Salud mental y menopausia

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación (Ph.D.) | Posgrado en psicoeducación (M.Sc.) inmajauregui@gmail.com

Iris Pasamón Gonzalo
Educadora Social
irispasamon@gmail.com

Resumen

Al abordar la salud mental en el período vital de la menopausia, surge la necesidad de abordar este fenómeno desde una mirada reflexiva. Tomando como punto de partida el significado de los conceptos salud mental y menopausia hemos querido despejar algunos de los sesgos que nublan la comprensión de esta etapa evolutiva en las mujeres. El análisis de los conceptos resulta ser elementos fundamentales en cualquier explicación científica lo mismo que la epistemología permite orientar la mirada al darnos un marco crítico desde donde ver cómo se construye este conocimiento relativo a la salud mental y la menopausia.

Abstract

When addressing mental health during menopause, a reflective approach is necessary. Starting with the meaning of the concepts of mental health and menopause, we aim to clarify some of the biases that cloud our understandings of this developmental stage in women.

Analyzing these concepts is fundamental to any scientific explanation, just as epistemology provides a critical framework for understanding how knowledge about mental health and menopause is constructed.

Introducción

Este ensayo se apoya en una metodología cualitativa basada en el análisis del discurso, abordando textos relevantes de disciplinas como la psicología, la sociología, la medicina y los estudios de género. A través de esta mirada, buscamos comprender cómo se construyen los significados sociales y culturales sobre la salud mental en la menopausia y cómo estos discursos pueden reproducir o desafiar relaciones de poder, sesgos epistémicos y representaciones culturales.

Este enfoque analítico de los discursos que circulan a nivel social se ha constituido como un objetivo importante y con tendencia alcista en las ciencias sociales y humanas. Esto tiene que ver con la valoración epistémica, esto es, aquellos valores internos del conocimiento científico que lo dotan de rigor, de acuerdo a la capacidad para acercarnos a la verdad y que, en consecuencia, caracterizan a una investigación como buena o correcta.

Dicho análisis nos ha llevado a evidenciar la distancia que hay entre los avances que se van haciendo en cuanto a la menopausia en relación a la salud mental y las ideas míticas que a día de hoy se siguen divulgando al respecto. Nos llama la atención la focalización biológica de ambos fenómenos, así como la cantidad de creencias, sesgos, y prejuicios que no llevan sino a una mayor confusión. La falta de rigor en cuanto a los conceptos finaliza en una desinformación que no hace sino invisibilizar los problemas reales de la tanto de la salud mental como de la de la menopausia, así como agudizar el sufrimiento sintomatológico de dicho síndrome.

Comenzamos por una revisión epistemológica desde donde se posicionan las teorías relativas tanto a la menopausia como a la salud mental, para así clarificar las miradas desde las cuales se enfoca la práctica clínica. Así mismo abordamos los procesos de medicalización, desinformación y reduccionismo diagnóstico que afectan la salud mental en la menopausia, ambos conceptos imbuidos de una pseudo-cientificidad, a través de la cual se difunden creencias incompatibles con el método científico, evidenciando factores, como el sesgo de género, que impiden una mirada fenomenológica tanto de la salud mental como de la menopausia. Hemos querido hacer una somera revisión, haciendo hincapié en los factores socio-culturales de la cuestión resaltando su carácter de construcción, llegando a la conclusión de que ambos fenómenos tienen más de ideología y de política más que de ciencia.

Con todo ello llegamos a la conclusión de que la menopausia es una construcción cultural estigmatizante.

En salud mental, lo que parece teoría suele ser ideología disfrazada de ciencia. Bajo esa máscara, se construyen diagnósticos, se prescriben tratamientos y se define lo que se debe entenderse por bienestar. La epistemología cuestiona los criterios desde los cuales el conocimiento se construye, para evitar sesgos y poder llegar a un conocimiento científico.

Una de las cuestiones básicas en salud mental [1] es que ésta es definida a partir de teorías (y técnicas) como la humanista, la conductista (cognitivo-conductual), la psicoanalítica o la sistémica que no constituyen verdades puras. De esta manera parece que la teoría nos está posicionando científicamente con respecto a la clínica, aunque en el fondo se corresponden con cuestiones ideológicas. La epistemología, contraria a la ideología, estudia el conocimiento, transformando el prejuicio en juicio (Arendt, 2007). Se trata de suspender las creencias e ideas preconcebidas para así poder evaluar los hechos particulares en su singularidad y crear un juicio; llegar al conocimiento evitando que los sesgos y la ideología dicten la realidad. Así pues, una de las cuestiones fundamentales a la hora de hablar de salud mental será saber el modelo epistemológico desde el cual hablamos. Esto es, un marco conceptual que nos ayuda a comprender cómo funcionan las cosas o cómo se relacionan entre sí (Johnson-Laird y Wason, 1970).

Existen, en líneas generales, dos tipos de modelos epistemológicos: el objetivista que asume una realidad externa al sujeto (Koyré, 1973) y, otra subjetivista que concibe la realidad como co-construida (Mahoney, 2005). Según nos decantemos por uno u otro modelo, pondremos un foco u otro a la hora de conocer cualquier fenómeno y de intervenir en ello (Martín y Colina, 2022). Cambia radicalmente la manera de mirar, diagnosticar y acompañar.

Mientras el objetivismo entra en la mente humana como si realizara una endoscopia, el subjetivismo se sienta a conversar desde el respeto y el cuidado. Lo que está en juego no es sólo una técnica, sino una ética del encuentro.

Desde la lógica objetivista, en salud mental lo que importa es el diagnóstico. El síntoma, base del diagnóstico, es un defecto, una disfunción, algo que hay que extirpar; un trastorno que hay que tratar, ya que representa una alteración de la normalidad. El síntoma no debe estar. Por ello, se ha rectificar. Sólo le ve el carácter destructivo (Ibid.). El diagnóstico se convierte en una verdad incuestionable, y el profesional, en su ejecutor. El paciente queda desposeído de voz, de contexto y de responsabilidad: es un objeto sobre el que se actúa. Bajo este modelo, la enfermedad mental se equipara a una dolencia como la diabetes, y su tratamiento se reduce a una cuestión farmacológica. Esta visión, que restringe lo humano a lo biológico, perpetúa una lógica de control: el profesional sabe, el paciente obedece (Ibid.). Bajo esa premisa se construyen afirmaciones como que las enfermedades mentales son hechos naturales; están en la naturaleza —y en los genes— (Samaniego, 2016). De esta manera confunden la realidad humana con la natural (Jauregui, 2001). Así, se entiende que son alteraciones de la normalidad, desordenes orgánicos. En consecuencia, el profesional sabe mejor que el paciente lo que le ocurre y adquiere —se le cede— el poder de quitárselo. El paciente, convertido en objeto irresponsable, es en consecuencia, impredecible y peligroso, se ve incapacitado para cambiar, teniendo que ser el profesional, que es quien controla, quien ejecute el cambio. Eso convierte a la salud mental en una forma de control social.

Este enfoque tiene unas connotaciones morales puesto que postula valores y principios universales y objetivos independientes de la cultura, a partir de los cuales se determina lo que es correcto o incorrecto, normal o anormal, saludable o enfermizo,

La lógica subjetivista nos brinda otra posibilidad: comprender el síntoma desde el lenguaje, en tanto que estrategia; como una forma, a veces tosca, a veces brillante, de sostenerse en medio de un contexto hostil o disfuncional. Desde esta mirada, no hay enfermedades mentales como hechos naturales; hay malestares humanos que responden a condiciones relacionales, sociales, culturales y políticas (Martín y Colina, 2022). El síntoma, entonces, no es el problema, sino la solución que la persona ha encontrado frente a un dolor. En lugar de preguntarnos “¿qué tiene?”, nos preguntamos: “¿qué le pasó?”, “¿qué le falta?”, “¿cómo ha sobrevivido?”. Se habla de la función que cumplen los síntomas para generar una homeostasis dentro de un sistema disfuncional. El síntoma se convierte en un mecanismo de defensa al ser una manifestación inconsciente, permitiendo distorsionar la realidad para protegerse de una situación dolorosa. Se admite la parte destructiva del síntoma, es decir su coste, pero en tanto que construcción, también se considera la función positiva. El síntoma construye tanto como destruye (Martín y Colina, 2022). La persona ha necesitado elaborar esa táctica defensiva -estrategia- para revertir o compensar su situación y así mantenerse en equilibrio. Este en realidad se trata más bien una construcción de sentido (Watzlawick y Ceberio, 2008). Y en consecuencia nos vamos a preguntar por el contexto en el cual surge.

Siguiendo una línea argumental, no existe la normalidad o anormalidad, es decir, no hay gente loca y gente cuerda. No hay una salud mental independientemente de un contexto, y en esto la epigenética nos lo ha dejado bien claro. La práctica clínica deja de ser una tecnología de corrección para convertirse en una práctica de sentido. No se trata de quitar lo que duele, sino de comprender por qué duele, para qué, qué está intentando decir, qué sentido tiene. Es ahí donde la salud mental se vuelve inseparable de la política, del lenguaje, del vínculo, de la narrativa, del sentido. Donde la subjetividad se convierte en el terreno más fértil para una clínica verdaderamente humana. La salud mental aparece bajo esta perspectiva, intrínsecamente ligada a cuestiones culturales, sociales, económicas y políticas; no es una mera cuestión biológica.

Sobre el concepto de salud mental, resulta necesario partir de una constatación incómoda: no existe una definición única, consensuada, estable. La salud mental escapa a los intentos de objetivación científica; desliza su significado entre discursos médicos, filosóficos y sociales, y adquiere matices distintos según la perspectiva desde donde se analice. Esta indeterminación revela su carácter ideológico. Como sostiene la epistemología, lo que entendemos por salud mental es inseparable del marco simbólico, cultural y político en el que se inscribe.

A grandes rasgos, podemos identificar dos grandes tradiciones desde las que se ha pensado la salud mental. Por un lado, la tradición ética o filosófica para la cual se trata de la salud del alma —que podríamos rastrear desde la antigüedad (Silva, 2024), con Platón y Aristóteles, pasando por el autoconocimiento de Sócrates, la gestión de emociones del estoicismo, la existencia en sí misma y la búsqueda de una vida plena, hasta autores modernos como Viktor Frankl y la búsqueda de sentido— y que, en psicología, encuentra eco en los modelos humanistas, psicodinámicos y sistémicos. Para esta tradición, el diálogo resulta fundamental y la conversación es la principal herramienta del cambio. Desde esta mirada, la salud mental se ha entendido como la capacidad de desplegar el propio potencial, de vivir en coherencia con uno mismo, de hacerse cargo de la propia existencia, de conocerse a sí mismo, de gestionar las emociones. Aquí, el sufrimiento no es necesariamente signo de enfermedad, sino a veces señal de autenticidad, intrínsecamente ligado a la propia condición humana. Una vida que duele no es por ello patológica: puede ser profundamente humana.

En el enfoque humanista, la salud mental se vincula con la autorrealización, entendida como el proceso de actualización del potencial interno del sujeto (Maslow, 1982). La persona sana es aquella que puede vivir su vida, desde la conciencia de sus necesidades profundas y en sintonía con su tendencia natural al crecimiento y al desarrollo. Es un paradigma existencial, centrado en la experiencia subjetiva, la libertad, el compromiso y la responsabilidad. En este marco, síntomas como la tristeza o la ansiedad no se erradican: se escuchan, se interpretan, se acompañan.

Desde el psicodinámico, implica hacer consciente lo inconsciente, evidenciando así conflictos internos y contradicciones, evocadas a través de la palabra (Freud, 1982). El síntoma se concibe como un significante que habla, como una vía de acceso a lo reprimido. Aquí, la salud mental implica poder narrarse, reconfigurar el relato de las personas, resignificar la historia propia.

