no probaría esa desdicha hacia mí misma por “no haber hecho, no haber dicho”. Siento de alguna manera haberme rendido por el bien común, por salvaguardar la imagen, por proteger mis hijas y, en el fondo, también sus hijos; siento haber aguantado con todas mis fuerzas los muros de esa casa que se derrumbaba encima de mí cuando el terremoto ocurrió, en lugar que salir huyendo de la casa entre gritos de alerta: “¡Ayuda! ¡Mirad el terremoto! ¡Mi casa se derrumba!” Así el terremoto vino, destrozó de encima abajo las fundamentas de mi casa, esa casa bonita que llevaba años construyendo y arreglando, me hirió a muerte chafándome bajo el golpe de los muros, pero las paredes de fuera, de cara al mundo, siguieron de pie, con mi esfuerzo sobrehumano.”

Las hipótesis sobre este hecho pueden ser varias: como mecanismo de negación, de evitación del dolor o sufrimiento, o pérdida de conciencia con respecto a la relación entre las emociones actuales y el trauma del pasado… En la terapia de pareja llegar a la reconciliación tras una infidelidad lleva bastante tiempo, años incluso, acabando, en ciertos casos, por convertirse en un tema tabú.

Las emociones otorgan “un colorido motivacional al procesamiento cognitivo” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p.65). Actúan a modo de señales de advertencia con el fin de focalizar la atención en ciertos estímulos en particular. Así pues, las emociones nos van a guiar en la realización de acciones adaptativas “llamando la atención respecto de los hechos y de los estímulos significativos que se producen en el entorno” (Cristal, 1978, Van der Kolk, McFarlane y col., 1996 en Ibid). “El cerebro emocional nos mueve en dirección a las experiencias que buscamos y el cerebro cognitivo trata de ayudarnos a llegar a ellas de la forma más inteligente posible” (Servan-Schreeiber, 2003, p. 26 en Ibid). De igual modo que el tono muscular hace de plataforma básica para la ejecución de los movimientos, “las emociones representan la plataforma premotriz en su condición de elementos impulsores o disuasorios aplicados a la mayoría de nuestras acciones” (Llinas, 2001, p. 155 en Ibid).

Para las personas traumatizadas, este proceso emocional se ve turbado porque, básicamente, “pierden la capacidad de utilizar las emociones como guías para la acción(Ogden, Minton y Pain, 2009, p.65). Pueden presentar alexitimia (perturbación de la capacidad para reconocer y encontrar palabras para describir las emociones). Pueden también mostrarse emocionalmente distantes y desapegadas con sensaciones de vacío, falta de interés y motivación en la vida e inhibición en la acción. Por el contrario, puede ocurrir que las emociones desborden hacia acciones impulsivas e inmediatas, sin reflexividad para guiar dichas acciones y con una expresividad emocional explosiva, desorganizada y descontrolada. “A través de la rememoración no verbal desencadenada por las reminiscencias de los hechos, las personas traumatizadas reviven el tono emocional de las experiencias traumáticas anteriores, encontrándose a merced de unas emociones muy intensas relacionadas con el trauma” (Ibid), conduciendo así a “acciones impulsivas, ineficaces, conflictivas e irracionales tales como arremeter física o verbalmente, o sentirse desvalidos, paralizados o entumecidos” (Ibid). De esta forma, con frecuencia toda esa excitación emocional en las personas traumatizadas se traduce en acciones inadaptadas al entorno no traumático en el presente, lo que parecen constituir una versión de una respuesta adaptada al trauma original.

Las emociones se expresan en el cuerpo entero afectando al corazón, el estómago, el intestino, el cerebro, la circulación, los riñones, el ritmo cardíaco, el sistema endocrino, el sistema inmune, el sistema nervioso central… a partir de sensaciones fisiológicas internas o externas, seamos o no conscientes de ello. Los estados emocionales internos se reflejarán en nuestro físico externo, en nuestra expresión corporal. Estas actitudes corporales pueden ser simplemente una respuesta inmediata a una situación traumática actual o bien, se puede cronificar. En el caso de la infidelidad como trauma, observamos con frecuencia una cierta oscilación entre la desregulación afectiva y la alexitimia funcional tan característica de los estados postraumáticos. Emociones que desbordan y con muy poca conciencia de cómo el cuerpo está involucrado en la creación y mantenimiento de las emociones. Se confunden emociones con sensaciones corporales, consecuencia de la activación fisiológica, hecho que despierta en las personas traumatizadas una dificultad para procesar y gestionar lo que les ocurre. De ahí esa sensación de extrañeza, de alienación: “Es que no me reconozco”, “Esa no soy yo”… Ello influye a su vez en las cogniciones basadas en el miedo, la inseguridad, la impotencia, la renuncia, la falta de perspectiva de un futuro… que a su vez hace aumentar la activación fisiológica, entrando en un bucle difícil de salir. Y prácticamente, cualquier cosa puede detonar este tipo de alarmas.