Y desde lo sistémico, se comprende la salud o la enfermedad como resultado de dinámicas relacionales: lo que parece individual suele tener raíces vinculares (Minuchin, 1994). Por ello, se interviene sobre los patrones de comunicación, sobre los roles y mandatos que atraviesan a los sujetos en sus vínculos. Lo importante de este enfoque es que la salud mental, no es un estado individual aislado sino como resultado de la interacción dentro de los sistemas relacionales y de comunicación como la familia, la escuela, etc. La salud mental se verá influenciada por las dinámicas, patrones y roles dentro de estos sistemas, por lo que el foco terapéutico será comprender e intervenir dentro de los sistemas para promover un cambio, fundamentalmente de segundo orden [2] (Watzlawick, Weakland y Fisch, 1995).

De todas estas corrientes, emerge una concepción político-social de la salud mental que se ha hecho cada vez más presente en los últimos años. Este enfoque desplaza la atención del individuo aislado hacia el contexto. Lo mental no es un ente aislado, sino una respuesta contextualizada en unas determinadas estructuras socioeconómicas, culturales y políticas. El malestar se entiende aquí como expresión de un orden social desigual: su medicalización no lo erradicará si entendemos que tiene bases estructurales. La salud mental se vuelve entonces un problema de justicia, de derechos, de ciudadanía. Se habla de condicionantes sociales, de desigualdad, de discriminación. También de resiliencia, de empoderamiento, de redes comunitarias y de capital simbólico. En este paradigma se apoyan la medicina social, la sociología crítica, la antropología y en general, la tradición de las ciencias humanas. Igualmente se sitúan en ella la epigenética, la epidemiología, gran parte de la neurociencia (con todo lo relacionado con los estudios sobre el estrés, el trauma, etc.), así como la medicina comunitaria (programas estatales, asociaciones ciudadanas, etc.), propuestas de intervención comunitaria, dispositivos de escucha colectiva y de autoayuda, talleres educativos, políticas de prevención, promoción del bienestar y grupos de investigación, a partir de los cuales resuenan en nuestras mentes conceptos como resiliencia, empoderamiento, calidad de vida, estrés psicosocial, factores de riesgo, capital social, capital relacional, etc. Es desde estos enfoques que salen todas las críticas al individualismo y al sistema económico vigente; se barajan conceptos como alienación, desigualdad, pobreza, discriminación, entre los más escuchados. Se enfatiza la acción más que la teoría en ciertos de estos sectores. Desde esta perspectiva se pone el acento en la salud pública y de ello concretamente, en la prevención y promoción de esta, apoyándose en la epidemiología y en otras vertientes más críticas de la medicina como la medicina social y la tradición de las ciencias humanas. La salud mental, desde esta óptica, no puede desligarse de las condiciones materiales de existencia. No se trata sólo de tener bienestar emocional, sino de poder vivir con dignidad. Lo que se ha denominado como paradigma biopsicosocial. Como bien señalan Restrepo y Jaramillo (2012), el bienestar psicológico está íntimamente vinculado a la justicia social. Y esto interpela al sistema: si el contexto enferma, no podemos responsabilizar únicamente al individuo por su sufrimiento.

En contraste con esta mirada, pervive una concepción más tradicional, ligada a la medicina clínica hegemónica y al modelo cognitivo-conductual en psicología, como resultado del divorcio con la filosofía (Marinoff, 1999). El foco estaría puesto en la normalización y adaptación de los sujetos al entorno social. Para esta corriente alguien sano es alguien útil y funcional. En este contexto y de manera implícita, la salud mental es equiparada a normalidad y ésta a funcionalidad. El sujeto sano es aquel que se adapta, que produce, que no desentona. Como lo explícita Erik Fromm (1994), la salud mental es entendida como la adaptación a las formas de vida de una sociedad determinada, poco importa si esta sociedad está cuerda o loca. En este sentido para tener una salud mental se trataría de hacer los ajustes y las correcciones necesarias para una mejor adaptación al medio.Hoy en día estos enfoques han derivado hacia la felicidad como el culmen de la adaptación. Una vida correcta y una mente sana produce un sujeto feliz. En este sentido adaptación y felicidad serían criterios de salud mental (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). Y por supuesto, lo inadaptado o disconforme serían indicios de problemas de enfermedad mental, desde donde se entienden que emociones y estados tales como la tristeza, la ansiedad, la depresión, la infelicidad, la pena, el duelo… tienen que erradicarse a través del desarrollo del pensamiento positivo.

Lo paradójico del concepto de salud mental resulta ser la imposibilidad de definirla y conceptualizarla en términos científicos ya que, al parecer se escabulle de la objetivación y medición (Bautista, 2024). Los términos en la que se define resultan ser ambiguos y dependientes del contexto, particularmente biomédico. El uso de este concepto resulta cuanto menos controvertido porque, aunque se asume como un constructo científico sólido, no posee validez científica debido a su imprecisión o indeterminación, a su alto grado de subjetividad y a su susceptibilidad a sesgos y manipulaciones ideológicas y políticas (Ribes, 2023). Dicho esto, prácticamente la ciencia al respecto cae por su propio peso, porque si no es posible definir la salud, es imposible definir la enfermedad mental, y su utilización releva más de mito (Szasz, 2008) y de ideología (Szasz, 2000) que de realidad científica.

Por ello, nos vemos obligadas a inferir semióticamente y a través de análisis de discurso lo que se entiendo por salud mental a partir de las definiciones de enfermedad mental o trastornos mentales. En otras palabras, al igual que en la fotografía, extraemos la imagen del negativo, la salud mental será inferida a partir del negativo de la enfermedad mental. Así, por ejemplo, si la enfermedad mental tiene como núcleo la alienación, la salud mental será la recuperación de la identidad propia, la cercanía con lo propio, el vínculo consigo mismo. Si la enfermedad mental es concebida como disfunción, la salud mental será la funcionalidad, es decir, recuperar la función; desempeñar de nuevo una función para la cual el humano está hecho. Recuperar la armonía, el equilibrio. eso será la salud mental. Y así, podemos seguir añadiendo: si entendemos la enfermedad mental como desadaptación, la salud mental será la adaptación. Si la patología es desconexión, la salud será la integración. Si tener problemas de salud mental es sufrir, es decir, soportar una carga o un peso, la salud mental será dejar de soportar o tolerar dicha carga; liberarse de esa carga tras poder narrarlo, simbolizarlo, encontrarle sentido. La salud mental, entonces desde esta óptica, no se entendería como un estado, sino como un proceso. No es una meta, sino un movimiento.

No obstante, siempre habrá algo de inefable, algo que se escapa a su definición primeramente porque es del orden de la experiencia. Y no una experiencia cualquiera, sino una experiencia, como dicen Diderot, Leriche y Valéry, silenciosa y privada (Canguilhem, 2004). Y, porque en el fondo la salud mental remite a un asunto político.

La importancia del cerebro en lo relativo a la salud mental en la menopausia.

Haciendo un inciso en esta disertación, no podemos pasar por alto al hablar de la salud mental en la menopausia del relativamente reciente descubrimiento del cerebro. La neurocientífica Lisa Mosconi (2025) afirma que la menopausia es una transición en donde el cerebro es el protagonista. Este descubrimiento permite abrir una grieta en la mirada hegemónica. Algunas investigadoras en esta línea han demostrado que esta etapa supone una profunda reorganización cerebral: cambios en la estructura, la conectividad y la química del cerebro (Ibid.). A pesar de la evidencia del papel crucial de las hormonas sexuales en el funcionamiento cerebral, ello no logró desplazar la visión fragmentada y reduccionista de la medicina hegemónica, que sigue considerando el cuerpo femenino como una máquina reparable por piezas. Sigue predominando la narrativa del déficit hormonal. Paradójicamente, “se acepta” la importancia de las hormonas sexuales para la salud cerebral, pero la medicina considera “casi” iguales todavía los cerebros masculino y femenino. La menopausia continúa siendo abordada desde una lógica ginecológica sin conexión con la salud cerebral: “la menopausia es territorio exclusivamente ginecobstétrico” (Ibid., p. 36.). Esta neurocientífica denuncia que esta desconexión ha desembocado en lo que ella denomina “la medicina del bikini” que no es otra que aquella de la que se ocupa de aquellas partes “que se encuentran bajo los contornos del bikini” (Ibid., p. 37), ignorando la complejidad del resto del organismo, en especial el cerebro. Se sabe científicamente que conexiones entre el aparato reproductor y el cerebro, no obstante, tampoco es que se le conceda mayor atención ni se investigue. El cerebro de la mujer parece pasar de ser deficiente a ser invisible. Es un hecho científicamente demostrado que las hormonas sexuales son importantes para la salud cerebral, pero no se investiga más a fondo. Y ello, se justifica, justamente, a nivel hormonal, pretextando que las hormonas femeninas pueden “confundir los hallazgos empíricos” (Ibid., p. 38). Se nos ha enseñado a temer a nuestras hormonas y a dudar de nuestro cerebro. En definitiva, no se escuchan los relatos de las mujeres, ni se toman en serio su experiencia para comprender el sentido de sus síntomas. Como recuerda Valls (2020), muchas mujeres no saben ponerle nombre a lo que sienten porque han sido expropiadas de su propio saber. Fragmentadas entre especialistas, patologizadas en sus emociones, terminan desconectadas de su cuerpo y de su deseo. La salud mental, en este sentido, no es sólo la ausencia de síntomas, sino la posibilidad de habitarse con sentido.

El sesgo androcéntrico de la medicina ha contribuido a relegar el estudio del cerebro femenino, particularmente en relación con la menopausia. La mayoría de los estudios neurológicos se han basado en muestras masculinas, perpetuando la invisibilización de procesos que afectan de forma específica a las mujeres. Las consecuencias de esta omisión son graves tanto a nivel de la salud mental como física: se sabe que la transición menopáusica está asociada a un mayor riesgo de desarrollar enfermedades como el Alzheimer, trastornos autoinmunes o accidentes cerebrovasculares (Ibid.). No se trata de establecer relaciones causales, pero sí de reconocer que los cambios hormonales suponen una carga sistémica que requiere atención, investigación y estrategias preventivas integrales. No se trata de minimizar los síntomas con hormonas de sustitución, sino de prevenir que esos síntomas acaben en enfermedades crónicas graves. Es fundamental “una comprensión más inclusiva y completa de los aspectos neurológicos de la menopausia” (Mosconi, 2025, p. 44). Toda esta discriminación que se traduce en términos de ingresos, de poder, de representatividad, de atención médica, hace que la salud física y mental de las mujeres corra serios y graves riesgos. La medicina no se lo toma en serio.

Insistimos: los síntomas de la menopausia no se limitan a los aspectos ginecológicos; incluyen manifestaciones neurológicas de gran relevancia clínica. Sofocos, alteraciones del sueño, niebla mental, cambios de ánimo, ansiedad o fatiga son expresiones de la profunda reorganización cerebral que ocurre durante esta etapa. Muchos de estos síntomas tienen origen en el cerebro, no en los ovarios. Y, sin embargo, suelen minimizarse o tratarse de forma sintomática, sin indagar en sus causas ni en su función adaptativa. Este desconocimiento tiene consecuencias: algunas investigaciones vinculan los sofocos, por ejemplo, con alteraciones en la sustancia blanca cerebral, lo que debería activar una vigilancia más cuidadosa sobre la salud cardio-cerebral de las mujeres menopáusicas (Mosconi, 2025).

Se puede fácilmente deducir que el principal foco de estudio debieran ser los efectos menopáusicos relacionados con el cerebro: alteración de la temperatura corporal, estado de ánimo, patrones de sueño, niveles de estrés, libido y capacidad cognitiva. Y también otros síntomas neurológicos como los mareos, la fatiga, los dolores de cabeza y migrañas, pánico, sensación de descarga eléctrica. Todos ellos no se originan en el ovario sino en el cerebro. Este tipo de síntomas, según las insuficientes investigaciones realizadas, tienen mayor importancia de la que se les da, pudiendo correlacionar con mayores riesgos de desarrollar enfermedades cardiacas como es el caso de los sudores nocturnos, los cuales se han asociado a la aparición de lesiones en la sustancia blanca del cerebro en les que están contenidas las fibras nerviosas encargadas de las conexiones interneuronales. En otras palabras, hay que prestar atención a estos síntomas que son bien reales y que, de no hacerlo, pueden convertirse en un problema serio de salud. Se debe prestar mayor atención al estado de salud cardiaca y cerebral de la mujer que experimenta este tipo de sofocos (Ibid.). Los síntomas anuncian cambios estructurales en la química cerebral. Los sudores nocturnos, comúnmente subestimados, han sido vinculados con lesiones en la sustancia blanca del cerebro, precisamente donde se articulan las redes neuronales que sostienen nuestra experiencia consciente. Y, sin embargo, seguimos sin mirar allí.

De todo ello se deriva el imperativo categórico [3] de tener en cuenta la conexión cerebro-ovarios a través del sistema neuroendocrino, una red que conecta el cerebro con los ovarios y el sistema hormonal, a través de rutas: eje hipotalámico hipofisiario-gonadal, y de la red cerebral regulada por los estrógenos (sistema límbico, hipocampo, amígdala cerebral, corteza cingulada y precúneo, corteza prefrontal). En consecuencia, “la salud de los ovarios está estrechamente vinculada a la del cerebro y la salud del cerebro está vinculada a la salud de los ovarios” (Mosconi, 2025, p. 102). Ovarios y cerebro están estrechamente vinculados por mucho que el sistema médico se empeñe en separarlos e invisibilizarlos. Ya solo sabiendo que los estrógenos son el combustible del cerebro femenino, se entiende perfectamente toda la cascada tan bárbara de efectos cerebrales. Entendemos la confusión e incluso el pánico al faltarle el combustible. Entonces el cuerpo y el cerebro que son muy sabios, alteran lo necesario para seguir obteniendo combustible y de ahí tantos cambios. Y lo alteran en muy poco tiempo. El cuerpo tiene sus formas de mantener o de crear en estos casos un nuevo equilibrio sin forzarlo a seguir fabricando algo que naturalmente ya toca a su fin. No estamos educadas para este cambio, ni la medicina lo contempla en su complejidad. Necesitamos una psicoeducación centrada en el cuerpo femenino en esta etapa, especialmente en su dimensión neurocognitiva. El cuerpo está ocupado haciendo frente a las consecuencias de la caída en la producción de ciertas hormonas y por ello, de manera urgente, tiene que ir por prioridades, dejando de lado los mecanismos de defensa habituales. Eso genera cambios bruscos en la química y metabolismo cerebrales provocando así los síntomas menopáusicos que conocemos. Aunque este cambio probablemente no sería tan brusco si viviéramos más conectadas a nuestro cuerpo de lo que estamos habitualmente. Si este enfoque psicoeducativo tuviese lugar, la salud (mental) de las mujeres sería mejor y nos daría un mayor control sobre nosotras mismas. La medicina ha ido expropiando gradualmente la salud (Gérvas y Pérez-Fernandez, 2020).

A pesar de que el cerebro femenino ha sido muy poco explorado, la escasa investigación indica que las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres son profundas (Brizendine, 2006), particularmente en lo que respecta a las hormonas sexuales. Diferencias no solo estructurales, sino químicas, genéticas, hormonales y funcionales. Los cambios cerebrales que se producen en este período evolutivo afectan a una amplia variedad de funciones (Ibid.). Pero muchos de sus efectos “tienen un tiempo de duración limitado” (Freixas, 2024, p. 72). En efecto, en la menopausia, el cerebro femenino reacciona, se adapta y busca nuevas formas de equilibrio. Justamente por ello, conviene precisar, no obstante, que muchos efectos de la menopausia son transicionales. Ahora bien, la reorganización cerebral que se produce durante la menopausia no es solo biológica. Se trata de una transformación del mapa emocional, relacional y subjetivo. Esta etapa evolutiva requiere de una nueva narrativa, como en este caso la neurocientífica, la cual no la reduce a un déficit. En cierto sentido, la menopausia y todo lo que ello conlleva se asemeja a un despertar, el cual parece alterar la visión química del mundo que se tenía hasta entonces y ello, porque lo que había sido hormonalmente prioritario para ellas, también cambia. Una visión químicamente cambiante (Ibid.). La menopausia, cerebralmente entendida, parece ser una transición hacia un nuevo estado hormonal.

El conocimiento neurocientífico apenas ha explorado esta transición. En este sentido, las mujeres que atraviesan la menopausia siguen siendo invisibles para la medicina (Valls-Llobet, 2020). El sesgo es claro: se diagnostica mal, se medicaliza lo natural y se recetan psicofármacos ante síntomas que muchas veces son respuesta legítima a un proceso vital. Lo implícito de esta situación es que lo máximo a lo que la mujer puede aspirar es a sobrevivir la menopausia, sin tener en cuenta que la enorme plasticidad cerebral desplegada en esta etapa de vida, supone el desarrollo de nuevas y fascinantes habilidades neurológicas y mentales que la sociedad ha decidido ignorar (Ibid.). Se

El duelo por la fertilidad no constituye en sí una patología. Puede ser acompañado, elaborado, transformado. Porque en el fondo, como en toda transición, lo que está en juego es una reorganización. La salud “mental”, entonces, implica reconocer ese umbral, no negarlo. Y en el caso de la menopausia, implica reconocer también su potencial: no como carencia, sino como nuevo comienzo. Como dice la neurocientífica italoamericana Lisa Mosconi (2025), el cerebro femenino no se apaga, se reinventa.

Para abordar el vínculo entre estos conceptos, es preciso comenzar por desentrañar la carga histórica y simbólica del concepto mismo de menopausia. Aunque etimológicamente refiere al cese de la menstruación, su historia revela un proceso de significación mucho más denso. Si bien en sus orígenes, franceses, en 1816, significó parada de la menstruación, no se habló mucho sobre ello y lo poco que se habló fue para etiquetarla de “edad crítica” e “infierno de las mujeres” (Freixas, 2007).

En Inglaterra este concepto adquiere una acepción particular: desde 1840 en la lengua anglosajona este término se utiliza tanto aplicado a hombres y mujeres para designar un período transitorio común a ambos sexos, que tiene su parentesco con el término climaterio en su acepción original de edad crítica en el sentido de peligrosa. Así pues, la menopausia es un término que designa un período de existencia particular, crítico digamos, común a los dos sexos (Delanoë, 2007). Sin embargo, en la práctica actual, su aplicación ha sido restringida casi exclusivamente al sexo femenino, construida desde una lente biomédica atravesada por mitos, prejuicios y sesgos de género.

Según el psiquiatra y antropólogo francés Daniel Delanoë, desde el principioel término menopausia adquirió un significado muy amplio, refiriéndose a mucho más que el cese de la menstruación; este término recubre un conjunto heterogéneo de fenómenos no solo ni estrictamente biológicos, sino culturales, sociales, económicos, etc., hasta el punto de que no siempre sabemos qué abarca esta noción (Ibid.). Con el fin de evitar esta polisemia e intentar llegar a un conocimiento más riguroso, este autor ha definido cinco dimensiones de la menopausia: el cese de la menstruación, el cese de la fertilidad, la evolución del capital de salud, del capital estético y el valor social del individuo, es decir, el capital simbólico. Cualquier representación de la menopausia puede analizarse desde estas cinco dimensiones, a cada una de las cuales se le asigna un valor positivo, nulo, negativo o ambivalente. Al respecto, queda constancia de la importancia de las actitudes ante la menopausia al punto de influir en la vivencia de la misma (Ayers, 2010).

Al igual que ocurre con el constructo de salud mental, ocurre con el de menopausia: hay demasiada mitología e ideología, gran parte de la cual tiene fundamentalmente que ver con una cuestión más de género que con la condición biológica. Los mitos del discurso dominante sobre la (representación de la) menopausia solo hablan de pérdida de valor, ya sea estético, sexual, erótico, salud (mental), social o simbólico. Aunque la realidad es que la mayoría de mujeres no vive la menopausia como una pérdida significativa; es más, para la mayoría, se trata de “una etapa más en la vida de una mujer” (Delgado y al, 2001, p.40), e incluso tildada de positiva. Y lo que se ha visto sobre dichas pérdidas (como por ejemplo el peso) en estudios epidemiológicos es que tienen que ver con la edad y no con la menopausia en sí misma: en el discurso dominante, la menopausia induce una pérdida de valor: “La norme implicite est donc qu’une femme de 50 ans ne peut ni plaire ni exister” (Delanoë, 2007, p. 2178) [4]. Son cada vez más los estudios que concluyen en la dificultad de distinguir los efectos de la edad de los derivados de la menopausia. La evidencia muestra que el descenso de los estrógenos se asocia con tres fenómenos: síntomas vasomotores, atrofia urogenital y pérdida de masa ósea (Showers y La Pietra, 1995). “El resto de problemas que se mencionan como consecuencia de la menopausia no son específicos de ella, y tiene un origen psicológico o sociocultural” (Delgado y al, 2001, p. 28). Hasta hace unas décadas, las mujeres reconocían la menopausia como algo natural de carácter biológico y la manejaban con “un sistema de autocuidados construido culturalmente” (Ibid., p. 27). La medicina en su afán de expropiar, ha construido un discurso, difundido ampliamente por los medios de comunicación, sobre la menopausia como un proceso patológico con muchos riesgos para las mujeres y, en consecuencia, susceptible de tratamiento (Ibid.).

La violencia simbólica [5] hacia la mujer menopáusica opera desde esta mirada de pérdida: lo que en los hombres se considera madurez o plenitud (andropausia) y por tanto una ganancia en cuanto a atractivo, en las mujeres se traduce como declive. Subrayamos la falta de un sustrato científico; de ahí la consideración de este concepto como pseudocientífico [6]. Resulta imposible desligar la ideología que invade al concepto de menopausia para enfocarla desde un punto de vista científico, relacionado con la biología, independiente de conceptos como vejez. La frontera entre la edad madura (alrededor de los 50 años) y la vejez, se sitúa en los 70 años (Delanoë, 2007), es decir, que la mujer menopáusica vive al menos 20 años en esta etapa madura: “el proceso natural de envejecimiento no empieza a afectar al funcionamiento del cerebro femenino hasta décadas después de la menopausia” (Brizendine, 2006, p. 207). La vejez, sí parece corresponderse con la pérdida o disminución de capacidades físicas e intelectuales, aunque también con la ganancia de sabiduría o forma de apaciguamiento. Lo que ocurre antes, durante y después de la menopausia tiene más que ver con ajustes que realiza el cerebro en cuanto a las habilidades neurológicas y mentales (Mosconi, 2025). Y como dice Louann Brizendine (2006): “En la menopausia, al cerebro femenino le falta mucho tiempo para que llegue la hora de retirarse” (pp. 203-204).

La menopausia, entonces, se convierte en un campo de disputa simbólica. ¿Es un déficit a corregir o una transición a habitar? ¿Un problema que silenciar o una experiencia que resignificar? La cultura occidental ha optado por lo primero, alimentando una industria del reemplazo hormonal y de productos anti-edad que capitaliza sobre el malestar. Como expone Anna Freixas (2007), “nuestra definición cultural de la menopausia es un paradigma de discriminación sexista y edadista” (p. 30). El cometido de la ciencia es el estudio de los signos, con rigor y, centrándose en la mujer como sujeto corpóreo. Bourdieu (2000) diría que se trata de dejar de ser objetos simbólicos de mirada ajena y recuperar la agencia sobre el propio cuerpo.