No basta con trabajar el procesamiento emocional, ya que este se suele ver a menudo alterado por reacciones fisiológicas. Resulta fundamental trabajar con la activación fisiológica que se produce tratando la infidelidad, de cara sobre todo a distinguirla y diferenciarla de las emociones. Este trabajo proporcionará una sensación de control y seguridad que contrasta con la sensación de descontrol experimentada por la infidelidad. Muchas veces, a partir de esto, resulta más fácil abordar las. emociones generadas por la infidelidad.

El procesamiento sensoriomotriz

“El lunes por la noche vi una película en la que, como siempre, había una escena de cama entre los dos protagonistas. Esto me ha ocurrido ya alguna vez más. La anterior vez, me dio un ataque de ansiedad tal, que me fui al baño a vomitar. Lo pasé fatal. Pero esta vez, me puse mal, pero no me dio ningún ataque. Dentro de lo malo, estuve contenta, porque me parece que los síntomas van disminuyendo. Aun así, me sentí muy mal y me duró hasta el miércoles.”

El procesamiento sensoriomotriz, más que corporal en general, “incluye los cambios físicos en respuesta a los estímulos (entrada de información) sensoriales, las

pautas de acción fijas que se observan en las defensas, los cambios en la respiración y el tono muscular, y la activación del sistema nervioso autónomo.” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 58). Este procesamiento, también conocido como ascendente, irrumpe en el cotidiano de las personas traumatizadas por la infidelidad, de tal manera que se sienten a menudo invadidas por toda una gama de sensaciones y reacciones físicas, anulando así la capacidad de regular estas funciones, además de las emocionales y cognitivas.

En la clínica de la psicoterapia sensoriomotriz “se distinguen tres componentes generales dentro de este procesamiento: las sensaciones corporales internas, las percepciones procedentes de los sentidos y los movimientos” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p.70).

Las sensaciones corporales internas hacen referencia a las sensaciones físicas generadas por los movimientos dentro del cuerpo. Los autores hablan de espasmos musculares, contracciones intestinales, circulación de fluidos, cambios bioquímicos, alteraciones hormonales, cambios en los movimientos relacionados con la respiración, los músculos, ligamentos o huesos. Estas sensaciones son percibidas por los interoceptores. El sentido kinestésico del movimiento del cuerpo dependerá de los propioceptores, los cuales comunican la posición del cuerpo. También interviene el sistema vestibular. El sentido visceral conocido como enterocepción, informa de movimientos como la aceleración del pulso, náuseas… Están los nociceptores que informan sobre la piel, las articulaciones, los tendones y ciertos órganos. Los termoceptores que informan de la temperatura. Son sensaciones corporales continuas, pero difícilmente perceptibles que influyen en el estado general del cuerpo (Damasio, 1994). Estas sensaciones son importantes para el sentido de la propia identidad. Por ello, las personas en este tipo de circunstancias corporales alteradas, se sienten como extrañas a sí mismas.

Muchas de estas sensaciones, aunque sentidas, no llegan a la conciencia y son retroalimentadas por las cogniciones y las emociones. A ello, luego se sumarán las interpretaciones y el sentido que se les da, pudiendo generarse reacciones de ansiedad, angustia, miedo… Este tipo de reacciones son muy frecuentes en las personas traumatizadas por la infidelidad. Están molestas por toda esta amalgama de sensaciones corporales internas vividas como invasivas e imposibles de controlar e incluso de sentir o nombrar. De ahí muchas veces la ansiedad debido a la sensación de pérdida de control. También ocurre a veces una especie de congelación o falta de contacto con las sensaciones corporales, vivenciadas como “no siento el cuerpo”, “no siento nada”, “empiezo a temblar y no lo puedo controlar”, “¿Qué me está pasando?”

Las personas traumatizadas por la infidelidad o bien sienten demasiado e intensamente, o bien, demasiado poco. En cualquier caso, les resulta perturbador. A veces no saben ni cómo expresar las sensaciones físicas con palabras, lo que se conoce como alexisomia (Bakal, 1999; Ikemi e Ikemi, 1986 en Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 73).

Las percepciones procedentes de los sentidos suelen predominar sobre la capacidad de pensar, reflexionar y razonar de muchas personas traumatizadas por la infidelidad. También influye en la “elección” de a que hacer o no hacer caso; a que prestar o no atención. Registran y advierten estímulos relacionados con este evento vivido como traumático. Es como si todo lo que ven, escuchan y perciben, está relacionado con la infidelidad. Toman conciencia de cuán omnipresente está esta problemática, sobre la cuál, la mayoría estaba segura de que nunca les sucedería.

Los movimientos somáticos suelen ser voluntarios e involuntarios, conscientes e inconscientes, ascendentes y descendentes. Hablamos de la respiración, del movimiento de los órganos, las pulsaciones de la sangre, el bombeo de las hormonas, contracciones, temblores, movimientos relacionados con la motricidad gruesa y fina, expresiones faciales, posturas, gestos… Todas estas percepciones se ven afectadas en el trauma por infidelidad.

En muchas ocasiones, las reacciones fisiológicas se ven desencadenadas por situaciones tanto internas como externas, como, por ejemplo, conversaciones, imágenes evocadas por películas o series, flashbacks, pensamientos intrusivos, caricias… y adquieren “precedencia cuando otras acciones podrían resultar más adaptativas” (Ibid). Es como si estas personas quisieran entender; comprender algo a lo que no le encuentran sentido para así poder calmar esa serie de sensaciones de angustia, ansiedad y miedo, vivenciada de manera intensa corporalmente como inseguridad y pérdida de control que emerge en esos momentos de procesamiento. Como si esa angustia necesitara una seguridad fisiológica (proceso ascendente [5]) pero que intenta ser calmada cognitivamente (proceso descendente [6]). Desgraciadamente esta consecución de calma, estabilidad y seguridad resulta imposible cuando la persona infidelizada se sumerge en un bucle repetitivo de discusiones prolongadas. Es como una explosión sobre la cual no se tiene ningún control. No acaba de procesar la información, no integra la experiencia traumática de la infidelidad y no porque no quiera, sino porque siente que no puede; siente que pierde el control porque se ve invadida por muchas emociones, muchas de ellas confusas y contradictorias. Por mucho que se le insista para que pase página, no puede:

“Otras veces pienso que tengo que perdonarle. Que ha pasado una mala racha y que debo ser generosa con él y pasar página. PERO NO PUEDO!!! Y pienso que soy mala, que debería olvidarlo todo por el bien de todos, pero no puedo.”

En la mayor parte de estos casos, en el abordaje a través de las cogniciones introduciendo la lógica racional para establecer una seguridad de base y/o el trabajo con las emociones para facilitar el duelo traumático no resuelto por las pérdidas que la infidelidad supone, quedan sin procesar las reacciones somáticas como la ansiedad en sus formas clásicas de opresión en el pecho, temblores… o la rabia en su forma fisiológica, aumento del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea, de los niveles de adrenalina y noradrenalina generando así una respuesta de ataque -o huida- por el daño percibido. De ahí las discusiones. Están presentes igualmente otras manifestaciones fisiológicas difíciles de restaurar como las alteraciones del sueño. Resulta harto difícil bajar la activación fisiológica hasta volver a la normalidad solo con el uso de técnicas descendentes que trabajan las creencias y los pensamientos. Se precisa en muchos casos una intervención psicoeducativa por medio de técnicas ascendentes que incidan sobre los procesos fisiológicos de activación.

Tradicionalmente la psicoterapia psicológica ha venido utilizando técnicas descendentes como la sublimación voluntaria y consciente -racional- de las respuestas sensoriomotrices y emocionales. Ante una experiencia perturbadora o descendente de la activación fisiológica, este tipo de intervenciones puede reducir la intensidad, modular el grado de activación o de desorganización. Por ejemplo, ante una vieja discusión sobre el porqué de la infidelidad suscitada a partir de un estímulo ambiental inocuo como una película, puede controlar dicha activación identificando el estímulo y pensando racionalmente hasta bajar el nivel de activación. O puede también hacerlo a través de la distracción, cambiando el foco de atención. Puede igualmente descargarlo decidiendo hacer ejercicio físico. Así pues, la respuesta de hiper o hipo-activación fisiológica “es voluntaria y conscientemente sublimada a través de la actividad física, la descarga conductual, la invalidación cognitiva o la distracción mental” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 84). Estas técnicas descendentes de distracción o descarga no pueden abordar la totalidad del problema, a pesar de poder facilitar un control eficaz y un alivio de la activación (Allen 2001). En estos casos hablamos de control, no de asimilación. Y esto es lo que observamos en el trauma por infidelidad. Las discusiones bucle se suceden tras una hiperactivación fisiológica porque la infidelidad no acaba de ser ni racionalizada y emocionalmente asimilada. En la práctica observamos que cuesta mucho integrar y aceptar este hecho. Así, por ejemplo, una paciente puede entender racionalmente el sentido de la infidelidad en la vida de la persona infiel sin que pueda impedir, tras cualquier desencadenante, el aumento vertiginoso de la activación fisiológica subyacente hasta grados abrumadores. “La experiencia traumática y la activación derivada de los niveles sensoriomotriz y emocional puede ser redirigida a través del control descendente, pero es posible que no haya tenido lugar el procesamiento y la asimilación de las reacciones sensoriomotrices al trauma” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 85).