Debido al exceso de prejuicios derivados de sesgos de género, así como a la dificultad de enfocarlo como un aspecto condicionado por la biología, con la finalidad de adquirir rigor científico, algunas investigaciones (Delanoë, 2007) se han centrado en el significado y la representación, ya que realmente el fenómeno menopáusico tal y como lo entendemos aún hoy en la actualidad, constituye fundamentalmente un fenómeno cultural y social muy relacionado con las creencias, los mitos, los prejuicios y los estereotipos. Para ello, la mujer tendría que dejar de ser ese objeto simbólico, oscuro objeto de deseo cuya esencia, la dominación masculina del sistema patriarcal la ha constreñido hasta convertirlo en un objeto estético —y lucrativo— para la mirada masculina (Bourdieu, 2000). Por ello, quizás también la menopausia es invisibilizada.

Huelga decir que salud mental y feminidad han estado estrechamente relacionadas, si bien en sentido negativo, y particularmente en lo que respecta a la menopausia:Se nos ha hecho creer que la menopausia puede volver clínicamente loca a una mujer, y que es natural que la sociedad nos invisibilice cuando llegamos a esta etapa” (Mosconi, 2025, p. 41). La idea generalizada de una misteriosa conexión entre útero y cerebro, hacía de las mujeres, unas criaturas propensas a la locura o a la histeria. Esta asociación también fue concebida como la responsable de la “demencia climatérica” tras la menopausia (Ibid., p. 33). “Hay abundante información sobre mujeres a las que se diagnosticaba erróneamente de locas o dementes a la vista de sus síntomas, y en consecuencia se las recluía en instituciones psiquiátricas” (Ibid., p. 34). En la primera mitad del siglo XX, cientos de mujeres fueron hospitalizadas por “melancolía involutiva”, afección que se clasificó como enfermedad mental, la cual aparecía, supuestamente, durante o después de la menopausia. Se le llamó también síndrome del nido vacío (Sánchez, 2017). Y este trauma lo tenemos incrustado en nuestro inconsciente colectivo. Como dicen los autores Juan Gervás y Mercedes Pérez “no hay nada más machista que el sistema sanitario que considera a la mujer como un varón enfermo y, al mismo tiempo, la discrimina por ello. En síntesis: se discrimina a la mujer por el hecho de serlo a la hora de atender sus problemas de salud, lo que es una expresión del encarnizamiento médico que padece” (2020, p. 40). Susan Matter (2019) nos sorprende con un largo historial —desde 1816— de patologías psiquiátricas y psicológicas presuntamente relacionadas con la menopausia, que van desde la histeria, denominada afección nerviosa del útero, a la esquizofrenia, pasando por la melancolía (psicosis maniaco-depresiva), el pensamiento paranoico, la ansiedad, la depresión y la tendencia al suicidio, “todo lo cual llevó a incluir estas patologías en la gama de posibilidades que ofrece la menopausia y, de paso, a extender la creencia de que la transición menopáusica se asocia de manera universal con una pobre salud mental.” (Freixas, 2024, p. 74). Hasta el siglo XX, “Se ha sometido a las mujeres poco menos que a una tortura física y psicológica a cuenta de la menopausia (…) se impusieron prácticas drásticas y a menudo muy peligrosas para atajar la rebeldía del útero errante. La hipnosis, la utilización de instrumentos vibrantes y la irrigación de la vagina con un chorro de agua a presión son algunas de las técnicas mejor documentadas de entre las muchas que se probaron. Otros recursos eran el opio, la morfina y las inyecciones vaginales con base de plomo. Luego los médicos idearon una solución aún más radical: la cirugía” (Mosconi, 2025, pp. 40-41 y 34).

De todas las afecciones psíquicas, las que más han quedado como consustanciales a la menopausia son la depresión y la ansiedad. La literatura está plagada de trabajos que relacionan estos dos cuadros clínicos con este proceso, “a pesar de que no se ha encontrado una sola evidencia que confirme un aumento universal en el riesgo de esta patología” (Ibid.). Así mismo, Lydia Brown y sus colaboradoras (2024) en un artículo sobre salud mental, no encontraron una evidencia que demostrara que existe un riesgo elevado y generalizado en la aparición de trastornos tales como la ansiedad, la depresión bipolar o la psicosis en la transición menopáusica. En cuanto al riesgo de suicidio relacionada con la menopausia, no solamente no hay datos que avalen esta relación, sino que han encontrado estudios que sí relacionan la terapia hormonal con el suicidio en forma de tentativa (Gibson y al., 2021). En un monográfico dedicado a la menopausia por la prestigiosa revista The Lancet en 2024, queda claro que, aunque se ha repetido reiteradamente que afecciones como la depresión o la ansiedad aumentan durante la transición a la menopausia, no es algo que pueda confirmarse, ya que “la mayoría de las mujeres no desarrollan problemas de salud mental en la menopausia” (Samarasekera, 2024, p. 893). Solo se puede afirmar que es solo un pequeño grupo que se ve afectado por este riesgo y, en consecuencia, la amenaza de la menopausia en el bienestar mental de las mujeres no debiera formar parte del discurso sobre la salud, sino más bien todo lo contrario: resulta “poco probable que con la menopausia se desarrollen problemas de salud mental” (Freixas, 2024, p. 75). No debemos olvidar la importancia de factores psicosociales y culturales en la salud mental y tenerlos en cuenta a la hora de analizar cómo estos pueden interactuar en la época de madurez de las mujeres que coincide con la menopausia, lo que en términos estadísticos se conoce como correlación espuria [7].

Con el descubrimiento de los estrógenos, término que significa frenesí o deseo enloquecido, “lo cual reforzaba aún más la tendencia histórica a encuadrar la fisiología femenina en el marco de la inestabilidad mental” (Mosconi, 2025, p. 34), en 1934, la menopausia fue redefinida desde la biomedicina como una enfermedad por deficiencia hormonal, comenzando así la construcción biomédica. Este giro reforzó la idea de que el cuerpo femenino, tras la fertilidad, entra en declive. El ginecólogo canadiense Robert Wilson quien en su libro Feminine forever describe la menopausia como una enfermedad hormonodeficiente, entiende la menopausia como deterioro y se la vincula con la vejez y la pérdida de feminidad (Freixas, 2007). Los cambios representan verdaderas amenazas; no son consustanciales al desarrollo evolutivo del ser humano. Los ovarios dejan de funcionar y la menopausia se plantea como un mal funcionamiento causante de enfermedades crónicas. En consecuencia, la terapia hormonal sustitutiva (THS) se convirtió en el tratamiento por excelencia, sin los necesarios estudios clínicos (Brizendine, 2006). Pero también reforzó la idea de que una mujer sana es aquella que menstrua: “En las postrimerías del siglo XX y los albores del siglo XXI, todavía se sigue practicando un culto llamativo hacia el sangrado menstrual” (Sánchez, 2017, p. p. 1352). Esta narrativa médica revela una de las formas más sutiles de encarnizamiento médico con las mujeres (Valls-Llobet, 2020; Gérvas y Pérez-Fernández, 2020). Esta lógica, que equipara fertilidad con normalidad, ha sido fuertemente cuestionada desde la neurociencia contemporánea, que muestra cómo el cerebro femenino atraviesa una etapa de reajuste profundo durante el climaterio. No se trata de un fallo, sino de una transición.

Si bien la ciencia ha ido avanzando hasta el punto de descubrir una relación entre la pérdida de estrógenos y la menopausia, ésta no ha dejado de ser considerada como una “enfermedad por deficiencia de estrógenos” (Brizendine, 2006, p. 34). Por ello, la terapia de estrógenos se convierte en un fármaco muy lucrativo, “y la terapia de reemplazo hormonal se convirtió rápidamente en el tratamiento preferido para la menopausia” (Ibid., p. 35). No obstante, la idea de castración en las mujeres menopáusicas, siguió en el inconsciente colectivo popular y pseudocientífico.

A pesar de los avances científicos que se hacen en la actualidad, ni la mentalidad ni los manuales cambian. Sigue presente y divulgándose esta concepción de la menopausia con prejuicios y sesgos propios de siglos anteriores. La hormonoterapia hace explícito el concepto implícito de menopausia como patología. Lo normal es que la mujer menstrue y por ello, tiene que seguir menstruando, aunque sea de manera artificial, y si no menstrua, al menos que produzca estrógenos. Y aquí está el error o sesgo: la mujer es sana tanto si menstrua como si no -menopausia- porque ambas situaciones forman parte del ciclo de la vida, un ciclo sano en cualquiera de sus fases. La menopausia [8] (peri [9] y post [10]), ese proceso climatérico [11] así como la menstruación, son fases todas ellas sanas, normales y saludables en la mujer.

Los signos, en este contexto, en realidad lanzan un mensaje. El sofoco, el insomnio, la irritabilidad, entre otros, no son sólo efectos secundarios de la falta de estrógenos, sino manifestaciones de un proceso de reorganización interna. Mosconi (2025) subraya que muchos de estos síntomas son neurológicos, no ginecológicos: afectan la cognición, en particular la memoria, además del ánimo. Y, sin embargo, la medicina sigue pensándolos desde el paradigma del órgano aislado. El enfoque mecanicista ha invisibilizado la conexión entre cerebro y ovarios. Hacen falta nuevos estudios que aclaren el tema (Brizendine, 2006).

Centrándonos en la concepción ética y humanista de la salud mental, de la cual nos hemos hecho eco al principio de este artículo, urge un cambio, una resignificación en el concepto de menopausia y centrarlo en el desarrollo de nuestro potencial como mujeres. Y en este sentido, se trata de una nueva etapa de la vida; una etapa que dura muchos más años que la etapa fértil: hablamos de más de un tercio de la vida de una mujer. No se trata de una patología ni tampoco de la antesala al envejecimiento. Debemos cambiar la manera en cómo la vemos; cambiar el foco de atención y la manera de concebirla. Consecuentemente, ello implica también modificar y precisar lo que se investiga y hacerlo desde un punto de vista femenino, dejar de centrarlo en el sexo/género, en la mirada estética, en la delgadez, en la juventud y en el carácter afable y sumiso de las mujeres. La menopausia sigue siendo impulsada por prejuicios, creencias y motivaciones culturales, económicas e incluso políticas y así, “se tiende a quitar importancia a nuestros problemas de salud, o a hacer caso omiso de ellos” (Mosconi, 2025, pp. 40-41). Esta comprensión contextualizada de la salud mental permite avanzar hacia una lectura más compleja de procesos como la menopausia. En este tránsito, el cerebro ocupa un lugar clave: no como órgano aislado, sino como parte de un sistema relacional que traduce en síntomas las vivencias y tensiones de una etapa vital profunda.

Medicalización de procesos naturales: La menopausia medicalizada

El diccionario médico define el proceso de medicalización como un proceso de conversión a través del cual hechos humanos naturales son redefinidos y tratados como problemas o trastornos de salud, requiriendo intervención médica. En el caso de la menopausia, los cuerpos femeninos son sometidos a “protocolos clínicos que deciden lo que tenemos que hacer” (Freixas, 2007, p. 39). Protocolos supuestamente “objetivos” aplicados cuando una mujer madura sufre de algún síntoma atribuido a la menopausia (Ibid.).

La medicalización implica exceso de medicación: “Cuando hablamos de medicalización hablamos de consumismo, de excesos; cada vez se consumen más fármacos con o sin receta” (Valls-Llobet, 2009, p. 318). “La medicalización en exceso afecta más a las mujeres, porque su cuerpo ha sido bombardeado con todo tipo de mensajes contradictorios” (Ibid., p. 320). Hay una confusión belleza-salud que la industria fomenta. ¿Consecuencias? Un 12% de los ingresos en urgencias se deban, en un 50% a reacciones adversas a medicamentos, un 46% a un mal uso de los mismos y en un 3,3% por intoxicaciones. En las personas mayores, por ejemplo, ciertos estudios demuestran que un 20% de ingresos hospitalarios está relacionado con disfunciones provocadas por el tratamiento que siguen. Iatrogenia se llama.