En el trauma por infidelidad, al igual que muchos otros tipos de traumas, la intervención descendente propio de la psicoterapia sensoriomotriz se utilizará para facilitar el procesamiento de la infidelidaad a través del rastreo “con plena conciencia (…) la secuencia de sensaciones y de impulsos fisiológicos(…) a medida que van progresando a lo largo del cuerpo, y dejar a un lado transitoriamente las emociones y los pensamientos que puedan salir a la superficie, hasta que las sensaciones y los impulsos corporales se resuelvan alcanzando un nivel de reposo y estabilización” (Ibid). La persona en estas circunstancias, podrá “identificar y vivenciar estas reacciones físicamente (procesamiento sensoriomotriz ascendente). El paciente aprende a observar y seguir las reacciones sensoriomotrices que se activaron en el momento del trauma, además de realizar con plena conciencia unas acciones físicas que interrumpan (neutralicen) las tendencias desadaptativas” (Ibid). Para tratara los efectos traumáticos de la infidelidad en los tres niveles de procesamiento resulta importante el abordaje del procesamiento ascendente de las sensaciones, la activación fisiológica, los movimientos y las emociones tanto como el procesamiento descendiente, emocional y cognitivo.

Márgenes de tolerancia

Las personas traumatizadas por la infidelidad suelen oscilar entre dos extremos, sea una hiperactivación o una hipoactivación. En un principio, el shock que suele suponer el conocimiento de la infidelidad, las sumerge en una zona de hipoactivación caracterizada por un embotamiento o entumecimiento de las emociones, una reducción de los movimientos físicos y una disminución de la capacidad para procesar cognitivamente. Una paciente verbaliza este estado explicando que tras enterarse de la infidelidad estuvo como unos seis meses “paralizada” es decir como “congelada”, viviendo en piloto automático sin ser capaz de procesar lo ocurrido. “No reaccionaba”. Una vez “despierta”, pasó casi año y medio -hasta tomar la decisión de dejarlo- en una hiperactivación casi constante. Pero también, tras el shock de la infidelidad y esta etapa de bloqueo, suelen entrar en una zona de hiperactivación caracterizada por un aumento de sensaciones, de reactividad emocional, de hipervigilancia, de imágenes intrusivas y de desorganización del procesamiento cognitivo. Lo más común es que oscilen entre la hiper y la hipoactivación.

Parecen mostrar un margen de tolerancia tan estrecho que se desregulan fácilmente como consecuencia de la activación fisiológica que puede ser desencadenada por casi cualquier estímulo. Por ello, tienen una gran dificultad para procesar la información. Se dice en estos casos que el umbral de respuesta es bajo. En estas circunstancias “el sistema nervioso de la persona se activa con muy poca estimulación” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 90). Dependerá del tipo de estímulos, de la duración, del nivel de activación de la persona, de la experiencia previa y del temperamento (Ibid).

Apego inseguro

Uno de los sistemas defensivos que se ve más afectado en el trauma por infidelidad es el sistema de conexión social (sistema parasimpático ventral), el cual en contextos adecuados nos hace sentirnos fisiológicamente tranquilas, seguras y conectadas socialmente, mientras que en entornos amenazantes genera afectos negativos, distanciamiento y desconfianza. Se trata de un sistema que se activa ante señales de calma y de tranquilidad y se desactiva ante amenazas. Según la teoría polivagal (Porgers, 2018), la rama simpática ventral del nervio vago se corresponde con el sistema de conexión social el cual se activa cuando está dentro de una zona óptima. Además de favorecer las relaciones sociales y la comunicación, este sistema es capaz de activar y desactivar áreas del cortex cerebral, así como el sistema límbico (cerebro emocional) sin que el sistema nervioso simpático intervenga. Este sistema facilita la vinculación en contextos seguros y, por el contrario, dificulta el vínculo en situaciones amenazantes como puede ser la infidelidad. En este concreto contexto, el vínculo con la pareja infiel no suele ser el único que ve comprometido, sino que dicho compromiso se suele generalizar a contextos sociales más extensos.