Otro gran ejemplo de este fenómeno en las mujeres menopáusicas lo constituye la terapia hormonal sustitutiva (THS) considerado “un factor de riesgo para la enfermedad cardiovascular y para el cáncer de mama” (Valls-Llobet, 2009, p. 343). En general, hay bibliografía basada en estudios que sugieren cautela en cuanto al uso de THS en la menopausia, destacando sus riesgos potenciales en cuanto al aumento del riesgo de cáncer de mama, problemas cardiovasculares y trombosis, enfatizando así la necesidad de evaluaciones individualizadas y el uso de dosis más bajas durante el menor tiempo posible. Así mismo, consideran otras alternativas como son los fitoestrógenos y fármacos no hormonales para mujeres con ciertas contraindicaciones (Juan Gervás y Mercedes Pérez-Fernández, 2020). Estos autores afirman que ya desde comienzos del siglo XX, se conocía el efecto oncogénico (cancerígeno) de las hormonas sexuales. De la misma manera era conocido el efecto procoagulante del tratamiento hormonal, lo que explica el aumento de trombosis y de las embolias. “Así pues, el tratamiento mejoraba algunos resultados intermedios, como las molestias de la menopausia y el nivel de colesterol en sangre, pero se conocía su impacto negativo sobre los resultados finales, como el aumento de miocardio, de cáncer y de embolias” (p. 144). Hay bastante controversia en cuanto a la THS en la menopausia. Revisiones sistemáticas recientes muestran que muchos estudios utilizan definiciones obsoletas, formulaciones antiguas de terapia hormonal y diseños con alto riesgo de sesgo, lo que evidencia problemas de calidad, inconsistencia de regímenes y resultados difíciles de comparar (Österdahl y al, 2025). En resumen, entre las dificultades metodológicas que se aducen, destacan la falta de homogeneidad, los criterios para incluir o excluir variables, las dosis y los tipos de hormonas, los sesgos de selección, los diseños no aleatorizados, así como las dificultades en cuanto a la edad de inicio y tiempo desde la menopausia.

La Sociedad Internacional de Menopausia (Baber y al., 2016) reconoce que las opiniones sobre la THM [12] parecen estar condicionadas por factores socioculturales tales como la demografía, la educación, la religión, las creencias, los valores, las clases sociales, la sexualidad y las actitudes. Reconoce igualmente “la necesidad de un ensayo clínico aleatorizado definitivo a largo plazo en el que se inicie la THM bioidéntica o biosimilar regulada convencionalmente en mujeres a la edad habitual de la menopausia y se haga un seguimiento durante el tiempo suficiente y en un número suficiente de mujeres para evaluar las principales medidas de resultados, como los eventos cardiovasculares y de cáncer de mama” (Ibid., p. 2). Reconoce lo costoso de un ensayo de estas características, por lo que “la solución de compromiso” a este debate sería la recopilación continua de datos de registros observacionales prospectivos de alta calidad. Recopilar y amalgamar datos. Añaden como sugerencias, además, incluir revisiones sistemáticas y realizar meta-análisis exhaustivos (Ibid.). La revista The Lancet (2023) recomienda el uso de hormonas debe evaluarse con cautela, considerando factores de riesgo personales, comorbilidades y preferencia informada de la mujer.

Lejos de posiciones polarizadas, lo que resulta urgente es un enfoque verdaderamente personalizado, ético y contextual, que no silencie los posibles efectos adversos ni sobrevalore los beneficios. La revisión crítica sin negar los avances médicos exige prudencia frente a la medicalización sistemática de un proceso fisiológico como la menopausia.

Así como la mujer es un objeto para la mirada del Otro, debemos tomar conciencia de cuán invisible es realmente la mujer para la medicina. Investigadoras como Carme Valls-Llobet (2020) ha demostrado un sesgo inconsciente entre las personas profesionales de la medicina, el cual “lleva a no diagnosticar adecuadamente las patologías de las mujeres y a medicalizar procesos naturales y fisiológicos como el parto, el embarazo y la menopausia” (Ibid., p. 7). A pesar de los pocos “avances”, las publicaciones, libros, charlas y conferencias, “pocos cambios se han producido en la práctica asistencial en lo referente a las diferencias entre hombres y mujeres” (Ibid.). “Los síntomas de las mujeres se han mantenido encubiertos como demandas psicosomáticas o como problemas psicológicos, es decir, invisibles para la medicina, que ha continuado recetando psicofármacos en la primera visita de cualquier paciente de sexo femenino antes incluso de cualquier exploración, e invisibles también para las propias mujeres, que han continuado dudando de sus propios síntomas, de su propia salud mental, y que en la búsqueda de ayuda, han llegado a veces a cotas altas de desesperación hacia el sistema sanitario” (Ibid.).

Tenemos que empezar por reencuadrar el significado de formas de sufrimiento como la depresión y la ansiedad y entenderlas como indicadores cuya función es alertar de la necesidad de introducir cambios. Por un lado, indican que nuestra salud mental está bien porque se ponen estos mecanismos en marcha cuando se percibe una amenaza. Por lo tanto, cuando muchas personas dicen “estar mal”, es decir, estar afectadas por estos malestares, en realidad están bien, es decir, que, si se aprende a escuchar lo que la ansiedad y la depresión nos indican, se podrá igualmente salir. Pero si suprimimos estos indicadores de que algo va mal, vamos a tener serios problemas de salud mental y física en un futuro no muy lejano. Reventará por algún lado. De alguna manera los psicofármacos sedan las voces de un malestar, necesarias para indicarnos qué y cómo cambiar y qué se necesita para ello. Debemos cambiar nuestras actitudes frente a nuestros cuerpos, nuestra mente y nuestra salud. Y abordar todo desde un enfoque integral. A nadie se le ocurriría poner en el coche algún líquido que impida que los indicadores comuniquen el estado del vehículo.

El psiquiatra Daniel Delanoë (2007) nos advierte que la patologización de la menopausia, legitima la intervención farmacológica sistemática, incluso antes de que se haya establecido firmemente su relevancia y se hayan medido sus riesgos, particularmente a largo plazo (más allá de los 60 años). De entrada, los estudios revelan que “el 85% por ciento de los psicofármacos se administran a mujeres” -frente al 15% en hombres- (Valls-Llobet, 2020, p. 35). Y todos los factores mencionados anteriormente y otros que se han quedado en el tintero conllevan la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos y ello, desde la primera visita asistencial. Amén de enfermedades varias como la fibromialgia, los diversos cánceres, etc.

Dentro del proceso de medicalización, hablamos del proceso de psiquiatrización, a través del cual las emociones normales y sanas como la tristeza, timidez, la inquietud o el miedo se problematizan hasta patologizarse, transformándose así en depresión, fobia social, TDAH o ansiedad, respectivamente. En concreto, en cuanto a la depresión y la ansiedad en mujeres, en particular en este período de la vida, lo que se ha descubierto, es que es el factor género el que representa un factor de riesgo en mujeres ante estas dos dolencias, destacando otras variables que correlacionan con el género como es la doble jornada: laboral y doméstica o el rol de cuidadoras (Valls-Llobet, 2009). La falta de diagnósticos adecuados al igual que la falta de servicios sociales, el rol de cuidadoras, no puede sistemáticamente confundirse con ansiedad u otra forma catalogada de trastorno mental o adaptativo. A ello, debe añadirse la falta de protocolos de intervención y de recursos ante procesos de dolor y cansancio, que hace que se facilite la distribución y consumo de fármacos psiquiátricos. En la depresión en concreto, de haber un período de la vida vulnerable, no es la menopausia sino el postparto. Y “en la presentación de síntomas de salud mental alteradas como la ansiedad, pérdida de memoria, dificulta de concentración, síntomas depresivos e intentos de suicidio, se han relacionado estos síntomas con situaciones tales como relaciones de pareja peligrosas, la violencia física y mental entre la pareja, y el alcoholismo de la pareja” (Ibid., p. 297).

La menopausia es un proceso que, como el duelo, pasa y se aprende a vivir con ello. No dura toda la vida. Y, si bien “la medicalización de la menopausia empezó a finales de los años treinta del siglo pasado —hace casi un siglo— con la producción del primer estrógeno sintético, dietilestilbestrol (DES)” (Freixas, 2007, p. 66), hasta 1950 era “algo que había que sobrellevar” (Gunter, 2022, p. 324). Pero tras la proliferación de las pastillas en vez de dudosas y dolorosas inyecciones, la menopausia pasó a ser una dolencia que curar(Valls-Llobet, 2020). Y la cura eran los estrógenos (terapia hormonal sustitutiva). La medicalización, lleva a la fabricación de enfermedades en las mujeres y para ello, no basta con medicalizar facetas de la vida de las mujeres como la sexualidad o medicalizar los problemas de la vida cotidiana de las mujeres o sus procesos naturales o fisiológicos, sino que además se conceptualizan los riesgos como enfermedades. Es el caso de la osteoporosis y el convertir malestares producto de desigualdades de género en patologías individuales (García y Pérez, 2017). De esta forma, la mujer pasa de “estar” enferma a “ser” enferma; la enfermedad como condición de la existencia femenina, lo cual además de constituir un contexto que favorece la enfermedad mental, también engendra otros efectos sociales como el de la dominación “simbólica”.

La menopausia parece ser un fenómeno de obsolescencia programada allá por y durante las 20 primeras semanas de vida fetal “El plan básico de la menopausia está fijado desde antes del nacimiento” (Gunter, 2022, p. 48). No se trata de ningún fallo. Nada falla en la naturaleza femenina: “la ovulación termina cuando lo hace porque así estaba previsto” (Ibid., p. 56) Los ovarios ni se agotan, ni se cansan, ni se consumen, ni fallan. No hay más folículos para ovular: “la menopausia acaece cuando ya no quedan folículos capaces de ovular, es decir de fabricar óvulos maduros” (Ibid., p. 48). En este sentido, parece claro y simple: “La menopausia es el cese de la menstruación” (Valls-Llobet, 2020, p. 150). “Este cese de la menstruación se produce cuando el ovario ya no responde y deja de ovular y de producir progesterona y, años más tarde, estrógenos. Cuando dejan de producirse estrógenos en cantidad elevada, se deja de menstruar, al menos cada mes” (Ibid.). No obstante, los ovarios siguen implicados en la menopausia y posmenopausia en la producción de hormonas, aunque en menor grado. Otros tejidos ováricos lo harán. No hay ningún fallo ovárico. La “falla menopáusica” revela un prejuicio totalmente misógino y acientífico.

Hasta los años 90 del siglo pasado los síntomas menopáusicos en la medicina han sido invisibilizados y desvalorizados: no tenían importancia y las mujeres debían aguantar. ¿Qué ha ocurrido después para que todos los males que nos acechan a las mujeres cuando envejecemos sean achacados a la menopausia? Pues parece tratarse más bien de una estrategia publicitaria que consistió en asociar menopausia a dolor y envejecimiento; se trató de hacer creer que todos los males que vayan a venir tras la menopausia serían debidos a la pérdida de la menstruación. Esta fue la estrategia de las multinacionales cuya base científica de todo lo avalado es escasa; sin estudios epidemiológicos que avalaran esta afirmación, sin estudios clínicos que investigaran las causas del dolor y su diagnóstico diferencial. (Valls-Llobet, 2009).