Las relaciones afectivas en general tienen su base en el sistema de apego o “conjunto de pautas de procesamiento mental de la información sobre la base de las cogniciones y emociones con objeto de crear un modelo de realidad” Crittenden, 1995, p. 401 en Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 117). Son patrones de comportamiento en las relaciones sociales, destacando fundamentalmente tres: seguro, inseguro (evitativo y ambivalente) y desorganizado. Es bastante común que el apego seguro de la persona traumatizada por la infidelidad se transforme en apego evitativo consecuencia del debilitamiento del sistema de conexión social que muchas veces se manifiesta en estados elevados de ansiedad, angustia y pánico. En otras palabras, en situaciones de trauma por infidelidad, la manera de vincularse se ve afectada no solamente en la esfera íntima, sino en la social, pasando, en muchos casos, de una forma de apego segura a formas de apego cuanto menos inseguras o ansiosas. Es como si, en la persona infidelizada, el estilo de apego seguro se vuelve evitativo, ambivalente y/o desorganizado, debido a la vivencia de la infidelidad como trauma de traición o trauma relacional. En este cambio en la forma de apego, es como si dos sistemas de apegos opuestos se superpusieran: por un lado, la búsqueda de proximidad e intimidad relacional y, por otro, toda una serie de reacciones defensivas, normalmente cognitivas, emocionales y sensoriomotrices, dominadas por el ataque -o la huida- despertadas fisiológicamente por la rabia que la infidelidad desencadena. La persona infidelizada busca desesperadamente volver a crear -y creer en- una relación de confianza como la que tenía antes, la cual se ve asediada por miedos y sospechas aprendidos a raíz de la infidelidad, que impiden tener conductas relacionales adaptativas. A la persona infidelizada le resulta imposible vivenciar la pareja como segura y confiable. El vínculo como tal es querido y temido al mismo tiempo, dado que la propia persona que debía proporcionar amor, seguridad y apoyo es la que ha generado un entorno de desamor e inseguridad. La persona infidelizada intenta manejar estados asociados a unos efectos negativos desbordantes, de tal manera que los estados afectivos positivos se ven perjudicados. “Desbordadas por los afectos negativos e impedidos por los recuerdos del trauma, estos pacientes descubren invariablemente que incluso su capacidad de volverse conscientes de sus vivencias placenteras está debillitada” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 139). Se trata de favorecer la vuelta a un apego seguro.

El campo de conciencia

Tiempo después de la infidelidad, las personas traumatizadas por este suceso intentan anticiparse a estímulos que se asemejan al suceso y al contexto, en un intento de controlar lo que en su día les pasó inadvertido. El campo de conciencia de éstas se estrecha, de tal manera que aquellos esfuerzos realizados por la persona infiel para reparar el daño, no son percibidos como tales, e incluso pueden activar reacciones de hiper o hipoactivación. Prácticamente todo les remite a la infidelidad. No ven más allá. Es como si, de repente, toman conciencia de la cantidad de estímulos externos que hacen referencia a la infidelidad: películas, series, conversaciones… además de todos los estímulos internos: como los flashbacks… Ello hace que la persona parezca que está orientada hacia la infidelidad. La persona busca respuestas a lo inefable del hecho. Es como si toda su vida se reduce al trauma. Su “reflejo de orientación”, es decir, su respuesta involuntaria a estímulos novedosos o inesperados, está orientado hacia la infidelidad. Es lo que se llama tendencia de adaptación desadaptativa que incluye: “1) una hipersensibilidad a los pequeños cambios ambientales o internos” (Ogden, Minton y Pain, 2009, p. 153).