La paradoja con la menopausia es que a pesar del desconocimiento médico con respecto a lo que ocurre cinco o diez años antes del cese de la menstruación y varios años después de su desaparición —de hecho, existen muy pocos estudios de la epidemiología de la menopausia— ésta está sobremedicalizada en la actualidad con terapias muchas veces basadas en el terreno empírico y solo para paliar los síntomas, sin entender los cambios que se producen en el cuerpo de las mujeres tras años de medicalización. En cambio, sí está evidenciado científicamente “los peligros que para la salud de las mujeres supone el exceso de medicación” (Valls-Llobet, 2020, p. 153). Con rigor científico, “solo hay dos síntomas que se pueden relacionar con la falta de menstruación, propiamente dicha: la sequedad vaginal y las sofocaciones. Los demás problemas de salud son los que se derivan de vivir más de 50 años” (Ibid.). Tras los cincuenta años seguimos con el mismo cuerpo, pero sobrecargado por el peso de todo lo vivido, produciendo desgaste al que le podemos etiquetar o diagnosticar con los nombres que queramos (estrés, falta de corresponsabilidad doméstica, dependencia patológica, ecoísmo, depresión, ansiedad, locura…) pero “lo que no podemos decir es que es un problema generado por la menopausia” (Ibid.). “El dolor, el cansancio, las pérdidas de memoria, la incapacidad de concentración o las carencias metabólicas existen porque se ha vivido” (Ibid.). “A través de los años todo lo que en medicina se denomina patología subclínica (…) y morbilidad diferencial se convierte en clínico, se hace aparente, se desvela” (Ibid). Y para un buen tratamiento se necesita un buen diagnóstico. Ahora bien, si se atribuyen todos los problemas de salud, en particular a partir de los 50 años, a la menopausia, los tratamientos serán del todo equivocados, invisibilizando de nuevo el sufrimiento y el malestar de las mujeres.

La menopausia ha sido transformada en una narrativa médica que expropia a las mujeres de su saber corporal. Lo que podría vivirse como una etapa de reorganización psíquica y de expansión neurobiológica, se convierte, en manos de la mirada biomédica hegemónica, en una experiencia patologizada. Desde una perspectiva crítica, es urgente señalar cómo la medicalización sistemática —esa forma de encarnizamiento clínico que reduce la diferencia a defecto— anula las posibilidades de agencia femenina. No se trata sólo de (sobre)medicar; se trata de una epistemología que niega valor al síntoma como un lenguaje del cuerpo, al malestar como signo de una transformación más profunda. Esta expropiación del proceso menopáusico se inscribe en una lógica de poder que desautoriza a las mujeres sobre su salud y su cuerpo, anulando sus narrativas a favor de prescripciones externas, normativas y farmacológicas. Reconocer la menopausia como una transición con sentido, con inteligencia emocional y cerebral propia, exige un giro radical: escuchar los cuerpos, devolverles su soberanía y comprender el síntoma no como error, sino como adaptación legítima a un contexto muchas veces hostil.

Consentimiento (des)informado. Una forma de violencia epistémica

La desinformación se define como la difusión intencionada de información no rigurosa que busca distorsionar hechos y transmitir una determinada forma de percibir la realidad. Desde un punto de vista teórico, el mundo anglosajón ha consolidado una diferencia entre disinformation y misinformation (Burnam, 1975). Mientras que el primer concepto hace referencia a la intención consciente de desinformar, el segundo sería una desinformación involuntaria. En ambos casos se trata de difundir información no rigurosa con la finalidad, entre otras, de transmitir una determinada forma de percibir la realidad.

A la medicalización de la menopausia se suma un fenómeno preocupante: la desinformación sistemática en torno a los tratamientos, especialmente la terapia hormonal. Como explica Lisa Mosconi (2025), “hay mucha confusión y desinformación sobre el tema” (p. 45) y esta confusión no parece casual. La difusión de mensajes erróneos, parciales o sesgados —ya sea por desinformación involuntaria (misinformation) o por manipulación interesada (disinformation)— impide a las mujeres ejercer su autonomía de forma real. Indicios apuntan a “la industria menopáusica que ha hecho del ciclo vital femenino su modus vivendi” (Freixas, 2024, p. 72). Para ello, se han servido de un discurso generador de miedo y de “creencias sin fundamento y convenciones obsoletas” (Mosconi, 2025, p. 41). Para evitar la desinformación, sería conveniente para empezar “aclarar qué es y qué no es la menopausia” y “separar la realidad de la ficción” (Ibid., p. 45). Así mismo sería realmente riguroso especificar que “la menopausia no es una enfermedad ni sus síntomas son patológicos, es una transición. No requiere cura ni arreglo. Basta con prestar atención a los síntomas concretos y encontrar el modo de tratarlos, si es necesario” (Ibid., p. 57). Se trata de una etapa del desarrollo psicológico, probablemente impulsada “por una nueva realidad biológica que tiene su base en el cerebro femenino cuando éste emprende su último gran cambio hormonal en la vida” (Brizendine, 2006, p. 185). Una etapa según cree la ciencia, disparada por efecto de este cambio en la sensibilidad con respecto al estrógeno (Weis y al., 2004). Una etapa cuyos dos únicos hechos universales son el cese de la menstruación y el descenso de la producción de estrógenos (Lock, 1982).

El consentimiento informado supone un gran cambio en la práctica médica, ya que su fundamentación naturalista condujo a equiparar enfermedad a incapacidad moral y, en consecuencia, el médico en tanto que autoridad tanto física como moral, decidía por el enfermo (Couceiro, 1991). Esta tesitura decimonónica ha cambiado bastante de tal modo que, en la actualidad, el consentimiento informado constituye “el eje vertebrador del principio de autonomía del paciente” (Sánchez y al., 2019, p. 273) Y, en consecuencia, uno de los pilares básicos de la autonomía del mismo, así como de la calidad asistencial, ya que garantiza el derecho a decidir sobre su estado de salud al recibir una información “adecuada” (Ibid.). Si bien la práctica del consentimiento ha sido asumida teóricamente, no ha sido asumida ni planificada en la labor clínica cotidiana (Solano, 1999).

En lo relativo a la menopausia en concreto, la dificultad del consentimiento informado tiene su base en la desinformación histórica, en los sesgos, tanto explícitos como implícitos, de la medicina en cuanto al climaterio, en la variabilidad de los síntomas y en la necesidad de personalizar tratamientos, así como en la dificultad de una independencia económica en cuanto a la financiación de los estudios y los conflictos de intereses que de ello se deriva. En consecuencia, resulta harto complicado poder dar un consentimiento informado sobre los tratamientos respecto al climaterio. En el ejercicio sanitario actual, podría considerarse como contradictorio el tema del consentimiento informado puesto que, si bien desde un punto de vista tecnológico puede calificarse de eficaz en relación a épocas pretéritas, paradójicamente, conlleva mayor inseguridad derivada en parte de su fragmentación, la cual produce a menudo una disparidad de criterios en los distintos profesionales, acentuando la confusión en la información transmitida a la paciente (Sánchez y al., 2019). Dicha situación se incrementa al buscar el propio paciente información con ayuda de las tecnologías, lo que puede conducir a una elección equivocada a falta de un adecuado asesoramiento facultativo (Askren y Leslie, 2019 y Kraft, Garrison y Wilfond, 2019).

Todas estas situaciones y contextos hacen que las mujeres no estén correctamente informadas en lo que a la menopausia se refiere. Uno de los aspectos en donde esta situación se ha evidenciado con más virulencia es en el tratamiento hormonal. La terapia hormonal sustitutiva se convirtió en un tratamiento de referencia a finales del siglo XX, impulsado más por intereses económicos que por evidencia clínica sólida. Valls-Llobet (2009) advierte que sus efectos secundarios han sido minimizados: “Si después de haber tomado terapia hormonal durante meses o años, una mujer le dice a su médico o médica que ha engordado y ha duplicado la talla de sujetador pese a comer poco y recibe por respuesta que no es posible que la terapia le engorde, está siendo manipulada o su médico tiene cierto grado de desinformación. Si recibe hormonas de tipo estrogénico es normal que acumule grasa y que engorde. Si a veces se da este tipo de hormonas a los pollos y terneras para engordarlas antes de llevarlas al matadero para que pesen más, ¿por qué no van a engordar a las mujeres? Esto no quiere decir que no se puedan utilizar en algunos casos en dosis bajas, pero sí que se debe estar atento a los posibles efectos secundarios, para detectarlos a tiempo y no crear más sensación de culpa” (Valls-Llobet, 2020, p. 155). Se han ignorado alternativas más centradas en el cuidado integral de la mujer puesto que no es posible hablar de la menopausia sin hablar del tratamiento hormonal (Delanoë, 2007).

En lo que respecta a los tratamientos en el caso de la menopausia éstos tienen riesgos que, si bien se enmarcan dentro de la categoría rara vez, para las mujeres a quienes les afecta, resultan ser el 100%. Independientemente, “conocer esos riesgos forma parte del consentimiento informado para que las mujeres puedan contrastarlos con los beneficios potenciales y decidir qué les conviene más” (Gunter, 2022, p. 339). Autoras como Martha Hickey y colaboradoras (2024), advierten sobre la necesidad de una mayor claridad sobre los riesgos y beneficios de la terapia hormonal, de una mayor transparencia en su comercialización y alertan sobre la utilización de términos que inducen a creer que son productos seguros (Freixas, 2024). Gunter (2022) nos dirá que falta validación en ensayos clínicos aleatorizados y de calidad en lo que a la prevención se refiere. Falta fundamento científico en cuanto a terapéutica hormonal, debido a que los fabricantes persiguen el beneficio económico, no la salud. Aunque varias ginecólogas insisten en recomendar la terapia hormonal como solución universal, investigaciones recientes subrayan la necesidad de una prescripción individualizada y cuestionan su uso sistemático en mujeres sin sintomatología grave (Avis et al., 2022).

Así pues, un consentimiento informado para que sea tal, deberá no solo reunir, sino cumplir algunos requisitos indispensables como el informar tanto de los beneficios como de los riesgos hallados empíricamente, evitando así el posicionamiento ideológico. Ello propicia el tratamiento del mismo no ya como mero trámite legal, sino como un proceso ético que deberá cumplir con lo autorizado por la paciente en dicho documento, sin añadir nuevas terapéuticas “sobre la marcha”.

Otro de los aspectos ampliamente ignorados tiene que ver con el cerebro femenino. En palabras de Carme Valls-Llobet (2009), la relación entre la salud cerebral y las hormonas sexuales ha sido sistemáticamente ignorada por un sistema biomédico que aún considera el cuerpo femenino como un cuerpo patológico. A pesar de que se conoce el papel de los estrógenos en funciones cognitivas esenciales como la memoria, la atención o el estado de ánimo, esta conexión sigue sin investigarse con la profundidad necesaria. Lisa Mosconi (2025) advierte que los cambios hormonales que ocurren durante la transición menopáusica afectan directamente regiones cerebrales como el hipocampo, la amígdala o la corteza prefrontal, todas ellas involucradas en la regulación emocional y cognitiva. Históricamente el cerebro femenino ha sido considerado demasiado variable o confuso para ser objeto de investigación rigurosa.

El problema no parece radicar solo en la falta de estudios, sino también en los sesgos con los que se han desarrollado los estudios relativos a la menopausia. Sesgos de género que pueden reagruparse en dos categorías por el hecho de que, o bien se han exagerado, o bien se han ignorado (Garcia y Pérez, 2017). Dichos sesgos de género reportados conciernen a los modelos teóricos, a las preguntas de investigación, al planteamiento de las hipótesis, a la delimitación de las variables, a los diseños y muestras empleadas, a las situaciones experimentales, a la recogida y análisis de datos, así como a la interpretación y publicación (Ibid.).