La persona infidelizada intenta a posteriori identificar señales que en su momento le pasaron desapercibidas. Repasa todo lo pasado con detalles. De ahí, que quiera saberlo todo sobre la infidelidad, a ver qué se le pudo pasar por alto. “2) una tendencia a orientarse excesivamente hacia estímulos arcaicos relacionados con el trauma” (Ibid). Buscando respuestas, estas personas dolientes tienden a leer y a escuchar todo aquello que hable del tema, a empaparse del fenómeno. Y “3) una incapacidad de discriminar y valorar el contexto de los estímulos, sobre todo en relación con las indicaciones que podrían señalar peligro en determinados contextos, pero no en otros” (Ibid). Si antes no vieron señales de infidelidad, ahora las ven por todas partes y desconfían. Están en alerta continúa y en una actitud de hipervigilancia, ya que no saben por dónde puede volver a venir “el golpe”; ¿Cómo estar segura de que no va a volver a suceder? ¿Cómo verlo ahora en caso de que se vuelva a producir? La percepción y orientación hacia estímulos positivos por parte de la persona que ha sido infiel como dar cariño, cuidados, atenciones… Las propias acciones para reparar el daño generado por parte de la persona infiel pueden orientar a la persona infidelidazada constantemente hacia la infidelidad que intenta “superar”. Todo es susceptible de activar el dolor. Este tipo de respuesta desadaptativa se produce en el cuerpo mucho antes que en la mente. La rabia, el dolor, la tristeza… se amalgaman generando toda una gama corporal de respuestas; el cuerpo se hiper o hipoactiva mucho antes que la mente. De alguna manera el trauma de la infidelidad genera un enquistamiento en un aprendizaje condicionado en el que se asocian estímulos neutros o inocuos con sensaciones de miedo y amenaza. La resultante es una hiper o hipoactivación fisiológica que no deja orientarse a otro tipo de estímulos, quedándose ancladas en la infidelidad, la cual parece reproducirse a cada momento. Se reacciona a la defensiva en vez de manera adaptativa.

Las reacciones defensivas

Si bien las reacciones defensivas tienen una función fundamental de supervivencia, en las personas afectadas por el trauma de la infidelidad, estas reacciones adoptan un giro inadaptado ya que las reacciones defensivas persisten bastante tiempo después. Muchas de las discusiones que se dan en torno a la infidelidad, de alguna manera, se producen porque la persona infidelizada se siente atrapada en una especie de bucle debido a los esfuerzos ímprobos para hacer frente al agente estresor -la pareja-, perdiendo así la capacidad de desprenderse de dicha actitud porque fallan los recursos disponibles a su alcance y, como consecuencia, se sienten cada vez más perturbadas por el tema conforma avanza el tiempo:

“Inma, hay unas cosas que ayer no salieron quizá de manera contundente:

-obligación es la palabra. Obligada a aguantar todo esto, por ello atrapada. Porque no hay un botón mágico que me libere de este sufrimiento. Y estoy enfadada con Ramón por haberme encerrado aquí.”

La repetición de las reacciones defensivas tiene un efecto debilitador, lo que hace que estas personas pierdan su confianza incluso para superar los desafíos más cotidianos.

Continuar en pareja sanando esta herida tiene el inconveniente de que la pareja -y su infidelidad- se percibe como una constante amenaza. Los elementos de defensa, además de las reacciones sensoriomotrices más o menos inconscientes y fijas, incluyen elementos emocionales y cognitivos. ¿Qué ocurre? Que nada de lo que hagan las personas infidelizadas va a poder evitar la infidelidad por lo que no hay una vivencia de alivio y victoria frente a la amenaza ni tampoco una sensación de seguridad y tranquilidad. Nada de lo que hacen puede ya evitarlo. Por ello, muchas de ellas quedan atrapadas en bucles en forma de discusiones y conversaciones que se prolongan en el tiempo, generando saturación en la pareja y una imposibilidad de sanar. No hay posibilidad de “acciones de triunfo” (“acciones acabadas”, y defensas movilizadoras),

sino que se quedan estancadas en la reiteración de determinadas acciones defensivas (discusiones, preguntas incisivas e incesantes sobre el por qué, el cómo pasó, cómo es que no pensó en ella durante el acto…), evocadas en muchas ocasiones por estímulos ambientales anteriormente neutros (una película, una conversación, ciertos lugares…). Y aunque las personas infidelizadas son conscientes de su sobrerreacción a posteriori, no son capaces de modular sus reacciones en el momento en que el “bucle” se inicia tras una inocua detonación. No hay manera consciente de que puedan hacer uso de respuestas alternativas propias de una situación no traumática. Sino que se quedan como fijadas a estas sobrerreacciones, convirtiéndose en respuestas generalizadas. Y lo peor es que estas respuestas se convierten en una reacción omnipresente debido a los intentos de anticipación de una posible futura amenaza de infidelidad. La gran dificultad es que las personas infidelizadas no han podido siquiera poner en marcha reacciones defensivas que pudieran garantizarles de nuevo la seguridad en el momento en que la infidelidad tuvo lugar. De ahí que se quedan traumáticamente expuestas a sus reacciones defensivas, aparentemente incontrolables. Se ven superadas por el acontecimiento, así como por sus propias reacciones vividas como ajenas. Se sorprenden gritando, chillando e incluso pegando. “Las reacciones traumáticas tienen lugar cuando ninguna acción sirve de nada” (Herman, 1992, p. 34).