Esta negligencia ha facilitado la medicalización indiscriminada de los síntomas, promoviendo tratamientos como la terapia hormonal sustitutiva (THS) sin un análisis suficientemente crítico de sus implicaciones. Como ya han señalado Manson y Kaunitz (2017), los beneficios potenciales de la THS no pueden generalizarse y requieren un enfoque clínico centrado en la paciente, especialmente en función del riesgo cardiovascular individual. En otras palabras, los beneficios de la terapia hormonal dependen del contexto, edad y perfil de riesgo cardiovascular de cada mujer. Enriqueta Barranco Castillo respecto a la THS concluye que, “En la actualidad, la evidencia científica disponible indica que ésta no debe ser ni universal ni rutinaria, y que cuando se utilice siempre deberá ser elegida libremente, conociendo sus ventajas y sus riesgos potenciales” (Sánchez, 2017, p. 1371). La misma autora añade: “Ni la presencia ni la prevención de la osteoporosis es una indicación para la THS, porque muchos de los cambios que se han atribuido a la menopausia, en los ambientes sanitarios más medicalizadores, no dejan de ser problemas vinculados al paso del tiempo” (Ibid.). Tal como señala Valls-Llobet (2020), la THS ha sido impulsada por la presión de la industria farmacéutica más que por la evidencia científica, perpetuando una visión de la menopausia como una enfermedad por déficit. La comunidad médica tiende a exagerar, de forma interesada, el impacto psicosocial de la menopausia (Barranco Castillo en Sánchez, 2017). Urge, por tanto, recuperar una mirada clínica que, sin negar los signos reales que muchas mujeres experimentan, sitúe estos procesos en el marco más amplio del funcionamiento cerebral, la biografía, la cultura y las condiciones de vida. Esta desconexión entre aparato reproductor y cerebro no solo dificulta la comprensión científica de la menopausia, sino que también obstaculiza una intervención clínica sensible y eficaz. En definitiva, la desinformación climatérica femenina perpetúa diagnósticos reduccionistas que simplifican una experiencia compleja y profundamente subjetiva, poniendo en peligro la salud de muchas mujeres.

Lo que ocurre con la menopausia no es solo un problema comunicativo relacionado con la información, es una forma de violencia que se conoce bajo el nombre de violencia epistémica. Un tipo de violencia que invalida e invisibiliza los saberes que emergen de la vivencia experiencial de las mujeres. Tal y como formuló Gayatri Spivak (1988), este tipo de violencia se da cuando los sistemas dominantes de conocimiento silencian a los grupos subalternos, impidiendo que sus voces y vivencias sean reconocidas como fuente legítima de conocimiento. Se trata de “la alteración, negación y (…) extinción de los significados de la vida cotidiana, jurídica y simbólica de individuos o grupos” (Belausteguigoitia, 2001, p. 237). Anula los sistemas de simbolización, subjetivación y representación que el otro tiene de sí mismo, así como de las formas concretas de representación y registro, memoria de su experiencia (Ibid.). Edward Said sintetizó su significado a partir de una simple pregunta “¿quién tiene permiso de narrar?”. (Ibid., p. 237). En definitiva, se trata de una forma de poder, que impone significados por medio de símbolos -mensajes, creencias, normas y matrices de opinión- que bien manejados o manipulados, generan una situación de poder comúnmente aceptada.

En el caso de la salud femenina, esta forma de violencia se manifiesta en cómo la medicina hegemónica ha construido la menopausia desde un paradigma deficitario, desautorizando las narrativas encarnadas que las propias mujeres elaboran sobre su transición vital, así como las prácticas de autocuidado que estas venían desarrollando antes de que la medicina las expropiara. Esta particular forma de desinformación como forma de violencia, distorsiona narrativas, ataca e invisibiliza las voces de las mujeres menopáusicas, creando una confusión que debilita el conocimiento legítimo del proceso. Invisibiliza al otro, en este caso la mujer menopáusica, “expropiándolo de su posibilidad de representación” (Ibid.). Esta invisibilidad resulta ser una omisión y como tal, una forma de violencia psicológica, ya que resta autoridad epistémica a las mujeres menopáusicas al negarles un espacio en el discurso y práctica médica. Este silenciamiento no es neutro ni mucho menos científico: sostiene una estructura de poder que privilegia el saber técnico por encima del saber vivido, y que convierte el cuerpo femenino en un territorio de intervención sin consentimiento informado real. Por ello, reconocer esta violencia epistémica es un paso necesario hacia una ética del cuidado más inclusiva y relacional, donde las mujeres puedan ser escuchadas no como pacientes pasivas, sino como sujetos epistémicos activos.

El reduccionismo diagnóstico

A principios del siglo XX tres modelos de la menopausia, todavía hoy vigentes, fueron elaborados. El modelo biológico endocrino construido alrededor de la parada de la función ovárica. En este sentido, el psiquiatra Daniel Delanoë (2007) concluye que la historia reciente de la menopausia está inextricablemente ligada a la historia de la endocrinología a raíz del descubrimiento de los estrógenos. La endocrinología desplaza aún más la base biológica de la economía femenina, esta vez hacia las hormonas.

El modelo psicológico reconocía que los trastornos psicológicos y emocionales desempeña un papel importante en el síndrome menopáusico. La personalidad de la mujer, más que la disminución de estrógenos podría ser la causa subyacente de los síntomas. En este caso, en lugar de terapia hormonal, se recomendaba psicoterapia, con la consiguiente minimización de los síntomas.

Estos dos modelos localizan el problema, así como su solución a nivel individual.

Y finalmente, el modelo ambiental, el cual reconoce factores contextuales en la génesis de síntomas de la menopausia (Novak, 1940). Muchos de ellos relacionados con la dinámica familiar y la administración económica del hogar, el rol de cuidadora, la doble jornada, sobrecarga de responsabilidades familiares y sociales, generando una sobrecarga física y mental que favorecen el deterioro de la salud femenina, haciendo más críticos los síntomas menopáusicos. Este autor nos recuerda que muchos de los síntomas frecuentemente observados en mujeres menopáusicas no se deben directamente a los reajustes endocrinos de este período, sino que se explican más lógicamente como consecuencia de factores ambientales y psicógenos de un tipo u otro, razón por la cual, la terapia estrogénica indiscriminada debe ser ciertamente desaprobada (Ibid.).

El cese de la menstruación y de la fertilidad ha sido objeto de toda una construcción social y cultural cuya cuestión central no es otra que el lugar de la mujer en la sociedad y la definición de las relaciones sociales entre los sexos. Su estatus denota que no es un hecho natural (Délanoë, 2007). En este sentido, no se entiende como un acontecimiento estrictamente biológico, sino como “un periodo complejo en el que interactúan una constelación de sistemas de carácter biológico, psicológico, social y estructural” (Freixas, 2007, p. 58).

Pero, además “No ser conscientes de la invisibilidad de la salud de las mujeres hace que atribuyamos todos los problemas a una sola causa” (Valls, 2020, p. 155). Si atribuimos todo lo que nos ocurre en esta etapa a la menopausia, caemos en una simplificación que invisibiliza otras dimensiones fundamentales de nuestra salud y nos impide abordarla de manera integral. Asumir que cualquier malestar posterior a los 50 años se debe únicamente al cese de la función ovárica no solo es erróneo, sino contraproducente. Esta mirada reduccionista puede comprometer la calidad de vida de la mitad de la humanidad, al distraer la atención de otros factores clínicos relevantes que podrían estar incidiendo en el bienestar femenino.

El aumento de la esperanza de vida en las mujeres ha traído consigo una nueva realidad epidemiológica: la demencia senil y la enfermedad de Alzheimer se han convertido en las principales causas de muerte entre mujeres, seguidas de las enfermedades cerebrovasculares (Valls-Llobet, 2020). En este contexto, las estrategias de prevención habituales, centradas en parámetros como el colesterol, no solo resultan ineficaces, sino que en algunos casos pueden ser perjudiciales. Existen evidencias de que reducir el colesterol por debajo de 200 puede incrementar la mortalidad (Ibid.). Lo que verdaderamente necesitamos son investigaciones científicas que, por un lado, prioricen los vínculos entre el cerebro femenino, hormonas y enfermedades neurodegenerativas. Sabemos que existen correlaciones importantes entre estas enfermedades y factores como la hipertensión o la resistencia a la insulina (Mosconi, 2025), lo que refuerza la necesidad de un enfoque más holístico e individualizado. Y, por otro, que estudien la correlación entre los síntomas menopáusicos y la calidad de vida de las mujeres, dada su representación social, cultural, económica y política.

La menopausia es fundamentalmente una etapa de la vida: “se trata de una adaptación evolutiva que forma parte de la supervivencia de la especie, como la menstruación…” (Gunter, 2022, p. 11). “La menopausia es la pubertad a la inversa: la transición de una fase biológica marcada por la función ovárica a otra” (Ibid., p. 16). No se trata de “un defecto biológico por cuanto no existe un equivalente en el hombre” (Ibid., p. 17). Y sus síntomas no deben ser patologizados, ya que forman parte de una transición biológica comparable a la pubertad, aunque en sentido inverso. Se trata de una reorganización del sistema endocrino, no de un defecto. Además, algunos estudios avalan la hipótesis de que esta transición tiene una función adaptativa y evolutiva clara: la supervivencia y el cuidado intergeneracional. Mosconi (2025) y Brizendine (2006) subrayan que la longevidad humana puede estar en parte relacionada con la existencia de abuelas posmenopáusicas que, gracias a su experiencia acumulada y su inteligencia cristalizada (un tipo de inteligencia caracterizada por la manera de emplear lo aprendido y la aplicación práctica de este conocimiento), aportan valor a la unidad familiar y a la comunidad (Gunter, 2022). La menopausia, lejos de ser un punto final, representa una nueva etapa donde el saber práctico y el acompañamiento se tornan fundamentales para la transmisión de la vida.

Esta etapa, por tanto, no requiere ser curada ni corregida. Requiere ser comprendida. Es importante identificar los signos, darles un lugar, y tratarlos solo si así se requiere, evitando intervenciones invasivas o desinformadas. Dado el amplio espectro de manifestaciones que puede presentar (más de 30 síntomas distintos que varían significativamente entre mujeres), se debería hablar con mayor precisión de un «síndrome menopáusico» más que de un estado patológico fijo o uniforme.

La menopausia: la salud (mental) de las mujeres más allá de los 50 años

Tal como señala Delanoë (2007), “cualquier representación de la menopausia, ya sea académica o profana, puede analizarse como una combinación de las cinco dimensiones” (p. 1679) —el cese de la menstruación, la fertilidad, la salud física, el capital estético y el valor social—, cada una de las cuales recibe una valoración, ya sea esta positiva, nula, negativa o ambivalente. Asignarles un valor positivo o neutro, en lugar de negativo o ambivalente, mejora significativamente la percepción subjetiva y la vivencia del proceso, y, por tanto, la salud mental de las mujeres. En culturas no occidentales, muchas mujeres relatan una experiencia menopáusica vinculada a mayor bienestar, menos tensiones y mayor satisfacción vital (Ibid.). Este fenómeno parece deberse más a un cambio simbólico que a una pérdida física. La menopausia, lejos de representar únicamente deterioro, implica un reequilibrio emocional y relacional, lo que se traduce en una menor reactividad, mayor dominio afectivo y fortalecimiento de la empatía intergeneracional. En general, parece traer una sensación de bienestar.

Ey y colaboradores (Ibid.), en un enfoque más integrador, incluyen el desequilibrio endocrino, el estado general del organismo, la estructura psíquica y el contexto como variables a tener en cuenta en el estudio de la menopausia. Y concluyen que ninguna de ellas, de forma aislada, justifica alteraciones mentales; el desequilibrio endocrino no es una condición suficiente para desarrollar perturbaciones psíquicas. Estudios posteriores de Rouillon, Ballinger y otros investigadores confirman que los cambios hormonales no conllevan por sí mismos una mayor morbilidad psiquiátrica. De hecho, algunos hallazgos recientes sugieren que la posmenopausia puede tener un efecto protector para la salud mental (Ibid.). Lo que sí afecta, según la evidencia disponible, son los factores del ciclo vital —el síndrome del nido vacío, la jubilación, los cuidados de personas mayores, la doble jornada… — más que la menopausia en sí misma (Ibid.).

En cuanto al uso inadecuado de diagnósticos como depresión, atribuido a la menopausia conlleva la imposibilidad de distinguirla y diferenciarla de malestares como la pena, la tristeza y los cambios en el estado de ánimo, además de la imprecisión del propio concepto en sí. Y aquí nos adentramos en lo que se ha denominado como “desplazamiento conceptual”. Refiere a la “movilidad de conceptos que, habiendo sido creados en el marco de una disciplina para dar respuesta a una problemática específica, luego son retomados por otros campos de saber para explicar nuevos aspectos de la realidad” (Bertoldi, Bolletta, Mingardi Minetti, 2008). Al respecto el psicólogo Nick Haslam (2016) nos recuerda que los conceptos son ante todo herramientas del lenguaje que utilizamos para trabajar con la realidad, pero en ningún momento son la realidad en sí misma. Además de tener unos límites difusos, dependen del contexto. Este autor señala que muchos conceptos de la psicología han experimentado cambios semánticos en los últimos años. Y que estos cambios conceptuales siguen una tendencia constante. Los que se refieren a aspectos negativos de la experiencia y el comportamiento humanos han ampliado su significado, abarcando ahora una gama de fenómenos mucho más amplia que antes. Esta expansión adopta formas horizontales y verticales: los conceptos se extienden hacia afuera para abarcar fenómenos cualitativamente nuevos y hacia abajo para abarcar fenómenos cualitativamente menos extremos. Si bien el desplazamiento conceptual que puede ser muy positivo en la investigación científica porque a medida que la investigación avanza, ciertos conceptos pueden seguir desarrollándose como es el caso de la violencia vicaria, por ejemplo, también tiene su lado oscuro o perverso, haciendo que algunos términos que fueron definidos inicialmente para nombrar una realidad como por ejemplo la depresión, con el tiempo vayan englobando una proporción mayor de significados que desvirtúan el uso original. Se baja tanto el listón que al final, cualquier malestar es tildado de depresión o de ansiedad, elevando así el número de personas que la sufren y por supuesto, el tratamiento farmacológico, lo cual, a la larga, resulta muy rentable para la industria farmacéutica.El efecto secundario es que se fabrican problemas donde no los hay y se mitifican ciertas relaciones causales cuando no las hay o si las hay, son por diferentes motivos que no se investigan.

Este efecto perverso del desplazamiento conceptual conlleva otros sesgos cognitivos que desvirtúan finalmente cualquier posibilidad de conocimiento de una realidad dada como es la de la menopausia.No es lo mismo hablar de trastornos del ánimo que de cambios del humor. El uso inadecuado de diagnósticos —falta de diagnósticos diferenciales, sin considerar los contextos vitales y sin distinguir síntomas de malestares— conlleva riesgos importantes.

La consideración de la menopausia como enfermedad, así como confundir esta interferencia adaptativa con patología y la concepción biologicista dominante de la mujer como ser menstruante, representan muy bien este desplazamiento conceptual, llevando a medicalizar a las mujeres, empobreciendo su vivencia del proceso y desviando la atención de sus necesidades reales. Desplazamiento que se explaya hacia la concepción simbólica de pérdida de feminidad. Esta visión esencialista —como han mostrado autoras como Illouz y Kaplan (2020)— refuerza la idea de que el valor simbólico de las mujeres reside en su capital erótico y reproductivo y la menopausia se transforma en una amenaza al orden simbólico masculino. Delanoë (2007, p. 162) afirma que esta atribución de estatus inferior a la mujer no es natural, sino una pieza más del sistema de dominación patriarcal. Desde ahí se explica también el uso de terapias hormonales como forma de “reparar” una feminidad amenazada y amenazante, en lugar de comprender la menopausia como parte saludable de un ciclo vital. A todo esto, se suma la falta de formación específica en salud cerebral femenina.

Estos fenómenos favorecen la inflación diagnóstica y la psiquiatrización de experiencias vitales sanas y naturales. Con ello, se normaliza el uso de psicofármacos en etapas transicionales, constituyendo así una pieza más del sistema de dominación. Como advierte Carme Valls-Llobet (2020), los síntomas femeninos siguen siendo leídos bajo el prisma de la histeria, de lo inestable, de lo imaginado (psicosomático); siguen siendo puestos en duda éstos, así como la salud mental. La prueba de ello es la cantidad de psicofármacos que se recetan para erradicar dichos síntomas. Esta desatención se traduce en malestar acumulado, en sufrimiento desestimado, en diagnósticos erróneos. Por eso, la salud mental de las mujeres pasa también por recuperar el derecho a ser escuchadas en sus propios términos.

Consideraciones finales

Aunque la menopausia es un hecho biológico, lo que se divulga y se asume en las prácticas asistenciales no deja de ser una construcción sociocultural peyorativa. En el contexto occidental, esta construcción está profundamente marcada por mandatos sexistas y sesgos de género que vinculan la identidad femenina a la fertilidad y a la juventud. Tal como apunta Anna Freixas (2007), “el diseño cultural de la menopausia como un hecho deprimente que debe ser ocultado refleja la idea social de que la identidad central de la mujer reside en la reproducción” (p. 49). Que esta lectura siga vigente en pleno siglo XXI, a pesar de los avances científicos, muestra hasta qué punto el enfoque biomédico sigue atrapado en modelos patriarcales.

Nuevas teorías la enfocan no como deficiencia, sino como una respuesta corporal al cambio en los niveles hormonales. En este sentido son signos adaptativos, expresiones fisiológicas de un proceso de transformación. Por lo tanto, la comprensión de la menopausia no puede seguir reduciéndose a un desequilibrio hormonal ni a una disfunción biológica. Más aún, la menopausia no correlaciona con la salud mental. Lo que sí influye significativamente en la salud mental femenina en esta etapa son los factores psicosociales, culturales y económicos —frecuentemente invisibilizados— que operan en torno al género. En este sentido, la salud mental femenina, especialmente en esta etapa vital, exige una lectura más profunda, contextualizada y relacional.

La medicalización de la menopausia, sostenida por discursos biomédicos reduccionistas y prácticas clínicas acríticas, ha obstaculizado históricamente la posibilidad de significar esta etapa desde un lugar de legitimidad vivencial. Frente a ello, para un mayor rigor científico, se vuelve imprescindible una mirada relacional y somática que no interprete los signos del cuerpo como disfunciones, sino que los signifique como lo que son, narrativas encarnadas. Esta reivindicación pasa por recuperar la soberanía del cuerpo femenino, entendida como la capacidad de habitarlo, nombrarlo y sostenerlo desde una ética del cuidado. Sólo así podremos avanzar hacia una salud mental realmente integradora y emancipadora, capaz de sostener la complejidad del ser mujer en la madurez.

La salud mental en la menopausia está, como hemos evidenciado, atravesada por cuestiones ideológicas, políticas y económicas que exceden lo médico y la alejan de postulados propiamente científicos, lo que dificulta su comprensión, así como su tratamiento. La idea de corregir la naturaleza femenina a base de hormonas debe ceder paso a un enfoque integral, donde se intervenga sobre los determinantes sociales, culturales y económicos, que sí está demostrado que inciden negativamente en el transcurrir de esta etapa. Ello significa reencuadrar [13] tanto el concepto como el lenguaje, utilizando términos que describan el aspecto existencial del proceso como por ejemplo cambios, diferencias, dificultades o signos, sin las connotaciones médicas propias de la enfermedad, como síntomas, que son manifestaciones reveladoras de una enfermedad [14] o disfunción. Desmedicalizarla y desestigmatizarla al “plantear la experiencia en términos de cambio vital normalizado, a través de las diversas y contradictorias voces de las protagonistas “(Freixas, 2007, p. 42), desafiando mitos, estereotipos y representaciones degradantes que sobre esta transición se divulgan, y, dejando de conceptualizar procesos vitales como problemas. En esta misma línea convendría incidir en los aspectos positivos de la menopausia, algo de lo que no se ha hablado hasta hace pocos años.

Por último, urge una reapropiación corporal crítica, no idealizada ni medicalizada, sino basada en la escucha interna y la legitimación del malestar. La posmenopausia es un periodo largo y lleno de posibilidades, que merece ser reconocido más allá del silencio clínico. Recuperar su valor implica no solo desafiar prejuicios, sino también crear nuevas narrativas desde las voces de las propias mujeres. Como advierte Carme Valls (2020), muchas mujeres no saben nombrar lo que sienten, no porque les falte lenguaje, sino porque durante demasiado tiempo se les negó la posibilidad de construir uno propio. Visibilizar el cuerpo, legitimar sus mensajes, reconstruir el vínculo con él, no es solo un acto de autocuidado, sino un posicionamiento político y clínico. Hacer visible lo invisible, consciente la inconsciente, explícito lo implícito, desde la psicología, es el primer paso para dejar de vivir la menopausia desde el déficit como tal y comenzar a habitar el cuerpo desde todo su potencial.

La menopausia debe ser comprendida como una experiencia cuerpo-mente integral donde los síntomas físicos, emocionales y neurológicos no son simples consecuencias hormonales, sino respuestas complejas del cerebro femenino a una transición significativa, y que no se pueden separar del contexto vital de las mujeres. La desconexión entre aparato reproductor y salud cerebral ha generado una profunda laguna en la atención médica y que ha tenido sus consecuencias en la negativa a investigarse, en su inexistencia (omisión), en su invisibilización; una forma más de violencia, psicológica, cultural y estructural, donde el saber encarnado de las mujeres se subordina a narrativas médicas dominantes.

Más allá de los sesgos clínicos y diagnósticos, resulta crucial recuperar el valor de la experiencia vivida en la posmenopausia, un periodo largo y lleno de posibilidades que merece ser reconocido en toda su complejidad.

Notas

1. Cuando comúnmente se habla de salud mental, en realidad se está refiriendo a enfermedad mental.

2. Los cambios de segundo orden fomentan un auténtico crecimiento al abordar estructuralmente dinámicas fundamentales, promoviendo nuevas formas de relacionarse. En contraposición a los cambios de primer orden que generan una ilusión de progreso cuando los problemas subyacentes permanecen intactos, repitiendo así los mismos patrones.

3. Se trata de un principio kantiano moral fundamental e incondicional que nos dice de actuar solo según una máxima (regla) que podamos querer que se convierta en una ley universal, sin contradicción, tratando a la humanidad siempre como un fin y no solo como un medio.

4. La norma implícita es, por tanto, que una mujer de 50 años no puede atraer ni existir” (traducción libre).

5. Noción desarrollada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en la década de los 70. Se trata de una forma de dominación sutil basada en la capacidad de imponer significados, valores y representaciones culturales que acaban siendo aceptados como naturales.

6. Expresión que “se refiere a distintas formas o niveles de discurso que se divulga como si fuera científico, sin cumplir cabalmente con los criterios para ser considerado como tal” (Bautista, 2024, p. 479.).

7. Asociación aparente sin relación causal directa entre dos variables, debido al efecto de una tercera variable (variable de confusión), que sí explica la relación entre las otras dos.

8. Cese permanente de la menstruación, que se contabiliza después de 12 meses consecutivos sin regla.

9. Es el período de transición que precede a la menopausia, caracterizado por cambios hormonales fluctuantes y síntomas asociados.

10. Es la etapa de vida que sigue a la menopausia, cuando los niveles hormonales se estabilizan, pero siguen siendo bajos y dura el resto de la vida.

11. Cese de la función reproductora.

12. El término THM ha sido utilizado para incluir tratamientos con estrógenos, progestágenos y regímenes combinados.

13. Es una técnica, reframing, que ayuda a modificar la perspectiva o el marco mental desde el cual se enfoca una situación, transformando su significado, sin alterarla, pero cambiando la visión negativa en una más útil, positiva o neutra, buscando aprendizajes y soluciones en lugar de obstáculos. 

15. Según el diccionario de la lengua española de la RAE.

Referencias

Revista Mujeres y salud

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