En la mayor parte de estos casos, una de las acciones que ha quedado incompleta es la separación:

“Quiero separarme, pero cuando pienso en cómo les va a cambiar la vida a mis hijos, me freno. Ellos no entenderían una separación sin una explicación. Y a ver cómo les dices que su padre se ha ido con otra. Pueden reaccionar de cualquier manera, desde volverse contra él a volverse contra mí por no perdonarle. Porque él llorar iba a llorar y me se iba a arrodillar lo que hiciera falta. En cualquier caso, problemas muy muy serios. Me da miedo todo eso.

Y pienso en mi madre. No se merece un disgusto así. Y mis suegros? Se les caería la venda de los ojos, su hijo perfecto!”

Bien que una separación temporal puede ayudar a procesar lo ocurrido, evitando reacciones postraumáticas que enquisten el trauma, la propia solución puede verse tan amenazadora de una nueva infidelidad que es descartada casi de inmediato. Las discusiones pueden incluso verse como un intento de pegar aquello que está separado, la pareja, cuando el cimiento del amor no es capaz de unir. Es importante precisar, que la pareja en terapia por infidelidad, prácticamente hasta el final estará oscilando en los diferentes niveles del procesamiento. Mientras que la persona infiel ha tenido tiempo para, al menos parcialmente, procesarlo durante la infidelidad, la persona infidelizada comienza su proceso cuando lo sabe. Y tendrá que recorrer todo un camino para poder procesar lo ocurrido.

Tenemos que tener en cuenta que el abandono total o parcial de la vida cotidiana no deja de ser una reacción normal ante la situación traumática de infidelidad. Se inician toda una serie de cambios fisiológicos, comportamentales y cognitivos tras conocer el hecho en sí. Tras un período inicial de shock, de duración variable, comienza todo el proceso de asimilación, acercándose así, al proceso de duelo (Jauregui, 2022). Y es que “el trauma trae inevitablemente consigo una pérdida.” (Herman, 2004, p. 289).

Las estrategias defensivas que parecen primar en el procesamiento de la infidelidad por parte de la persona infidelizada es el sistema de conexión social y de apego, junto con los otros subsistemas defensivos como el ataque en tanto que defensa de movilización, o como el bloqueo, la depresión y la ansiedad, en tanto que defensas de inmovilización. De ahí la necesidad de hablar con la pareja de lo sucedido una y otra vez en profundidad. Estas personas parecen tener la necesidad de poder descubrir los desencadenantes de la infidelidad, para que no les vuelva a pillar por sorpresa si ocurriera de nuevo. El sistema de apego suele también activarse en la demanda de ayuda, ya sea la de un profesional, ya sea la de algún familiar o amistad. También en buscar información sobre el tema. Se suelen igualmente desencadenar defensas como el ataque a través de discusiones o implosiones somáticas en forma de tensiones y dolores diversos como cefaleas… También están las defensas de inmovilización como la resignación o la depresión, o el hacer como si el evento no ha ocurrido.

Se suelen intensificar las respuestas de orientación, es decir, aquellos estímulos estrechamente relacionados con la amenaza de -una nueva o próxima- infidelidad. La persona así se muestra en alerta e hipervigilante para poder procesar lo que no se pudo anteriormente y valorar posibles futuras infidelidades.

La recuperación de la pareja suele ser difícil porque no se llega fácilmente a sentir que la amenaza de infidelidad se ha ido. Por ello, se alternan momentos de activación y reacción por encima o debajo del umbral… con momentos de calma. Pauta descrita por muchas pacientes como “montaña rusa”, lo que da como resultado una vivencia de desorganización e impotencia por no poder salir de ese círculo.

Una de las reacciones que llama la atención, en algunos casos en particular es que la persona infidelizada estaba pensando en dejar la relación poco antes de “enterarse” de la infidelidad. Y, sin embargo, tras producirse la infidelidad, pone todo su empeño en conseguir sacar la pareja adelante. En otras ocasiones, la pareja ya estaba separada o en trámites de separación, y tras la infidelidad, reinician la relación. Es como si la infidelidad hubiera hecho emerger un estilo de vinculación ansiosa o un apego ansioso-preocupado, predominado por el miedo al abandono, la angustia y la ansiedad de separación. En este sentido, estas personas dudan de su valía, sobre todo en lo que concierne al cuerpo y la sexualidad, se auto inculpan por lo ocurrido, muestran una baja autoestima… de manera que buscan en la pareja una especie de confirmación. Aparecen así elementos propios de una relación tóxica o lo que Ximena Márquez (2005) llama pareja irrompible. “Se encuentran en un círculo vicioso que fluctúa entre dos polos: unión y separación” (p. 29), mostrando una cierta dependencia emocional, inestabilidad, incertidumbre y ambivalencia. Es como si la persona infidelizada no pudiera hacer el duelo de la relación que fue. No logra desidealizar e integrar los aspectos buenos y malos de la relación y del cónyuge. Recordamos aquí la diferencia que estableció Freud entre duelo y melancolía. En esta última, hay una reacción de pérdida del objeto amado, la pareja, que suele ser más ideal que real:

“Nunca pensé que sería capaz de esto”, “Lo escogí porque no tenía un perfil de persona infiel”, “Si lo hubiera sabido, no me caso con él”.El sujeto no ha muerto, pero ha quedado perdido como objeto erótico” (Márquez, 2005, p. 39).

Conclusión

La infidelidad vivenciada como trauma cambia profundamente a las personas; hay un antes y un después. Incluso tras la “superación”, nada vuelve a ser igual.

“Lo que más me preocupa es que me he vuelto desconfiada. No confío ya en que haya gente con principios sólidos, nada es inamovible. He perdido la fe en la gente. Y no hablo a nivel de pareja, sino de mi familia, mis hijos, mis amigos…Ahora todo el mundo me parece impredecible. Esa confianza en mi intuición que siempre me ha guiado en las decisiones a tomar con las personas y que me había funcionado bastante bien hasta ahora y me daba seguridad en mi vida se ha venido abajo.”

La aceptación de la infidelidad con sus efectos irreversibles y las pérdidas generadas forman parte del proceso de integración, en algunos casos largo y costoso.

Lo traumático de la infidelidad parece radicar en la imposibilidad de una defensa, a partir de lo cual, el sistema de autodefensa se ve desbordado y la persona infidelizada queda desorganizada.

El factor más habitual del trastorno de estrés postraumático tras la infidelidad suele ser la persistencia. Factor de permanencia muchas veces por falta de un abordaje corporal, mental y cerebral que permita salir del bloqueo fisiológico o de la hiperactivación.

La experiencia traumática de la infidelidad, como cualquier otra de esta índole, se traduce en reacciones sensoriomotrices como imágenes, sonidos, olores, sensaciones corporales intrusivas, dolores físicos, síntomas somatomorfos, entumecimientos, shock…

Gran parte de la narrativa infiel incluye una vivencia corporal dolorosa en tanto que vivida en ocasiones como ajena a la propia personalidad y generadora de gran sufrimiento, por lo general obviada.

Los modernos hallazgos científicos por parte de la neurología y la neuropsicología muestran claramente la importancia del cuerpo y todo lo que ello implica a nivel sensoriomotriz, en la génesis, desarrollo y procesamiento de las emociones y cogniciones; incluso en la búsqueda de sentido al sinsentido traumático que la infidelidad puede significar.

Notas

1. @Inmaculada Jauregui Balenciaga.
email: inmajauregui@gmail.com
www.psicologiajauregui.com

2. Respuestas pobremente moduladas que dificultan la capacidad de gestionar y controlar las emociones, en gran medida, por una falta de conciencia y de estrategias para manejar esa situación, con lo que tienden a intensificar dicho estado a través de pensamientos obsesivos o rumiantes, una preocupación ansiosa y una negación de los sentimientos.

3. “It is the subjective experience of the objective events that constitutes the trauma…The more you believe you are endangered, the more traumatized you will be…Psychologically, the bottom line of trauma is overwhelming emotion and a feeling of utter helplessness. There may or may not be bodily injury, but psychological trauma is coupled with physiological upheaval that plays a leading role in the long-range effects”.

4. Proceso por el cual la persona infidelizada decide seguir en pareja y “superar” este acontecimiento sin romper la pareja.

5. Procesamiento del flujo de información de niveles inferiores -cerebro reptiliano y límbico- a superiores -neocortex.

6. Procesamiento del flujo de información de niveles superiores -cortex- a niveles inferiores -sistema límbico y reptiliano.

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